{"id":3106,"date":"2026-02-24T15:41:11","date_gmt":"2026-02-24T15:41:11","guid":{"rendered":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/?p=3106"},"modified":"2026-02-24T15:41:13","modified_gmt":"2026-02-24T15:41:13","slug":"la-virgen-de-los-remedios","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/nada-se-termina-nunca\/la-virgen-de-los-remedios\/","title":{"rendered":"La Virgen de los Remedios"},"content":{"rendered":"\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong>Cap\u00edtulo 2, Segunda parte<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La Virgen de los Remedios, la que desde lo alto de la iglesia en el cerro vigila el andar de los hombres y mujeres de Santa Mar\u00eda de los Remedios, no es una simple imagen de adoraci\u00f3n m\u00e1s entre las devociones de las gentes de la regi\u00f3n, sino que parece haberse desprendido de alg\u00fan pliegue de lo divino para mezclarse con la carne del pueblo, como si la madera misma, ese ahuehuete milenario que una vez se alz\u00f3 en el cerro altiplano donde hoy reposa la iglesia, hubiera brotado de la tierra empujada por fuerzas incomprensibles para los hombres. Nunca se supo con certeza qui\u00e9n fue el art\u00edfice de tal prodigio, esa mano desconocida que, como movida por el h\u00e1lito de los \u00e1ngeles, esculpi\u00f3, en la m\u00e1s pura y a\u00f1osa madera, la forma de la madre de Nuestro Se\u00f1or con una precisi\u00f3n que sobrepasa el entendimiento humano, como si el propio \u00e1rbol hubiera prestado su esencia, su savia, sus ra\u00edces profundas para darle vida a una efigie que parece respirar con los rezos y los lamentos de quienes se arrodillan frente a ella. No es extra\u00f1o escuchar entre susurros, en las cocinas o en las tabernas, que la Virgen de los Remedios no fue tallada por manos humanas, que su creaci\u00f3n fue un designio m\u00e1s alto, uno que no se explica con palabras simples; palabras sin sentido, casi como el manto, tan real y tangible hecho en corteza misma y que se mueve con el viento como si fueran ligeritos, ligeritos ropajes.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Nadie se atrev\u00eda realmente a verla de frente.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Enorme es ella, m\u00e1s de treinta metros, llegando a la cima de la b\u00f3veda. Enorme, enorme, con el ni\u00f1o del cabello de miel en brazos y los ojos verdes, tan verdes como nadie en ese pueblo, salvo Soledad Medina. Una corona dorada de reina de lo cielos y su n\u00edvea mano sosteniendo el b\u00e1culo de la justicia divina que se reparte entre los mortales que sufren en este mundo hincados en su desgracia esperando la vida eterna. Y con su divina planta pisa la luna y la serpiente negra del infierno, retorcida y terrible, porque esa furia contenida en ese hermoso pie era una declaratoria del poder de la misericordia y el amor que vence al mal. Y si era capaz de pisar al demonio como quien pisa una hoja, c\u00f3mo no iba a tener el poder de cumplir los milagros a sus fieles que lloraban y clamaban al cielo con las manos en lo alto para recibir dinero, amor y fortuna; un marido, una cosecha, una amante joven, un mal de ojo, un enemigo muerto. Y por eso la cargaban en las procesiones, a pesar del peso y el tama\u00f1o, a veces muriendo, aplastados como cucarachas excitadas de pasi\u00f3n divina. Pero no importaba, era el precio a pagar por el milagro de tener a un joven amante en la cama o un pariente en el sepulcro.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Porque la fe est\u00e1 ba\u00f1ada tambi\u00e9n de pecado.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La iglesia misma, un monolito que desaf\u00eda cualquier l\u00f3gica conocida, es un despliegue exuberante, un carnaval de formas y colores que parece haber nacido del capricho de los poetas dips\u00f3manos, que, en alg\u00fan arrebato de locura, decidieron mezclar palabras sagradas con blasfemias. Su fachada, rebosante de vida y tormenta, estalla en una amalgama de relieves donde lo churrigueresco se retuerce en el sue\u00f1o de las frutas y las flores que se entrelazan con rostros de \u00e1ngeles, como sapos hinchados, con facciones feroces, narices chatas y ojos desorbitados que parecieran contemplar el pecado y la virtud con la misma indiferencia. Flanquean las columnas salom\u00f3nicas y corintias la entrada principal y se retuercen hacia el cielo como serpientes enroscadas, dotando al templo de un equilibrio imposible, como si en cualquier momento fueran a desmoronarse bajo el peso de las nubes cargadas de aguacero p\u00e9treo que siempre se ciernen sobre el lugar. Y entre ellas, esculpidos en el mismo estuco que adorna las paredes, aparecen rostros de guerreros de Chicomostoc, con pieles de ocelote guerreando con los querubines y los santos, creando un derretimiento de sapiencias que se niega a olvidar su pasado. Pareciera que toda la fachada, con sus colores que var\u00edan del dorado verdoso al grisazul amarillento, ha sido pintada por el mismo viento que arrastra las hojas y flores secas de los campos, dej\u00e1ndola convertida en un arco\u00edris desgastado por el sol y la lluvia, como un delirio de confeti eterno que nunca termina de caer, como fuegos artificiales nunca vistos que chisporrotean escupidos desde lo alto como las lluvias de septiembre.