{"id":3171,"date":"2026-03-20T12:58:22","date_gmt":"2026-03-20T12:58:22","guid":{"rendered":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/?p=3171"},"modified":"2026-03-20T13:27:42","modified_gmt":"2026-03-20T13:27:42","slug":"3171","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/narrativa\/3171\/","title":{"rendered":"Cap\u00edtulo 2, Tercera parte: La encomienda"},"content":{"rendered":"\n<p class=\"wp-block-paragraph\">En los primeros d\u00edas de su matrimonio, Soledad caminaba por las calles polvorientas del pueblo con la risa de Ram\u00f3n resonando en sus o\u00eddos como las melod\u00edas bonitas de los boleros que tintineaban en la radio, un eco de promesas y sue\u00f1os que se entrelazaban en el aire espeso de la tarde. La luz del sol se filtraba a trav\u00e9s de las hojas de los \u00e1rboles, creando un tapiz de sombras danzantes que acompa\u00f1aba sus pasos y las blancas columbas todav\u00eda volaban sobre ella y los perros flacos siempre hac\u00edan de escolta gallarda. Su vida entera parec\u00eda una importuna procesi\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Soledad hab\u00eda cre\u00eddo, en su t\u00e1cita inocencia, que el amor era un refugio, un abrigo que la proteger\u00eda de las tormentas de la vida. Pero, como un espejismo que se desvanece ya de cerquita, esa ilusi\u00f3n pronto se disipar\u00eda en el aire caliente de la primavera al llegar las lluvias de febrero y marzo. Ram\u00f3n, con esa voz de bar\u00edtono que pod\u00eda arrancar l\u00e1grimas de las piedras, hab\u00eda conquistado su coraz\u00f3n en un abrir y cerrar de ojos. Era un remedo triste de artista que hab\u00eda prometido llevarla a la cima de las estrellas, pero en lugar de eso, la vida con \u00e9l se convert\u00eda en ese carrusel de desilusiones donde todos jugamos como tontos y giramos como mayates. Esa lejana semana de su uni\u00f3n fue un torbellino de risas y serenatas, pero al llegar el onom\u00e1stico, la verdad enmascarada se asom\u00f3 con su rostro descompuesto, como un perro sarnoso y despellejado que se desliza entre los matorrales.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La fachada del amor se desmoron\u00f3, entonces, cuando Soledad comenz\u00f3 a percibir las grietas de Ram\u00f3n. La risa que antes la envolv\u00eda ahora resonaba hueca, como la risa de un difunto, un eco en las cavernas. \u00c9l, el hombre que promet\u00eda el cielo y las estrellas a punta de gorgojos arm\u00f3nicos, result\u00f3 ser un brib\u00f3n, un bueno para nada cuya \u00fanica ambici\u00f3n era el fondo de una botella. Cada vez que Soledad se despertaba, su coraz\u00f3n se hund\u00eda al encontrar a Ram\u00f3n en el mismo rinc\u00f3n de la casa, rodeado de botellas vac\u00edas y una guitarra sin cuerdas. Las ma\u00f1anas se convirtieron, as\u00ed, en un rito de desesperanza. La cocina, en vez de ser un lugar donde el amor se fraguaba a punta de saz\u00f3n, se transform\u00f3 en un campo de batalla donde Soledad luchaba con los recuerdos de lo que alguna vez hab\u00eda sido su vida infante de mu\u00f1ecas y juegos de patio, de rimas y palmadas alegres. Lavando trastes y cacharros entre l\u00e1grimas diluidas en jab\u00f3n. Se preguntaba, entre las sombras, y sombras nada m\u00e1s, que se arremolinaban a su alrededor, c\u00f3mo hab\u00eda podido confundir la euforia del amor con la rutina del dolor dom\u00e9stico que acompa\u00f1a al aguardiente.