{"id":3073,"date":"2026-02-06T13:51:35","date_gmt":"2026-02-06T13:51:35","guid":{"rendered":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/?p=3073"},"modified":"2026-02-06T13:51:37","modified_gmt":"2026-02-06T13:51:37","slug":"el-arrobamiento","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/nada-se-termina-nunca\/el-arrobamiento\/","title":{"rendered":"El arrobamiento"},"content":{"rendered":"\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong>Cap\u00edtulo 2. Primera parte<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La vida de Victoria se hab\u00eda trastocado, como la de todos, por la muerte de <em>El Jicarito<\/em>. Al principio no hubo nada digno de su atenci\u00f3n. Ella viv\u00eda, hasta ese d\u00eda, en sus propios asuntos y lidiando con sus propios infortunios, donde apenas encontraba alegr\u00edas en las cosas simples, como las frutas cristalizadas, el caf\u00e9 tostado y el sonido del agua. Y en esa misma simpleza, en la que encontraba un refugio, fue que Victoria Navarro bajaba caminando por el empedrado de la calle donde alguna vez estuvo su casa, tomando rumbo hacia el arroyo de los ajolotes, ese cuerpo de agua vivo que se escurr\u00eda de las monta\u00f1as como un sudor divino y que se rebozaba y se colmaba en las siembras de hortaliza y las lagunas estancadas. El calor del final del verano se humedec\u00eda solito en las hojas de los \u00e1rboles, en la tierra de los caminos y extendidos, en la hierba crecida y bajo el vestido amarillo de Victoria, uno de anchas enaguas sueltas que bajaban hasta las rodillas, movi\u00e9ndose con el viento caprichoso para hacer visible apenas, en el destello de un segundo, la forma precisa que busca el ojo que sabe mirar. Sus hombros, cubiertos apenas por la misma tela amarilla que la enmarcaba toda, contrastaban el color de dos frutas maduras. Su abundante cabello rizado con olor a lavanda apenas disimulaba los otros aromas primitivos que sal\u00edan por las ventanas y las puertas de su cuerpo, confundiendo a todos los que la miraban pasar estupefactos, como quien mira un \u00e1ngel ca\u00eddo pasear entre mortales. Y as\u00ed, a paso menudo y pausado, moviendo gr\u00e1cilmente su andamiaje, se inclinaba, a veces, frente al arroyo para mojarse el cabello y refrescarse de las acometidas del verano. Y los \u00e1rboles guardaban silencio y las nubes se deten\u00edan a mirar esa mano frotando agua fresca sobre el tibio sudor \u00edntimo de Victoria. Y muchas veces los ajolotes sub\u00edan desde el fondo de las aguas solo para verla y amarla mientras se estremec\u00edan h\u00famedos y carnosos junto a su mano. Y ella los acariciaba como experta amante y les hac\u00eda saber que estaba feliz de verlos vibrar como ni\u00f1os l\u00e1nguidos en el seno de su madre. Y as\u00ed, sabi\u00e9ndose due\u00f1a de los ajolotes h\u00famedos que tiemblan escurridos, ella contemplaba su poder sobre los hombres y se regodeaba en ese peque\u00f1o pedacito de felicidad que le daba ser mirada, ser deseada y ser amada.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Pero el d\u00eda que los cimientos de <em>El J\u00edcarito<\/em> fueron trazados, el coraz\u00f3n de Victoria Navarro y el pueblo mismo amaneci\u00f3 cubierto de una bruma que parec\u00eda provenir del mismo aliento del toro que una vez hab\u00eda pastado en aquella tierra antes de conocer su abrupto final. Algunos no pod\u00edan mirar ese horizonte sin sentir el peso de la tragedia que les robaba la sant\u00edsima Navidad y las tortillas del diario, porque a veces la muerte de un hombre es menos que la muerte de un animal. Pero ah\u00ed, en ese terrapl\u00e9n donde la bestia fue despedazada, se respiraba todav\u00eda el olor a res y sangre, a heces y tu\u00e9tano, como el recordatorio de un banquete inefable de carne que no se pod\u00eda comer y que rug\u00eda en las tripas hambreadas de los pobres, que nada tontos tuvieron oportunidad para saciar antojo a carne a pesar de que tuviera bilis y tierra con pasto. Y fue all\u00ed, en el mismo lugar donde un tren despedaz\u00f3 al orgulloso semental de Ignacio Punz\u00f3n, donde Victoria y Eladio comenzaron a erigir la estructura que se convertir\u00eda en el reino oscuro de sus vidas.