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Pero, antes de ser tal, Santa Mar\u00eda de los Remedios no era m\u00e1s que un terrapl\u00e9n disperso, sin nombre ni gloria; un pu\u00f1ado de ranchos donde la gente viv\u00eda del zacate, el ma\u00edz y el frijol. Fue precisamente la aparici\u00f3n del ahuehuete del que brot\u00f3 la Virgen lo que dio origen a la comunidad, allende a otras muchas que tienen siglos de existir. Porque en los tiempos m\u00e1s lejanos, cuando el sol a\u00fan iluminaba la tierra con una claridad que se le atribu\u00eda a las serpientes, dicen que el ahuehuete, ese \u00e1rbol gigante que crec\u00eda en lo m\u00e1s alto del cerro, y que surgi\u00f3 as\u00ed nada m\u00e1s, comenz\u00f3 a hablar, a susurrar palabras que ya nadie puede entender. Y es que, aunque los rostros tallados en la fachada del templo sonr\u00edan con esa grotesca alegr\u00eda barroca, nadie puede negar que, detr\u00e1s de todo ese sue\u00f1o de confeti, hay algo m\u00e1s oscuro, algo que respira en el silencio de la madrugada, cuando el viento se cuela entre las columnas y las campanas no suenan. En esos momentos, la iglesia, con su fachada que parece un caleidoscopio descompuesto, parece cobrar vida y los querubines deformes se agitan y los guerreros esculpidos prepararan sus lanzas y la Virgen misma, en su trono de madera tallada, observara el destino del pueblo con una tristeza infinita, sabiendo que lo maravilloso y lo terrible siempre van de la mano en este rinc\u00f3n olvidado del mundo. Y as\u00ed se alza sobre su altar, no solo como protectora madre, sino como or\u00e1culo y sibila de lo que los hombres no se atreven a nombrar.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Y en ese vaiv\u00e9n de la vida en aquel pueblo olvidado, Soledad Medina se ergu\u00eda, delgada y fr\u00e1gil como una ramita temblorosa en medio del zacate espeso y los magueyes robustos y oblongos. Su semblante cargado de la impronta de un sufrimiento asemejado a una obra de arte sacro, un rostro que, en su quietud inamovible, parec\u00eda estar atrapado en la inmutabilidad de la piedra, que provocaba inquietud en aquellos que se atrev\u00edan a mirar por m\u00e1s de unos minutos. Nadie pod\u00eda definir con claridad si lo que se proyectaba de su ser era una belleza que deslumbraba o una desgracia que se cern\u00eda como un velo oscuro sobre su existencia. Una cara tiesa tallada en madera como la mism\u00edsima Virgen de los Remedios.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">A Soledad, desde su nacimiento, marcado por las campanas que resonaron en la capilla del pueblo como un eco que se extend\u00eda por el valle, se le hab\u00eda destinado un papel de mujer buena sin siquiera pedirlo. De esas imposiciones odiosas que se tienen que cumplir desde los susurros y los rumores de las ancianas. Pero ella no se miraba ni buena ni mala, solo extra\u00f1ada de s\u00ed misma, incapaz de sentir nada sino solo nostalgia por volver a ser una ni\u00f1a. De mujer no ten\u00eda nada, porque no hab\u00eda aprendido a sentirse una, ni hab\u00eda madurado en su cuerpo el goce del amor. Para ella todo roce, desde aquellos d\u00edas en que Emilio Carbajal la enamoraba no le hab\u00edan sabido ni a mel\u00f3n. Pretend\u00eda y fing\u00eda por no darle penas a su marido, pero ella no sent\u00eda nada salvo una enorme sensaci\u00f3n de caerse y nunca estrellarse o como irse meciendo fuertemente en el columpio con los ojos cerrados. Y para terminarla de amolar, segu\u00ed en su coraz\u00f3n aquel juramento que se hizo de amar a Emilio ya fuera por las buenas o por las malas, as\u00ed que de vez en cuando sent\u00eda las cosquillitas bonitas en el lecho de Ram\u00f3n, si a punta de imaginaci\u00f3n pod\u00eda evocar un poquito a Emilio. Pero nada m\u00e1s. \u00bfEso la hac\u00eda mala? Pues ella sent\u00eda que no, pero en veces la gente le dec\u00eda que s\u00ed, que era malo. Y entonces sentir poquito o mucho era malo y no sentir era bueno, pero era malo no sentir y entonces ella se confund\u00eda porque hiciera lo que hiciera, sintiera lo que sintiera, ella estaba mal ante todos, ante su mam\u00e1 y su pap\u00e1, ante los que la adoraban y los que la deseaban y los que la quer\u00edan ver, ya fuera por las buenas o por las malas como una virgen milagrosa.