{"id":2510,"date":"2025-05-06T15:26:47","date_gmt":"2025-05-06T15:26:47","guid":{"rendered":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/consultario\/2025\/05\/06\/silencio-1\/"},"modified":"2025-05-06T15:26:47","modified_gmt":"2025-05-06T15:26:47","slug":"silencio-1","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/desde-el-sur\/silencio-1\/","title":{"rendered":"Silencio"},"content":{"rendered":"<p>Estuvimos en un camino recto del altiplano orure&ntilde;o, una de estas carreteras que parecen no terminar nunca. Un camino aburrido en medio del paisaje &aacute;rido y mon&oacute;tono. Todo tan igual bajo el cielo intenso de un azul brillante, sin nubes y sin viento; apenas, a lo lejos, unos p&aacute;jaros a los que la pesadez del aire guiaba como una lucerna.<\/p>\n<p>Era un d&iacute;a limpio, donde los &uacute;nicos que perturbaban el orden del paisaje &eacute;ramos nosotros en la movilidad. De repente, divisamos una placa en la carretera desprovista de se&ntilde;alizaci&oacute;n, estaba escrito SILENCIO y una saeta indicaba a la derecha.<\/p>\n<p>Nos miramos, y, como si un im&aacute;n nos llamara, doblamos a la derecha disminuyendo la velocidad porque ese camino era m&aacute;s precario que el original. En pocos minutos vislumbramos la silueta de un villorrio lejan&iacute;simo, que se dibujaba con nuestra proximidad.<\/p>\n<p>Al llegar a la peque&ntilde;a aldea de adobe y paja percibimos que el silencio se hab&iacute;a impregnado en los tejados, en las puertas, en las ventanas y en las paredes de las casas. Como si el silencio estuviera hecho de un material viscoso que se apodera de todo y de a poco. Si tuviera olor, seguramente ser&iacute;a el de paredes h&uacute;medas, calladas por el tiempo. Probablemente fue en las grietas del cotidiano donde el silencio se fue insinuando hasta que se apropi&oacute; de la aldea.<\/p>\n<p>Cuando llegamos, un escalofr&iacute;o recorri&oacute; nuestros cuerpos y, como quien no quiere ser indiscreto, parqueamos un poco antes del poblado y nos acercamos meditativos, sin gemido. Parec&iacute;a que est&aacute;bamos contagi&aacute;ndonos r&aacute;pidamente del orden invisible que se asi&oacute; de aquel lugar, sabe Dios desde cu&aacute;ndo.<\/p>\n<p>Las puertas de las casas estaban bien cerradas, con grandes candados que daban la impresi&oacute;n de que en su interior guardaban inmensos tesoros de palabras no dichas. En las calles angostas hab&iacute;a un orden sepulcral, donde el eco del silencio dejaba entender la plenitud de todo aquello que no se expresa con palabras.<\/p>\n<p>La peque&ntilde;a iglesia, a diferencia de los dem&aacute;s predios, ten&iacute;a la puerta abierta pese a que tambi&eacute;n estaba envuelta en la misma materia que parec&iacute;a pegajosa. Nos acercamos a la puerta de doble hoja y miramos adentro: bancos, coro, altar&hellip; Todo cubierto por la inmensa presencia del silencio y abandonado en la colosal planicie.<\/p>\n<p>Cuando nos marchamos, el poblado visto por el retrovisor fue deshaci&eacute;ndose, mientras sent&iacute;amos una paz extra&ntilde;a, como si hubiese alguien m&aacute;s en nuestra movilidad que dominaba la conversaci&oacute;n sin necesidad de voz, sin palabra alguna. Todo lo dec&iacute;a, desde la profundidad del m&aacute;s absoluto silencio.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Estuvimos en un camino recto del altiplano orure&ntilde;o, una de estas carreteras que parecen no terminar nunca. Un camino aburrido en medio del paisaje &aacute;rido y mon&oacute;tono. 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