{"id":248,"date":"2021-02-12T16:14:36","date_gmt":"2021-02-12T16:14:36","guid":{"rendered":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/consultario\/2021\/02\/12\/montaigne\/"},"modified":"2021-02-12T16:14:36","modified_gmt":"2021-02-12T16:14:36","slug":"montaigne","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/narrativa\/montaigne\/","title":{"rendered":"Montaigne"},"content":{"rendered":"<p>Hu&iacute; de mi familia y, por consiguiente, de mis torturadores a un rinc&oacute;n de la torre y, sin luz y, por consiguiente, sin hacer que los mosquitos enloquecieran contra m&iacute;, cog&iacute; de la biblioteca un libro que, tras haber le&iacute;do en &eacute;l unas frases, result&oacute; ser de Montaigne, de quien estoy muy pr&oacute;ximo, de una forma m&aacute;s &iacute;ntima y realmente iluminadora que de cualquier otro.<\/p>\n<p>De camino a la torre, como si s&oacute;lo hubiera podido salvarme de esa forma y de ninguna m&aacute;s, hab&iacute;a sacado un libro de los estantes, en la oscuridad absoluta de la biblioteca, sin la menor idea de qu&eacute; clase de libro pod&iacute;a tratarse, s&oacute;lo de que posiblemente era un libro filos&oacute;fico, pens&eacute;, porque los m&iacute;os, desde hace siglos, s&oacute;lo han amontonado esos, as&iacute; llamados, libros filos&oacute;ficos en el lado izquierdo de la biblioteca, y como es natural, con plena conciencia, no hab&iacute;a sacado del lado derecho de la biblioteca un as&iacute; llamado libro literario sino un libro del lado izquierdo, es decir, no uno del lado de la literatura sino uno del lado filos&oacute;fico, aunque no habr&iacute;a podido saber de qu&eacute; libro filos&oacute;fico se trataba al sacarlo de los estantes del lado izquierdo, porque realmente habr&iacute;a podido ser otro muy distinto del que en definitiva hab&iacute;a sacado, no el Montaigne, sino posiblemente el Descartes o el Novalis o el Schopenhauer.<\/p>\n<p>En mi camino hacia la torre, en el que, como queda dicho, no hab&iacute;a encendido la luz a causa de los mosquitos, me hab&iacute;a esforzado sin embargo con la mayor concentraci&oacute;n por adivinar qu&eacute; libro hab&iacute;a sacado del estante, pero los fil&oacute;sofos que me vinieron a la mente fueron todos menos Montaigne.<\/p>\n<p>Como hac&iacute;a tiempo que nadie hab&iacute;a ido de la biblioteca a la torre, pronto met&iacute; la cabeza en cientos de telara&ntilde;as y al final, antes ya de llegar a la torre, ten&iacute;a la sensaci&oacute;n de llevar puesto un gorro de telara&ntilde;as, tan espesamente me hab&iacute;an envuelto la cabeza aquellas telara&ntilde;as en mi camino de la biblioteca a la torre; sent&iacute;a las telara&ntilde;as en el rostro y en la cabeza como una venda con que me hubiera envuelto en el camino de la biblioteca a la torre, simplemente al ir andando y volviendo la cabeza y el cuerpo entero varias veces, porque hab&iacute;a tenido miedo de que los m&iacute;os hubieran podido verme entrar primero en la biblioteca y salir luego de la biblioteca en direcci&oacute;n a la torre. Hasta respirar me resultaba dif&iacute;cil.<\/p>\n<p>Ahora, adem&aacute;s del miedo a asfixiarme que padezco desde hace ya tantos a&ntilde;os, a causa s&oacute;lo de mis pulmones debilitados, sent&iacute;a otro, m&aacute;s espantoso a&uacute;n, a causa de las telara&ntilde;as que me rodeaban la cabeza. Durante toda la tarde los m&iacute;os me hab&iacute;an atormentado con sus negocios y me hab&iacute;an reprochado, habl&aacute;ndome sin interrupci&oacute;n o callando ante m&iacute; por completo lo que hubieran tenido que hablar, que yo era su desgracia. Que hab&iacute;a convertido en m&eacute;todo mi estar contra ellos y contra sus relaciones, contra sus negocios y contra su forma de pensar, que sin embargo era tambi&eacute;n la m&iacute;a.