{"id":302,"date":"2021-03-09T16:45:41","date_gmt":"2021-03-09T16:45:41","guid":{"rendered":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/consultario\/2021\/03\/09\/la-fiesta\/"},"modified":"2021-03-09T16:45:41","modified_gmt":"2021-03-09T16:45:41","slug":"la-fiesta","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/narrativa\/la-fiesta\/","title":{"rendered":"La fiesta"},"content":{"rendered":"<p>Es la verdad, soy un hombre solitario y no lo quer&iacute;a admitir. Lo parad&oacute;jico es que un virus me lo vino a ense&ntilde;ar &iexcl;y a que precio! Siempre pens&eacute; que se trataba de una virtud y por esa raz&oacute;n los vecinos sol&iacute;an mirarme con recelo. Yo prefer&iacute;a observarlos a trav&eacute;s del visillo de la puerta, cuando regresaban con sus mascotas en brazos entre palabrer&iacute;a y arrumacos, como si charlaran con otra persona.<\/p>\n<p>&nbsp; &nbsp; &nbsp;Buscando aislarme de sus voces, que penetraban sin permiso por el m&aacute;s insignificante resquicio, hice colocar una puerta met&aacute;lica. Respiraba aliviado cuando permanec&iacute;a en &ldquo;la paz de mi sepulcro&rdquo;, como ellos sol&iacute;an llamar a mi hogar, un departamento de soltero enteramente a mi gusto. El &ldquo;b&uacute;nker del apestado&rdquo; como tambi&eacute;n le llamaban, y la verdad que no me ofend&iacute;an ni me importaba su palabrer&iacute;a.<\/p>\n<p>&nbsp; &nbsp; &nbsp;Durante los a&ntilde;os que llevaba habitando el departamento, las diferencias vecinales se zanjaron estableciendo un muro de silencio. Toparme con cualesquiera de los vecinos significaba desviar la mirada, bien si los topaba al bajar las escaleras desde el sexto piso donde yo era el &uacute;nico habitante luego de la muerte de los propietarios de los apartamentos que ten&iacute;a exactamente a los costados de las escaleras. Los herederos decidieron venderlos obligados por mi &ldquo;genio&rdquo;, pues al quedar ubicado el m&iacute;o justo frente a la escalera, sosten&iacute;an que no soportaban que los espiara, inspeccionando sus llegadas y salidas, silenciando esc&aacute;ndalos en horas inapropiadas; en una palabra, fueron mis enojos por cuestiones nimias, como el hecho de pedirles que permaneciera limpio el pasillo y que ni de broma dejaran abandonada en mi territorio la m&aacute;s leve basura. &iexcl;As&iacute; qued&eacute; solo en mis dominios del sexto piso!<\/p>\n<p>&nbsp; &nbsp; &nbsp;Cuando se hicieron virales las fatales noticias de la propagaci&oacute;n del Covid-19 sent&iacute; que por fin algo los mantendr&iacute;a dentro de sus guaridas, incluso aguantando la cuarentena no asomar&iacute;an la nariz. La primera semana, los eternos ausentes por el trabajo y la escuela hicieron de su mundana existencia un <em>&ldquo;proyecto de obediencia&rdquo;<\/em>, organizados para enfrentar la cuarentena, cumpliendo viejos pendientes, y dizque aprovechando la oportunidad de disfrutar el tiempo de encierro con hijos y marido, al que la compa&ntilde;&iacute;a mand&oacute; a descansar &ldquo;sin goce de sueldo&rdquo;. Todo me hac&iacute;a imaginar un arca humana pero sin la direcci&oacute;n de No&eacute;, donde tarde o temprano ir&iacute;an mudando de piel para transformarse en animales como resultado de la obligada convivencia.<\/p>\n<p>&nbsp; &nbsp; &nbsp;Para la segunda semana era tal el caos que yo mismo me sent&iacute;a Dios al ver desde lo alto a sus peque&ntilde;as y desobedientes criaturitas, quienes discut&iacute;an por la menor causa: que &ldquo;si los ni&ntilde;os podr&iacute;an guardar silencio&rdquo;, gritaba la madre a la que hab&iacute;an dado con el bal&oacute;n en la cara, derramando la gran olla de caldo de verduras con los huesos de la pechuga de pollo fileteada aprovechados por el perro y cuyo olor se impregn&oacute; en el ambiente del min&uacute;sculo departamento, para desdicha de quienes se fueron hambrientos a la cama.<\/p>\n<p>&nbsp; &nbsp; &nbsp;Historias similares se dejaron escuchar en los otros departamentos, todos padeciendo el mismo problema: el confinamiento. Cuando tuve que subir a tender la muda diaria que met&oacute;dicamente me comed&iacute;a a lavar al chorro del agua de la regadera y luego enjuagarla en el lavadero de la azotea ,antes de tender los trapos no desaprovechaba la oportunidad para lanzar la vista en lontananza, admirando el paisaje que iba cobrando nueva vida con el regreso de aves silvestres que se hab&iacute;an retirado por el miedo que causa el ajetreo humano, ocupando especialmente las copas cercanas de la arboleda del peque&ntilde;o parque central de la unidad habitacional que de pronto hab&iacute;a florecido tambi&eacute;n por la ausencia humana.