{"id":2568,"date":"2025-06-17T13:50:09","date_gmt":"2025-06-17T13:50:09","guid":{"rendered":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/consultario\/2025\/06\/17\/el-rostro-imposible\/"},"modified":"2025-06-17T13:50:09","modified_gmt":"2025-06-17T13:50:09","slug":"el-rostro-imposible","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/narrativa\/el-rostro-imposible\/","title":{"rendered":"El rostro imposible"},"content":{"rendered":"<p>Renata caminaba por la explanada de la universidad. Vest&iacute;a una minifalda a cuadros color malva, un su&eacute;ter lila de cuello de tortuga, y calzaba unas botas negras que le llegaban por debajo de la rodilla. Su cabello oscuro llegaba hasta sus hombros y estaba peinado con un poco de crep&eacute; en la coronilla, rematado con un fleco que enmarcaba su rostro de piel blanca y resaltaba sus ojos verdes, orlados por unas largas y sedosas pesta&ntilde;as postizas. Llevaba abrazados unos libros e iba seguida por una parvada de j&oacute;venes, todos estudiantes del tercer semestre de la carrera de Ciencias Pol&iacute;ticas, que se dirig&iacute;an a la biblioteca, para hacer el trabajo final de filosof&iacute;a pol&iacute;tica que deb&iacute;an entregar el viernes, para lograr pasar la materia y evitarse el odioso examen final.<\/p>\n<p>En la biblioteca, Renata y sus compa&ntilde;eros se pusieron de acuerdo sobre a qui&eacute;n le tocar&iacute;a cada tema. Renata se despidi&oacute; de Juan, Majo, Andrea y Antonieta. Andr&eacute;s, Pablo y Carmina ya se hab&iacute;an ido hac&iacute;a un rato porque viv&iacute;an en el Estado de M&eacute;xico y ten&iacute;an un largo recorrido hasta sus casas, y el cielo amenazaba lluvia. Renata se dirigi&oacute; sola a la avenida Insurgentes para tomar el cami&oacute;n que la llevar&iacute;a hasta su casa, en la colonia Tabacalera. El largo recorrido lo har&iacute;a sentada, estaba segura, porque nunca faltaba el caballero que le ceder&iacute;a el asiento. La lata era que el precio de tal atenci&oacute;n ser&iacute;a tolerar la mirada embelesada del individuo amable, y eso s&iacute; que era una monserga, pero era peor ir parada por casi una hora de camino, si bien le iba. En fin.<\/p>\n<p>Cuando Renata lleg&oacute; a casa, se quit&oacute; las botas y se sob&oacute; los pies que le punzaban. Record&oacute; la frase que su mam&aacute; siempre le dice: &#8220;las catrinas se aguantan&rdquo;, y pues s&iacute;, ni modo, a aguantarse: la belleza cuesta. Se puso su bata para estar m&aacute;s c&oacute;moda y se mir&oacute; en el espejo. Su nariz aguile&ntilde;a la salud&oacute; con burla record&aacute;ndole la realidad de su imperfecci&oacute;n. Esa nariz, herencia del abuelo Pablo. &iexcl;Maldita herencia! El pap&aacute; de Renata siempre le dec&iacute;a, con reproche, cuando sal&iacute;a el tema de su nariz, que lo valioso de las personas estaba adentro y no afuera, porque la vida ten&iacute;a, como el arco&iacute;ris, una gama de posibilidades. Renata detestaba la actitud de viejito que siempre ten&iacute;a su pap&aacute;, con ese discurso rancio, totalmente fuera de lugar, sin la comprensi&oacute;n de los cambios del mundo, de la vida. Pensando que la virginidad era la mayor virtud que una joven pod&iacute;a ofrecer a su futuro marido, que el hombre deb&iacute;a trabajar y hacerse cargo de la familia, y que una esposa deber&iacute;a estar al pendiente de la casa, de los hijos, de la administraci&oacute;n del gasto familiar, pero, sobre todo, de atender