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La decisi\u00f3n de levantar una casa de vicio en ese punto exacto no fue fortuita. Victoria, en su rencorosa memoria, no pod\u00eda desligar el destino del toro del de Emilio, el hombre que la hab\u00eda devastado con esa semilla podrida que la dej\u00f3 pre\u00f1ada por un descuido desafortunado en el oficio. Fue un arrobamiento inexplicable el que ella sinti\u00f3 solo de pensar en fundar ah\u00ed su casa de vicio, como si todos los males y las bendiciones del mundo tuvieran de pronto sentido. Casi como profec\u00eda, como sortilegio o como una revelaci\u00f3n ang\u00e9lica. Victoria no sab\u00eda c\u00f3mo describir ese sentir y se arrodill\u00f3 y se persign\u00f3 y enunci\u00f3 los rezos olvidados y levant\u00f3 las manos al cielo y agradeci\u00f3 la buenaventura y llor\u00f3 y cerr\u00f3 los pu\u00f1os y golpe\u00f3 la tierra entre los gritos m\u00e1s ahogados que llevaba en el pecho. Vio Eladio ese clamor gitano de Victoria y sinti\u00f3 tambi\u00e9n un arrobamiento y se hinc\u00f3 junto a ella, en silencio, como un enorme sabueso melanc\u00f3lico con el sombrero en las manos, como muestra de respeto hueco, aut\u00f3mata y sin sustancia, como ese que se le tiene a veces a las santas llorosas y sufridas de las iglesias, esas que no tienen nombre porque lo han olvidado todos.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Y Eladio us\u00f3 sus violentas manos callosas y se puso a trazar en el terrapl\u00e9n los ejes imaginarios y la arquitectura de su alc\u00e1zar. Victoria, como reina de C\u00e1rtago, us\u00f3 un trozo de piel del animal muerto para medir palmo por palmo la distribuci\u00f3n de su ahora reino de nada. Pero la sola idea de ser la reina de ese trozo de tierra encinta con sangre la hac\u00eda estremecer de un extra\u00f1o placer en la barriga. Porque Victoria so\u00f1aba despierta, y so\u00f1aba mucho, en los ayeres y las cosas que nunca hab\u00edan pasado, pero que repet\u00eda en su cabeza una y otra vez: en el hubiera que no existe y el tuviera que no es, que no ha llegado. De ese ma\u00f1ana que no es hoy ni que tampoco es ma\u00f1ana o de ese ayer que tiene miles de versiones infinitas hacia un solo y sinuoso sendero.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Esa noche, como muchas noches, como casi siempre, fantase\u00f3 con que entraba a su jacal y le ultimaba la vida a ese charrito temeroso, ese, el mismo d\u00eda que decidi\u00f3 irse del pueblo. Ni ella sab\u00eda por qu\u00e9 lo hab\u00eda perdonado y se arrepent\u00eda de su benevolencia y apretaba las quijadas hasta que le cruj\u00edan las muelas y se met\u00eda la mano entre las enaguas para frotarse y hallase alivio un ratito. Despu\u00e9s o\u00eda la respiraci\u00f3n agitada de su hijo maltrecho y chueco, que dorm\u00eda torcido en una hamaca en medio del cuartucho rentado, recostada junto al corpulento Eladio, en un petate donde sent\u00eda ahogarse en el mar de su desesperanza. Y rezaba a la Virgen que fuera, agarrando con fuerza un escapulario gitano que ten\u00eda desde ni\u00f1a, el \u00faltimo recuerdo de su abuela h\u00fangara que dej\u00f3 la vida en las playas de M\u00e9xico, sin siquiera llegar a ver las casas de los esclavos, hechas con los galeones encallados por petici\u00f3n de Don Antonio de Mendoza. Ah, esas casas de madera del mar que se erig\u00edan tan lejos y tan cerca y de las que recordar\u00eda relatos siempre, como si ella misma hubiera vivido ah\u00ed, porque Victoria se contaba tantas historias que ya ni sab\u00eda cu\u00e1les eran suyas y cu\u00e1les no, cu\u00e1les reales y cu\u00e1les mentiras exageradas a fuerza de pegar la hebra y gozar fandangos. Despu\u00e9s recordaba a Soledad y se mord\u00eda la lengua para no gritar de ira. El toro muerto y despedazado era para ella la perfecta representaci\u00f3n de su antojo por Emilio, quien hab\u00eda sembrado la semilla maltrecha en sus entra\u00f1as para arruinarla, dej\u00e1ndola con las ansias rotas y las ganas tuertas.