{"id":2302,"date":"2024-10-29T13:08:08","date_gmt":"2024-10-29T13:08:08","guid":{"rendered":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/consultario\/2024\/10\/29\/la-muerte-y-sus-ficciones\/"},"modified":"2024-10-29T13:08:08","modified_gmt":"2024-10-29T13:08:08","slug":"la-muerte-y-sus-ficciones","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/kaos\/la-muerte-y-sus-ficciones\/","title":{"rendered":"La Muerte y sus ficciones"},"content":{"rendered":"<p style=\"text-align: right;\"><em>S&oacute;lo tuve una afici&oacute;n verdadera a los lugares donde se piensa en paz en la muerte, las iglesias, las sepulturas, los lechos de sue&ntilde;o y amor.<\/em><\/p>\n<p style=\"text-align: right;\">Murras (citado por Philippe Ari&eacute;s)<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Para Sariale y el caprichoso azar.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Sigmund Freud, el inventor del psicoan&aacute;lisis, nos advirti&oacute; que no dejamos de hablar de aquello de lo que nada puede decirse en definitivo: el amor, dios (el padre), la mujer y la muerte est&aacute;n permanentemente en el discurso cotidiano por m&aacute;s que escapen a la palabra. Al abordar el fen&oacute;meno de la muerte se escucha el profundo silencio de todo lo dicho.<\/p>\n<p>Sobre la muerte y el morir se han pronunciado de una u otra forma casi la totalidad de los sistemas de pensamiento: la muerte est&aacute; presente en el parto mismo de la humanidad y es quiz&aacute;s el misterio sobre el que m&aacute;s discursos se han producido.<\/p>\n<p>La muerte llegar&aacute;, se sabe, pero se ignora cu&aacute;ndo y en qu&eacute; condiciones. Las diversas cosmovisiones le han otorgado un lugar especial al enigma de la muerte. Hay incluso culturas que, de manera expresa, han construido sus formas de vida y organizaci&oacute;n social en torno a sus concepciones sobre la muerte y el morir.<\/p>\n<p>Ante esta evidencia, Sigmund Freud se&ntilde;al&oacute; que es precisamente la cultura lo que se erige como defensa contra la muerte. En este sentido, las nociones que se tengan de ella determinan las formas de vida. De esta manera, la iglesia cat&oacute;lica, por nombrar un ejemplo, reconoce que en torno al misterio de la muerte gira la vida entera del hombre, seg&uacute;n se consigna en el documento conciliar <em>Gaudium et Spes. <\/em><\/p>\n<p>Pese a su car&aacute;cter de certeza absoluta, o quiz&aacute; por ello, resulta dif&iacute;cil acercarse a la noci&oacute;n de muerte. Pese a su recurrencia, es complejo siquiera establecer una definici&oacute;n de ella que nos auxilie de manera definitiva. De entre los muchos intentos, encontramos algunas que poco dicen. Un cl&aacute;sico diccionario de medicina conocido como Dorlan define a la muerte de la manera siguiente: &ldquo;Cesaci&oacute;n de la vida. Suspensi&oacute;n permanente de todas las funciones corporales vitales [&#8230;] cesaci&oacute;n irreversible de los siguientes datos: funci&oacute;n cerebral total, funci&oacute;n espont&aacute;nea del aparato respiratorio, funci&oacute;n espont&aacute;nea del aparato circulatorio.&rdquo; Seg&uacute;n esta definici&oacute;n de la medicina, el hombre es un ente f&iacute;sico y, por tanto, la muerte se especifica por el cese de las funciones vitales. Pero, &iquest;ser&aacute; la f&iacute;sica (biol&oacute;gica) la &uacute;nica muerte?