<\/p>\n<p>Que me hab&iacute;a acostumbrado a desintegrar su forma de pensar, escarnecerlos, destruirlos y matarlos. Que empleaba cuanto hab&iacute;a en m&iacute; para desintegrarlos, destruirlos y matarlos. Que d&iacute;a y noche no cavilaba en otra cosa y, al despertarme, los atacaba. No era yo el enfermo y, por consiguiente, el d&eacute;bil, dec&iacute;an, sino que eran ellos los enfermos y, por consiguiente, los debilitados, ellos eran los dominados por m&iacute; y no a la inversa: yo era su opresor, no eran ellos quienes me atacaban sino yo quien los atacaba a ellos.<\/p>\n<p>Pero eso lo oigo ya desde que existo. Que desde mi nacimiento hab&iacute;a estado contra ellos, que les hab&iacute;a reprochado ya, cuando s&oacute;lo era un ni&ntilde;o malo que a&uacute;n no hablaba sino que los miraba s&oacute;lo fija y continuamente, mi existencia, su monstruosidad p&eacute;rfida. Ya aquel ni&ntilde;o que los miraba por primera vez los hab&iacute;a estremecido, porque hab&iacute;a estado contra ellos. Instintivamente, cuanto hab&iacute;a dentro de m&iacute; se hab&iacute;a vuelto contra ellos, ya en los primeros instantes, y finalmente utilizando la inteligencia de mi cabeza con la mayor determinaci&oacute;n y brutalidad.<\/p>\n<p>Que yo era su aniquilador, volvieron a decir tambi&eacute;n hoy, mientras, continuamente, les daba a entender que eran ellos mis aniquiladores, que se dedicaban a mi aniquilaci&oacute;n desde el momento en que me engendraron. Los m&iacute;os me llevan sobre su conciencia, les digo con todas y cada una de las cosas que digo, mientras que ellos, a la inversa, con todas y cada una de las cosas que dicen y piensan, y con sus actuaciones ininterrumpidas, dicen que los llevo sobre mi conciencia. Me han hecho nacer y me han situado en una regi&oacute;n tan hermosa y en una casa tan hermosa, me dicen continuamente, y yo los escarnezco y los desprecio ininterrumpidamente.<\/p>\n<p>En cada una de mis manifestaciones, dec&iacute;an, no hab&iacute;a m&aacute;s que ese escarnio y ese desprecio, que har&iacute;an que un d&iacute;a perecieran, pero creo que ser&eacute; yo quien perecer&aacute; un d&iacute;a por su escarnio y su desprecio. En el camino de la biblioteca a la torre pens&eacute; que, en cuarenta y dos a&ntilde;os, no hab&iacute;a podido escapar de ellos, aunque en esos cuarenta y dos a&ntilde;os de mi vida no hab&iacute;a tenido otra cosa en la cabeza que escapar de ellos; nunca me ha sido posible sustraerme a ellos, ni por el periodo m&aacute;s breve, porque, cuando me sustra&iacute;a a ellos, se trataba s&oacute;lo de una supuesta sustracci&oacute;n, por no hablar de escaparme, en lo que ni siquiera me atrevo a pensar. Sus cuidados hab&iacute;an sido siempre, dec&iacute;an, de lo m&aacute;s sol&iacute;cito, su atenci&oacute;n, la mayor siempre, pero su desesperaci&oacute;n en lo que a m&iacute; se refer&iacute;a tambi&eacute;n siempre, al mismo tiempo, la m&aacute;s horrible.<\/p>\n<p>Hab&iacute;an allanado para m&iacute; tantos caminos pero yo no hab&iacute;a seguido ni uno solo de ellos, me han vuelto a decir hoy. Todos los caminos que me hab&iacute;an mostrado y allanado habr&iacute;an sido para m&iacute; los mejores, me hab&iacute;an visto ya seguir esos caminos, pero desde el principio mismo les hab&iacute;a aniquilado esos caminos y, con ello, los hab&iacute;a aniquilado para m&iacute; tambi&eacute;n. Que nunca seguir&iacute;a un camino, les hab&iacute;a dicho una vez, pero su incomprensi&oacute;n y su vileza, que se conjuraban con esa incomprensi&oacute;n de la forma m&aacute;s desvergonzada, me hab&iacute;an hecho comprender en seguida lo absurdo de mi manifestaci&oacute;n, y no hab&iacute;a vuelto a repetir esa observaci&oacute;n de que no quer&iacute;a seguir nunca un camino. Todas las observaciones que les hab&iacute;a hecho hab&iacute;an tropezado siempre &uacute;nicamente con la incomprensi&oacute;n y con la vileza que colaboraba con esa incomprensi&oacute;n. Por eso, en el curso de los decenios hab&iacute;a dicho cada vez menos cosas y finalmente nada, y sus reproches se hicieron cada vez m&aacute;s despiadados.