{"id":2628,"date":"2025-07-29T13:16:39","date_gmt":"2025-07-29T13:16:39","guid":{"rendered":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/consultario\/2025\/07\/29\/los-amantes-de-los-libros-versus-los-que-queman-libros\/"},"modified":"2025-07-29T13:16:39","modified_gmt":"2025-07-29T13:16:39","slug":"los-amantes-de-los-libros-versus-los-que-queman-libros","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/kaos\/los-amantes-de-los-libros-versus-los-que-queman-libros\/","title":{"rendered":"Los amantes de los libros versus los que queman libros"},"content":{"rendered":"<p><em>La humanidad progresa. Hoy solamente quema mis libros; siglos atr&aacute;s, me hubieran quemado a m&iacute;.<\/em><\/p>\n<p>Sigmund Freud<\/p>\n<p><em>Yo sigo jugando a no ser ciego, sigo llenando mi casa de libros.<\/em><\/p>\n<ol>\n<li>Luis Borges.<\/li>\n<\/ol>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>En la CDMX, y en buena parte del pa&iacute;s, la gentrificaci&oacute;n se muestra como un fen&oacute;meno muy complejo. Algunas posiciones en contra, y desde grupos odiadores infiltrados, durante una marcha reciente, protagonizaron uno de los m&aacute;s aberrantes actos de la humanidad: quemar libros, ahora en la librer&iacute;a Julio Torri de la UNAM.<\/p>\n<p>Pocos instrumentos han tra&iacute;do tantos beneficios, y a la vez han sido tan peligrosos para la humanidad, como los libros. Los libros pueden exaltar o envilecer, seducir o asquear; magnificar la sensibilidad o banalizarla. Los libros han sido los mensajeros que contienen las cr&oacute;nicas de los encuentros del hombre con Dios, han sido los correos del amor; los libros, lo mismo que los c&oacute;dices y los petrogl&iacute;ficos, desde su nobleza o su fiereza, han mantenido los lazos comunicantes entre las mujeres y los hombres de todas las &eacute;pocas.<\/p>\n<p>Este acto de barbarie nos lleva a reflexionar sobre esa intenci&oacute;n siempre presente de quemar libros. Para Jorge Luis Borges, bibliotecario y bibli&oacute;filo, el libro es el m&aacute;s asombroso de los instrumentos que el hombre ha inventado; un instrumento que es extensi&oacute;n de su esp&iacute;ritu y no de su cuerpo.<\/p>\n<p>M&aacute;s all&aacute; de la que ya va siendo una vieja sentencia de muerte del libro para ser sustituido por dispositivos digitales y virtuales, sin embargo, con independencia de su formato, el libro es una de las encarnaciones del triunfo sobre la muerte; los autores habr&aacute;n de morir, algunos libros nunca.<\/p>\n<p>George Steiner afirma, en su libro <em>Los log&oacute;cratas<\/em>, que &ldquo;los que queman libros, los que expulsan y matan a los poetas, saben exactamente lo que hacen&rdquo;. Saben lo que hacen porque al echarlos a la hoguera reconocen que el poder de los libros es incalculable. La historia de la humanidad est&aacute; plagada de momentos en que los totalitarismos de m&aacute;s diverso cu&ntilde;o han tenido la peregrina idea de que eliminando los libros se elimina el peligro que encarnan; buscan eliminar al libro como anhelan eliminar al otro, al diferente. Promueven la eliminaci&oacute;n del libro los enfermos de Lo Mismo, como dice Robert Musil.