{"id":2504,"date":"2025-04-29T12:35:09","date_gmt":"2025-04-29T12:35:09","guid":{"rendered":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/consultario\/2025\/04\/29\/el-nino-lloron\/"},"modified":"2025-04-29T12:35:09","modified_gmt":"2025-04-29T12:35:09","slug":"el-nino-lloron","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/escribir-para-divulgar\/el-nino-lloron\/","title":{"rendered":"El nio llorn"},"content":{"rendered":"<p>A los catorce a&ntilde;os, para Sebasti&aacute;n el mundo se reduc&iacute;a a la colonia donde viv&iacute;a y, si me apuras, un poco a la colonia de su secundaria. Pero todo cambi&oacute; el d&iacute;a que le regalaron una bicicleta por su cumplea&ntilde;os.<\/p>\n<p>El sol de mediod&iacute;a ca&iacute;a sobre el pavimento cuando Sebasti&aacute;n decidi&oacute; que era hora de explorar m&aacute;s all&aacute; de sus fronteras conocidas. Sin avisar a nadie &mdash;ni siquiera a su abuela Lolita&mdash; mont&oacute; en su bicicleta y se lanz&oacute; hacia lo desconocido, con rumbo al pante&oacute;n de San Antonio.<\/p>\n<p>Movido por una mezcla de locura, curiosidad y ansias de aventura, pedale&oacute; tres calles m&aacute;s abajo, siguiendo la carretera a F&aacute;bricas (esa que a&ntilde;os despu&eacute;s se conocer&iacute;a como bulevar Esteban de Antu&ntilde;ano). Ah&iacute; descubri&oacute; una calle que descend&iacute;a hacia un parque con un estanque de peces dorados que brillaban como monedas bajo el agua clara.<\/p>\n<p>Pero no fue el estanque lo que captur&oacute; su atenci&oacute;n, sino el puente colgante que se extend&iacute;a sobre el r&iacute;o. Las tablas crujieron bajo sus ruedas cuando se atrevi&oacute; a cruzarlo, con aquellos subidos hasta la garganta. Al otro lado comenzaba una pendiente que lo llev&oacute; hasta Pueblo de Romero Vargas, o Pueblo Nuevo como &eacute;l siempre lo llamaba. La cuesta lo condujo hasta la cima del cerrito donde se alzaba el Cristo Rey, con los brazos abiertos hacia la ciudad.<\/p>\n<p>A pesar del esfuerzo, sus piernas segu&iacute;an respondiendo bien, aunque el sudor ya le corr&iacute;a por la espalda cuando alcanz&oacute; la cima. Desde all&iacute;, la bajada se le ofreci&oacute; como un regalo inesperado. Se dej&oacute; llevar, sintiendo el viento en la cara mientras tomaba calles sin prestar demasiada atenci&oacute;n a las vueltas que daba<\/p>\n<p>Cruz&oacute; una v&iacute;a del tren y, casi sin darse cuenta, se encontr&oacute; en un barrio nuevo: Manantiales. All&iacute;, un parque le ofreci&oacute; sombra y un respiro, y justo al lado, un enorme letrero capt&oacute; su atenci&oacute;n: &ldquo;Biblioteca&rdquo;. Sebasti&aacute;n sinti&oacute; un impulso inmediato de entrar, imaginando los tesoros que encontrar&iacute;a dentro &mdash;libros de detectives que tanto le gustaban, historias distintas a las que hab&iacute;a en la peque&ntilde;a biblioteca de La Libertad.<\/p>\n<p>Se acerc&oacute; a la entrada, pero justo cuando iba a empujar la puerta, cay&oacute; en cuenta de que no ten&iacute;a d&oacute;nde dejar segura su bicicleta nueva. Ese simple impedimento lo fren&oacute; en seco. Con el &aacute;nimo un poco deca&iacute;do, decidi&oacute; emprender el regreso a casa.