<\/p>\n<p>Hab&iacute;a ido a la biblioteca y hab&iacute;a cogido de los estantes un libro filos&oacute;fico, con conciencia de estar cometiendo un crimen, porque a sus ojos simplemente entrar en la biblioteca era ya un crimen, y un crimen mucho mayor a&uacute;n coger un libro filos&oacute;fico de los estantes, dado que simplemente retraerme de ellos lo consideraban un crimen. Que hab&iacute;an comprado una casa en Encknach, para renovarla y luego, en el plazo de un a&ntilde;o, deshacerse de ella decuplicando su ganancia, hab&iacute;an dicho, que hab&iacute;an convertido en una dos propiedades agr&iacute;colas situadas cerca de Rutzenmoos y hab&iacute;an obtenido as&iacute;, de la noche a la ma&ntilde;ana, un beneficio de treinta millones, dijeron. Tenemos que actuar cuando los d&eacute;biles son m&aacute;s d&eacute;biles, dijeron en la mesa, anticiparnos a los inteligentes con una inteligencia m&aacute;s despiadada a&uacute;n, dijeron, con una perfidia a&uacute;n m&aacute;s p&eacute;rfida. No hablaban directamente de esos negocios, s&oacute;lo indirectamente, incluso cuando hablaban de algo filos&oacute;fico desde su punto de vista, por ejemplo de la soledad de Schopenhauer, del que es verdad que, como me consta, lo hab&iacute;an le&iacute;do realmente todo pero sin comprender nada, hablaban s&oacute;lo de sus negocios, de c&oacute;mo se pod&iacute;a enga&ntilde;ar a la inteligencia con otra inteligencia m&aacute;s inteligente a&uacute;n. Se tomaban su sopa y defend&iacute;an a un perro que hab&iacute;a mordido a un transe&uacute;nte, y con esa hipocres&iacute;a canina hablaban &uacute;nicamente de sus negocios. Mis padres y mis hermanos han estado siempre de acuerdo, siempre han formado una conjuraci&oacute;n contra todo y contra m&iacute;. Siempre te hemos querido, han vuelto a decirme hoy mis padres, y mis hermanos los miraban y escuchaban sin contradecirlos mientras yo pensaba que, durante toda mi vida, s&oacute;lo me hab&iacute;an odiado, lo mismo que yo durante toda mi vida s&oacute;lo los he odiado, si digo la verdad, como s&eacute; y no miento, cosa que desde hace ya tiempo me he prohibido. Decimos tambi&eacute;n que queremos a nuestros padres y en realidad los odiamos, porque no podemos querer a nuestros padres al no ser hombres felices, nuestra desgracia no es algo de lo que nos persuadamos, lo mismo que nuestra felicidad, de la que nos persuadimos a diario para tener siquiera el valor de levantarnos y lavarnos, vestirnos, tomar el primer trago, engullir el primer bocado.<\/p>\n<p>Porque cada ma&ntilde;ana se nos recuerda inevitablemente que nuestros padres, con espantosa sobrestimaci&oacute;n de s&iacute; mismos y, realmente, con su megaloman&iacute;a procreadora, nos han hecho y parido, y nos han echado a este mundo, m&aacute;s horrible y repulsivo y mortal que agradable y &uacute;til. Nuestro desvalimiento se lo debemos a nuestros procreadores, nuestra torpeza, todas esas dificultades nuestras con las que, durante toda la vida, no logramos acabar. Primero nos dec&iacute;an no bebas esa agua, porque est&aacute; envenenada, luego nos dec&iacute;an no leas ese libro, porque ese libro est&aacute; envenenado. Si bebes esa agua, ser&aacute; tu ruina, dec&iacute;an, y, luego, si lees ese libro ser&aacute; tu ruina. Te llevaron a los bosques, te metieron en oscuros cuartos de ni&ntilde;o para trastornarte, te presentaron a personas que en seguida reconociste como tus aniquiladores. Te mostraron paisajes que fueron para ti mortales. Te arrojaron a escuelas como a calabozos, y finalmente te extrajeron el alma para dejarla perecer en su ci&eacute;naga y en su yermo. De esa forma hicieron perder pronto a tu coraz&oacute;n el ritmo que le era propio, hasta que finalmente enferm&oacute; de una forma irreversible, como dicen los m&eacute;dicos, porque nunca dejaron en paz ese coraz&oacute;n tuyo.