{"id":2464,"date":"2025-04-01T12:42:52","date_gmt":"2025-04-01T12:42:52","guid":{"rendered":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/consultario\/2025\/04\/01\/zenaida\/"},"modified":"2025-04-01T12:42:52","modified_gmt":"2025-04-01T12:42:52","slug":"zenaida","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/narrativa\/zenaida\/","title":{"rendered":"Zenaida"},"content":{"rendered":"<p>Despu&eacute;s de la muerte de Margarita, esposa del presidente Ju&aacute;rez, la casa se convirti&oacute; en un cementerio: faltaba la alegr&iacute;a que ella originaba. Si en otro tiempo hab&iacute;a risas, ahora reinaba un l&uacute;gubre silencio. Don Benito, para tratar de olvidar al amor de su vida, se levantaba a trabajar desde la madrugada y continuaba hasta altas horas de la noche. Cuando supuestamente descansaba, se le ve&iacute;a caminar por los pasillos taciturno, con la mirada perdida. Sus hijas mayores estaban casadas y solamente acompa&ntilde;aban a Benito su hijo menor y do&ntilde;a Concha, una se&ntilde;ora de edad avanzada que le serv&iacute;a de todo: era cocinera y supl&iacute;a con mucha deficiencia las labores de la casa.<\/p>\n<p>Do&ntilde;a Concha, a pesar de su buena voluntad, olvidaba cosas. Hab&iacute;a veces que le pon&iacute;a dos veces sal a la comida, dejaba las llaves de la casa&nbsp; por cualquier parte, se le olvidaban los encargos y, para colmo, as&iacute; como la mayor parte de la poblaci&oacute;n del pa&iacute;s, no sab&iacute;a leer. Don Benito con todos los problemas de la presidencia, aunados a la pena de haber perdido a su esposa, a veces ni cuenta se daba del avanzado grado de su demencia senil. Todo se le perdonaba a do&ntilde;a Concha, pero un d&iacute;a se olvid&oacute; de qui&eacute;n era don Benito, lo confundi&oacute; con un novio que hab&iacute;a tenido en su juventud y trat&oacute; de abrazarlo y besarlo. Este fue el motivo&nbsp; para pedirle permiso de traer a una sobrina suya para que la ayudara en casa.<\/p>\n<p>Zenaida, la sobrina de do&ntilde;a Concha, era originaria de Santo Tom&aacute;s Ixtl&aacute;n, pueblo de la sierra de Oaxaca muy cercano a Guelatao. Sus padres, Filem&oacute;n y Mar&iacute;a, eran campesinos. Zenaida era la mayor de ocho hermanos a los que ten&iacute;a que cuidar, alimentar y atender mientras sus pap&aacute;s trabajaban en el campo para mantener a tan numerosa familia.<\/p>\n<p>A los pocos d&iacute;as se present&oacute; un propio, enviado por el presidente a la casa de Zenaida. Sus padres, asustados, tomaron el motivo como una orden, por lo que no opusieron ninguna resistencia. Zenaida sinti&oacute; un gran alivio porque ya estaba aburrida y cansada de atender a sus hermanos, encargarse de la casa y cuidar de los animales que ten&iacute;an, adem&aacute;s iba a tener la oportunidad de conocer la capital del pa&iacute;s, que era algo con la cual hab&iacute;a so&ntilde;ado desde que era ni&ntilde;a.<\/p>\n<p>Cuando lleg&oacute; a la casa de don Benito, do&ntilde;a Concha, con mucha paciencia pero con sus alteraciones mentales, le fue ense&ntilde;ando a Zenaida las costumbres de la casa, los guisos que al presidente le gustaban y a respetar una rec&aacute;mara donde hab&iacute;a muerto Margarita y que solo pod&iacute;a pasar a hacer limpieza, dejando los objetos en el mismo lugar y en la misma posici&oacute;n donde los encontraban.