{"id":2398,"date":"2025-01-28T12:59:56","date_gmt":"2025-01-28T12:59:56","guid":{"rendered":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/consultario\/2025\/01\/28\/el-brindis\/"},"modified":"2025-01-28T12:59:56","modified_gmt":"2025-01-28T12:59:56","slug":"el-brindis","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/desde-el-sur\/el-brindis\/","title":{"rendered":"El brindis"},"content":{"rendered":"<p>Cuando estall&oacute; la guerra todos los hombres fueron al frente, hasta el cura Maximiliano, que dijo que ser&iacute;a m&aacute;s &uacute;til all&aacute; que en el pueblo. Pero don Antonio no fue a la guerra porque era tuerto, no podr&iacute;a disparar, y tambi&eacute;n era cojo, la marcha ser&iacute;a muy pesada para &eacute;l. Se qued&oacute; arando tierras, yendo al pueblo vecino para traer la correspondencia que llegaba por el tren, cuidando animales y faenando cuando se daba el caso.<\/p>\n<p>La hermana mayor de mi bisabuela era la t&iacute;a Estelamaris, mujer soltera y huesuda, siempre estaba con Dios en la boca. Miraba al horizonte como si esperara la llegada de alguien. Sus ojos claros parec&iacute;an que iban a derramarse a cualquier instante, pero ella nunca lloraba: &ldquo;Ya secaron mis l&aacute;grimas&rdquo;, dec&iacute;a y despu&eacute;s miraba al horizonte, otra vez.<\/p>\n<p>Las manzanas verdes siempre eran grandes. Parec&iacute;an hinchadas en el frutero de cristal que reposaba sobre el mantel blanco. Nadie sab&iacute;a qui&eacute;n hab&iacute;a tejido los d&iacute;as tan lentos en aquellos tiempos de guerra. Las horas se arrastraban desde el almuerzo hasta la cena, mientras las moscas, que se posaban en el muro de atr&aacute;s, donde daba el sol, desaparec&iacute;an una a una antes de la oraci&oacute;n, sin dejar el menor rastro de su paradero.<\/p>\n<p>En la casa, las mujeres rezaban el &Aacute;ngelus a las seis de la ma&ntilde;ana, a las doce del mediod&iacute;a y a la oraci&oacute;n, o sea a las seis de la tarde, todos los d&iacute;as, excepto durante la pascua.<\/p>\n<p>La guerra llev&oacute; a mi bisabuelo, a su hermano, a su cu&ntilde;ado y a sus hijos para pelear en otras bandas y las mujeres se quedaron en la casa con el ojo clavado en el techo la noche entera, murmurando: <em>Infunde, Se&ntilde;or, tu gracia en nuestras almas<\/em>&hellip;<\/p>\n<p>Las noches eran m&aacute;s largas, as&iacute; mismo, no alcanzaban para dormir y ellas, preocupadas, rezaban despacito en sus almohadas con la seguridad de que Dios y la Virgen escuchar&iacute;an sus plegarias.<\/p>\n<p>Cuando por fin el primer gallo cantaba, ellas corr&iacute;an al oratorio, despeinadas, con sus camisones blancos y sus mantillas de lana negra y empezaban a rezar en voz alta, para as&iacute;, juntas, llegar a Dios: <em>El &aacute;ngel del Se&ntilde;or anunci&oacute; a Mar&iacute;a&hellip;<\/em><\/p>\n<p>El huerto no representaba una distracci&oacute;n. Era apenas una cuesti&oacute;n de sobrevivencia. Ellas carp&iacute;an, cuando ten&iacute;an que hacerlo, aporcaban, si era el momento, deshierbaban como hormigas disciplinadas&hellip; En fin, sacaban el sustento de la tierra, mientras los hombres en el frente, prefer&iacute;an matar a los enemigos con el machete para no gastar p&oacute;lvora.<\/p>\n<p>Si alguna de ellas suspiraba, otra respond&iacute;a: <em>Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios&hellip;<\/em><\/p>\n<p>Ellas sufr&iacute;an en silencio. Lo peor era cuando llegaba don Antonio, el cartero del pueblo. Ellas pr&aacute;cticamente dejaban de respirar y con gran amargura agarraban la correspondencia, lo desped&iacute;an r&aacute;pidamente, para poder leer las misivas llegadas del campo de batalla.<\/p>\n<p>Luego, con gran alivio, tomaban el t&eacute; con sonrisas y dando gracias a Dios y a la Virgen.<\/p>\n<p>Un d&iacute;a termin&oacute; la guerra, porque un d&iacute;a todas las guerras terminan. Los veteranos regresaron, pero, gracias a Dios, en la casa no faltaba ninguno. Todos volvieron gracias a Dios y a la Virgen.<\/p>\n<p>A la hora de la cena, todos estaban felices brindando con vino viejo, pero la t&iacute;a Estelamaris, mujer soltera y huesuda, se sinti&oacute; mal en plena cena y mi bisabuela fue con ella a su dormitorio para atenderla, enseguida las otras mujeres de la casa corrieron para acudir a sus gritos.<\/p>\n<p>De repente hubo silencio en el cuarto de la t&iacute;a Estelamaris, los hombres en el comedor tambi&eacute;n se callaron, empero, el primero llanto de un ni&ntilde;o se hizo escuchar por toda la casa. En ese momento, ante las miradas sorprendidas en la mesa, mi bisabuelo, alz&oacute; su copa de vino y dijo: &iexcl;Brindo por el &uacute;nico tuerto de la parroquia!<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Cuando estall&oacute; la guerra todos los hombres fueron al frente, hasta el cura Maximiliano, que dijo que ser&iacute;a m&aacute;s &uacute;til all&aacute; que en el pueblo. Pero don Antonio no fue a la guerra porque era tuerto, no podr&iacute;a disparar, y tambi&eacute;n era cojo, la marcha ser&iacute;a muy pesada para &eacute;l. 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