<\/p>\n<p>Para no complicarse, tom&oacute; la carretera federal a M&eacute;xico, que luego ser&iacute;a el bulevar Forjadores. La sigui&oacute; sin desviarse, cruzando el Puente de M&eacute;xico hasta la gasolinera &ldquo;La Junta&rdquo;, donde el camino cambiaba de nombre a &ldquo;La Reforma&rdquo;. Ese cruce le anunci&oacute; que estaba cerca de casa. Apenas dos calles m&aacute;s arriba se encontraba la entrada habitual a su pueblo, la misma por la que volv&iacute;a cuando sal&iacute;a de la secundaria.<\/p>\n<p>Esa noche, despu&eacute;s de su largo recorrido en bicicleta, Sebasti&aacute;n no pudo conciliar el sue&ntilde;o. A&uacute;n sent&iacute;a la vibraci&oacute;n de las ruedas en sus piernas y, en su mente, persist&iacute;a la imagen de la biblioteca a la que no hab&iacute;a podido entrar. Aunque no sab&iacute;a c&oacute;mo lo lograr&iacute;a, se prometi&oacute; regresar alg&uacute;n d&iacute;a, con la firme determinaci&oacute;n de no dejarlo pasar.<\/p>\n<p>Al d&iacute;a siguiente, como todos los viernes despu&eacute;s de la comida, su abuela Lolita dej&oacute; el puesto a cargo de Sebasti&aacute;n y camin&oacute; hacia el pante&oacute;n de San Antonio. Mientras ella visitaba a los difuntos, &eacute;l se quedaba ordenando mercanc&iacute;a, calculando mentalmente cu&aacute;nto faltaba para cerrar y pensando en nuevas rutas para explorar.<\/p>\n<p>Lolita, con paso tranquilo y flores en las manos, lleg&oacute; a la entrada. El encargado, siempre amable, la salud&oacute; y le ofreci&oacute; limpiar la tumba y proporcionar agua para las flores a cambio de una propina. Desde el radio de la caseta de vigilancia, sonaba la melodiosa voz de Rigo Tovar: &ldquo;&iquest;D&oacute;nde te has ido, mujer? No lograr&aacute;s encontrar \/ otro cari&ntilde;o como este&hellip;&rdquo;, mientras el agua ca&iacute;a r&iacute;tmica en la pileta.<\/p>\n<p>Llega a la tumba de la mam&aacute; de Sebasti&aacute;n y se detiene all&iacute; unos minutos, como siempre, mientras le habla en voz baja. Le cuenta c&oacute;mo el ni&ntilde;o, al que todos llaman Barrab&aacute;s, es tan listo, se porta tan bien y la ayuda tanto con el puesto. Lo hace todo con esmero y, a pesar de su juventud, va bien en la escuela, pronto pasar&aacute; a segundo a&ntilde;o; solo le faltan los &uacute;ltimos ex&aacute;menes. Sebasti&aacute;n no sabe la verdad sobre la muerte de su madre, aunque su abuela, Lolita, intuye que no tardar&aacute; en preguntar. Mientras le habla, una l&aacute;grima recorre su mejilla, y, con el rebozo, la seca discretamente.<\/p>\n<p>En ese tercer viernes de junio, Lolita vio a lo lejos a un ni&ntilde;o peque&ntilde;o, junto a una tumba al fondo del pante&oacute;n. Al acercarse, escuch&oacute; c&oacute;mo el ni&ntilde;o comenzaba a sollozar. Lloraba porque dec&iacute;a estar perdido y, en ese instante, el coraz&oacute;n de Lolita le dijo que hiciera algo. Sin pensarlo mucho, lo tom&oacute; de la mano y lo condujo hasta su casa. Ni siquiera se percat&oacute; de que alguien los estaba siguiendo.<\/p>\n<p>El sol ya descend&iacute;a cuando la figura de su abuela apareci&oacute; al final de la calle. Algo en su paso, m&aacute;s apurado que de costumbre, le indic&oacute; que algo ocurr&iacute;a. No ven&iacute;a sola.