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Mientras las canciones de Ram\u00f3n se esfumaban, ella quedaba atrapada en las mismas botellas que \u00e9l beb\u00eda cada noche, prisionera voluntaria de esa promesa tonta de quererlo a la de a fuerza. Fausto Medina, lejos de arremeter contra el pat\u00e1n, lo que hac\u00eda era reprocharle a Soledad la falta de entereza para sobrellevar aquello que se juzgaba como lo m\u00e1s normal del mundo y la cruz sagrada que toda santa deb\u00eda cargar. Igualmente, y tan contradictorio como su esencia misma, el pueblo, que al principio hab\u00eda visto en Soledad a una mujer digna de admiraci\u00f3n, ahora la se\u00f1alaba con dedos acusadores. \u201c\u00bfC\u00f3mo pudo amar a un hombre as\u00ed?\u201d, \u201c\u00bfNo que muy santa?\u201d, \u201cVieras c\u00f3mo tiene al hombre\u201d, murmuraban a sus espaldas. Las mismas que hab\u00edan celebrado su uni\u00f3n con canciones y abrazos ahora la miraban con desprecio. La mujer que hab\u00eda llegado como un rayo de luz, a seg\u00fan, en la vida de todos, se transform\u00f3 de pronto en un objeto de burla, una figura tr\u00e1gica como las hagiograf\u00edas del catecismo: \u201cEs una m\u00e1rtir y las m\u00e1rtires deben sufrir, solo as\u00ed se llega a ser santa\u201d, dijo alguien una vez de ella en la compra de cabras del mercado.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Cada encuentro en la plaza, cada mirada furtiva de sus vecinos, se convert\u00eda en una carga m\u00e1s pesada que la anterior, como si le echaran a cuestas un bulto de tierra. El pueblo, esa masa amorfa adicta a las tragedias ajenas la juzgaba con esa mirada contradictoria de Ovejuna y la se\u00f1alaba con sus dedos puntiagudos. Hab\u00edanla encumbrado como una encarnaci\u00f3n divina, solo para arrastrarla a la tierra como si fuera una paria. El eco de sus risas se convirti\u00f3 en un susurro de desprecio y Soledad comenz\u00f3 a descreer la esencia misma del milagro que le hab\u00eda acontecido no hac\u00eda ni un a\u00f1o. Si es que puede llamarse milagro a tener la cara de estatua. La sombra de la ap\u00f3crifa santidad se cern\u00eda sobre ella y Soledad comprendi\u00f3 que no solo luchaba contra el vicio de Ram\u00f3n, sino tambi\u00e9n contra el juicio implacable de un pueblo maltrecho y viciado, pero del que deseaban ese respeto, del que ella era resabiada.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Y es que ya todos tambi\u00e9n murmuraban de c\u00f3mo Ram\u00f3n hab\u00eda sido visto bebi\u00e9ndole a otras mujeres, esa fuente de hembra amorosa, en el portalito de ayuntamiento, a la hora del gallo, sorbi\u00e9ndole como becerro las mieles pedestres bajo las enaguas, sin siquiera una pizca de recato por la sant\u00edsima casa de Dios. Pero, pues en el portalito, a esas horas tambi\u00e9n era com\u00fan ver a un macheteado o un ni\u00f1o ya muerto de tanta hambre, lo cual no era tan mal visto como las indecencias de Ram\u00f3n, o qui\u00e9n sabe. Y esos rumores llegaban a sus o\u00eddos y ella hinchada de verg\u00fcenza se tapaba la cara y los o\u00eddos y tarareaba para no o\u00edr sus pensamientos, porque la sola imagen de lo que dec\u00edan que hac\u00eda su marido con una de las furcias de la cantina le hac\u00edan de tristeza llorar y llorar y llorar. Y ella llenaba de improperios a Ram\u00f3n cuando llegaba a la casa y el todo lo negaba y borracho romp\u00eda en llanto y le cantaba una serenata para contentarla y despu\u00e9s le hacia el amor, escurriendo en s\u00ed mismo el olor de otras mujeres, y se dorm\u00eda con ella, consolando su llanto que no menguaba hasta que dijera el: \u201cS\u00ed, te creo Ram\u00f3n, pues si t\u00fa eres incapaz de hacer eso que dicen que haces\u201d.