al hombre en todas sus necesidades, porque era el personaje m&aacute;s importante de la familia. El pap&aacute; de Renata trabajaba como encargado en un taller de grabado, ubicado en una ciudad perdida por Santa Cruz Meyehualco. Llegaba cada noche con los hombros encorvados y los zapatos llenos de polvo, su mam&aacute; se apresuraba a ponerle las chanclas y quitarle el saco o la chamarra que llevara puesto. Inmediatamente lo segu&iacute;a hasta el ba&ntilde;o, pregunt&aacute;ndole con mucho inter&eacute;s c&oacute;mo le hab&iacute;a ido, si se hab&iacute;a comido el lunch que le hab&iacute;a preparado, c&oacute;mo se hab&iacute;a portado el jefe gru&ntilde;&oacute;n y odioso y si do&ntilde;a Cuca le hab&iacute;a pagado lo de la tanda que le deb&iacute;a de la semana pasada.<\/p>\n<p>Juntos, se sentaban en la mesa del antecomedor y se tomaban el caf&eacute; con pan, que era su bendita de costumbre.<\/p>\n<p>Renata los miraba con desaprobaci&oacute;n, pero ya no les dec&iacute;a nada. Por muchos a&ntilde;os les comentaba que hicieran cambios, de casa, de muebles, de rutinas&hellip; pero no, sus pap&aacute;s no cambiar&iacute;an jam&aacute;s. Ya se hab&iacute;a dado por vencida.<\/p>\n<p>Renata hab&iacute;a sido una ni&ntilde;a de baja estatura. Sus compa&ntilde;eros se burlaban de ella porque siempre sacaba malas calificaciones, incluso estuvo a punto de reprobar el cuarto a&ntilde;o. Lo salv&oacute; porque se mam&aacute; la llev&oacute; con Mike, el vecino del seis, estudiante de preparatoria, que daba clases a los ni&ntilde;os que iban mal en la escuela. Tambi&eacute;n se burlaban de Renata porque nom&aacute;s no daba una en los deportes. Cuando intent&oacute; participar en el equipo de volibol de la secundaria, un pelotazo la mand&oacute; al piso y todas las ni&ntilde;as se burlaron de ella dici&eacute;ndole que no serv&iacute;a para nada. Ya jam&aacute;s intent&oacute; alguna actividad deportiva ni tampoco art&iacute;stica, bueno, ninguna actividad de nada, porque sinti&oacute; que algo se hab&iacute;a roto despu&eacute;s de esa ca&iacute;da. A pesar de que sali&oacute; volando, nadie le ayud&oacute; a levantarse y Renata se fue llorando al ba&ntilde;o a limpiarse la tierra y la sangre de su rodilla derecha. Cuando regres&oacute; a casa no les coment&oacute; nada a sus padres. Sab&iacute;a que su pap&aacute; la rega&ntilde;ar&iacute;a, y que su madre, con su rostro de virgen sufriente, no dir&iacute;a nada. Ser&iacute;a in&uacute;til, ellos no podr&iacute;an comprender lo que Renata sent&iacute;a: sus miedos, sus inseguridades, su baja estatura&hellip;<\/p>\n<p>Cuando Renata pas&oacute; a la preparatoria experiment&oacute; una metamorfosis: aument&oacute; de estatura, le crecieron los pechos y se ensanch&oacute; su cadera. Su rostro lleno de acn&eacute; purulento desapareci&oacute;, abriendo paso a una piel blanca, de porcelana, y su cabello, que era ralo y descolorido, se transform&oacute; en una melena tupida de color azabache.