{"id":2706,"date":"2025-10-02T17:24:18","date_gmt":"2025-10-02T17:24:18","guid":{"rendered":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/consultario\/2025\/10\/02\/la-identidad-y-sus-misterios\/"},"modified":"2025-10-02T17:24:18","modified_gmt":"2025-10-02T17:24:18","slug":"la-identidad-y-sus-misterios","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/kaos\/la-identidad-y-sus-misterios\/","title":{"rendered":"La identidad y sus misterios"},"content":{"rendered":"<p style=\"text-align: right;\"><em>Guardar silencio, es lo que sin saberlo queremos todos al escribir<\/em>.<\/p>\n<p style=\"text-align: right;\">Maurice Blanchot.<\/p>\n<p><strong>&nbsp;<\/strong><\/p>\n<p>El sujeto est&aacute; montado en la met&aacute;fora. Lo que nos representa, la identidad, es una cuesti&oacute;n compleja. Por estar atravesados por el lenguaje, estamos montados entre el yo y el no-yo. Para el psicoan&aacute;lisis, la identidad del sujeto est&aacute; en el marco de la pura y permanente posibilidad, somos s&oacute;lo posibilidad.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Desde la teor&iacute;a fundada por Sigmund Freud, la identidad no puede pensarse sino desde las identificaciones, lo mismo que no puede bordearse lo real sino desde la realidad, que no es otra cosa que representaci&oacute;n. Tal es la idea que nos permite pensar este pasaje del decir freudiano: &ldquo;una condici&oacute;n esencial para el establecimiento de una prueba de realidad es la de que se hayan perdido objetos que procuraron otrora satisfacciones reales&rdquo;. La identidad es asunto de met&aacute;fora, se juega entre la representaci&oacute;n y lo representado.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Quisiera hacer un breve recorrido por el concepto de identidad, que, por otra parte, considero esencial en la condici&oacute;n del sujeto. En un aforismo se podr&iacute;a decir que &ldquo;la identidad es condici&oacute;n de lo humano lo mismo que la muerte es su destino&rdquo;. Hacia 1923, para Freud, el concepto de identidad es utilizado en relaci&oacute;n con las identificaciones proyectivas que realiza el sujeto en el devenir de su existencia; durante el desarrollo del concepto, es patente la relevancia de la imagen corporal como identificaci&oacute;n fundamental para la formaci&oacute;n del yo. El cuerpo, como imagen proyectiva, simplemente, es la sede de la identidad.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>La identidad nunca es absolutamente propia. Se constituye siempre en el lazo con el Otro. En este sentido, es posible decir que en la identidad nada es original o natural (como nada en la condici&oacute;n humana lo es). Georges Steiner sostiene que una obra de arte nunca puede ser m&aacute;s que reelaboraci&oacute;n de otra que le precedi&oacute; en el tiempo y espacio; lo mismo ocurre con lo humano. Freud as&iacute; lo hace entender al decir que al conocer a alguien no hacemos sino reconocerlo, lo que equivale a decir que cuando deseamos algo m&aacute;s bien lo anhelamos. El deseo es nostalgia. La identidad, en los neur&oacute;ticos, se anida en la memoria, por tanto se vuelve anhelo.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>La identidad-memoria, que por tanto es ya identificaci&oacute;n, se enfrenta en la realidad con el otro (&ldquo;el semejante, su pr&oacute;jimo, su ideal del yo [Je], una palangana&rdquo;, dice Lacan) y es ah&iacute; que tambi&eacute;n surge el conflicto. En la alteridad se ubica el conflicto de lo humano: el conflicto humano se ubica justo entre el principio del placer y el principio de realidad.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>La identidad, al ligarse a la memoria, se expresa como identificaci&oacute;n, es decir, como la m&aacute;s temprana manifestaci&oacute;n de enlace afectivo a otra persona u objeto. Se trata, hay que decirlo, de un enlace simb&oacute;lico. En otras palabras, la identificaci&oacute;n es siempre con un ideal. La identidad, en cambio, est&aacute; amalgamada a lo in&eacute;dito que nunca es. Si queremos apuntalar esta idea basta con dar una vuelta por la historia.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Cuesta trabajo pensar en alguna m&aacute;quina de muerte mejor dise&ntilde;ada y aceitada como la que construy&oacute; el nacionalsocialismo. El holocausto es la m&aacute;s terrible expresi&oacute;n de la t&eacute;cnica utilizada para la muerte. Para exterminar de la memoria a un pueblo se recurrieron a los m&eacute;todos m&aacute;s sofisticados de exterminio. Sin duda no fue casual que el nazismo procediera de esta manera: seg&uacute;n Primo Levi se trataba no simplemente de matar sino de literalmente exterminar una identidad. Como hoy se pretende hacer con Palestina. Desde el ideal de lo Absoluto se busc&oacute; eliminar a quien se ostenta en identidad con lo Absoluto. Para eliminar esa expresi&oacute;n de la diversidad representada por <em>lo<\/em> jud&iacute;o, las huestes nazis, sin embargo, fueron tan rabiosas como lo es cierta expresi&oacute;n fan&aacute;tica del juda&iacute;smo que hace del Capital lo Absoluto y de la identidad palestina el odiado enemigo a quien hay que eliminar.