<\/p>\n<p>Te pon&iacute;an trajes verdes cuando t&uacute; quer&iacute;as vestir trajes rojos, fr&iacute;os cuando habr&iacute;an sido necesarios c&aacute;lidos, si quer&iacute;as andar ten&iacute;as que correr, si quer&iacute;as correr ten&iacute;as que andar, si quer&iacute;as reposo no te daban ninguno, si quer&iacute;as gritar te tapaban la boca. Siempre los has observado, hasta donde puedes recordar, y percibido y estudiado su falsedad, y les has dicho una y otra vez que estaban perdidos, lo que no quer&iacute;an aceptar, aunque sab&iacute;an que no estaban m&aacute;s que perdidos durante todo el tiempo que llevo observ&aacute;ndolos hasta hoy. Que eran desvergonzados, lo que siempre han negado, sin escr&uacute;pulos, un peligro p&uacute;blico. Entonces me acusaban, por decirlo as&iacute;, de decir la verdad. Pero si yo dec&iacute;a de vez en cuando que eran bien parecidos e inteligentes, por decir tambi&eacute;n la verdad, me acusaban de decir una mentira. As&iacute; me han acusado durante toda la vida unas veces de decir verdades y otras de decir mentiras, y muy a menudo de decir verdades y mentiras, y en el fondo me han acusado durante toda la vida de decir verdades y mentiras, lo mismo que yo, durante toda la vida, los he acusado de decir mentiras y verdades.<\/p>\n<p>Ya puedo decir lo que quiera, que me acusar&aacute;n de decir verdades o de decir mentiras, y a menudo no les resulta claro si me est&aacute;n acusando de decir verdades o de decir mentiras, lo mismo que a m&iacute;, con mucha frecuencia, no me resulta claro si los acuso de decir mentiras o de decir verdades, porque en mi mecanismo de acusaci&oacute;n, que se ha convertido ya en enfermedad acusatoria, no puedo distinguir si se trata de verdades o de mentiras, lo mismo que ellos no pueden distinguir ya mentiras y verdades en lo que a m&iacute; respecta. Si antes ten&iacute;a un miedo mortal a coger un terr&oacute;n de az&uacute;car del azucarero del comedor, hoy tengo un miedo mortal a coger un libro de la biblioteca, y el mayor de los miedos mortales si se trata de uno filos&oacute;fico, como ayer tarde. Siempre me ha gustado Montaigne m&aacute;s que ning&uacute;n otro. Siempre me he refugiado en mi Montaigne cuando sent&iacute;a un miedo mortal. Me he dejado dirigir y llevar, incluso conducir y seducir por Montaigne. Montaigne ha sido siempre mi salvador y libertador. Si en definitiva he desconfiado de todos los dem&aacute;s, de mi familia filos&oacute;fica grande e infinita, que s&oacute;lo puedo calificar de mi familia filos&oacute;fica francesa grande e infinita, en la que siempre ha habido s&oacute;lo algunos sobrinos y sobrinas alemanes e italianos, aunque todos, tengo que decir, muy tempranamente fallecidos, siempre he estado en buenas manos con mi Montaigne.<\/p>\n<p>Nunca he tenido un padre y nunca una madre, pero he tenido siempre a mi Montaigne. Mis progenitores, a los que nunca llamar&eacute; padre y madre, me rechazaron desde el primer momento, y saqu&eacute; ya muy pronto consecuencias de ese rechazo, y corr&iacute; derecho a los brazos de mi Montaigne, &eacute;sa es la verdad. Montaigne, he pensado siempre, tiene una familia filos&oacute;fica grande e infinita, pero nunca he querido a los miembros de esa familia filos&oacute;fica m&aacute;s que a su jefe, mi Montaigne.