{"id":2540,"date":"2025-05-27T12:49:28","date_gmt":"2025-05-27T12:49:28","guid":{"rendered":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/consultario\/2025\/05\/27\/el-guerrillero\/"},"modified":"2025-05-27T12:49:28","modified_gmt":"2025-05-27T12:49:28","slug":"el-guerrillero","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/desde-el-sur\/el-guerrillero\/","title":{"rendered":"El guerrillero"},"content":{"rendered":"<p>All&iacute; estaba el hombre sentado en su silla mecedora, aceptando la angustia de las horas derrochadas. Estaba mirando la tarde que se perd&iacute;a en el horizonte. Record&oacute; que cuando era joven, nunca se interesaba por ver el sol acostarse en la lejan&iacute;a. Estaba ocupado en mejorar el planeta y luchar por la igualdad de los pueblos a trav&eacute;s de la lucha armada en regiones del tercer mundo e impulsar la instalaci&oacute;n de focos guerrilleros en Am&eacute;rica Latina.<\/p>\n<p>Su figura delgada siquiera parec&iacute;a&nbsp; un contenedor suficiente para tantos recuerdos. Los a&ntilde;os de lucha en diferentes latitudes en b&uacute;squeda del triunfo de la revoluci&oacute;n tuvieron un costo muy elevado en vidas humanas. Vio a tantos muertos. Caus&oacute; tantas muertes. Perdi&oacute; algo cada d&iacute;a, seguro de que la lucha armada era el &uacute;nico camino que garantizar&iacute;a la existencia de un mundo mejor.<\/p>\n<p>Muchos de los muertos eran j&oacute;venes campesinos que apenas hab&iacute;an comenzado sus vidas y fueron atrapados por palabras, s&oacute;lo palabras con una ligera carga de esperanza. Todo en vano. Nunca conocieron la victoria, apenas perdieron la fe en Dios y aprendieron a escupir a la cara de la muerte que llegaba en la bala de un fusil o en un cuchillo afilado en la emboscada. &iexcl;Pobres chicos! Se desangraron en la floresta. Tuvieron una cueva rasa para que las aves de rapi&ntilde;a no delaten la ubicaci&oacute;n de los dem&aacute;s.<\/p>\n<p>La brisa fresca que envolv&iacute;a la tarde trajo un olor a sangre. El hombre sinti&oacute; una crispaci&oacute;n en la piel, desde el pie hasta el cuero cabelludo. En un gesto instintivo, busc&oacute; el fusil que no reposaba al lado de la silla, busc&oacute; una pistola fantasma alrededor de la cintura. Al percibir la mano vac&iacute;a, sin un arma que lo defienda, tembl&oacute;. Sonri&oacute; con la boca chueca y mir&oacute; firme al horizonte, queriendo distinguir el bulto de la muerte que se aproximaba con su olor nauseabundo de sangre. Record&oacute; a su madre y su ni&ntilde;ez olvidada en una calle empedrada. Susurr&oacute;:<\/p>\n<p>-&iexcl;Abre tus puertas, Dios! Es llegada la hora de mi muerte.<\/p>\n<p>Como en un pase de magia, la brisa hedionda se fue dejando un rastro de flores. En el horizonte el sol se acurruc&oacute; y la claridad dio paso a la noche que se acerc&oacute; al hombre y murmur&oacute; a su o&iacute;do:<\/p>\n<p>-La muerte te manda un encargo: dice que no hay Dios que te reciba, ni flor que pueda brotar en tu tumba.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>All&iacute; estaba el hombre sentado en su silla mecedora, aceptando la angustia de las horas derrochadas. Estaba mirando la tarde que se perd&iacute;a en el horizonte. Record&oacute; que cuando era joven, nunca se interesaba por ver el sol acostarse en la lejan&iacute;a. 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