<\/p>\n<p>&mdash;Barrab&aacute;s &mdash;as&iacute; le dec&iacute;a ella cuando quer&iacute;a que le ayudara en algo complicado&mdash;, mira qui&eacute;n viene conmigo.<\/p>\n<p>Detr&aacute;s de Lolita apareci&oacute; el ni&ntilde;o, con la mirada asustada y las mejillas marcadas por el llanto. No tendr&iacute;a m&aacute;s de ocho a&ntilde;os y temblaba como una hoja.<\/p>\n<p>El ni&ntilde;o les cont&oacute; entre sollozos que se llamaba Esteban, que viv&iacute;a en Pueblo Nuevo y que su madre lo hab&iacute;a dejado jugando con unos amigos en el parque junto al puente colgante, mientras iba a hacer un mandado cerca del pante&oacute;n. Estando solo, hab&iacute;a visto a un hombre correr hacia el parque, esconder algo entre las matas y alejarse r&aacute;pidamente.<\/p>\n<p>&mdash;&iquest;Y qu&eacute; hiciste? &mdash;pregunt&oacute; Sebasti&aacute;n, cada vez m&aacute;s interesado.<\/p>\n<p>Esteban explic&oacute; que la curiosidad lo hab&iacute;a empujado a acercarse. Entre las plantas encontr&oacute; un paliacate rojo anudado que conten&iacute;a varios billetes. Antes de poder decidir qu&eacute; hacer, escuch&oacute; un grito. El hombre lo hab&iacute;a visto y ven&iacute;a hacia &eacute;l.<\/p>\n<p>&mdash;Corr&iacute; y corr&iacute; &mdash;continu&oacute; el ni&ntilde;o&mdash;. Cruc&eacute; la carretera sin fijarme y entr&eacute; al pante&oacute;n. Pens&eacute; que ah&iacute; estar&iacute;a mi mam&aacute;.<\/p>\n<p>&mdash;&iquest;C&oacute;mo era ese hombre? &mdash;pregunt&oacute;, mordisqueando el l&aacute;piz.<\/p>\n<p>&mdash;Alto, con un bigote grande &mdash;el ni&ntilde;o hizo un gesto exagerado sobre su labio&mdash;. Sebasti&aacute;n escuchaba con atenci&oacute;n, mientras su mente comenzaba a atar cabos. Comenz&oacute; a escribir en su libretita azul: &ldquo;Hombre con bigote, dinero robado, paliacate rojo con mancha de grasa&rdquo;.<\/p>\n<p>Desde la ventana not&oacute; un movimiento en la calle. Cautelosamente, se asom&oacute; por una rasgadura de la cortina y lo vio: un hombre de bigote espeso caminaba lentamente frente a la casa, mirando con disimulo hacia adentro. El ni&ntilde;o, al verlo, lo reconoci&oacute; inmediatamente: era el hombre con el bigotote, el mismo que hab&iacute;a gritado en el pante&oacute;n.<\/p>\n<p>El coraz&oacute;n se le aceler&oacute;. Una cosa era jugar a ser detective en su imaginaci&oacute;n y otra muy distinta tener un caso real frente a sus narices.<\/p>\n<p>Lolita, sin pensarlo, se puso el rebozo y le dijo a Sebasti&aacute;n que llevar&iacute;a al ni&ntilde;o a buscar a su madre. Decidieron regresar por el mismo camino, esperanzados en encontrarla antes de que la angustia la consumiera por completo.<\/p>\n<p>Ten&iacute;an que salir por la casa de atr&aacute;s, asegur&aacute;ndose de avisar a la Quetita para que sujetara al perro. Ella, al ver la preocupaci&oacute;n en sus rostros, les prometi&oacute; que llamar&iacute;a a la polic&iacute;a en cuanto se fueran, informando sobre el hombre sospechoso que rondaba la zona.<\/p>\n<p>Tomaron un camino m&aacute;s largo, y, como esperaban, encontraron a la mam&aacute; del ni&ntilde;o en el parque, rodeada de otras se&ntilde;oras, llorando desconsolada. Ella hab&iacute;a permanecido all&iacute;, esperando a que su hijo regresara, mientras el hermano mayor ya estaba busc&aacute;ndolo.