{"id":2550,"date":"2025-05-30T16:54:32","date_gmt":"2025-05-30T16:54:32","guid":{"rendered":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/consultario\/2025\/05\/30\/absurdas-y-humoristicas-exploraciones-sobre-la-rareza\/"},"modified":"2025-05-30T16:54:32","modified_gmt":"2025-05-30T16:54:32","slug":"absurdas-y-humoristicas-exploraciones-sobre-la-rareza","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/ensayo\/absurdas-y-humoristicas-exploraciones-sobre-la-rareza\/","title":{"rendered":"Absurdas y humorsticas exploraciones sobre la rareza"},"content":{"rendered":"<p>Quiz&aacute; mi afinidad con el contexto de lo <em>freaky<\/em> se dio de forma natural cuando en mis a&ntilde;os de secundaria me refugi&eacute;, entre varias cuestiones, del <em>bullyng<\/em> (aquella c&eacute;lebre generaci&oacute;n y animosa del sacacas, el tubo, calz&oacute;n chino y variaciones) en libros de ciencia ficci&oacute;n, as&iacute; como de literatura fant&aacute;stica, videojuegos y sobre todo muchas caricaturas japonesas; es una narrativa habitual de ciertas juventudes que eligen estar en la periferia del sal&oacute;n de clases, en el mundo individual, en la obcecaci&oacute;n de negarse a la convivencia social para evitar ser exhibidos, adem&aacute;s, por sus coet&aacute;neos ante ciertas limitaciones. Durante los a&ntilde;os noventa yo era feo, pobre y prieto (bueno, lo sigo siendo) y transit&eacute; mi juventud rodeado de compa&ntilde;eros de mayor poder adquisitivo, que ten&iacute;an popularidad con las chicas y eran golpeadores natos de nerds; por ello eleg&iacute; el mecanismo natural de sumergirme, por ejemplo, en las &ldquo;maquinitas&rdquo; de la colonia Independencia jugando <em>Street Fighter 2<\/em>, donde yo me sent&iacute;a poderoso cuando le ganaba retas a chicos m&aacute;s grandes que yo, una manera extra&ntilde;a de equilibrar la vida con lo virtual.<\/p>\n<p>Cuando fui creciendo como consumidor de entrenamiento y llegu&eacute; a la literatura (ya menos<em> freaky<\/em> en ciertas cuestiones, m&aacute;s social, pero igual de prieto), encontr&eacute; en autores como Kafka y Kobo Abe, con narrativas y personajes que me fascinaron por la reflexi&oacute;n sobre c&oacute;mo fueron concebidos. Pienso mucho en K., de la novela <em>El Castillo<\/em>,<em> <\/em>de Kafka, un hombre que vive todo el tiempo agobiado por recibir reconocimiento y aprobaci&oacute;n por parte de los bur&oacute;cratas para los que trabaja. Durante mis a&ntilde;os de secundaria, que antes mencion&eacute;, aunque eleg&iacute; ser un raro aislado, no dejaba de tener esa misma sensaci&oacute;n de ansiedad por ser aceptado por mis compa&ntilde;eros y en alg&uacute;n momento ser alguien popular o por lo menos sentirme parte de algo. Para el caso de Kobo Abe, cuando le&iacute; <em>Los cuentos siniestros<\/em> pude asociar esas mismas sensaciones de personajes que transitan por un corrosivo aislamiento en las grandes urbes con un proceso de visibilizaci&oacute;n de un siniestro incorp&oacute;reo, que implica despertar la culpa, una culpa sin sentido que nace por el simple hecho de ser diferente, un inadaptado, un<em> outsider.<\/em><\/p>\n<p>Le&iacute; <em>Animales Sonrientes<\/em>, del joven escritor poblano David Mar&iacute;n, un libro publicado por la Secretar&iacute;a de Cultura del Estado de Puebla en 2020, el a&ntilde;o de pandemia, adem&aacute;s y precisamente el libro surge de una convocatoria que se llam&oacute; Letras confinadas, la cual alentaba a crear literatura en medio de aquellos a&ntilde;os de encierro.<\/p>\n<p><em>Animales Sonrientes<\/em> es una antolog&iacute;a integrada por cuatro cuentos en los que encontr&eacute; algunas tem&aacute;ticas que ya mencion&eacute;: entornos kafkianos, tipos raros, conflictos de realismo sucio combinados con absurdo, de cuya ejecuci&oacute;n narrativa es solvente. Otro autor mexicano contempor&aacute;neo que ha logrado elaborar una literatura s&oacute;lida con esta clase de historias de lo raro en la actualidad es Alberto Chimal, destaco su libro de cuentos <em>Manos de lumbre<\/em>. Las historias de <em>Animales Sonrientes <\/em>tienen escenarios muy diferentes entre s&iacute;, pero se hacen unidad en la peculiaridad de sus protagonistas: hombres con victorias ef&iacute;meras, alimentadas por su cosmovisi&oacute;n.