{"id":2698,"date":"2025-09-23T13:41:57","date_gmt":"2025-09-23T13:41:57","guid":{"rendered":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/consultario\/2025\/09\/23\/la-buena-y-la-mala-muerte\/"},"modified":"2025-09-23T13:41:57","modified_gmt":"2025-09-23T13:41:57","slug":"la-buena-y-la-mala-muerte","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/kaos\/la-buena-y-la-mala-muerte\/","title":{"rendered":"La buena y la mala muerte"},"content":{"rendered":"<p style=\"text-align: right;\"><em>El lenguaje es una herida. Cada palabra que pronuncio me abre y me expone, pero tambi&eacute;n me salva, porque en esa herida reconozco que estoy viva.<\/em><\/p>\n<p style=\"text-align: right;\">Alejandra Pizarnik<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Siempre resulta parad&oacute;jico reconocer que acerca de la &uacute;nica certeza que tenemos en la vida no sabemos nada en definitiva. No sabemos nada de nuestra muerte, que es nuestra &uacute;nica certeza, por tanto, s&oacute;lo podemos hacer ficciones.<\/p>\n<p>La participaci&oacute;n de la filosof&iacute;a en todas las construcciones que se hacen sobre la muerte resulta evidente; es decir, si las ficciones sobre la muerte abordan lo desconocido, entonces todas entra&ntilde;an en s&iacute; mismas un problema filos&oacute;fico. Lo cierto es que la filosof&iacute;a y la muerte est&aacute;n estrechamente ligadas. La filosof&iacute;a es parte fundamental de las construcciones culturales sobre la muerte, es la pregunta por excelencia. La muerte, dice Edgar Morin, es &ldquo;una idea sin contenido, o, si se quiere, cuyo contenido es el vac&iacute;o del infinito&rdquo;.<\/p>\n<p>Los seres humanos no podemos quitarnos nunca el fantasma de la muerte, se nos confiere al ser nombrados; y aqu&iacute; vale destacar la importancia que Jacques Derrida concede al asunto del nombre al hablar de la muerte. Dice este fil&oacute;sofo franc&eacute;s, en su libro <em>Dar la muerte<\/em>: &ldquo;el nombre es ya portador de la muerte de su portador, la memoria anticipada de su desaparici&oacute;n&rdquo;. El fantasma que se elabora ante la certeza de la muerte no se puede eliminar.<\/p>\n<p>El ser humano est&aacute; marcado por la condici&oacute;n de ser mortal, por portar un nombre y con ello una deuda de vida con lo social, con el otro. Le debemos una vida a la muerte.<\/p>\n<p>El sujeto est&aacute; marcado por la condici&oacute;n de ser mortal a partir del lenguaje. Dice Alejandra Pizarnik: &ldquo;El lenguaje es una herida. Cada palabra que pronuncio me abre y me expone, pero tambi&eacute;n me salva, porque en esa herida reconozco que estoy viva&rdquo;.<\/p>\n<p>Uno de los datos del proceso de hominizaci&oacute;n es la idea de trascendencia, las inscripciones y las flores en las tumbas son se&ntilde;al de ello. Tener conciencia de la muerte, tener conciencia de la finitud, es, en consecuencia, condici&oacute;n de humanizaci&oacute;n (de cultura). Sin embargo, la adquisici&oacute;n de esta conciencia es tambi&eacute;n fuente generadora de diversas actitudes y posturas.<\/p>\n<p>En un recorrido por las actitudes ante la muerte seguramente nos encontraremos con abundancia de matices.<\/p>\n<p>&Eacute;stos est&aacute;n determinados por los par&aacute;metros establecidos desde la cultura, de acuerdo con lo que dentro de ella se ha considerado como &ldquo;<em>buena<\/em>&rdquo; y &ldquo;<em>mala<\/em>&rdquo; muerte, seg&uacute;n consigna Philippe Aries en su libro <em>Morir en Occidente<\/em>.<\/p>\n<p>En la Edad Media, por ejemplo, la <em>buena muerte<\/em> ten&iacute;a como rasgo esencial dejar tiempo para el aviso; el moribundo sab&iacute;a que pronto morir&iacute;a y eso no era en absoluto fuente de angustia sino toda una distinci&oacute;n.<\/p>\n<p>En la antig&uuml;edad, la muerte avisaba, no llegaba a traici&oacute;n, y eso era algo que se ten&iacute;a que agradecer. Se sab&iacute;a que algunos moribundos ten&iacute;an la visita de cierto espectro, ese mensajero que sol&iacute;a aparecer en sue&ntilde;os o en un franco y divino delirio, en fin, como una aparici&oacute;n que le informa al moribundo la inminencia del momento de su muerte. Que la muerte se hiciera anunciar era, dice Philippe Ari&eacute;s, un fen&oacute;meno absolutamente natural, incluso cuando iba acompa&ntilde;ada de malos presagios.<\/p>\n<p>La <em>mala muerte<\/em>, en contraste, se manifestaba cuando llegaba a traici&oacute;n, de s&uacute;bito, por accidente y sin dejar el m&iacute;nimo tiempo para tomar alguna actitud de preparaci&oacute;n para recibirla. La muerte s&uacute;bita era temible, como una condenaci&oacute;n. Ari&eacute;s refiere que esa muerte era calificada como infamante y vergonzosa, como c&oacute;lera de Dios; de esa muerte no se hablaba. Incluso las exequias de aquellos difuntos por muerte s&uacute;bita, violenta, cruel, esos ritos funerarios toman un tono a&uacute;n m&aacute;s funesto, incluso siniestro.