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Entonces volv\u00eda a las verg\u00fcenzas en la calle y a estar en boca de todos. Porque el pueblo, con su mirada envenenada, la pon\u00eda y la quitaba del pedestal y la convert\u00eda en el s\u00edmbolo de sus deseos, lo que fuera que eso significara. \u201cHa fracasado como esposa\u201d, dec\u00edan unas en los lavaderos, \u201cSe ha manchado con el alcohol y la deshonra\u201d dec\u00edan los hombres mientras se empinaban las jarras de pulque. \u201cUna perdida\u201d dec\u00edan en coro, persign\u00e1ndose. Las palabras ca\u00edan sobre ella como dagas, y la idea de volver a la casa de sus padres se volvi\u00f3 una fotito distante de un lugar abandonado por un amor de puras promesas.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Fue en una tarde de viento suave, cuando el aire fresco tra\u00eda consigo susurros de esperanza, que Soledad tom\u00f3 la decisi\u00f3n de hablar con Ram\u00f3n. La voz de su coraz\u00f3n resonaba en su interior, empuj\u00e1ndola a enfrentar la verdad que hab\u00eda estado ocultando. \u201cEs hora de liberarme\u201d, pens\u00f3, mientras sus manos temblaban al acercarse a su marido. La tarde se torn\u00f3 en un escenario de verdades ocultas, y cada palabra que sal\u00eda de su boca parec\u00eda un eco de liberaci\u00f3n. \u201cRam\u00f3n, tenemos que hablar\u201d, comenz\u00f3, su voz temblorosa de ni\u00f1a apenas vuelta mujer. El rostro de \u00e9l se torn\u00f3 sombr\u00edo, como si la sombra de la culpa se manifestara en su expresi\u00f3n. \u201cEsto no puede seguir as\u00ed. No puedo vivir con un hombre que ha perdido su rumbo y a Dios\u201d. A medida que las palabras flu\u00edan, Soledad sinti\u00f3 que un peso se desvanec\u00eda de sus hombros por, al fin, soltar el bulto de sus remordimientos. La claridad de su verdad se volv\u00eda m\u00e1s evidente, y la figura de Ram\u00f3n quedaba toda chueca y desparpajada en su mente. \u201c\u00bfY qu\u00e9 te crees, Soledad?\u201d, replic\u00f3 \u00e9l, con la indignaci\u00f3n de un imb\u00e9cil que ha sido confrontado ante su propia estulticia.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">&#8211; \u00bfEres t\u00fa la que tiene derecho a juzgarme? \u00c1ndate lejos de aqu\u00ed o te regreso la cara en su lugar a punta de bofetones, que a m\u00ed no me enga\u00f1as, bruja. Esa cara de estatua que tienes es de pura mosca muerta. Si bien que todos saben de tus desfachateces y sinverg\u00fcenzadas con el fulano ese, ese que te dej\u00f3 as\u00ed, toda desvirgada con la honra manchada, y aqu\u00ed estoy yo, pobrecito de m\u00ed, pagando el precio de tus deshonras. Qu\u00e9 dijera mi madrecita, ella que s\u00ed es una santa. Por tu culpa es que ya no voy a regresar a ver a mi mamacita all\u00e1 a Puebla, imag\u00ednate, soy la burla en mi querido Garibaldi y mi tenampa. T\u00fa que vas a saber, si t\u00fa eres una campesina ignorante. T\u00fa qu\u00e9 sabes de la vida. No sirves para nada, m\u00e1s que para ser una estatua rota de lo que deber\u00eda ser una mujer de verdad. \u00bfQuieres ayudarme? Si yo perd\u00ed hasta mi voz y mi val\u00eda por tu culpa. Por eso bebo, porque no tengo ya nada en este mundo m\u00e1s que la miseria de mis desgracias y la verg\u00fcenza a cuestas, como una piedra que he de arrastrar hasta el d\u00eda que me muera. \u00a1Ay de mi Jes\u00fas, ay\u00fadame que ya no puedo cargar con los pecados de esta furcia! Dame una luz, padre misericordioso, para ir de nuevo a los brazos de mi madre. Deja de llorar t\u00fa, maldita, que aqu\u00ed el que sufre soy yo. \u00bfQuieres ayudarme?, pues vete a conseguirme otra botella, que agua me falta para ahogar mis penas.