<\/p>\n<p>Hab&iacute;a querido, de camino hacia la torre, hacia la biblioteca y en la oscuridad necesaria a causa de los mosquitos, aferrarme s&oacute;lo a uno de los miembros de esa familia filos&oacute;fica francesa, despu&eacute;s de haberme liberado de las garras de los m&iacute;os, pero nunca hab&iacute;a pensado que, incluso en la mayor oscuridad, tendr&iacute;a en la mano, con presa firme, a mi Montaigne. Los m&iacute;os se hab&iacute;an comido su sopa y su carne con la misma avidez que siempre me ha repelido en ellos, la forma en que se llevan la cuchara a la boca dice m&aacute;s sobre ellos que todo lo que hay en su interior; c&oacute;mo cortan la carne en el plato, extraen la ensalada del cuenco. C&oacute;mo beben de sus copas y parten el pan, por no hablar de c&oacute;mo se expresan y de las cosas que los dejan serios o los divierten, me ha resultado siempre repulsivo y vergonzoso. Siempre he odiado las comidas con ellos, pero durante toda mi vida me he visto obligado a estar con ellos, a estar en sus manos a consecuencia de mi enfermedad.<\/p>\n<p>No poder dar cien pasos sin ellos, la mayor parte del tiempo, tendr&iacute;a que calificarlo de estremecedor si no me horrorizara semejante calificaci&oacute;n. Cuanto hay dentro de ellos y con ellos (y conmigo) habr&iacute;a que calificado de estremecedor si no me horrorizara esa calificaci&oacute;n m&aacute;s que cualquier otra cosa. Al principio me hab&iacute;an hecho depender de ellos, luego me hab&iacute;an reprochado esa dependencia durante toda la vida. Desde el instante en que no pude salir ya de esa dependencia, en que se convirti&oacute; para m&iacute; en algo natural, espantosamente natural. Con ellos, me tuve que decir a partir de un momento determinado, est&aacute; la &uacute;nica posibilidad.<\/p>\n<p>Queremos huir, rehuir, pero no podemos ya. Ellos (y nosotros mismos) han tapiado todas las salidas al aire libre. De repente vemos que ellos (como nosotros mismos) nos han tapiado. Entonces aguardamos s&oacute;lo el instante en que nos asfixiaremos. Entonces pensamos a menudo si no ser&iacute;a mejor ser ciego y completamente sordo, adem&aacute;s de padecer nuestras dem&aacute;s enfermedades paralizantes, porque entonces no ver&iacute;amos, no oir&iacute;amos ya la que s&oacute;lo podemos reconocer como mortal, pero de pronto esa conclusi&oacute;n nos parece tambi&eacute;n falsa. Siempre hemos querido la curaci&oacute;n, cuando no hab&iacute;a ya curaci&oacute;n que esperar, porque no era ya posible. Siempre hemos querido evadirnos, cuando no era posible evadirse ya.<\/p>\n<p>Los m&iacute;os se hab&iacute;an dado cuenta demasiado tarde de que s&oacute;lo hab&iacute;an engendrado a su destructor y aniquilador. Y yo lo hab&iacute;a comprendido demasiado tarde. Comprend&iacute; cuando era demasiado tarde para poder comprender. Cu&aacute;ntas veces hab&iacute;an dicho que preferir&iacute;an un perro a tenerme a m&iacute;, porque un perro los guardar&iacute;a y les costar&iacute;a menos que yo, que s&oacute;lo los observaba, y los escarnec&iacute;a y desintegraba y destru&iacute;a y aniquilaba.<\/p>\n<p>Si vas al pozo, te daremos una paliza de muerte, me dijeron cuando ten&iacute;a cuatro o cinco a&ntilde;os. Si entras en la biblioteca ya ver&aacute;s, me dec&iacute;an, queriendo decir nada menos que me dar&iacute;an una paliza de muerte. Por eso, cuando era un ni&ntilde;o de cuatro o cinco a&ntilde;os, s&oacute;lo iba al pozo a escondidas, y cuando, por decirlo as&iacute;, fui adulto, s&oacute;lo entraba en la biblioteca a escondidas. Siempre me hab&iacute;an dado a entender que, junto al pozo, perder&iacute;a el as&iacute; llamado equilibrio y me precipitar&iacute;a en &eacute;l, sin remedio. Y siempre me hab&iacute;an dado a entender que en la biblioteca y con ciertos libros, no dec&iacute;an directamente filos&oacute;ficos, perder&iacute;a el equilibrio y me precipitar&iacute;a, sin remedio, lo mismo que hace cuatro o cinco a&ntilde;os entraba en la biblioteca a escondidas y helado hasta los huesos ya desde hace muchos a&ntilde;os solo a escondidas y, por decido as&iacute;, a sus espaldas en la biblioteca.