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Pero de algo hay que vivir y no s\u00f3lo de muina se alimenta la fuerza. La cantina qued\u00f3 terminada al iniciar la \u00e9poca de lluvias, por ah\u00ed de septiembre, cuando bajaban los vientos del norte en el sureste y las aguas ca\u00edan a c\u00e1ntaros tendidos escurriendo lodo desde la Malinche y ba\u00f1ando de agua oscura los canales de Zacatelco, Tenancingo y Nativitas, llegando hasta Huamantla en el norte y Puebla por el sur. Eran lluvias pesadas que ven\u00edan del Golfo y se estrellaban en el malec\u00f3n de la Villa Rica de la Vera Cruz. La familia de Victoria hab\u00eda bajado de un barco en ese malec\u00f3n en los d\u00edas en que el General Porfirio D\u00edaz estaba uniendo los destinos de la naci\u00f3n con el fuerte acero del norte y la recia madera del sur, hac\u00eda ya varias d\u00e9cadas, cuando esa naci\u00f3n era otra, pero era la misma al mismo tiempo. De su familia poco sab\u00eda, si no es que nada. Vendida como cabra cuando ni\u00f1a, sirvi\u00f3 de criada y despu\u00e9s de mujerzuela en la misma cantina desde que ten\u00eda memoria. Por eso es que mientras las ni\u00f1as jugaban con mu\u00f1ecas, ella se pasaba las tardes junto a los corrales, hablando con las cabras y los cerdos, quienes le revelaban secretos que solo los ojos de los animales pueden ver en ese lenguaje que s\u00f3lo ellos conocen. Se sent\u00eda amarrada con el mundo animal y sus olores, pero esa sensaci\u00f3n se fue diluyendo como el az\u00facar en el caf\u00e9 amargo, a medida que crec\u00eda, y nunca desapareci\u00f3 del todo, porque era el \u00fanico dulzor que le quedaba despu\u00e9s de tanta chingadera. La naturaleza, al final, le hab\u00eda ense\u00f1ado que el amor y la traici\u00f3n pod\u00edan coexistir, que la brutalidad y la ternura eran parte del mismo juego de serpientes y escaleras donde alguien con muy mala sangre echa los dados. Subes y bajas y te trepas y te caes y te rompes el hocico, y un d\u00eda eres el gallo que canta al astro rey y al otro eres un caldo rancio para los perros. Pero ella a\u00fan ten\u00eda esas piernas de venada y los ojotes de gata, esos que le hab\u00edan servido para amansar y enamorar a los tarugos y los bravucones. Eladio, el hombre que hab\u00eda ca\u00eddo bajo ese encanto, era un tipo protervo que emergi\u00f3 del caos y la matanza. Un mat\u00f3n que serv\u00eda a cualquiera que le pagara por usar las pistolas. Y como buen mat\u00f3n sin sentimientos, se le mov\u00edan las entra\u00f1as con las formas femeninas y ca\u00eda rendido como corderito, para despu\u00e9s volverse el mismo mat\u00f3n sin coraz\u00f3n de toda la vida. Dicen que eso pasa a los hombres que no tuvieron amor cuando eran ni\u00f1os y no saben lo que esa palabra significa y la confunden con sus ansias, sus antojos y sus tristezas, con sus borracheras y sus gritos de mariachi. As\u00ed que, tras varios meses de restregarse y gozar las rosadas fragilidades de Victoria, dej\u00f3 de verla como esa maravilla tr\u00e1gica de las canciones rancheras para convertirla, en sus pensamientos de aguardiente, en el producto para su usufructo. Victoria sinti\u00f3 el cambio repentino en Eladio y supo que era momento de convertirse en una verdadera hija de la chingada o ser otro cad\u00e1ver en la cuenta t\u00e1cita del mat\u00f3n. As\u00ed que le agarr\u00f3 disfrute a esa maldad y le hizo saber con su cuerpo que ella era una demonia de la misma cala\u00f1a que \u00e9l.