<\/p>\n<p>Zenaida era una muchacha muy lista, aprendi&oacute; muy r&aacute;pido cu&aacute;les eran sus obligaciones y, por su entusiasmo y diligencia, pronto aprendi&oacute; a guisar diferentes tipos de mole. El mole negro era su especialidad, y nunca faltaron las tortillas calientes reci&eacute;n&nbsp; salidas del comal. Estaba tan contenta que hasta le alcanzaba el tiempo para hacer tareas que do&ntilde;a Concha ya no pod&iacute;a hacer por sus alteraciones mentales y olvidos, cada vez m&aacute;s frecuente, por lo que fue enviada descansar a una cercana casa peque&ntilde;a, donde por las tardes asist&iacute;a Zenaida para ayudarla en lo que se ofreciera. All&iacute; conoci&oacute; a Conrado, un sobrino del difunto esposo de do&ntilde;a Concha, de unos treinta a&ntilde;os, quien se enamor&oacute; de la muchacha desde que la conoci&oacute;, as&iacute; que en pocos meses, aprovechando la inexperiencia de Zenaida, se casaron, para lo cual don Benito les puso la condici&oacute;n de que solamente se ver&iacute;an los domingos.<\/p>\n<p>La reci&eacute;n pareja de enamorados asist&iacute;a a misa los domingos muy temprano en la iglesia de la Villa de Guadalupe. Despu&eacute;s se iban a pasear a la Alameda, contemplando el ir y venir de la gente. Luego iban a comer unas ricas tostadas martajadas con nopales, cebolla y queso, al puesto de Mariquita, quien era famosa por sus antojitos que vend&iacute;a en una esquina del parque. Ya por la tarde regresaban a la casa de don Benito.<\/p>\n<p>Conrado era de una familia cat&oacute;lica muy apegada a la iglesia y, cuando en 1858 Ju&aacute;rez decreto la ley de Nacionalizaci&oacute;n de los Bienes Eclesi&aacute;sticos, se mostr&oacute; muy a disgusto y, junto con otros hombres del pueblo, se enrol&oacute; en el ej&eacute;rcito de los conservadores para derrocar al gobierno de Ju&aacute;rez. Particip&oacute; en varias batallas contra los liberales, pero en una de ellas mataron a su caballo en un lugar escabroso. El animal le cay&oacute; encima, dejando casi sin movimiento su pierna derecha. Por m&eacute;ritos en campa&ntilde;a, lo ascendieron a sargento segundo, pero por el impedimento que ten&iacute;a en su pierna, contra toda su voluntad, tuvo que dejar al ej&eacute;rcito dedic&aacute;ndose a trabajar en un taller donde hac&iacute;a zapatos y enseres de talabarter&iacute;a.<\/p>\n<p>En las pl&aacute;ticas que ten&iacute;a la pareja, Conrado la pon&iacute;a al tanto de los &uacute;ltimos acontecimientos que se conoc&iacute;an en la casa de don Nemecio Gonz&aacute;lez, donde algunos connotados conservadores y gente del pueblo se reun&iacute;an los s&aacute;bados simulando estar en una verbena. Por supuesto, don Benito Ju&aacute;rez ignoraba por completo la clase de persona que era Conrado.<\/p>\n<p>Zenaida, antes de conocer a su actual esposo, estaba ignorante de la guerra civil que exist&iacute;a en el pa&iacute;s, pues en el pueblo de donde era originaria casi no se sab&iacute;a nada. Por eso se enter&oacute; de la situaci&oacute;n del pa&iacute;s cuando Conrado le platicaba tendenciosamente los abusos que el gobierno Juarista estaba haciendo, las ventas que se hab&iacute;an hecho de bienes de la iglesia y la persecuci&oacute;n en contra de los curas. Toda la informaci&oacute;n que le daba Conrado la hizo recordar su pasado: sus papas eran fieles incondicionales de la iglesia, siempre dispuestos para acatar lo que el se&ntilde;or cura les ped&iacute;a. En el mes de mayo, vestida de azul junto con otras ni&ntilde;as, iba a ofrecer flores a la virgen; lo mismo sus hermanos, con su sotana roja y su roquete blanco como los ac&oacute;litos, en el mes de junio para ofrecer flores a San Jos&eacute;. Por las noches, arrodillados alrededor de la cama, toda la familia rezaba el santo rosario y lo mayores de siete a&ntilde;os ya hab&iacute;an hecho la primera comuni&oacute;n y deber&iacute;an saber las oraciones del catecismo del Padre Ripalda.