{"id":2554,"date":"2025-06-03T13:37:18","date_gmt":"2025-06-03T13:37:18","guid":{"rendered":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/consultario\/2025\/06\/03\/la-reina-gringa\/"},"modified":"2025-06-03T13:37:18","modified_gmt":"2025-06-03T13:37:18","slug":"la-reina-gringa","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/desde-el-sur\/la-reina-gringa\/","title":{"rendered":"La Reina Gringa"},"content":{"rendered":"<p>La nieve comenzaba a fundirse sobre los flancos del Illimani cuando ella lleg&oacute; a La Paz. Se llamaba Abigail Dolley Adams Ralston y dec&iacute;a venir de Nueva Inglaterra, aunque en las tabernas la llamaban &ldquo;la gringa loca&rdquo;, y en los salones de conspiraci&oacute;n se susurraba su nombre como quien invoca a la diosa de la guerra.<\/p>\n<p>No era noble ni ind&iacute;gena, ni criolla. Simplemente, una extranjera. Una mujer sin padre conocido, sin patria firme, sin bandera que flameara sobre su cabeza. Pero su mirada, clara y peligrosa como el acero forjado en Boston, hac&iacute;a retroceder a capitanes, seduc&iacute;a a coroneles y sembraba entre las damas de sotana la semilla amarga de la sospecha y del celo.<\/p>\n<p>La conoc&iacute; en 1809, cuando los soldados realistas apuraban fusilamientos sin juicio y las calles se empedraban con cad&aacute;veres. Abigail hab&iacute;a alquilado una habitaci&oacute;n sobre la plazuela del Teatro. Una ma&ntilde;ana de A&ntilde;o Nuevo, desde mi puesto de aguatero, la vi intercambiar una carta con don Pedro Domingo Murillo antes de que fuera llevado al cadalso. &Eacute;l la bes&oacute; en la frente. Ella no llor&oacute;.<\/p>\n<p>Meses despu&eacute;s, el rumor se convirti&oacute; en certeza: la gringa tej&iacute;a redes de informaci&oacute;n entre las guerrilleras de Azurduy y los esp&iacute;as de Monteagudo. Se disfrazaba de lavandera o entraba a las fortalezas con cestas de pan y sal&iacute;a con planos bajo la falda. Dec&iacute;an que hablaba quechua con fluidez, lat&iacute;n con precisi&oacute;n y franc&eacute;s con un acento que hizo suspirar al general La Mar.<\/p>\n<p>Pero no era esp&iacute;a por ambici&oacute;n. Ten&iacute;a una causa.<\/p>\n<p>Hab&iacute;a perdido a su esposo en las guerras napole&oacute;nicas. Un m&eacute;dico de alma jacobina que so&ntilde;&oacute; con la libertad de todos los pueblos. Al enviudar, dej&oacute; Europa, cruz&oacute; el oc&eacute;ano y busc&oacute; en Am&eacute;rica la revoluci&oacute;n que Francia le hab&iacute;a prometido y negado. Fue en Chuquisaca donde encontr&oacute; su segunda vocaci&oacute;n: liberar tierras ajenas como si fueran propias.<\/p>\n<p>Se gan&oacute; el apodo de &ldquo;la Reina Gringa&rdquo; cuando, tras la masacre de Sica Sica, se present&oacute; en el cuartel de los realistas vestida con uniforme de gala y corona de flores secas. Ofreci&oacute; vino envenenado a los oficiales y, mientras dorm&iacute;an, abri&oacute; los candados a los rebeldes presos. Dej&oacute; una nota escrita con letra elegante: &ldquo;Toda corona es prestada si el pueblo no la elige&rdquo;.<\/p>\n<p>La cacer&iacute;a fue brutal. El virrey Abascal orden&oacute; su captura &ldquo;viva o muerta&rdquo;. Cien reales espa&ntilde;oles por su cabeza, el doble si era entregada en secreto. Abigail desapareci&oacute;. Unos dijeron que huy&oacute; disfrazada de monja rumbo al Cuzco; otros, que fue vista entre los lanceros de G&uuml;emes, con un sable robado y el cabello al viento.<\/p>\n<p>Pero yo la vi una vez m&aacute;s. Fue en 1825. Caminaba entre la muchedumbre que celebraba la creaci&oacute;n de Bolivia. Vest&iacute;a de blanco, como una viuda del tiempo. Nadie la reconoc&iacute;a. Nadie salvo yo, que hab&iacute;a visto sus ojos cuando eran fuego.<\/p>\n<p>Se acerc&oacute; al altar improvisado donde Sucre hablaba de libertad. Abri&oacute; una caja peque&ntilde;a y dej&oacute; en ella un papel. Luego se perdi&oacute; entre los vivos.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>A&ntilde;os despu&eacute;s, el sacerdote de La Recoleta, custodio de las reliquias del d&iacute;a fundacional, me confes&oacute; que aquel papel dec&iacute;a: &ldquo;Me llam&eacute; Abigail. Luch&eacute; sin nombre y sin tumba. Que nadie me recuerde como hero&iacute;na, sino como extranjera que am&oacute; esta tierra hasta volverse polvo en su pecho&rdquo;.<\/p>\n<p>Y as&iacute; fue como la gringa se convirti&oacute; en reina. No por corona ni linaje, sino porque rein&oacute; sobre los silencios de la historia, all&iacute; donde las mujeres sin patria se vuelven eternas.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>La nieve comenzaba a fundirse sobre los flancos del Illimani cuando ella lleg&oacute; a La Paz. 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