<\/p>\n<p>Este cambio le proporcion&oacute;, al menos en apariencia, la seguridad que tanto le hac&iacute;a falta y de la que hab&iacute;a carecido en toda la infancia. La personalidad de Renata cambi&oacute;, as&iacute;, dr&aacute;sticamente, y de ser una ni&ntilde;ita que le ten&iacute;a miedo a todo, se transform&oacute; en una mujer presumida, segura de su belleza. Hac&iacute;a menos a las cajeras del super cuando se equivocaban, les gritaba a los empleados de las tiendas y ve&iacute;a con desprecio a los j&oacute;venes cuando la miraban con admiraci&oacute;n. Incluso se burlaba cuando alguno de ellos intentaba ser amable cedi&eacute;ndole el paso o el lugar en el cami&oacute;n. Vaya, menospreciaba a todo el mundo, incluso a sus padres, criticando sus costumbres sencillas, su manera de vestir, como si no comprendiera que ellos se sacrificaban por darle a Renata lujos que ella no agradec&iacute;a, porque sent&iacute;a que lo merec&iacute;a todo. Tambi&eacute;n con sus compa&ntilde;eros de la universidad se mostraba arrogante y siempre quer&iacute;a decidir sobre los trabajos, los ensayos y cualquier actividad escolar que surgiera. Sus compa&ntilde;eros se lo permit&iacute;an, quiz&aacute; porque no le daban mucha importancia a esta forma de ser de su amiga. La &uacute;nica que le dec&iacute;a sus cosas era Antonieta, quien la estimaba y la consideraba su mejor amiga. Antonieta le hac&iacute;a ver que su belleza y talento no le daban derecho a ser grosera y descort&eacute;s con los dem&aacute;s. Sin embargo, Renata no le hac&iacute;a caso, pensaba que Antonieta era una ni&ntilde;a todav&iacute;a y que dif&iacute;cilmente saldr&iacute;a de su mediocridad.<\/p>\n<p>Esta actitud tambi&eacute;n la percibieron sus padres y trataron de hacerla reflexionar, especialmente su padre, pero fue in&uacute;til, ya que s&oacute;lo lograron que Renata los enjuiciara cruelmente.<\/p>\n<p>Entonces comenz&oacute; a arreglarse mucho, a exigirles ropa, zapatos, perfumes. &iexcl;Y claro! Todo ten&iacute;a que ser de marca porque si no, ella no lo usaba. Sus padres quer&iacute;an siempre darle todo lo mejor a su hija, todo lo que ellos nunca pudieron tener. Pensaban que su hija hermosa e inteligente se merec&iacute;a cualquier sacrificio, sin imaginar que alimentaban una actitud pretenciosa y superficial en Renata.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Un s&aacute;bado a mediod&iacute;a, Renata acompa&ntilde;&oacute; a su mam&aacute; al centro porque ella quer&iacute;a comprarse unos anteojos, pues era necesario cambiar el aumento, quiz&aacute;s hacerlos bifocales porque sent&iacute;a que ya no ve&iacute;a bien ni la tele ni el tejido. Caminando por la calle de Motolin&iacute;a, Renata vio un letrero grande que anunciaba a un m&eacute;dico cirujano que arreglaba las narices aguile&ntilde;as. En el lugar hab&iacute;a varios posters mostrando el antes y el despu&eacute;s de las cirug&iacute;as est&eacute;ticas. Hab&iacute;a una foto en especial con una chica que ten&iacute;a una nariz como Renata, aguile&ntilde;a, y del lado derecho, otra foto, con la misma chica ya despu&eacute;s de la operaci&oacute;n, luciendo una flamante nariz peque&ntilde;a y respingada. Renata sinti&oacute; una gran emoci&oacute;n. Se imagin&oacute; que con ese cambio ella podr&iacute;a llegar a tener todo lo que ambicionaba. Salir de ese edificio mugroso que apestaba a ajo, con la falta de agua que la dejaba siempre enjabonada para terminar enjuag&aacute;ndose a jicarazos, con los gritos de la se&ntilde;ora del dos cuando se peleaba con su esposo por llegar borracho y sin dinero cada d&iacute;a de raya. &iexcl;Aaah!, Renata ten&iacute;a planes: terminar la universidad, titularse, entrar a trabajar en una oficina de gobierno, ganar un buen sueldo e impresionar con el auto que se podr&iacute;a comprar. Vestirse bien y no conformarse con la blusita del tianguis que su mam&aacute; siempre quer&iacute;a comprarle: &ldquo;mira, hijita, est&aacute; re mona, y t&uacute; luces todo&rdquo;. &iexcl;Qu&eacute; fastidio tan grande!