<\/p>\n<p>Don Nemecio Gonz&aacute;lez era un espa&ntilde;ol que, al llegar a la capital, estableci&oacute; una tienda de abarrotes con el nombre de &ldquo;La Sevillana&rdquo;, en honor a la virgen de la Macarena. Su gran resentimiento contra el gobierno era que cuando demolieron una capilla cercana a su casa tiraron a la basura la imagen de la Macarena que &eacute;l, a&ntilde;os atr&aacute;s, hab&iacute;a tra&iacute;do de Espa&ntilde;a y donado a la parroquia.<\/p>\n<p>Con las noticias que cada domingo le llevaba Conrado, Zenaida ya no se sent&iacute;a tan contenta de trabajar en la casa donde el autor de los atropellos a la iglesia era don Benito. A pesar de que en algunas ocasiones la llam&oacute; para platicarle sobre la discriminaci&oacute;n que hab&iacute;a tenido en su ni&ntilde;ez por su origen, ind&iacute;gena y por la burla que constantemente recib&iacute;a por su baja estatura y color de su piel, recalcaba que la gran mayor&iacute;a de la poblaci&oacute;n del pa&iacute;s era analfabeta y que no deber&iacute;a haber distinci&oacute;n en la educaci&oacute;n entre &ldquo;ni&ntilde;os decentes&rdquo; e ind&iacute;genas. Adem&aacute;s, M&eacute;xico necesitaba mas escuelas en vez de templos y que los curas adoctrinaban al pueblo para tenerlos bajo sus &oacute;rdenes.<\/p>\n<p>En las reuniones sabatinas en casa de don Nemesio, en su gran jard&iacute;n a espaldas de su tienda, hac&iacute;an su verbena, pero a determinada hora se convert&iacute;a en una asamblea. El principal objetivo era intercambiar noticias y planear c&oacute;mo derrocar al gobierno. Las proposiciones eran muy diversas y poco viables, la que m&aacute;s se comentaba era la de Conrado, que estaba dispuesto a dar su vida a cambio de la de don Benito, asesin&aacute;ndolo personalmente. En alguna de esas asambleas, do&ntilde;a Petrita levant&oacute; la mano. Era una viejecita como de 80 a&ntilde;os apodada &ldquo;La Camarada&rdquo;; era curandera, sobadora y seg&uacute;n algunos conoc&iacute;a mucho de brujer&iacute;a. Cuando por fin le hicieron caso, se levant&oacute; de su asiento y con voz firme coment&oacute; que ella ten&iacute;a conocimiento de una hierba venenosa. Apenas dijo esto comenz&oacute; una gran rechifla. Ella, pacientemente, esper&oacute; a que se callaran para continuar con su plan. Entonces dijo que es un veneno sin sabor ni olor y que, al tomar la infusi&oacute;n diariamente, hace efecto a las tres semanas sin dejar ning&uacute;n rastro de su presencia en quien la haya tomado. El problema era como d&aacute;rselo a don Benito. Conrado, sin decir nada, inmediatamente pens&oacute; en Zenaida.<\/p>\n<p>Al siguiente d&iacute;a, Conrado, con mucho entusiasmo, le platic&oacute; a Zenaida el plan pero ella lo rechaz&oacute; porque dec&iacute;a que en el quinto de los mandamientos de la ley de Dios se ordenaba &ldquo;no matar&aacute;s&rdquo;. Y por m&aacute;s que le insist&iacute;a, ella se negaba. Entonces le present&oacute; el plan, en el cual quien deber&iacute;a de matar a don Benito ser&iacute;a &eacute;l, el propio Conrado, pero para ello necesitaba de su ayuda. Consist&iacute;a en no poner la tranca que aseguraba el zagu&aacute;n de la calle para que &eacute;l pudiera entrar a la casa durante la noche. Hab&iacute;a escogido el 16 de julio, d&iacute;a en que se venera a la virgen del Carmen. Su ofrenda ser&iacute;a la muerte de Ju&aacute;rez, quien tanto da&ntilde;o estaba causando al clero.