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Y as\u00ed sali\u00f3 Soledad Medina, andando en la alborada movida por las palabras un cantor embrutecido. Lleg\u00f3, as\u00ed, a la cantina a llenar de nuevo con aguardiente de ca\u00f1a la botella oscura que llevaba en sus n\u00edveas manos de princesa y se encontr\u00f3 con la figura imponente de Victoria, que hab\u00eda ido a surtirse de la dotaci\u00f3n para Eladio. \u00a1Vaya giros y retru\u00e9canos de esta vida injusta! Victoria, con la astucia de una serpiente, y viendo la clara fragilidad de Soledad se dirigi\u00f3 a ella como desconociendo su identidad a pesar de que la ten\u00eda entre ceja y oreja para hacerle el puritito mal.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">&#8211; Soledad Medina. La Santa Soledad, es usted\u2026<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">&#8211; Si, soy Soledad Medina, pero no soy una santa. Si me permite\u2026<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">&#8211; Vaya que es usted la mism\u00edsima Virgen de los Remedios que est\u00e1 en el altar de la iglesia. Y con esos ojos verdes enormes. Solo le falta el sant\u00edsimo ni\u00f1o en los brazos. Ha venido, supongo, al recinto de los pecadores, como buena cristiana, a darnos caridad y traernos la piedad del Se\u00f1or.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">&#8211; No. Vine por aguardiente para mi esposo. Disc\u00falpeme.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">&#8211; No es mi intenci\u00f3n molestarla, lo que sucede es que no se tratar con las almas cristianas de bien.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Soledad qued\u00f3 en el quicio de la puerta, bajo el sol amarillo del crep\u00fasculo, ese sol que mezcla el p\u00farpura con el rojo mientras el cielo a\u00fan conserva su azul. No entr\u00f3 a las penumbras olorosas y ocres que guardaba Victoria, engalanada con una blusa negra floreada y su falda roja. Victoria cerr\u00f3 con calma el cauce del andar de Soledad, dej\u00e1ndola brillar en el umbral con su vestido ba\u00f1ado de atardecer.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">-Yo, sinceramente, no creo en Dios. Le tengo una devoci\u00f3n a las im\u00e1genes y tengo este escapulario, mire, pero as\u00ed, de tener fe, pues ya no. Tenga, no gaste su dinero, ll\u00e9vese esta botella, al fin y al cabo, mi marido termina bebiendo de lo que le ofrecen otros bebedores. Para eso de las emborrachadur\u00edas, los hombres como Eladio siempre se las arreglan. A esta hora, ya debe estar borracho o dormido nuevamente. As\u00ed son. Pero v\u00e9ngase mi alma, que mejor vamos a otro lado a platicar. Pueblo chico infierno grande. V\u00e9ngase conmigo, vamos a otro lugar. F\u00edjese que usted no me conoce a m\u00ed, pero yo s\u00ed la conozco a usted, pero no por las razones equivocadas. Yo no presto o\u00eddos a las habladur\u00edas de la gente. Pero su esposo es Ram\u00f3n Rold\u00e1n, verdad, el mariachi, el cantor. S\u00ed, lo conocen todos, porque si no est\u00e1 de cantor por las calles est\u00e1 de borracho. Es igualito al muchacho este, Emilio Carbajal, no lo ha de conocer, el que hizo todo ese zafarrancho con el toro de don Ignacio hace un tiempo. Ese mero, el due\u00f1o de Los Remedios, ah, pues Emilio era su caporal. Sabr\u00e1 Dios qu\u00e9 fue de \u00e9l, pero ese muchacho se me figura mucho a su marido. Puro cantar y cantar y tomar y tomar y no se toman en serio la vida, hasta que les caen las desgracias. Mire, vamos aqu\u00ed al parque atr\u00e1s del mercado, ah\u00ed se puede platicar a gusto. Le juro que no le quito m\u00e1s de un rato.