{"id":2392,"date":"2025-01-22T02:55:10","date_gmt":"2025-01-22T02:55:10","guid":{"rendered":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/consultario\/2025\/01\/22\/la-primavera-de-1649\/"},"modified":"2025-01-22T02:55:10","modified_gmt":"2025-01-22T02:55:10","slug":"la-primavera-de-1649","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/desde-el-sur\/la-primavera-de-1649\/","title":{"rendered":"La primavera de 1649"},"content":{"rendered":"<p><em>La primavera invita a una fiesta y a veces, a fiestas macabras, tan espantosas, como de la peste en Sevilla. <\/em><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Todos vivimos en paz, armon&iacute;a y esplendor hasta que la gran maldici&oacute;n cay&oacute; sobre nosotros. Entonces, cuando el desorden y el caos cayeron sobre el mundo como una llovizna que moja suave y constante, penetrando los campos, las ciudades y las gentes, todo cambi&oacute; radicalmente. De muchas formas todos nos vimos afectados por aquella purga desbocada de mediados del seiscientos que no tuvo compasi&oacute;n con ning&uacute;n cristiano.<\/p>\n<p>En los soleados y agradables d&iacute;as de primavera, en las primeras semanas del mes de mayo de 1649, sucedi&oacute; aquella gran cat&aacute;strofe: la peste.<\/p>\n<p>En los siglos anteriores, otras pestes asolaron nuestra ciudad, as&iacute; que con la experiencia que la historia nos proporciona, de inmediato el Ayuntamiento cre&oacute; una Junta de la Salud que orden&oacute; medidas preventivas con f&oacute;rmulas de protecci&oacute;n que ya conoc&iacute;an, por eso no se pod&iacute;a circular libremente. Con la firme decisi&oacute;n de prevenir el contagio, la ciudad fue cerrada.<\/p>\n<p>Nosotros llev&aacute;bamos la lista de las pestes no por sus nombres o s&iacute;ntomas, sino por los a&ntilde;os: peste de 1302; de 1350; de 1599&hellip; la de 1649.<\/p>\n<p>Como siempre, buscamos un culpable para nuestros males. En algunos c&iacute;rculos culpaban a los jud&iacute;os por la peste, otros dec&iacute;an que los gitanos de C&aacute;diz trajeron el mal en un cargamento de ropa infectada con la intenci&oacute;n de venderla en Sevilla. Nadie pudo probarlo, pero los gitanos murieron. Yo nunca supe si era cierta esa versi&oacute;n, pero escuch&eacute; en alg&uacute;n lugar, y me parece m&aacute;s razonable: que el bacilo ya estaba presente en la ciudad a principios de 1649 y s&oacute;lo fue necesario que se dieran las condiciones de temperatura y humedad que favorecieron su contagio en la primavera.<\/p>\n<p>Fue todo tan r&aacute;pido que muchos dec&iacute;an que las medidas tomadas por las autoridades municipales fueron tard&iacute;as&hellip; No puedo aseverar nada, en particular, no me di cuenta del problema hasta que el tabernero enferm&oacute; y su casa, como la de los dem&aacute;s apestados, fue cerrada.<\/p>\n<p>Las usuales carretas coloridas, cargadas de flores y vegetales que llegaban de las quintas para abastecer los mercados, hab&iacute;an desaparecido. Solo encontr&aacute;bamos carretas cargadas de muertos apilados, hediondos, en una imagen espeluznante que causaba ansias de v&oacute;mito.<\/p>\n<p>A la puesta del sol, cualquiera querr&iacute;a estar recluido en su cama para olvidar las im&aacute;genes del d&iacute;a.<\/p>\n<p>Los contagiados aumentaban por hora y las autoridades hicieron cu&aacute;nto era posible para tratar de frenar la mortandad. Lo que no lograron hacer fue atenuar el p&aacute;nico, ya que los s&iacute;ntomas de la atroz peste se manifestaban de un momento a otro, en cualquiera, a la vista y para terror de todos.