<\/p>\n<p>El primer cuento es hom&oacute;nimo al libro y trata sobre un joven con una prometedora carrera profesional, pero que se convierte en un vagabundo y es secuestrado para ser part&iacute;cipe de una din&aacute;mica estilo <em>Battle royale <\/em>o <em>El Juego del Calamar<\/em>, donde se incentiva con est&iacute;mulos er&oacute;ticos y cuya premiaci&oacute;n podr&iacute;a resultar en convertirse en un ente del sistema opresor; por cierto, en ese ecosistema todos usan cabezas de animales.<\/p>\n<p>El segundo cuento es &ldquo;Ovni&rdquo;. Al desarrollarse en un contexto mexicano no pude evitar pensar en Jaime Maussan cuando lo le&iacute; y en toda la narrativa sensacionalista que perme&oacute; en diferentes medios. El relato trata sobre un profesor que vive con sus progenitores. En alg&uacute;n momento el padre sufre un accidente que lo deja paral&iacute;tico y, al pasar por diversas revisiones m&eacute;dicas, los especialistas no encuentran explicaci&oacute;n sobre la anomal&iacute;a; el afectado sobre explica que su padecimiento se dio por una abducci&oacute;n, algo que desata una serie de conflictos y situaciones en la historia que raya en delirios propios de una pel&iacute;cula de David Lynch, desarrollados casi con el mismo nivel de eficacia en la creaci&oacute;n de sus expectativas paranoicas como las del director estadounidense. El final es una joya que dialoga con aquello que denominamos e insistimos en llamar leyenda urbana.<\/p>\n<p>El tercer cuento se llama &ldquo;El profesor Austin&rdquo; y es el que m&aacute;s ahonda en el tema de la culpa cuando, mediante largas secuencias de analepsis o recuerdos, un mayordomo narra c&oacute;mo fue que en su infancia una grey religiosa expuls&oacute; de forma violenta a su maestro de alem&aacute;n de su pueblo, acus&aacute;ndolo de paganismo. De repente el libro me hizo pensar en algunas pel&iacute;culas de los a&ntilde;os ochenta y noventa que iban sobre satanismo, sectas y similares, pero adaptado a un entorno m&aacute;s reciente, una de ellas: <em>El misterio de Salem&#8217;s lot<\/em>, inspirada en una novela de vampiros escrita por Stephen King.<\/p>\n<p>En s&iacute; todo el libro de David Mar&iacute;n tiene un di&aacute;logo muy nutrido con el cine de serie B. El libro cierra con &ldquo;Objetos perdidos&rdquo;, que va sobre un coleccionista de objetos raros que encuentra en el metro de la ciudad, incluso se vuelve el responsable de ese departamento y propone hacer un museo para que dichas piezas sean exhibidas. La frustraci&oacute;n le llega cuando deja de encontrar cosas que le resultan interesantes y entonces se compara con una compa&ntilde;era del trabajo y un libro, por dem&aacute;s peculiar, que ella encontr&oacute;. Hay una interesante exploraci&oacute;n respecto a los l&iacute;mites sobre el valor y la percepci&oacute;n que tenemos de &eacute;l para considerarlo importante.<\/p>\n<p>Resalto que en todos los cuentos del libro existen acertados mecanismos y vericuetos para cerrar de forma contundente, al r&eacute;gimen escritural que apelaba el autor argentino Abelardo Castillo y que las motivaciones de los personajes no siempre son claras, pero hay toda la intenci&oacute;n de que sea as&iacute;, para dejar en el lector atisbos de que la exhibici&oacute;n l&uacute;dica de la rareza permite dejar abiertas m&aacute;s preguntas que respuestas.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Quiz&aacute; mi afinidad con el contexto de lo freaky se dio de forma natural cuando en mis a&ntilde;os de secundaria me refugi&eacute;, entre varias cuestiones, del bullyng (aquella c&eacute;lebre generaci&oacute;n y animosa del sacacas, el tubo, calz&oacute;n chino y variaciones) en libros de ciencia ficci&oacute;n, as&iacute; como de literatura fant&aacute;stica, videojuegos y sobre todo muchas [&hellip;]<\/p>\n","protected":false},"author":101,"featured_media":2551,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[2],"tags":[],"class_list":["post-2550","post","type-post","status-publish","format-standard","has-post-thumbnail","hentry","category-ensayo"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/2550","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/wp-json\/wp\/v2\/users\/101"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=2550"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/2550\/revisions"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/wp-json\/wp\/v2\/media\/2551"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=2550"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=2550"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=2550"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}