<\/p>\n<p>No se atrevi&oacute; a comentarle nada a su mam&aacute; porque sab&iacute;a lo que le dir&iacute;a: que era una tonter&iacute;a, que no era necesario, que era caro, que mucha vanidad, etc., etc., as&iacute; es que se qued&oacute; con su secreto, ideando la manera de lograr su sue&ntilde;o y transformarse en una mujer sofisticada.<\/p>\n<p>Al finalizar el semestre, Renata pens&oacute; que era el momento oportuno para regresar a aquel consultorio m&eacute;dico de la calle de Motolin&iacute;a, pero sola, bueno, no, le faltaba valor para ir sola y se le ocurri&oacute; pedirle a Antonieta que la acompa&ntilde;ara. Se pusieron de acuerdo para ir el s&aacute;bado. Renata estaba tan emocionada. Pensaba que con el cambio de vida alcanzar&iacute;a todas sus metas, sobre todo un marido adinerado que le cumpliera todos sus caprichos. Claro que ella quer&iacute;a finalizar su carrera y ejercer. Se ve&iacute;a trabajando para el Servicio Exterior Mexicano o en alguna Secretar&iacute;a de Estado, quiz&aacute;s en la Secretar&iacute;a de Gobernaci&oacute;n, y eso s&iacute; a un alto nivel. El dinero de su esposo le permitir&iacute;a tener empleados para que se hicieran cargo de la limpieza de la casa, del cuidado de los hijos y de llevarla y traerla a donde ella quisiera. Imaginaba que ser&iacute;a la envidia de sus primas, chamacas odiosas que nunca quer&iacute;an jugar con ella y no compart&iacute;an sus juguetes cuando eran ni&ntilde;as, y ahora en la juventud, nunca le participaban de sus reuniones y paseos con sus amigos. Ellas dec&iacute;an que Renata era odiosa, pero realmente eso no era verdad, Cuando Renata percib&iacute;a esa actitud de sus primas pensaba que era pura envidia, que sent&iacute;an rivalidad por lo que ella iba logrando en la vida y que bueno, la verdad, ninguna de ellas era tan bonita. En fin, todas esas ideas pasaron por su cabeza esperando a Antonieta, que lleg&oacute; 15 minutos tarde. Renata le dijo a su mam&aacute; que ir&iacute;a con Antonieta para revisar las materias del pr&oacute;ximo semestre y luego al cine, pero el plan era ir a ver al m&eacute;dico cirujano.<\/p>\n<p>Al llegar, Renata sinti&oacute; que le sudaban las manos y le temblaban las piernas, y tuvo el deseo de salir huyendo. El lugar ol&iacute;a a medicamento y la recepcionista que ten&iacute;a una labor de tejido las mir&oacute; con enojo, porque parec&iacute;a que hab&iacute;a perdido la cuenta de los puntos de su labor por la interrupci&oacute;n. Renata le explic&oacute; que hab&iacute;a llamado en la semana para hacer una cita con el doctor M&eacute;ndez y que seguramente ya la estaba esperando. El m&eacute;dico sali&oacute; a los pocos minutos. Era un hombre de baja estatura, un poco pasado de peso y las recibi&oacute; con una gran sonrisa. Las pas&oacute; a su consultorio, revis&oacute; a Renata y le explic&oacute; que la rinoplastia era un proceso muy sencillo con maravillosos resultados, y que ser&iacute;a una gran decisi&oacute;n arreglarse la nariz. Le dio el costo. Renata pens&oacute; que contaba con el dinero que sus abuelos le hab&iacute;an regalado cuando cumpli&oacute; quince a&ntilde;os, dinero que utilizar&iacute;a para comprar un auto. Pero qu&eacute; mejor inversi&oacute;n que arreglarse la nariz.