<\/p>\n<p>Pero exist&iacute;a otra muerte a&uacute;n m&aacute;s infamante, se trata de, dice Aries: &ldquo;la muerte fea y villana es tambi&eacute;n la muerte clandestina que no tuvo testigo ni ceremonia, la del viajero en el camino, la del ahogado en el r&iacute;o, la del desconocido cuyo cad&aacute;ver se descubre a la vera del camino, o incluso del vecino fulminado sin raz&oacute;n. Poco importa que fuera inocente: su muerte s&uacute;bita le marca como una maldici&oacute;n.&rdquo;<\/p>\n<p>En nuestra &eacute;poca hemos vivido una variante de la mala muerte, ahora en tiempos de pandemia, la mala muerte es la que se nos revela cuando sabemos que ha fallecido aquel que no pensamos, con quien menos se espera, s&oacute;lo tuvo una peque&ntilde;a fiebre y ya no sali&oacute; del hospital, se escuchaba. Muertes sin duelo, un puro agujero.<\/p>\n<p>En nuestro tiempo, en nuestra civilizaci&oacute;n occidental que por sistema excluye aquello que resulta imposible de clasificar y manipular, esta civiliaci&oacute;n que por sistema segrega lo diferente y exalta lo hegem&oacute;nico, en esta sociedad nuestra se ha venido operando un cambio fundamental: para nosotros, la buena muerte es aquella que aparece sin anunciarse, sin presentimiento alguno que despierte el m&aacute;s m&iacute;nimo estado de angustia, temor o temblor. En nuestro tiempo, la buena muerte, el &ldquo;bien&rdquo; morir, se idealiza en absoluta tranquilidad, y de ser posible en el sue&ntilde;o, sin anuncio, sin tiempo para la angustia, sin dolor, sin sufrimiento y pr&aacute;cticamente sin conciencia.<\/p>\n<p>La mala muerte moderna, en consecuencia, de la que no se habla, es la que se anuncia, la que trae consigo todo el dolor de la agon&iacute;a, todo el enfrentamiento con la degradaci&oacute;n del cuerpo que queda muchas veces en el olvido en las fr&iacute;as salas del hospital.<\/p>\n<p>Como se ve, el cambio de perspectiva con respecto a la muerte no es menor. Sin duda alguna, las actitudes modernas tienen aspectos importantes de considerar.<\/p>\n<p>Esto se expresa en las diversas formas en que se transitan los duelos. Y aqu&iacute; si hay que ser contundente, hay tantas formas de transitar por el duelo como sujetos haya; el duelo es una cuesti&oacute;n singular, s&oacute;lo ata&ntilde;e a quien lo vive, no hay modelos, no hay f&oacute;rmulas.<\/p>\n<p>Pese a no conocerse alguna aplicaci&oacute;n efectiva de escalas de medici&oacute;n para saber en qu&eacute; rangos y sentido las actitudes ante la muerte se han ido modificando, resulta perceptible ese cambio si observamos y tomamos como indicador, por ejemplo, a las costumbres funerarias de cada &eacute;poca. El recorrido ser&iacute;a muy largo, y por el momento s&oacute;lo cabr&iacute;a pensar en los duelos en nuestra &eacute;poca. En un mundo tan agitado, como resulta ser nuestro mundo, con su mezcla de modernidad-posmodernidad, donde la familiaridad y la proximidad de la muerte, que era tolerada en la antig&uuml;edad, ha sido transformada en una actitud m&aacute;s bien f&oacute;bica: en nuestros d&iacute;as, pensar en la muerte genera tanto miedo que ya no se osa decir su nombre, la muerte se ha vuelto salvaje. Por ello se idealiza la muerte s&uacute;bita, que si, como ya se dec&iacute;a, nos puede tomar durmiendo (sin conciencia) mucho mejor: se anhela la muerte r&aacute;pida, la que en otros tiempos era considerada como una muerte infamante.<\/p>\n<p>En los pa&iacute;ses tecnol&oacute;gicamente desarrollados los ritos funerarios, que entre otras cosas permit&iacute;an incorporar la idea de la muerte en lo social, cambiaron la casa por las salas funerarias; el morir ha devenido en negocio bastante productivo y con ello la muerte va siendo excluida del hogar y de la compa&ntilde;&iacute;a de los otros.<\/p>\n<p>Ya dec&iacute;a que incluso esto se recrudeci&oacute; en tiempos de pandemia, donde no se pod&iacute;a siquiera asistir al funeral.<\/p>\n<p>As&iacute; entonces, los ritos funerarios, los &uacute;nicos actos que posibilitan incorporar a lo social lo indecible de la muerte, han quedado pr&aacute;cticamente forcluidos. En las sociedades modernas la muerte no se narra, se vive y se excluye, se aconseja el pronto olvido: &ldquo;la vida tiene que seguir&rdquo;, se dice para consuelo. En un mundo donde incluso la idea de la eugenesia, o clonaciones humanas, la visi&oacute;n que de la muerte se tiene resuena similar a la que ya se&ntilde;alaba Epicuro: &ldquo;cuando Yo soy ella no es, cuando ella es Yo no soy [&#8230;] por lo que no vale la pena preocuparse por la muerte&rdquo;. Esa no preocupaci&oacute;n le condena al exilio y al silencio. La muerte se ha vuelto salvaje.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>El lenguaje es una herida. Cada palabra que pronuncio me abre y me expone, pero tambi&eacute;n me salva, porque en esa herida reconozco que estoy viva. Alejandra Pizarnik &nbsp; Siempre resulta parad&oacute;jico reconocer que acerca de la &uacute;nica certeza que tenemos en la vida no sabemos nada en definitiva. 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