{"id":353,"date":"2021-04-06T16:00:26","date_gmt":"2021-04-06T16:00:26","guid":{"rendered":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/consultario\/2021\/04\/06\/el-cocuyo\/"},"modified":"2021-04-06T16:00:26","modified_gmt":"2021-04-06T16:00:26","slug":"el-cocuyo","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/narrativa\/el-cocuyo\/","title":{"rendered":"El cocuyo"},"content":{"rendered":"<p>Los dioses reunidos alrededor del fuego creador ve&iacute;an con preocupaci&oacute;n que sus hijos, los hombres, iban muriendo gradualmente por no haber descubierto los usos del fuego para calentar sus cuerpos en las noches invernales y para preparar sus alimentos. Los divinos hab&iacute;an hecho lo indecible con la intenci&oacute;n de que los hombres, por s&iacute; mismos, descubrieran las se&ntilde;ales que les dejaban en la naturaleza con el objetivo de que pudieran descifrar los mensajes que los padres dadores les dispensaban, algunas veces irrumpiendo de manera violenta, otras con po&eacute;tica sutileza, pero sin lograr una reacci&oacute;n positiva.<\/p>\n<p>Por ejemplo, los hab&iacute;an sorprendido con el rel&aacute;mpago que advierte la ca&iacute;da del rayo en la copa del &aacute;rbol que los atrae, y poder imaginar una antorcha gigante que se enciende repentinamente en medio de la noche oscura, provocando que ardiera toda la noche con el prop&oacute;sito de que, al consumirse la &uacute;ltima luenga de fuego, el hombre pudiera acercarse sin temor a contemplar los resultados y poder discernir que las ascuas eran el principio y fin de la fogata. Sin embargo, pudo m&aacute;s el miedo, pues hizo desviar la atenci&oacute;n de su sentido principal e imaginar que se trataba de fuerzas amenazantes pretendiendo aniquilar de un solo golpe al grupo, por lo que evitaban acercarse manteniendo distancia.<\/p>\n<p>Los dioses recurrieron a la sutileza po&eacute;tica, despu&eacute;s de cavilar todas las propuestas, y estuvieron de acuerdo en crear al cocuyo. Todos juntos insuflaron a las llamas del fuego divino, del que se desprendieron cientos de miles de peque&ntilde;as chispas que volaron en todas direcciones, comenzando a caer en los campos nocturnos que, en su desplome, contrastaban con la refulgente quietud de las estrellas suspendidas en lo alto del cielo, como estableciendo una especie de competencia luminosa. La gran diferencia de estas peque&ntilde;as luces con las estrellas era que pod&iacute;an apagar y prender a voluntad, lo que no pod&iacute;an hacer sus antiguas hermanas de la noche.<\/p>\n<p>El motivo de tal distinci&oacute;n era precisamente llamar la atenci&oacute;n de los hombres, acostumbrados a posar la vista en el cielo nocturno. Esperaban picar su curiosidad con ese peculiar detalle, invit&aacute;ndolos al juego de ser perseguidas y atrapadas, lo que tampoco pod&iacute;an hacer con las lejanas luces del cielo estrellado. Al tenerlas tan cerca, corrieron tras ellas y, al tropezar y pegarse en sus cuerpos, se sorprendieron por no quemarse, como cuando tocaban las ascuas de los &aacute;rboles incinerados. Entonces se resolvieron a atrapar entre sus manos a los cocuyos. Al principio lo hac&iacute;an con torpeza, apretaban de m&aacute;s y provocaban que se extinguieran. Cambiaron la forma empleando ambas manos, dejando un peque&ntilde;o hueco entre el pulgar y el &iacute;ndice, comprobando que segu&iacute;an vivas cando encend&iacute;an y apagaban sus cuerpos.<\/p>\n<p>Pasaron muchas noches de juegos atrap&aacute;ndolos en pleno vuelo. Vieron con sorpresa c&oacute;mo, al encerrarlos en peque&ntilde;os grupos, la luz se intensificaba. Los tomaban entre las manos simplemente para regocijarse de esa sensaci&oacute;n del encendido y apagado que al marcar intervalos cosquillaban las palmas de sus manos. Vino entonces el tiempo de establecer asociaciones que el raciocinio humano provoca, y descubriendo que las ascuas encerradas en un cuenco similar al de las manos unidas, pod&iacute;an ser un lugar en donde depositarlas sin resultar quemados, aprendieron que, si encend&iacute;a a voluntad, as&iacute; pod&iacute;an ellos llevar las ascuas acompa&ntilde;&aacute;ndolos a todas partes<\/p>\n<p>Desde las alturas los dioses vieron complacidos que los cocuyos hab&iacute;an cumplido la misi&oacute;n para la que hab&iacute;an sido creados, pero convencidos de la idea de que el hombre olvida con facilidad, decidieron que de vez en cuando aparecieran para recordarles el origen del fuego y que voltearan al cielo para agradecer a sus padres dadores haber entregado la luz divina. As&iacute; lo hicieron, a manera de recuerdo intermitente que vuela alrededor de los hombres tachonando las noches cerradas por ausencia de sus hermanas las estrellas. Los hombres miran y muy dentro de ellos recuerdan el fuego primigenio, sin saber que es la ocasi&oacute;n que los dioses, desde su reino, atizan el fuego divino, haciendo volar de nueva cuenta las ascuas&hellip; Desde entonces la leyenda reza que bailan de gusto, mientras los hombres sonr&iacute;en al ver aparecer la luz milenaria del cocuyo.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Los dioses reunidos alrededor del fuego creador ve&iacute;an con preocupaci&oacute;n que sus hijos, los hombres, iban muriendo gradualmente por no haber descubierto los usos del fuego para calentar sus cuerpos en las noches invernales y para preparar sus alimentos. 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