<\/p>\n<p>Una decisi&oacute;n dif&iacute;cil porque sus pap&aacute;s pegar&iacute;an el grito en el cielo. A ellos les daba terror el tema de las cirug&iacute;as y adem&aacute;s el costo, la recuperaci&oacute;n, y sobre todo el riesgo de un procedimiento quir&uacute;rgico. De cualquier manera, Renata hab&iacute;a tomado la decisi&oacute;n: se realizar&iacute;a la cirug&iacute;a est&eacute;tica. Pensaba que su cambio f&iacute;sico le representar&iacute;a la posibilidad de un gran futuro. Si ya de por s&iacute; pensaba que era bonita e inteligente, con su nueva nariz lograr&iacute;a con mayor facilidad el reconocimiento de toda la gente. No le importaba lo que sus padres opinaran, ya era mayor de edad, el dinero que ten&iacute;a en el banco le pertenec&iacute;a, y el auto podr&iacute;a esperar para cuando ella terminara la carrera y pudiera entrar a trabajar.<\/p>\n<p>Renata esper&oacute; unos d&iacute;as, pero al siguiente fin de semana decidi&oacute; hablar con sus padres. Quer&iacute;a aprovechar las vacaciones largas para su recuperaci&oacute;n, y entonces regresar con su nueva nariz a la escuela. La emoci&oacute;n la embargaba. Pensaba en lo que dir&iacute;a Bruno. Ya no podr&iacute;a resistirse ante la belleza de Renata y se le bajar&iacute;an los humos, y le suplicar&iacute;a que fuera su novia. Dejar&iacute;a a Lizette y comenzar&iacute;an a tener el noviazgo m&aacute;s envidiado de la facultad: &eacute;l, astro del f&uacute;tbol americano, y ella, la chica m&aacute;s guapa de la universidad.<\/p>\n<p>Ese s&aacute;bado en la noche, Renata se prepar&oacute; un caf&eacute; y se sent&oacute; al lado de sus padres para hacerles saber su decisi&oacute;n. Partiendo una concha blanca, se sent&oacute; frente a ellos y les coment&oacute; que quer&iacute;a platicarles algo importante. Su padre, sin dejar de remojar su bisquet en el caf&eacute;, la mir&oacute; sin mucho inter&eacute;s, y su madre, que estaba juntando las migas de pan de su servilleta, se qued&oacute; atenta para escucharla. A Renata le temblaban las manos y tambi&eacute;n un poco la barbilla, tom&oacute; aire y les dijo: Me voy a operar la nariz. Su pap&aacute; baj&oacute; la mirada, con un aparente inter&eacute;s en el pan que flotaba en su caf&eacute;, y a su mam&aacute; se le llenaron los ojos de l&aacute;grimas.<\/p>\n<p>&mdash;&iquest;Por qu&eacute;? &ndash;exclam&oacute; su madre&mdash; &iquest;Por qu&eacute; hacer algo innecesario?<\/p>\n<p>Renata frunci&oacute; el ce&ntilde;o y mir&oacute; hacia otro lado. Sab&iacute;a que eso iba a suceder, y haciendo caso omiso les inform&oacute; a sus padres que el procedimiento se realizar&iacute;a el pr&oacute;ximo viernes, en el consultorio del doctor M&eacute;ndez.<\/p>\n<p>Su padre se levant&oacute; tan de sopet&oacute;n que tir&oacute; la silla. Se agach&oacute; para recogerla y camin&oacute; rumbo a la sala, al tiempo que le dijo a Renata: Es tu decisi&oacute;n, haz lo que quieras.<\/p>\n<p>La mam&aacute; de Renata segu&iacute;a sentada en la silla del antecomedor. Ten&iacute;a la cabeza recargada en ambas manos y ya no dijo nada. Renata pens&oacute; que, bueno&hellip;, ya les hab&iacute;a dicho y que estaban conscientes de que ella no cambiar&iacute;a su decisi&oacute;n, que contaba con el dinero y lo m&aacute;s importante: era mayor de edad.