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">El entorno en el que <em>El J\u00edcarito<\/em> se alzaba no era diferente a esos amantes. El sol ca\u00eda a plomo sobre las planicies \u00e1ridas del zacate, donde la vegetaci\u00f3n escasa se retorc\u00eda entre los pedregales, en un intento por sobrevivir. All\u00ed cerquita, las v\u00edas del tren se extend\u00edan como cueros viperinos secos, olvidados; el polvo se alzaba del suelo como una desilusi\u00f3n mientras los magueyes enormes y terribles se ergu\u00edan como dioses guerreros rumbo a una batalla. El aire ol\u00eda a esti\u00e9rcol y agua estancada. Cuando comenzaron los trabajos de construcci\u00f3n, en ese a\u00f1o de 1953, Victoria observaba desde un hoyito en la pared en un rinc\u00f3n sombr\u00edo del cuartucho improvisado donde viv\u00edan, donde la luz del sol apenas penetraba. Su rostro, marcado por la concupiscencia, le hab\u00eda ensombrecido la mirada. No era vieja, ten\u00eda un poquito m\u00e1s de a\u00f1os que Soledad, pero la vida dura la hac\u00eda ver mayor, como si estuviera gast\u00e1ndose la vida muy a prisa. Los trabajadores tra\u00eddos para la construcci\u00f3n, hombres toscos y callosos, se dieron gusto con ella como otra forma de pago, un incentivo que Eladio hab\u00eda ideado para no gastarse todos sus fierros y ella lo acept\u00f3 por puro antojo y por pura sinverg\u00fcenzada. Porque tambi\u00e9n disfrutaba de ese pulque que emanaba de los hombres que la desvest\u00edan. Gustaba de verlo salir como escupitajo para caerle tibiecito en la panza o sentirlo adentrito, salpicado desde los hermosos latidos del amor ap\u00f3crifo. Para ella, cada que esos hombres se vaciaban, se acercaba m\u00e1s y m\u00e1s al trono de su reino y por eso lo gozaba con el mismo arrobamiento que tuvo una ma\u00f1ana.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Avanzaba la construcci\u00f3n y Victoria sab\u00eda que <em>El J\u00edcarito<\/em> deb\u00eda ser m\u00e1s que un simple lugar para el goce de los corruptos. Quer\u00eda, desde las profundas voces de su cabeza, que los hombres que cruzaran sus puertas sintieran que estaban entrando en un templo sagrado, como si eso fuera una venganza silenciosa. Ella se encarg\u00f3 de que las paredes fueran revestidas con cal y cenizas de lo que qued\u00f3 de toro despedazado, de tal manera que cada ladrillo estuviera impregnado con el murmullo del suceso. El cr\u00e1neo, con sus cuernos blanqueados por sosa c\u00e1ustica, colgaba como un trofeo, como un recordatorio inerte del animal. Deseaba Victoria, a trav\u00e9s de esos s\u00edmbolos, fraguar una venganza contra Soledad Medina, a quien le guardaba rencor como s\u00f3lo una mujer puede guardar rencor a otra, desde esos celos del vac\u00edo que se nombran con sudor en las noches, con el entripado de saberse poca cosa ante la santa con la cara de estatua.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Porque Victoria hab\u00eda sido envidiosa desde ni\u00f1a, ya que nunca tuvo nada y todo lo envidiaba. Se le qued\u00f3 entonces ese sentimiento de muina como un hambre o una sed que no se sacia y que le enfermaba la cabeza. Pero no quer\u00eda reconocerse que esa envidia que le emborrachaba ten\u00eda su origen, a veces, en las ganas de no ser ella y ser otra; ser como Soledad, la amada porque s\u00ed, la admirada porque s\u00ed, la deseada porque s\u00ed, la mantenida porque s\u00ed, la que ten\u00eda familia porque s\u00ed. Como si en esa otra ella reconociera todo lo que no podr\u00eda ser por m\u00e1s que su hermoso cuerpo hiciera hervir el agua y prendiera solitas las velas de un altar. Pero agarr\u00f3 fuerzas de sus odios y record\u00f3 su poder de hacer que las nubes y los \u00e1rboles se detuvieran a mirarla y los ajolotes subieran por las aguas para besar su mano.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Y as\u00ed, sabi\u00e9ndose due\u00f1a de su nuevo feudo y de los seres h\u00famedos que tiemblan escurridos, ella contemplaba su poder sobre los hombres y confirmaba que era m\u00e1s grande que el de la santidad de Soledad. Esa santidad hermosa que le hab\u00eda robado el amor de Emilio, esa santidad por la que todos hac\u00edan fiestas y cohetazos. Entonces cay\u00f3 un torrencial, de esos de septiembre, y el lodo que baj\u00f3 por las faldas de la Malinche ensuci\u00f3 para siempre el estanque de ajolotes.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Cap\u00edtulo 2. 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