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Y dieron un paso fuera del quicio de la puerta y se alejaron de la cantina, mientras los borrachos murmuraban y se relam\u00edan los bigotes. Entonces, anduvieron, bajo el sol que se apagaba en el horizonte lleno de colores difuminados, las sombras de los \u00e1rboles viejos se alargaban sobre los caminos empedrados, donde unos ni\u00f1os mugrosos y descalzos corr\u00edan despreocupados, ignorando las grietas que el tiempo hab\u00eda abierto en las piedras. Las risas de los peque\u00f1os llenaban el aire, mezcl\u00e1ndose con la melod\u00eda disonante de una tambora de m\u00fasicos ambulantes desde la glorieta central. Los olores de los puestos de comida que ya empezaban a hacer las cenas enchiladas para los jornaleros resaltaban en el entorno polvoriento, donde el glauco de los jardines luchaba por sobrevivir entre los destellos de la decadencia que envolv\u00eda todo el pueblo.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Soledad sentada en una banca de hierro, con su vestido blanco sencillo que se mov\u00eda con las brisas y su rostro, enmarcado por su cabello oscuro, reflejaba una calma y una serenidad mientras escuchaba a Victoria. De pronto, hab\u00eda encontrado en ese parque un rinc\u00f3n para la contemplaci\u00f3n, un espacio donde pod\u00eda permitir que sus pensamientos vagaran libres, lejos de las miradas ponzo\u00f1osas del pueblo. La expresi\u00f3n de Victoria, por el contrario, era la de una mujer rota, sus ojos hundidos en su rostro, que hab\u00eda conocido mejor d\u00edas, temblaban ligeramente bajo los rizos oscuros que le cubr\u00edan la cabeza.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">&#8211; Soledad &#8211; la voz de Victoria era apenas un susurro cuando lleg\u00f3 a la banca, tengo que pedirle algo. Sus ojos estaban fijos en el suelo, en las piedras polvorientas que se mezclaban con las ra\u00edces de los \u00e1rboles vetustos. Sus palabras eran pesadas, como si cada una de ellas le costara un esfuerzo monumental. &#8211; No s\u00e9 a qui\u00e9n m\u00e1s acudir. Ya no puedo m\u00e1s, Soledad. Mi vida\u2026 mi vida se ha convertido en una penitencia sin fin. &#8211; Mi ni\u00f1o, \u00e9l\u2026 \u00e9l es mi castigo. Un castigo que Dios me envi\u00f3 por haber sido una pecadora. Me alej\u00e9 de \u00c9l, Soledad. Me alej\u00e9 del camino, y ahora estoy perdida. Perdida de verdad.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">El sonido distante de la banda se mezclaba con las risas de los ni\u00f1os que jugaban alrededor del parque, creando una disonancia que hac\u00eda que la confesi\u00f3n de Victoria pareciera a\u00fan m\u00e1s dolorosa. Soledad no apart\u00f3 la vista de ella, pero comenz\u00f3 a sentirse inc\u00f3moda ante las confesiones de una extra\u00f1a.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">&#8211; No s\u00e9 si lo entiendes, pero he pecado &#8211; continu\u00f3 Victoria, su voz entrecortada por la emoci\u00f3n. Hice cosas que no deb\u00ed hacer, me entregu\u00e9 a una vida que no era la que Dios hab\u00eda planeado para m\u00ed. Y cuando m\u00e1s lejos estaba de \u00c9l, y cuando m\u00e1s necesit\u00e9 su ayuda\u2026 me qued\u00e9 pre\u00f1ada de un ni\u00f1o chueco y malformado. Las manos de Victoria se aferraron con angustia a su falda roja, y su voz se torn\u00f3 ronca y pesada, recurriendo a sus memorias de ni\u00f1a para agarrar muina a fuerzas.