<\/p>\n<p>Lleg&oacute; el d&iacute;a esperado. La mam&aacute; de Renata la acompa&ntilde;&oacute; al consultorio del doctor M&eacute;ndez muy temprano por la ma&ntilde;ana, junto con Antonieta. El plan era que despu&eacute;s de la cirug&iacute;a, Renata se quedar&iacute;a a pasar la noche ah&iacute; y, al d&iacute;a siguiente, pedir&iacute;an un taxi para regresarla a su casa. El pap&aacute; de Renata se fue a trabajar y ni siquiera volte&oacute; a ver a su hija. A Renata poco le import&oacute; la actitud de su pap&aacute;, de hecho, hab&iacute;a muchas cosas que ya no le interesaban de &eacute;l porque nunca logr&oacute; mejorar el nivel de vida de su familia. Un humilde empleado de un taller de grabado, con un paup&eacute;rrimo salario que no alcanzaba para nada, ni siquiera para festejarle su fiesta de quince a&ntilde;os, que consisti&oacute; en un humilde vestidito azul comprado en La Lagunilla y un pastel hecho por su mam&aacute;, con el merengue empalagoso todo chorreado. En aquel entonces viv&iacute;a su abuelo, quien le dio el &uacute;nico regalo que vali&oacute; la pena: una suma de dinero para su coche, cuando cumpliera la mayor&iacute;a de edad. Y ahora, por fortuna, ese dinero le servir&iacute;a a Renata para lograr el sue&ntilde;o de su vida.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Ya en el consultorio, Renata empez&oacute; a sentir n&aacute;useas y que se le dorm&iacute;an los brazos y las piernas. Aprovechando el malestar de Renata, su mam&aacute; hizo un &uacute;ltimo intento de persuadirla para que no se sometiera a la cirug&iacute;a est&eacute;tica. Le suplic&oacute; que era un procedimiento innecesario, que as&iacute; como estaba se ve&iacute;a hermosa. Tambi&eacute;n Antonieta le dijo que era muy bonita, y que lo m&aacute;s valioso de una persona estaba en su interior, y no en su f&iacute;sico. Renata casi pens&oacute; que s&iacute;, que lo mejor era no hacerse la cirug&iacute;a, pero record&oacute; la imagen de la joven que estaba a la entrada del consultorio y se arm&oacute; de valor. El doctor M&eacute;ndez le dio un Valium para que se tranquilizara y continu&oacute; con el proceso.<\/p>\n<p>La cirug&iacute;a no dur&oacute; mucho. Cuando se despert&oacute;, Renata se sent&iacute;a mareada y no pod&iacute;a respirar por los vendajes. El doctor M&eacute;ndez le dijo que era normal, que le dar&iacute;a unas pastillas para el dolor y que al otro d&iacute;a podr&iacute;a irse a su casa. Que la ver&iacute;a en una semana para revisarla y retirarle los vendajes. M&aacute;s tarde entr&oacute; su mam&aacute; al peque&ntilde;o cuarto en donde estaba Renata semi recostada y llena de moretones alrededor de los ojos. Su mam&aacute; iba preparada para pasar la noche ah&iacute;, m&aacute;s tarde se acurruc&oacute; en un sill&oacute;n reposet viejo y desgastado, al que no le serv&iacute;a la palanca para hacerlo cama. En fin, solo ser&iacute;a una noche.<\/p>\n<p>Renata no pudo dormir. El dolor y las molestias no se calmaban, y cuando buscaron a la asistente del doctor M&eacute;ndez nunca la pudieron encontrar para que auxiliara a Renata con sus molestias.<\/p>\n<p>A la ma&ntilde;ana siguiente, con mucho fr&iacute;o, Renata y su mam&aacute; salieron del consultorio y tomaron el primer taxi que pas&oacute; por la calle para ir a casa. El doctor M&eacute;ndez le hab&iacute;a dejado en una receta una serie de instrucciones para la nariz y medicamentos para la inflamaci&oacute;n, el dolor y evitar una infecci&oacute;n, y el comentario que se ver&iacute;an la siguiente semana, el viernes. Y ah&iacute; empez&oacute; el viacrucis.<\/p>\n<p>El s&aacute;bado por la ma&ntilde;ana, Renata no pod&iacute;a respirar y ten&iacute;a la cara muy hinchada. Le marc&oacute; al doctor M&eacute;ndez y &eacute;ste le coment&oacute; que eran molestias naturales por la intervenci&oacute;n, as&iacute; es que Renata, haciendo acopio de la paciencia que no ten&iacute;a, tuvo que aguantar las molestias y el dolor. La belleza cuesta, pens&oacute;.