<\/p>\n<p>No entiendo d&oacute;nde estaba la divinidad cuando ocurrieron estas cosas&hellip; Los difuntos no ten&iacute;an misa ni intenci&oacute;n por su alma, tampoco funeral. Eran cientos de cad&aacute;veres apestados, enterrados en amplias fosas comunes, donde la mayor&iacute;a de los cad&aacute;veres eran hacinados y enterrados pr&aacute;cticamente a flor de suelo. R&aacute;pidamente los cementerios se quedaron insuficientes, los diputados sanitarios mandaron hacer otros cementerios en el extrarradio.<\/p>\n<p>Muchos hombres masticaban tabaco para disfrazar el olor y el sabor acre de la muerte. Cundi&oacute; el miedo desatado por la posibilidad de morir entre atroces sufrimientos, con el cuerpo cubierto de llagas supurantes e inflamaciones, algunas de ellas del tama&ntilde;o de una manzana, sumado a mucho dolor.<\/p>\n<p>Para empeorar los males, la peste lleg&oacute; despu&eacute;s de que Sevilla hubiera sufrido una crisis de subsistencia por falta de cosechas debido a las intensas lluvias e inundaciones. En la misma &eacute;poca en que el comercio con las Indias declinaba. Pienso que los dioses conspiraban contra la ciudad, por eso, en mi c&aacute;lculo personal, estimo que m&aacute;s de la mitad de la poblaci&oacute;n muri&oacute;. Las autoridades hablan del deceso de 45% de la poblaci&oacute;n. Pero, &iexcl;hombre!, la ciudad parec&iacute;a un pueblo fantasma y los que sobrevivimos siempre hemos lamentado haber sobrevivido, por haber visto tanta desgracia acumulada.<\/p>\n<p>Mucha gente huy&oacute;. Pienso que de nada sirvi&oacute;: apenas fueron a morir lejos. Porque cuando la muerte llega persigue a moros y cristianos, donde quiera que vayan. Tanto es as&iacute; que en las parroquias extramuros el efecto de la peste tambi&eacute;n fue mort&iacute;fero. La peste se llev&oacute;, mayormente, decenas de millares de mujeres y ni&ntilde;os.<\/p>\n<p>El aislamiento fue grande para intentar frenar el mal. Muchos, adoptaron una dieta alimenticia especial, restringieron las relaciones sexuales y empezaron a portar amuletos, adem&aacute;s de ir a la iglesia a confesar sus pecados.<\/p>\n<p>No se pod&iacute;a ir a muchos lugares sin portar el particular certificado de salud. Tampoco era muy f&aacute;cil adquirirlo y, como siempre sucede, mucha gente se qued&oacute; a merced de las circunstancias&hellip;<\/p>\n<p>Sevilla era una ciudad con muchos atractivos y movimiento. Desde el establecimiento de la Casa de Contrataci&oacute;n de Indias, en 1503, y de las bodas del emperador Carlos V, en 1526, Sevilla se convirti&oacute; en un foco de atracci&oacute;n internacional. Por lo mismo, cuando lleg&oacute; la peste, me consta porque estuve all&iacute;, la ciudad estaba habitada por una multitud de gente de todas las naciones, donde los tratos de los negocios se hac&iacute;an en la plaza. Las calles eran una especie de hormiguero humano.<\/p>\n<p>Con el azote de la peste, las puertas de la ciudad fueron guardadas y custodiadas, fortificadas con maderas, tambi&eacute;n colocaron vigilancia en las afueras. Por otro lado, pensaron que haciendo limpieza general de las calles podr&iacute;an frenar el mal. Sin embargo, los que salieron a limpiar se infectaron y murieron. Entonces hubo una prohibici&oacute;n de comerciar con mercanc&iacute;as y celebrar reuniones, adem&aacute;s de aglomeraciones, hubo el cierre inmediato de locales p&uacute;blicos. Aun as&iacute;, el contagio estaba en aumento a cada instante.<\/p>\n<p>R&aacute;pidamente, muchos barrios se vaciaron, porque los vecinos murieron, dejando sus casas desiertas y sus perros abandonados en las calles vac&iacute;as.<\/p>\n<p>Sin saber c&oacute;mo combatir la enfermedad y por desconocimiento, los responsables de la salud p&uacute;blica mandaron matar a todos los gatos y perros de Sevilla antes que termine la primavera.