<\/p>\n<p>Al respecto de la quema de libros, Fernando B&aacute;ez, en un muy interesante trabajo llamado <em>Historia universal de la destrucci&oacute;n de los libros<\/em>, nos narra que quiz&aacute;s el momento de quema de libros que est&aacute; m&aacute;s presente en la memoria moderna es la tarde del 10 de mayo de 1933, cuando en la Opernplatz de Berl&iacute;n, 70 mil estudiantes hab&iacute;an llevado m&aacute;s 20 mil libros para echarlos a la hoguera bajo el discurso cargado de odio de su l&iacute;der, Herbert Gutjahr, un joven de tan solo 23 a&ntilde;os: &ldquo;Hemos dirigido nuestro actuar contra el esp&iacute;ritu no alem&aacute;n. Entrego todo lo que representa al fuego&rdquo;, vociferaba. Para el nazismo, los libros se hab&iacute;an vuelto peligrosos y fueron retirados de los estantes de las librer&iacute;as p&uacute;blicas. Las obras de Marx, Einstein, Freud, Henrie Heinch conocieron el fuego en ese evento que presid&iacute;a el lugarteniente de Hitler, Joseph Goebbels, quien, en un discurso literalmente incendiario, sosten&iacute;a que: &ldquo;la &eacute;poca extremista del intelectualismo jud&iacute;o ha llegado a su fin y la revoluci&oacute;n de Alemania ha abierto las puertas nuevamente para un modo de vida que permita llegar a la verdadera esencia del ser alem&aacute;n&rdquo;. Ahora, ese &ldquo;intelectualismo jud&iacute;o&rdquo;, antisemita, no puede, o no quiere detener el genocidio en Gaza, m&aacute;s grave a&uacute;n que la quema de libros<\/p>\n<p>Pero, nos dice Ba&eacute;z, no han sido los nazis los &uacute;nicos ni los primeros que han mandado a los peligrosos libros a la hoguera. En la China Imperial de 212 a. C., en la provincia de Qin Shi Huang, no s&oacute;lo quemaron libros sino a sus autores que se opusieron a entregarlos. Otra c&eacute;lebre quema de libros es la de la Biblioteca de Alejandr&iacute;a en el a&ntilde;o de 292 a. C., ordenada por el emperador Diocleciano. En Europa conocemos la que se dio en llamar &ldquo;La hoguera de las vanidades&rdquo;, en Florencia, donde fueron quemados libros y obras de arte, quema promovida por el religioso dominico Girolamo Savonarola. En nuestra Am&eacute;rica tambi&eacute;n la barbarie religiosa ha hecho de las suyas: el sacerdote Diego de Landa, el 12 de julio de 1562, en la localidad de Man&iacute; (Yucat&aacute;n), instruye la quema de c&oacute;dices mayas con el argumento de que conten&iacute;an &ldquo;superstici&oacute;n y falsedades del demonio&rdquo;. Una de las escenas m&aacute;s conmovedoras de <em>El nombre de la rosa de Umberto Eco<\/em> es la quema de la laber&iacute;ntica biblioteca del monasterio.<\/p>\n<p>Con la quema de libros se busca eliminar todo aquello que sea contrario a los reg&iacute;menes totalitarios; quemando libros se busca eliminar la palabra del disidente, se busca eliminar la diferencia, por tanto, la quema de libros no puede ser sino un acto de odio. A comienzos del siglo XVI, los andaluces en la pen&iacute;nsula ib&eacute;rica ten&iacute;an que entregar los libros escritos en &aacute;rabe para ser quemados, sin embargo, y por fortuna, aunque solo sea por convenir a sus intereses, se salvaron los de medicina, filosof&iacute;a o historia.<\/p>\n<p>La dictadura de Augusto Pinochet, despu&eacute;s del golpe de estado del 11 de septiembre de 1973, requis&oacute; los libros de los disidentes pol&iacute;ticos. Lo mismo ocurri&oacute; en Argentina, donde la dictadura quem&oacute; un mill&oacute;n de libros. El general Luciano Benjam&iacute;n Men&eacute;ndez se justific&oacute; as&iacute;: &ldquo;destruimos por el fuego la documentaci&oacute;n perniciosa que afecta al intelecto y nuestra manera de ser cristiana&rdquo;.<\/p>\n<p>Los que queman libros saben lo que hacen, dice Steiner, saben que el encuentro con el libro cambia la vida, el libro nos convertir&aacute;, nos transformar&aacute;, nos abrir&aacute; a ser algo m&aacute;s de lo que somos, nos ense&ntilde;ar&aacute; ideolog&iacute;as desconocidas, mundos ajenos, nos mostrar&aacute; la otredad, y por eso son peligrosos estos artefactos portadores de la lengua escrita. El libro est&aacute; ah&iacute;, esper&aacute;ndonos, en una vuelta de la mirada, en el lugar y momento menos pensado, en un polvoriento estante, olvidado, ah&iacute; est&aacute; el libro que nos dar&aacute; nueva vida. De esto Borges sab&iacute;a algo e hizo del libro una mitolog&iacute;a: un libro aut&eacute;ntico nunca es impaciente, escrib&iacute;a. Borges era sin duda un amante de los libros.