<\/p>\n<p>A los pocos d&iacute;as, Conrado llev&oacute; en una botella de infusi&oacute;n con el veneno maravilloso que do&ntilde;a Petrita le hab&iacute;a dado por si en alg&uacute;n momento convenc&iacute;a a Zenaida. Pero ella no se decid&iacute;a. Ten&iacute;a un gran dilema: no quer&iacute;a convertirse en asesina pero tampoco quer&iacute;a quedarse viuda, porque lo que pretend&iacute;a hacer Conrado era como un suicidio, seguramente lo fusilar&iacute;an.<\/p>\n<p>Zenaida estaba viviendo una gran angustia porque de ella depend&iacute;a el futuro de M&eacute;xico, seg&uacute;n dec&iacute;a Conrado. Cada vez que se ve&iacute;an le repet&iacute;a lo mismo: &ldquo;de ti depende el futuro de la iglesia&hellip; De ti dependen las iglesias&hellip; &iquest;D&oacute;nde se van a bautizar los ni&ntilde;os? &iquest;Qui&eacute;n va a casar a los cristianos?&rdquo; En el d&iacute;a su cabeza le daba vueltas por la preocupaci&oacute;n. Por la noches casi no dorm&iacute;a, sobre todo porque ten&iacute;a pesadillas: so&ntilde;aba con un guajolote blanco en el cielo y, escondido entre las nubes, la silueta de un diablo sin cabeza y una voz que le dec&iacute;a: &ldquo;el demonio est&aacute; en la casa&rdquo;. Entonces ella, en medio de la noche, sacaba su rosario y se pon&iacute;a a rezar hasta el amanecer.<\/p>\n<p>Un d&iacute;a, a escondidas, fue a ver al padre Pancho, que oficiaba en secreto en su propia casa porque le hab&iacute;an destruido su iglesia. Fue a confesarse y de paso a pedirle consejo. El cura le dijo: &ldquo;hija, la encomienda que te encargaron no debes considerarla como un crimen, porque eso tiene la intenci&oacute;n de ayudar a la Santa Madre Iglesia&rdquo;. Con la autorizaci&oacute;n del cura, Zenaida regres&oacute; a casa ya casi decidida a cumplir el plan.<\/p>\n<p>Fue a principios de junio de 1872, cuando con mucho miedo, Zenaida empez&oacute; a darle las gotitas del brebaje misterioso a don Benito, a veces en un te, a veces en agua de fruta, en su caf&eacute; o en el atole de nanche que tanto le gustaba, sin que &eacute;l se notara alg&uacute;n cambio ni en su persona ni en su comportamiento. Ya hab&iacute;a pasado la primera semana y deb&iacute;a seguir las instrucciones del plan, pero continuaba con sus pesadillas. Ahora segu&iacute;a so&ntilde;ando al guajolote en las nubes, ya no era blanco sino gris, y la silueta del diablo ahora ya estaba clara pero segu&iacute;a&nbsp; sin cabeza, acompa&ntilde;ada de la voz que dec&iacute;a: &ldquo;el demonio sigue en tu casa&rdquo;. Ahora tambi&eacute;n so&ntilde;aba con un enorme chivo de cuyos cuernos sal&iacute;a fuego, ten&iacute;a en la cola un gran mo&ntilde;o rojo, de sus barbas colgaban dos grandes campanas que iban sonando mientras don Benito, montado en su lomo, corr&iacute;a por las calles disparando sobre la que gente se asomaba por las ventanas de sus casas, gritando: &ldquo;&iexcl;fuera el clero!&rdquo;<\/p>\n<p>En cuanto despertaba, Zenaida tomaba su rosario para orar hasta que amanec&iacute;a.