<\/p>\n<p>Tambi&eacute;n, se prohibi&oacute; el uso de la ropa de los difuntos y se proced&iacute;a a su quema, ya que las pulgas se quedaban en la ropa y cuando alguien la empleaba, era picado por la pulga y transmitida la enfermedad. La ciudad dispuso quemaderos y durante todo el d&iacute;a se ve&iacute;a el humo de la quema de la ropa de los difuntos&hellip; Cenizas de terciopelo y seda de la china: adi&oacute;s lujos terrenales, adi&oacute;s, adi&oacute;s&hellip;<\/p>\n<p>Solo quedaba el miedo, el llanto, las miserias. Todo era horror y la certeza de vivir un episodio apocal&iacute;ptico conforme los d&iacute;as pasaban.<\/p>\n<p>Los contagiados fueron agrupados en hospitales que inmediatamente se vieron abarrotados, pero decenas mor&iacute;an en la puerta de los nosocomios. Los sanitarios sevillanos realizaron una labor encomiable pese a la falta de medios y la situaci&oacute;n l&iacute;mite que se vivi&oacute;.<\/p>\n<p>Gran parte de la ciudadan&iacute;a sevillana dio muestras de su capacidad para mantenerse a la altura de las circunstancias, intensificando su labor de atenci&oacute;n a las personas m&aacute;s vulnerables. Otros, hac&iacute;an piadosas procesiones de rogativas que se organizaban de noche, espont&aacute;neamente, con el resultante disgusto de los funcionarios municipales. Otros, a los que los rezos no les alcanzaban, sencillamente mor&iacute;an.<\/p>\n<p>Despu&eacute;s de ser una de las ciudades m&aacute;s importante del mundo, Sevilla se transform&oacute; en un escenario de luto y dolor, donde sucumb&iacute;an familias enteras en un momento y faltaba sepultureros para enterrar a tantos muertos.<\/p>\n<p>Las vendedoras de plantas arom&aacute;ticas, para purificar el aire casi no daban cuenta de tanta venta que ten&iacute;an. No obstante, muchas murieron de forma sobrecogedora, como todo lo que era humano y estaba expuesto al mal, ya que no bast&oacute; la pulverizaci&oacute;n de las casas ni cumplir con las medidas higi&eacute;nicas ordenadas, nada fue suficiente.<\/p>\n<p>El mundo pasaba con sus deseos, pero &iquest;qu&eacute; hacia la voluntad de Dios?<\/p>\n<p>La medicina, incapaz de frenar el avance del contagio, ofrec&iacute;a b&aacute;lsamos corporales y consuelo espiritual a la poblaci&oacute;n. Empero, ante tan dantesca cat&aacute;strofe el 20 de julio se cerr&oacute; el hospital de Triana, con los enfermos adentro&hellip;<\/p>\n<p>La idea corriente era que hab&iacute;a llegado el fin de los tiempos. Comentaban que el mundo se estaba acabando, tambi&eacute;n hablaban del juicio final&hellip; En fin, era una primavera sombr&iacute;a donde la muerte estaba en todas las esquinas.<\/p>\n<p>El brote se dio oficialmente por extinguido hacia el &uacute;ltimo tercio de 1649, con la llegada del calor seco, cuando la ciudad ya estaba despoblada y siempre con el temor de un rebrote. Entonces desinfectaron la ciudad, tales como picar las paredes de las casas o limpiar con vinagre, quemaron la ropa de los muertos y trataron de eliminar la pulga.<\/p>\n<p>Los efectos de la peste fueron desgarradores a todo nivel. Despu&eacute;s, en la pr&oacute;xima centuria, Sevilla logr&oacute; salir adelante y recuperarse de la hecatombe econ&oacute;mica que supuso esta peste y la gente volvi&oacute; a reproducirse y a repoblar la ciudad.<\/p>\n<p><em>Cada primavera tiene el don de ser &uacute;nica y llegar con su belleza singlar, pero en 1649 la primavera aturdi&oacute; a todos, causando una turbaci&oacute;n perpetua&hellip;<\/em><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>La primavera invita a una fiesta y a veces, a fiestas macabras, tan espantosas, como de la peste en Sevilla. &nbsp; Todos vivimos en paz, armon&iacute;a y esplendor hasta que la gran maldici&oacute;n cay&oacute; sobre nosotros. 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