<\/p>\n<p>Los acompa&ntilde;aron hasta su casa, a unas cinco calles cruzando el puente. All&iacute; le contaron todo lo que el ni&ntilde;o les hab&iacute;a dicho. El peque&ntilde;o, a&uacute;n asustado, ahora con la mam&aacute;, quien se encargar&iacute;a de avisar a la polic&iacute;a, y entregar el dinero.<\/p>\n<p>Sebasti&aacute;n no pod&iacute;a dejar el misterio as&iacute;, por lo que empez&oacute; a buscar en Pueblo Nuevo pistas sobre el hombre misterioso. Conservaba el paliacate. En su libreta, hab&iacute;a dibujado un peque&ntilde;o mapa del &aacute;rea y marcado los lugares clave: el pante&oacute;n, el parque, el puente y Pueblo Nuevo. Y las pistas: sujeto con bigote, paliacate con una mancha de grasa. Hmm, posiblemente el sujeto es un mec&aacute;nico.<\/p>\n<p>Barrab&aacute;s pensaba que el sujeto no ser&iacute;a muy astuto si robaba en la misma colonia, pero a&uacute;n as&iacute; decidi&oacute; investigar en esa zona. Con su bicicleta como fiel compa&ntilde;era, Sebasti&aacute;n pedale&oacute; hasta m&aacute;s all&aacute; del Cristo Rey. Si su teor&iacute;a era correcta, el hombre deb&iacute;a trabajar con m&aacute;quinas. En aquella zona, los talleres mec&aacute;nicos no abundaban, as&iacute; que no le tom&oacute; mucho tiempo revisar tres lugares sin &eacute;xito.<\/p>\n<p>Fue en el cuarto taller, un local peque&ntilde;o con un letrero descolorido que anunciaba &ldquo;Refacciones y reparaciones El Rayo&rdquo;, donde su coraz&oacute;n dio un vuelco. Ah&iacute; estaba &eacute;l, inclinado sobre el motor de un Volkswagen, con el bigote inconfundible y una mancha oscura en su antebrazo izquierdo. Sebasti&aacute;n se detuvo frente a una tienda de abarrotes, un poco m&aacute;s adelante, y pidi&oacute; un refresco de naranja. Desde ah&iacute;, con disimulo, comenz&oacute; a observar y anotar cada detalle.<\/p>\n<p>El hombre trabajaba con movimientos precisos. De vez en cuando miraba hacia la calle, como si esperara a alguien o temiera ser observado. Sebasti&aacute;n not&oacute; que llevaba un paliacate rojo id&eacute;ntico al que guardaba en su bolsillo, anudado al cuello.<\/p>\n<p>&ldquo;&iquest;Coincidencia?&rdquo;, escribi&oacute; en su libreta con letras may&uacute;sculas.<\/p>\n<p>Estaba tan concentrado en sus reflexiones que no se percat&oacute; cuando el mec&aacute;nico se acerc&oacute; a comprar unas tortas justo en la tienda donde &eacute;l estaba. Sus miradas se cruzaron y Sebasti&aacute;n supo que hab&iacute;a cometido un error.<\/p>\n<p>La expresi&oacute;n del hombre cambi&oacute; al instante. Lo hab&iacute;a reconocido como el chico que acompa&ntilde;aba a la abuela y al ni&ntilde;o del pante&oacute;n.<\/p>\n<p>&mdash;T&uacute; eres el mocoso que estaba con la vieja y el escuincle &mdash;gru&ntilde;&oacute; el hombre, acerc&aacute;ndose amenazante&mdash;. &iquest;Qu&eacute; tanto est&aacute;s viendo?<\/p>\n<p>Sebasti&aacute;n intent&oacute; retroceder, pero la pared de la tienda se lo impidi&oacute;. Quiso aparentar calma, como los detectives de las pel&iacute;culas.<\/p>\n<p>&mdash;Nada, se&ntilde;or. Solo estoy tomando mi refresco.