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Entre la identidad y la identificaci&oacute;n se teje el mundo, se bordan las culturas y se escriben las historias. La primera, la identidad, dice Jacques Derrida, nunca es dada, recibida o alcanzada. La identidad es, entonces, pura posibilidad. Se trata de una construcci&oacute;n siempre inacabada y, en ese sentido, siempre fantasm&aacute;tica. La identificaci&oacute;n, en cambio, se actualiza en cada acto del sujeto, cada acto le otorga al sujeto un lugar en el mundo. La identificaci&oacute;n da sustento al fantasma de la identidad con la que se juega el sujeto. La identidad no puede acceder del todo al estatus de lo simb&oacute;lico, en este sentido, podemos decir que la identidad est&aacute; en lo real: la biolog&iacute;a lo sabe pero no lo puede decir. Si la identidad del sujeto se encuentra, si se quiere leer desde la biolog&iacute;a, en el ADN, al acceder el sujeto (siempre por intervenci&oacute;n de lo distinto, de lo ajeno) a la instancia de lo simb&oacute;lico, se transfigura quedando s&oacute;lo como fantasma, es decir, como identidad. Lacan dice en el seminario 2: &ldquo;El sujeto como tal, funcionando en tanto que sujeto, es otra cosa y no un organismo que se adapta&rdquo;<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Para Emmanuel L&eacute;vinas, lo que llamamos &ldquo;nuestra identidad&rdquo; (incluso &ldquo;mi identidad&rdquo;) es un enga&ntilde;o, una perturbaci&oacute;n de los sentidos. Se trata del enga&ntilde;o del yo. La supuesta solidez de la identidad se pone en cuesti&oacute;n ante cada interpelaci&oacute;n de lo exterior. Lo Otro (el lenguaje, la ley, la cultura, el cuerpo), lo ajeno, lo extra&ntilde;o, pone el toque de lo incierto en lo propio y, de cualquier manera, obliga al yo a tomar postura. La interpelaci&oacute;n del Otro en el organismo humano se realiza mediante una imposici&oacute;n de lo simb&oacute;lico ah&iacute; donde lo real del &oacute;rgano se expresa. El &oacute;rgano es nombrado y con ello transformado en cuerpo, sentenciado a la ventura, a la deriva. Se trata de la entrada en escena de la diferencia, la alteridad.<\/p>\n<p>En la identificaci&oacute;n, o mejor dicho las representaciones de la identidad, lo que se considera como lo propio fue moldeado en la relaci&oacute;n con lo Otro y de los otros; lo que viene del Otro se expresa como promesa de unidad siendo, en tanto que promesa, pura posibilidad. La identidad est&aacute; siempre en el horizonte, es una avenida que s&oacute;lo adquiere consistencia en la muerte, que est&aacute; en el Absoluto horizonte. Al nombrar, es decir, al darle un lugar en el lenguaje se le da la muerte. Cuando una idea, una imagen, en todo caso, un significante, viene a m&iacute;, en ese instante est&aacute; ya habitado por la muerte.<\/p>\n<p>Este paso de dar la muerte, que siempre proviene del exterior, es, parad&oacute;jicamente, un acto de vida como sujeto, es decir: el dar la muerte se posibilita la vida subjetiva a un sujeto. La identidad se encuentra, por tanto, ligada a la muerte. S&oacute;lo es posible asumirla en la medida en que sea asumida la muerte, en el psicoan&aacute;lisis suele hablarse al respecto de &ldquo;atravesar el fantasma&rdquo;.<\/p>\n<p>Al hacer singular una idea, al sacarla de la oscuridad, con la &ldquo;violencia de la luz&rdquo; dice Levinas se le condena a la ausencia, est&aacute; amenazada por el tiempo. La violencia de la luz es la violencia de la muerte. El sujeto no puede nunca tener una identidad, es justamente en esa falta que se posibilita el acto creador; al ser la identidad imposible entonces la puede, por decir algo, escribirla, crearla, o inventarla, en todo caso producir. Siempre en proceso, siempre en espera de ser dicha toda. La obra que se produce en la b&uacute;squeda de la identidad escapa a cualquier posibilidad de aprehender su sentido: su sentido es &uacute;nico, se trata de lo inhaprensible, insiste, apunta a la muerte. &ldquo;Guardar silencio, es lo que sin saberlo queremos todos al escribir&rdquo;, dice Maurice Blanchot.<\/p>\n<p>Por tanto, toda b&uacute;squeda de identidad es una actividad p&uacute;blica. La identificaci&oacute;n se hace en torno a ideales: nacionalidad, etnia, sexo, religi&oacute;n, posici&oacute;n pol&iacute;tica, ilusiones que buscan salvar de la soledad, sin embargo (este es su costado peligroso), todos los ideales son segregacionistas, excluyentes. El sujeto est&aacute; s&oacute;lo con su deseo, expuesto al goce, la tragedia radica en que puede intentar compartir con el pr&oacute;jimo su deseo, pero el goce lo hace tarea imposible. Por tanto: toda experiencia es una experiencia de extra&ntilde;amiento, no hay forma alguna de estar con lo propio. El sujeto est&aacute; siempre en contacto con lo ajeno. Somos extranjeros de nosotros mismos, como dice Julia Kristeva.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Guardar silencio, es lo que sin saberlo queremos todos al escribir. Maurice Blanchot. &nbsp; El sujeto est&aacute; montado en la met&aacute;fora. Lo que nos representa, la identidad, es una cuesti&oacute;n compleja. Por estar atravesados por el lenguaje, estamos montados entre el yo y el no-yo. 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