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">&#8211; No puedo seguir, Soledad &#8211; susurr\u00f3, su voz apenas audible. &#8211; No puedo cuidarlo. No merezco ser su madre, no despu\u00e9s de todo lo que he hecho. Y necesito que alguien como t\u00fa, alguien que todav\u00eda tiene la pureza, lo cuide. Yo no\u2026 no soy digna.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">El coraz\u00f3n de Soledad se encogi\u00f3 al escuchar esas palabras. Aunque hab\u00eda pasado por su propio infierno personal, hab\u00eda aprendido, de alguna manera, a encontrar un sentido de paz en medio de la hecatombe que significa vivir en este mundo.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">\u2014Victoria \u2014dijo finalmente, rompiendo el silencio con su voz firme pero amable \u2014, yo no soy qui\u00e9n para juzgarte. Todos hemos hecho cosas de las que nos arrepentimos. No eres la \u00fanica que ha cometido errores, y tampoco eres la \u00fanica que ha sufrido. Victoria levant\u00f3 la mirada, sorprendida por la facilidad con que Soledad, en su inocencia, respond\u00eda a las triqui\u00f1uelas.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">&#8211; No se trata solo de m\u00ed, Soledad &#8211; dijo Victoria con un tono de s\u00faplica. &#8211; Este ni\u00f1o\u2026 Dios me lo mand\u00f3 para que me arrepintiera, pero yo no puedo hacerlo sola. Necesito que una mujer buena lo cuide, alguien que pueda darle lo que yo no tengo. T\u00fa, Soledad. T\u00fa podr\u00edas hacerlo. Podr\u00edas salvarlo de mis pecados. El parque segu\u00eda vibrando con la vida del pueblo, pero entre las dos mujeres, una quietud inquietante se asent\u00f3, como si el tiempo mismo se hubiera detenido. Soledad pens\u00f3 en las palabras de Victoria, en la desesperaci\u00f3n que sent\u00eda al ver su vida marcada por el dolor y la culpa. La vida en el pueblo no hab\u00eda sido f\u00e1cil para ninguna de las dos, pero esta situaci\u00f3n iba m\u00e1s all\u00e1 de la mera adversidad.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">\u2014\u00bfDe verdad crees que Dios te mand\u00f3 este ni\u00f1o como un castigo? \u2014pregunt\u00f3 Soledad, su voz cargada de compasi\u00f3n\u2014. \u00bfY que entregarlo a otra persona lo librar\u00eda de ese destino? Victoria asinti\u00f3, las l\u00e1grimas brotando de sus ojos mientras bajaba la mirada una vez m\u00e1s, en un intento casi inhumano de contener la risa.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">\u2014S\u00ed \u2014susurr\u00f3 Victoria\u2014. Es lo que creo. Lo s\u00e9. Este ni\u00f1o no es m\u00e1s que el resultado de mis errores. Y yo\u2026 no soy la madre que \u00e9l merece.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; El parque, con sus colores vibrantes y la energ\u00eda festiva de la gente, parec\u00eda burlarse de la tragedia que se tej\u00eda entre las dos mujeres. Las risas de los ni\u00f1os sonaban lejanas, irreales, como si enmarcaran el destino de Soledad. Ella acept\u00f3. Despu\u00e9s de todo, unos pesos extra para ayudar a Ram\u00f3n no estar\u00edan mal.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Unas mujeres que pasaban se persignaron al verlas juntas. Detr\u00e1s de ellas, un gato cruz\u00f3 el sendero con una enorme rata entre los dientes, buscando con prisa alg\u00fan rinc\u00f3n donde esconder su presa.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>En los primeros d\u00edas de su matrimonio, Soledad caminaba por las calles polvorientas del pueblo con la risa de Ram\u00f3n resonando en sus o\u00eddos como las melod\u00edas bonitas de los boleros que tintineaban en la radio, un eco de promesas y sue\u00f1os que se entrelazaban en el aire espeso de la tarde. 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