<\/p>\n<p>Durante la segunda semana tampoco ve&iacute;a que se notara algo diferente en don Benito ni en su comportamiento, ni en sus pl&aacute;ticas. El &uacute;nico cambio eran sus sue&ntilde;os. Ahora ve&iacute;a a los curas volando por el cielo utilizando sus sotanas a manera de alas y, en determinado momento, los curas tomaban una cruz en su mano derecha y enviaban un rayo mortal hasta una barda de adobe donde estaba escondido Ju&aacute;rez, mientras este se defend&iacute;a con un paraguas plateado que ten&iacute;a en su superficie tortugas de varios tama&ntilde;os. De nuevo, Zenaida rezaba el rosario cuando despertaba, pero eso ya no era suficiente para conciliar el sue&ntilde;o, as&iacute; que tambi&eacute;n recitaba la oraci&oacute;n del Esp&iacute;ritu Santo y a san Judas Tadeo, patr&oacute;n de las causas imposibles.<\/p>\n<p>Durante la tercera semana sus sue&ntilde;os ya hab&iacute;an cambiado. El guajolote que estaba entre las nubes ya era de color negro, la silueta del diablo ya aparec&iacute;a clara, con la cabeza de Ju&aacute;rez, la voz como en un eco dec&iacute;a: &ldquo;el diablo ya se va&hellip;ya se va&hellip; ya se va&hellip;&rdquo; Sin embargo, no dejaba de orar en la madrugada. En estos d&iacute;as, casi al fin de semana, estaba la fecha del 16 de julio en que, si no funcionaba el brebaje, ten&iacute;a que dejarle abierta la puerta del zagu&aacute;n a Conrado para que pudiera pasar a quitarle le vida a Ju&aacute;rez y cumplir su ofrenda a la Virgen del Carmen. Pero hac&iacute;a ya dos d&iacute;as en que don Benito se quejaba de ligeros mareos y dolor de cabeza. Estos detalles hicieron que esperara con paciencia para que&nbsp; se cumplieran los 21 d&iacute;as y ver el resultado.<\/p>\n<p>En la v&iacute;spera del 18 de julio de 1872, a la hora de cenar, Ju&aacute;rez se mostr&oacute; inapetente. Solamente merend&oacute;, en su taza personal, un atole de masa con un tamal de elote. Pronto se fue a acostar y pasadas una horas se quej&oacute; de un fuerte dolor en el pecho, mareos y dolor de cabeza. Le grit&oacute; a su hijo Benito, que dorm&iacute;a en la rec&aacute;mara adjunta, para que lo auxiliara pues adem&aacute;s ten&iacute;a fuertes calambres y n&aacute;usea. A las 9 de la ma&ntilde;ana se present&oacute; su doctor, Juan Alvarado, y por los s&iacute;ntomas le diagnostic&oacute; angina de pecho. Aplic&oacute; el &uacute;nico remedio que se conoc&iacute;a en esa &eacute;poca: echar agua muy caliente, casi hirviendo, sobre el pecho del paciente, sin tener ninguna mejor&iacute;a. En el curso del d&iacute;a llegaron los doctores Gabino Barreda y Rafael Lucio, quienes ya no pudieron hacer nada. Finalmente muri&oacute; don Benito Ju&aacute;rez a las once y media de la noche del 18 de julio de 1872.<\/p>\n<p>Sus restos descansan en el pante&oacute;n de San Fernando, para los hombres ilustres en la Ciudad de M&eacute;xico.<\/p>\n<p>La infusi&oacute;n hecha con la planta veitunilla funcion&oacute; si dejar sospechas de envenenamiento. Zenaida ya no tuvo pesadillas, pero se sent&iacute;a insegura porque a pesar de lo que le hab&iacute;a dicho el padre Pancho sobre ser instrumento de la voluntad divina, su conciencia le reclamaba haber envenenado al presidente Ju&aacute;rez, mientras que a Conrado le hubiera gustado haber cumplido su ofrenda a la virgen del Carmen.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Despu&eacute;s de la muerte de Margarita, esposa del presidente Ju&aacute;rez, la casa se convirti&oacute; en un cementerio: faltaba la alegr&iacute;a que ella originaba. Si en otro tiempo hab&iacute;a risas, ahora reinaba un l&uacute;gubre silencio. 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