<\/p>\n<p>Del otro lado, en las ant&iacute;podas de los que queman libros, se encuentran quienes los acumulan, para quienes los libros son joyas, no tanto por su contenido sino por el objeto mismo que son. Los libros son vistos incluso como hijos. El psicoanalista N&eacute;stor Braunstein, en su <em>Ficcionario de psicoan&aacute;lisis<\/em>, nos regala una hermosa historia, la de Antoine-Marie Henry Boulard, un amante de los libros. Un hombre ordinario, un infame (un <em>sin fama<\/em>, como dec&iacute;a Foucault), que coleccionaba libros. Se nos dibuja como un hombre cuyo mayor esc&aacute;ndalo en su vida lo protagoniz&oacute; con su mujer una noche que no lleg&oacute; a dormir a su casa por haberse quedado en otra casa acomodando los libros que cargaba en tres carros y que hab&iacute;a comprado la v&iacute;spera. La mujer lo perdon&oacute; bajo la consigna de no comprar un libro m&aacute;s. Este personaje, descrito como un viejo digno y canoso, recorr&iacute;a las librer&iacute;as de usado y se embriagaba del olor del papel pero, &iexcl;vaya sufrimiento!, no pod&iacute;a adquirir lo que husmeaba. Cay&oacute; enfermo de una grave melancol&iacute;a, s&oacute;lo as&iacute; pudo obtener permiso de comprar los libros que quisiera. Su pasi&oacute;n no apuntaba a la lectura sino al libro mismo como objeto. Se trataba m&aacute;s de un bibli&oacute;mano que de un bibli&oacute;filo. Se trataba de un bendito maniaco del libro.<\/p>\n<p>Los bibli&oacute;filos, y los hay muy grandes, verdaderos amantes empedernidos de los libros, no tanto como objetos (sin dejar de apreciar las ediciones, las formas) sino por su contenido; tanto ha sido su amor por los libros que han consagraron su vida a exaltar su relaci&oacute;n con ellos, a vivir con ellos, tal es el caso de Jorge Luis Borges, &ldquo;El bibliotecario valiente&rdquo; como le llamaba Roberto Bola&ntilde;o. Borges imaginaba al para&iacute;so como una gran biblioteca, y su vida no le era concebible sin los libros.<\/p>\n<p>Otro excelente bibli&oacute;filo fue el fil&oacute;sofo y escritor franc&eacute;s Georges Bataille, el autor de <em>El <\/em><em>erotismo<\/em>, pas&oacute; buena parte de su vida entre la biblioteca y el burdel, fue bibliotecario y medievalista de la Biblioteca Nacional de Par&iacute;s de 1924 a 1942, y director de la Biblioteca Municipal de Orleans de 1951 a 1962.<\/p>\n<p>Frente a los que queman libros, los bibli&oacute;manos que los acumulan y los bibli&oacute;filos que los aman, lamentablemente tenemos que padecer a los despreciadores de los libros, los que recomiendan no leer. En d&eacute;cadas ya por fortuna pasadas, M&eacute;xico sufri&oacute; la verg&uuml;enza de tener un presidente que no pudo recordar s&oacute;lo tres libros que hayan marcado su vida. Con ese analfabetismo funcional, &iquest;c&oacute;mo pretender gobernar una naci&oacute;n que reconoce en los c&oacute;dices (en lat&iacute;n <em>codex<\/em> significa &ldquo;libro manuscrito&rdquo;) y en los <em>Tlacuilos<\/em> (&ldquo;los que escriben pintando&rdquo;) un valor fundamental?<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>La humanidad progresa. Hoy solamente quema mis libros; siglos atr&aacute;s, me hubieran quemado a m&iacute;. Sigmund Freud Yo sigo jugando a no ser ciego, sigo llenando mi casa de libros. Luis Borges. &nbsp; En la CDMX, y en buena parte del pa&iacute;s, la gentrificaci&oacute;n se muestra como un fen&oacute;meno muy complejo. 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