<\/p>\n<p>El hombre mir&oacute; la libreta que Sebasti&aacute;n intentaba ocultar y se la arrebat&oacute; de un manotazo. Las p&aacute;ginas llenas de anotaciones, el mapa improvisado y el dibujo del bigote eran evidencia suficiente.<\/p>\n<p>&mdash;&iquest;Con que jugando al detective, eh? &mdash;El hombre arrug&oacute; las p&aacute;ginas con furia&mdash;. &iquest;Sabes lo que les pasa a los pendejos metiches como t&uacute;?<\/p>\n<p>Sin darle tiempo a responder, el mec&aacute;nico le asest&oacute; un pu&ntilde;etazo en el est&oacute;mago que le cort&oacute; la respiraci&oacute;n. Sebasti&aacute;n se dobl&oacute; de dolor mientras el hombre le susurraba al o&iacute;do:<\/p>\n<p>&mdash;Si dices una palabra de lo que viste, si le cuentas a alguien sobre m&iacute;, te juro que te mato. &iquest;Entendiste?<\/p>\n<p>Para enfatizar su amenaza, le dio una patada a la bicicleta, torciendo la llanta delantera hasta dejarla inservible.<\/p>\n<p>&mdash;Y eso es solo un adelanto &mdash;a&ntilde;adi&oacute;, alej&aacute;ndose con paso pesado.<\/p>\n<p>Sebasti&aacute;n regres&oacute; a casa empujando su bicicleta maltrecha, con un dolor punzante en el abdomen y el orgullo herido. No era as&iacute; como terminaban las aventuras en los libros de detectives.<\/p>\n<p>Barrab&aacute;s regres&oacute; a casa, con la determinaci&oacute;n de no decir nada y de olvidar lo sucedido. Pero al verlo tan golpeado, su abuela no pudo evitar rega&ntilde;arlo. Le insisti&oacute; una y otra vez, queriendo saber qu&eacute; hab&iacute;a ocurrido. Sin embargo, &eacute;l no dijo palabra. Lolita, al ver su silencio, le pas&oacute; la pijama y, con un suspiro, lo dej&oacute; dormir hasta tarde, esperando que, al despertar, se sintiera mejor.<\/p>\n<p>Al d&iacute;a siguiente, Sebasti&aacute;n se acerc&oacute; a su abuela con una expresi&oacute;n pensativa y, mientras la ve&iacute;a hacer sus quehaceres, le pregunt&oacute; sobre las cosas que hab&iacute;a dejado en sus pantalones la noche anterior: el l&aacute;piz, la libreta, el paliacate, un yoyo, y una piedrita del r&iacute;o que le hab&iacute;a llamado la atenci&oacute;n.<\/p>\n<p>Tres d&iacute;as pasaron en silencio. Sebasti&aacute;n no hab&iacute;a contado nada a su abuela, a pesar de sus insistentes preguntas sobre los moretones y la bicicleta da&ntilde;ada. Por las noches, reviv&iacute;a el momento de la amenaza y se preguntaba si hab&iacute;a valido la pena jugar al detective.<\/p>\n<p>Una ma&ntilde;ana, mientras desayunaban, la radio local interrumpi&oacute; la m&uacute;sica con una noticia: &ldquo;Hombre encontrado sin vida a orillas del r&iacute;o. Presentaba m&uacute;ltiples heridas de arma blanca. Las autoridades investigan.&rdquo;<\/p>\n<p>El tamal de frijol se le qued&oacute; atorado en la garganta. La voz del locutor continuaba implacable: &ldquo;El occiso, identificado como Ram&oacute;n S&aacute;nchez, de 34 a&ntilde;os, trabajaba en un taller mec&aacute;nico conocido como &#8216;El Rayo&#8217; en la zona de Pueblo Nuevo&#8230;&rdquo;<\/p>\n<p>Sebasti&aacute;n sinti&oacute; un hormigueo en los dedos. Su mente, siempre &aacute;gil para conectar pistas, ahora parec&iacute;a negarse a aceptar lo que estaba escuchando. Con disimulo, observ&oacute; a su abuela, que segu&iacute;a tomando caf&eacute; y escuchando la radio como si la noticia fuera sobre el clima y no sobre un hombre muerto.