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Una tarde, de 1953, en Santa Mar\u00eda de los Remedios hab\u00edan decidido hacer la primera procesi\u00f3n sin sacar a la maravillosa escultura de la sant\u00edsima, y le pidieron a Soledad que ella fuera quien vistiera el manto y la corona. Y as\u00ed fue y Soledad fue cargada en hombros por toda la plaza y las calles con gente vitoreando y la orquesta tocando el ronco sonido de su fe. Hombres con las rodillas destrozadas arrastrando sus encomiendas y juras ba\u00f1adas en virtud, pla\u00f1ideras en rebozos de Santa Mar\u00eda chirriando como talavera rota y ebrios de sodom\u00eda y amor fingido a la Se\u00f1ora del cielo. Y los mismos hombres con m\u00e1scaras de hombres hechas de madera, y los chivarrudos sangrando los muslos a fuetazos y los hijos de los huichilobos aullando como perros heridos; todos caminando sobre tapetes de aserr\u00edn colorido con formas de flores y sellos, como los descritos por el evangelista Juan. Y el pueblo lleno de fe caminaba y caminaba entre rezos de una partitura m\u00e1s mundana que divina, como si de sus lenguas salieran las estrofas de un himno nacional y no los himnos del cielo.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La banda de las fiestas de siempre sigui\u00f3 tocando, ronca y desacompasada, como si el bronce estuviera fatigado de tanta alegr\u00eda. El pueblo caminaba. Caminaba porque siempre ha caminado.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Y all\u00ed estaba ella.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">No sali\u00f3 de la iglesia. No descendi\u00f3 del cielo. Simplemente estuvo all\u00ed, alzada sobre los hombros de cuatro muchachos que temblaban bajo el peso del manto y la corona. Soledad Medina, envuelta en la tela dorada que ol\u00eda a incienso viejo y a madera h\u00fameda, llevaba los ojos fijos en un punto que nadie m\u00e1s pod\u00eda ver. No miraba a la multitud; miraba m\u00e1s all\u00e1, como si los cerros mismos le hablaran desde sus entra\u00f1as.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La corona le quedaba apenas grande, pero nadie lo not\u00f3. El sol, ya cayendo, se enred\u00f3 en los bordados y la hizo arder. Por un instante, el pueblo no vio a la muchacha flaca del zacate, sino a la Reina del Cielo. Las manos se alzaron. Los hombres lloraron con la frente en el suelo. Las mujeres apretaron los rebozos contra la boca para no gritar su nombre como si fuera el de una hija.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">\u201c\u00a1Reina!\u201d, grit\u00f3 alguien.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">El grito se multiplic\u00f3, rod\u00f3 por las calles arenosas, se enred\u00f3 en las columnas salom\u00f3nicas y subi\u00f3 hasta la b\u00f3veda donde la Virgen de madera, inmensa e inm\u00f3vil, observaba con sus ojos verdes. Y mientras la alzaban y el pueblo gritaba su nombre como si el cielo hubiera descendido al polvo, Soledad sostuvo la mirada al frente, inm\u00f3vil, casi r\u00edgida bajo el manto que la convert\u00eda en emblema. Fue en ese balanceo lento de los hombros exhaustos donde la sangre comenz\u00f3 a correrle por la pierna, una l\u00ednea delgada, obstinada, que no manch\u00f3 el vestido ni interrumpi\u00f3 el rito, que no pidi\u00f3 atenci\u00f3n ni perd\u00f3n; nadie la vio salvo una ni\u00f1a detenida entre los adultos, una muchachita que sigui\u00f3 con los ojos ese trazo rojo que un\u00eda el cuerpo a la madera del anda, y comprendi\u00f3, as\u00ed, sin palabras, sin esc\u00e1ndalo, que la Reina del Cielo tambi\u00e9n ten\u00eda carne, y que el pueblo estaba adorando algo que lat\u00eda y sangraba en secreto en alguien que nunca hab\u00eda solicitado la adoraci\u00f3n.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Cap\u00edtulo 2, Segunda parte La Virgen de los Remedios, la que desde lo alto de la iglesia en el cerro vigila el andar de los hombres y mujeres de Santa Mar\u00eda de los Remedios, no es una simple imagen de adoraci\u00f3n m\u00e1s entre las devociones de las gentes de la regi\u00f3n, sino que parece haberse [&hellip;]<\/p>\n","protected":false},"author":190,"featured_media":3107,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[49],"tags":[],"class_list":["post-3106","post","type-post","status-publish","format-standard","has-post-thumbnail","hentry","category-nada-se-termina-nunca"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/3106","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/wp-json\/wp\/v2\/users\/190"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=3106"}],"version-history":[{"count":1,"href":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/3106\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":3108,"href":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/3106\/revisions\/3108"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/wp-json\/wp\/v2\/media\/3107"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=3106"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=3106"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=3106"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}