<\/p>\n<p>Cada vez me parece que entro en una trampa, porque ellos me dijeron o me dieron a entender que la biblioteca era para m&iacute; una trampa (como el pozo). Tengo cuarenta y dos a&ntilde;os y entro en la biblioteca como en una trampa. La trampa se cerrar&aacute;, me dijeron cuando entr&eacute; por primera vez en la biblioteca. Cada vez que entro en la biblioteca, pienso que la trampa caer&aacute;. Habr&iacute;a podido ser tambi&eacute;n Descartes, pens&eacute;, tambi&eacute;n Pascal. Dios santo, pens&eacute;, &iexcl;c&oacute;mo quiero a todos esos fil&oacute;sofos, los quiero m&aacute;s que a nada en el mundo! Pero ha sido Montaigne, &iexcl;mi Montaigne, a quien quiero m&aacute;s que a nada! Me sent&eacute; en el rinc&oacute;n m&aacute;s apartado de la torre y le&iacute; y le&iacute;, y habr&iacute;a podido llorar de felicidad si no hubiera aniquilado hace tiempo esa monstruosidad de ese maravilloso abandono con este pensamiento: si dejamos escapar sollozos sin freno y no nos vemos al hacerlo ni pensamos en nosotros mismos en esa ocasi&oacute;n, seremos todav&iacute;a mucho m&aacute;s rid&iacute;culos de lo que nos hab&iacute;amos hecho ya, de manera que me vi, mientras dejaba escapar sollozos y pensaba en ese hecho, sin dejar escapar real y verdaderamente esos sollozos.<\/p>\n<p>Le&iacute; mi Montaigne con los postigos cerrados de la forma m&aacute;s absurda, porque con luz artificial era dif&iacute;cil, hasta llegar a la frase: &iexcl;Ojal&aacute; no le haya pasado nada! La frase no era de Montaigne sino de los m&iacute;os, que, debajo de la torre, me buscaban yendo de un lado a otro.<\/p>\n<p>&mdash;&mdash;<\/p>\n<p>El presente relato apareci&oacute; en <em>Die Zeit<\/em> en octubre de 1982. La traducci&oacute;n es de Miguel S&aacute;enz y fue publicada en el libro de Thomas Bernhard titulado <em>Goethe se muere<\/em> (Alianza Literaria, Madrid, 2012). Curiosamente esta ficci&oacute;n complementa de otra manera los ensayos fragmentarios que contiene la novela <em>Expiaci&oacute;n. Un desmoronamiento<\/em>. La amistad filos&oacute;fica entre el pensador franc&eacute;s y el escritor austriaco es refrendada una vez m&aacute;s, por si a alguien le queda duda sobre la analog&iacute;a de las creaciones literarias de ambos. <em>(Nota de Jes&uacute;s Bonilla Fern&aacute;ndez)<\/em><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Hu&iacute; de mi familia y, por consiguiente, de mis torturadores a un rinc&oacute;n de la torre y, sin luz y, por consiguiente, sin hacer que los mosquitos enloquecieran contra m&iacute;, cog&iacute; de la biblioteca un libro que, tras haber le&iacute;do en &eacute;l unas frases, result&oacute; ser de Montaigne, de quien estoy muy pr&oacute;ximo, de una [&hellip;]<\/p>\n","protected":false},"author":132,"featured_media":249,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[25],"tags":[],"class_list":["post-248","post","type-post","status-publish","format-standard","has-post-thumbnail","hentry","category-narrativa"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/248","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/wp-json\/wp\/v2\/users\/132"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=248"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/248\/revisions"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/wp-json\/wp\/v2\/media\/249"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=248"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=248"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=248"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}