<\/p>\n<p>&mdash;&iquest;Ya terminas, Barrab&aacute;s? Hay que abrir el puesto &mdash;le dijo Lolita, sin mirarlo directamente.<\/p>\n<p>Sebasti&aacute;n asinti&oacute; con un movimiento mec&aacute;nico, incapaz de articular palabra. Mientras recog&iacute;a los trastes, su cabeza daba vueltas como las ruedas de su bicicleta. No pod&iacute;a ser coincidencia. En el radio hablaban de un bigote espeso, una mancha en el antebrazo, un paliacate rojo en el cuello&#8230; todo apuntaba a que el mec&aacute;nico muerto era el mismo que lo hab&iacute;a amenazado.<\/p>\n<p>En la escuela, Sebasti&aacute;n estuvo ausente todo el d&iacute;a, garabateando espirales &aacute;ureas en su cuaderno y mordisqueando el l&aacute;piz hasta dejarlo sin pintura. La maestra de Espa&ntilde;ol le llam&oacute; la atenci&oacute;n dos veces, pero &eacute;l apenas la escuchaba. Su libreta azul, la de detective, hab&iacute;a desaparecido junto con el paliacate del dinero. Y ahora un hombre estaba muerto.<\/p>\n<p>Al salir de clases, tom&oacute; un camino que nunca antes hab&iacute;a recorrido. En vez de dirigirse directamente a casa, pedale&oacute; hacia el r&iacute;o, donde los chismosos todav&iacute;a se arremolinaban a pesar de que la polic&iacute;a hab&iacute;a acordonado el &aacute;rea. Un grupo de se&ntilde;oras murmuraba teor&iacute;as, cada una m&aacute;s escabrosa que la anterior.<\/p>\n<p>&mdash;Lo mataron por una deuda &mdash;dec&iacute;a una. &mdash;No, fue por una mujer, seguro &mdash;replicaba otra. &mdash;Pues yo escuch&eacute; que le dieron m&aacute;s de veinte machetazos &mdash;a&ntilde;adi&oacute; una tercera, bajando la voz con morboso deleite.<\/p>\n<p>Sebasti&aacute;n se estremeci&oacute; al escuchar la palabra &ldquo;machete&rdquo;. El mismo que faltaba en su casa, el que siempre guardaban bajo el fregadero para cortar la hierba del jard&iacute;n.<\/p>\n<p>Pedale&oacute; de regreso con el coraz&oacute;n lati&eacute;ndole como tambor de fiesta patronal. Las calles polvosas de Pueblo Nuevo parec&iacute;an m&aacute;s largas ahora, y cada vuelta le acercaba m&aacute;s a una verdad que no estaba seguro de querer enfrentar.<\/p>\n<p>Al llegar a su calle, vio a Lolita en el portal, remendando un mantel como cualquier otra tarde. Sus manos, arrugadas pero firmes, se mov&iacute;an con precisi&oacute;n entre la tela. Sebasti&aacute;n observ&oacute; esas manos. Las que le hab&iacute;an curado raspones, que le hab&iacute;an ense&ntilde;ado a contar dinero en el puesto del mercado, que hab&iacute;an sostenido las suyas cuando visitaban la tumba de su madre. Las mismas manos que preparaban el desayuno cada ma&ntilde;ana, que le curaban las rodillas raspadas, que le daban una bendici&oacute;n cada noche antes de dormir.<\/p>\n<p>&mdash;Llegas temprano, mijo &mdash;dijo ella, sin levantar la vista de su labor.<\/p>\n<p>Sebasti&aacute;n asinti&oacute;, observ&aacute;ndola con nuevos ojos. Su abuela nunca hab&iacute;a sido una mujer de muchas palabras, pero hoy su silencio pesaba como plomo.<\/p>\n<p>&mdash;&iquest;Ya supiste lo del mec&aacute;nico de Pueblo Nuevo, abuela? &mdash;pregunt&oacute;, intentando que su voz sonara casual.