<\/p>\n<p>&nbsp; &nbsp; &nbsp;Al salir de la jaula de tendido de ropa correspondiente a mi departamento, me pas&oacute; por la mente que estaba saliendo del encierro de un extra&ntilde;o zool&oacute;gico humano, y alcanc&eacute; a notar que los animales agradec&iacute;an la involuntaria cortes&iacute;a con un brillo de curiosidad silvestre ante nuestro extra&ntilde;o comportamiento. Me sent&eacute; en el borde de la peque&ntilde;a barda que separa al edificio del abismo, cuando alcanc&eacute; a escuchar a varios hombres quej&aacute;ndose de la situaci&oacute;n mientras fumaban cada uno en su respectiva jaula. Me pareci&oacute; una estampa curiosa y grotesca al mismo tiempo, ya que el tono de su molestia les confer&iacute;a un aspecto de animales que emit&iacute;an sonoros gru&ntilde;idos; contagiados de una clase de virus que les produc&iacute;a miedo y desasosiego por la mezcla letal con el encierro.<\/p>\n<p>&nbsp; &nbsp; &nbsp;La tercera semana comenz&oacute; el infierno con gritos, peleas y llanto d&iacute;a y noche. Se hicieron presentes los estados de postraci&oacute;n y lamento. Parec&iacute;a estar escuchando desde lo alto de mi santuario las plegarias elevadas al cielo en solicitud de socorro. En momentos de tensi&oacute;n, escuchaba ofensas dirigidas a su Dios, quien parec&iacute;a haberlos olvidado, mezclados con grandes gritos culpando al gobierno calific&aacute;ndolo de &ldquo;insensible&rdquo;, haciendo o&iacute;dos sordos a la solicitud de ayuda de tanta gente necesitada que se enfrentaba a un enemigo invisible y silencioso, ensa&ntilde;&aacute;ndose con las desamparadas familias del edificio que ca&iacute;an en cama, sorprendidos por la mala suerte que supuestamente persigue a los pobres.<\/p>\n<p>&nbsp; &nbsp; &nbsp;Prefer&iacute;an olvidar que la fiesta de aniversario de 99 a&ntilde;os de la vieja Altagracia fue la gota que derram&oacute; el vaso, cuando todos los vecinos juntos entonaron las ma&ntilde;anitas alrededor de la festejada que los ten&iacute;a congregados en las mesas de banquete, donde el licor era servido generosamente a los entusiastas bebedores. El pastel de tres pisos fue insuficiente para colocar 99 velitas, presagiando los cirios pascuales de todos los invitados. Mientras, encerrado escuchaba las recomendaciones oficiales de evitar las reuniones. Todo comenz&oacute; luego de entonar las ma&ntilde;anitas y soplar al pastel de tres naves, resoplos repetidos para la cantidad de velitas, lo que result&oacute; el <em>aspersor<\/em> <em>del virus<\/em>. Esa noche aislaron a la anciana, dizque &ldquo;para evitar el contagio&rdquo;. Las s&aacute;banas de su cama fueron su mortaja. Cancelado el velorio y los rosarios, su ata&uacute;d simplemente fue apilado junto a otros m&aacute;s en el edificio de la morgue, no encontrando d&oacute;nde meterlos; aunque en la espera de su turno en el cremadero.<\/p>\n<p>&nbsp; &nbsp; &nbsp;Sal&iacute; de la guarida, sin dejar de llevar gel antibacterial, toallitas h&uacute;medas, guantes de l&aacute;tex y una mascarilla de aire parad&oacute;jicamente <em>made in China<\/em>, comprada en mercado libre semanas antes de que llegara a M&eacute;xico el Covid-19, porque luego fue imposible conseguir una a precio razonable. Mis pasos resonaban en la b&oacute;veda de pasillos y escaleras, a donde regres&eacute; presuroso, y a punto de abrir la puerta, fij&eacute; la mirada en unas palabras garabateadas en la pared de junto y con plum&oacute;n rojo para que no pasara sin leer su sentencia: <em>&#8220;Aqu&iacute; vive aislado Covid-19, mant&eacute;nganse alejados&#8221;<\/em>; entre presuroso y molesto pens&eacute; que en otro momento habr&iacute;a armado un esc&aacute;ndalo hasta encontrar al responsable y hacerlo limpiar tan injurioso mensaje, pero no hab&iacute;a a quien culpar, reinaba el silencio&hellip; &iexcl;no quedaba nadie! La fiesta hab&iacute;a sido el epicentro de la contagio llev&aacute;ndose a la tumba a todos los habitantes del edificio.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Es la verdad, soy un hombre solitario y no lo quer&iacute;a admitir. Lo parad&oacute;jico es que un virus me lo vino a ense&ntilde;ar &iexcl;y a que precio! 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