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Lleg&oacute; el gran d&iacute;a. Por fin le retirar&iacute;an las vendas. Su mam&aacute; la acompa&ntilde;&oacute;, junto con Antonieta. Su pap&aacute; hab&iacute;a permanecido serio y distante desde el d&iacute;a en que Renata anunci&oacute; su cirug&iacute;a. Renata pens&oacute; que su pap&aacute; las acompa&ntilde;ar&iacute;a, pero ni siquiera pregunt&oacute; la hora de la cita, inclusive coment&oacute; que ten&iacute;a mucho trabajo y llegar&iacute;a a casa m&aacute;s tarde de lo habitual.<\/p>\n<p>Ya en el consultorio, Renata no era capaz de soportar la espera. El doctor M&eacute;ndez comenz&oacute; a retirarle los vendajes de la cara. Cuando finaliz&oacute;, not&oacute; la expresi&oacute;n de su mam&aacute;, que estaba frente a ella, muy cerca, y entonces mir&oacute; al doctor y a Antonieta. Con un grito agudo le pidi&oacute; un espejo, el m&eacute;dico dud&oacute; un momento, pero comprendi&oacute; que si no le daba el espejo Renata podr&iacute;a reaccionar muy mal. Finalmente, el doctor gir&oacute; y tom&oacute; un espejo que estaba en una gaveta. Era un espejo grande, de aumento, y se lo pas&oacute; a Renata. Cuando ella se mir&oacute;, perdi&oacute; el conocimiento.<\/p>\n<p>Renata no quiso salir de su casa durante los siguientes dos meses. Lloraba y gritaba que deseaba morir, que la vida era mala y que ya no hab&iacute;a raz&oacute;n para permanecer en el asqueroso mundo. Ni el medicamento psiqui&aacute;trico le ayud&oacute; a mejorar su estado de &aacute;nimo. Pasados unos meses, Renata estuvo investigando acerca de la cicatrizaci&oacute;n queloide y decidi&oacute; buscar soluciones para arreglar su nariz. Muchos m&eacute;dicos le dieron opciones y se someti&oacute; nuevamente a varios procedimientos quir&uacute;rgicos, que s&oacute;lo consiguieron acabar con los ahorros de sus padres y con el poco cart&iacute;lago de su nariz. Despu&eacute;s de tres cirug&iacute;as fallidas, sus orificios nasales quedaron casi al desnudo. Renata prefiri&oacute; permanecer en casa para no mostrar su nuevo rostro, un rostro horripilante. Poco a poco, fue aceptando su condici&oacute;n, aceptando la visita de sus amigos de la universidad, quienes la apoyaron en las tareas y proyectos para que no perdiera el semestre. Tambi&eacute;n sus t&iacute;os y primos, cuando se enteraron, comenzaron a visitarla, llev&aacute;ndole regalos y comida, terminando en fiesta cada visita. Sus padres, pendientes de su salud y estado de &aacute;nimo, estaban siempre cerca, al tanto de sus necesidades, y as&iacute;, un d&iacute;a, Renata tom&oacute; la decisi&oacute;n de regresar a clases. Llevaba media cara cubierta y not&oacute; que nadie la ve&iacute;a con morbo o con asco. Cuando lleg&oacute; al sal&oacute;n de clases, la sorpresa la invadi&oacute;: el sal&oacute;n estaba lleno de globos y serpentinas, regalos, chocolates y muchas tarjetas de bienvenida. S&iacute;, bienvenida a la vida.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Renata caminaba por la explanada de la universidad. Vest&iacute;a una minifalda a cuadros color malva, un su&eacute;ter lila de cuello de tortuga, y calzaba unas botas negras que le llegaban por debajo de la rodilla. 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