<\/p>\n<p>Las manos de Lolita se detuvieron por un brev&iacute;simo instante antes de reanudar su labor.<\/p>\n<p>&mdash;S&iacute;, algo escuch&eacute; en la radio. Una desgracia&mdash;. Su tono era el mismo que usaba para comentar el aumento en el precio del frijol o las lluvias tard&iacute;as. Sin emoci&oacute;n, sin sorpresa, sin nada que delatara conocimiento previo.<\/p>\n<p>Sebasti&aacute;n quiso preguntar m&aacute;s, pero las palabras se le quedaron atascadas en la garganta. Esa noche, despu&eacute;s de cenar, sali&oacute; al patio trasero con el pretexto de verificar que las gallinas estuvieran encerradas.<\/p>\n<p>Al d&iacute;a siguiente, con ojeras por el insomnio, Sebasti&aacute;n sali&oacute; cortar la hierba como Lolita le hab&iacute;a pedido.<\/p>\n<p>&mdash;Abuela, no encuentro el machete &mdash;dijo, despu&eacute;s de buscar bajo el fregadero y atr&aacute;s del ropero.<\/p>\n<p>Lolita ni siquiera levant&oacute; la mirada de su bordado. Con una voz tranquila, como quien habla del clima, respondi&oacute;:<\/p>\n<p>&mdash;Qu&eacute; raro. D&eacute;jalo as&iacute; por ahora, voy a buscar uno nuevo&mdash;.<\/p>\n<p>Sebasti&aacute;n la observ&oacute; con detenimiento: sus manos arrugadas pero firmes, sus ojos que hab&iacute;an visto tanto, su expresi&oacute;n serena mientras la aguja entraba y sal&iacute;a de la tela, dibujando flores rojas sobre el lienzo blanco. Un escalofr&iacute;o le recorri&oacute; la espalda cuando se acord&oacute; de los objetos desaparecidos de sus bolsillos: el paliacate, su libretita azul .<\/p>\n<p>Record&oacute; c&oacute;mo, durante a&ntilde;os, Lolita hab&iacute;a enfrentado sola a quienes intentaban abusar de ella en el mercado, c&oacute;mo defend&iacute;a su peque&ntilde;o puesto con una determinaci&oacute;n que hac&iacute;a retroceder hasta al m&aacute;s brabuc&oacute;n. Record&oacute; las historias sobre c&oacute;mo hab&iacute;a criado sola a la mam&aacute; de Sebasti&aacute;n, y luego a &eacute;l mismo, cuando se qued&oacute; hu&eacute;rfano.<\/p>\n<p>Lolita levant&oacute; la mirada y sus ojos se encontraron. No hubo necesidad de palabras. En ese instante, un entendimiento silencioso pas&oacute; entre abuela y nieto.<\/p>\n<p>&mdash;&iquest;Sabes qu&eacute;, Barrab&aacute;s? &mdash;dijo ella, rompiendo el silencio&mdash;. A veces la justicia tiene caminos que no podemos entender, como el r&iacute;o que baja del cerro: puede dar muchas vueltas, pero siempre llega al mar.<\/p>\n<p>Sebasti&aacute;n asinti&oacute;, incapaz de hablar. En ese momento entendi&oacute; que, pasara lo que pasara, Lolita siempre encontrar&iacute;a la manera de protegerlo. Y quiz&aacute;s esa era la lecci&oacute;n m&aacute;s importante que aprender&iacute;a como detective: a veces, la justicia tiene sus propios caminos, retorcidos e inesperados como las calles polvorientas de Pueblo Nuevo.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>A los catorce a&ntilde;os, para Sebasti&aacute;n el mundo se reduc&iacute;a a la colonia donde viv&iacute;a y, si me apuras, un poco a la colonia de su secundaria. Pero todo cambi&oacute; el d&iacute;a que le regalaron una bicicleta por su cumplea&ntilde;os. 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