<\/p>\n<p>Para algunos te&oacute;ricos que conciben al hombre como una integraci&oacute;n de factores bio psicoculturales, adem&aacute;s de espirituales, como Babb Stanley, la definici&oacute;n de muerte recibe otro tratamiento. Se concibe en una dimensi&oacute;n m&aacute;s integral: fundamentalmente a partir de la p&eacute;rdida del alma. Siendo aquello que parte al &uacute;ltimo y que incluye las funciones espirituales, emotivas y mentales de la persona, el alma es la esencia de ese ser como individuo &uacute;nico. Paralelo a la partida del alma se reconoce la p&eacute;rdida del flujo de las sustancias vitales: ox&iacute;geno y sangre. Y con ello la p&eacute;rdida de la integridad corporal como unidad bio-psico-sociocultural y espiritual. Adem&aacute;s de la p&eacute;rdida de la conciencia y de la capacidad para interactuar socialmente, as&iacute; como de las funciones integrales del individuo. La suma de estas cuatro p&eacute;rdidas es igual a la muerte como un proceso vital y final.<\/p>\n<p>Un mundo de opiniones y ficciones se cruza entre estas dos posiciones, digamos modernas, de la muerte. Sin embargo, en este entrecruzamiento, por lo menos as&iacute; se refleja en estas concepciones, no se trata m&aacute;s que de una actualizaci&oacute;n de la vieja divisi&oacute;n entre cuerpo y alma.<\/p>\n<p>En torno al oc&eacute;ano de ideas que se han escrito sobre la cuesti&oacute;n de la muerte, el tono ha sido m&aacute;s bien oscuro, donde acaso brilla con algo de claridad la certeza de que la muerte, en t&eacute;rminos humanos, es la posibilidad m&aacute;s propia. No s&oacute;lo termina con el organismo, su llegada cuestiona de manera profunda los lazos de uni&oacute;n de los sujetos. Se trata, por tanto, de un fen&oacute;meno social (intersubjetivo) que tiene manifiestas repercusiones en la caja de resonancia subjetiva en cada sujeto que sabe de ella.<\/p>\n<p>Siempre resulta parad&oacute;jico que de la &uacute;nica certeza que tenemos, la certeza de que moriremos, no sabemos nada en definitiva. No sabemos nada de nuestra muerte, por tanto, s&oacute;lo podemos hacer ficciones.<\/p>\n<p>La filosof&iacute;a es parte fundamental de las construcciones culturales sobre la muerte, dado que, como dec&iacute;a S&oacute;crates, sobre la muerte es la pregunta por excelencia. La muerte, dice Edgar Morin, es &ldquo;una idea sin contenido, o, si se quiere, cuyo contenido es el vac&iacute;o del infinito&rdquo;.<\/p>\n<p>El ser humano, el sujeto, no puede quitarse nunca el fantasma de la muerte, se nos confiere al ser nombrados. Por esto, vale destacar la importancia que Jacques Derrida concede el asunto del nombre al hablar de la muerte. Dice este fil&oacute;sofo franc&eacute;s en su libro <em>Dar la muerte<\/em>: &ldquo;el nombre es ya portador de la muerte de su portador, la memoria anticipada de su desaparici&oacute;n&rdquo;.<\/p>\n<p>El fantasma que se elabora ante la certeza de la muerte no se puede eliminar. El ser humano est&aacute; marcado por la condici&oacute;n de ser mortal, por portar un nombre y con ello una deuda de vida con lo social, con el otro. Le debemos una vida a la muerte.<\/p>\n<p>El sujeto est&aacute; marcado por la condici&oacute;n de ser mortal a partir del lenguaje. Tener conciencia de la muerte, de la finitud, es, en consecuencia, condici&oacute;n de humanizaci&oacute;n (de cultura). Sin embargo, la adquisici&oacute;n de esta conciencia es fuente generadora de diversas actitudes y posturas.<\/p>\n<p>Precisamente, en las actitudes ante la muerte queda expresado el primer misterio de la muerte. En un recorrido por las actitudes ante la muerte seguramente nos encontraremos con abundancia de matices. &Eacute;stos est&aacute;n determinados por los par&aacute;metros establecidos desde la cultura, de acuerdo con lo que dentro de ella se ha considerado como &ldquo;buena&rdquo; y &ldquo;mala&rdquo; muerte, seg&uacute;n consigna Philippe Aries en su libro <em>Morir en occidente<\/em>.<\/p>\n<p>En la Edad Media, por ejemplo, la <em>buena muerte<\/em> ten&iacute;a como rasgo esencial dejar tiempo para el aviso; el moribundo sab&iacute;a que pronto morir&iacute;a y eso no era en absoluto fuente de angustia sino toda una distinci&oacute;n. La muerte avisaba, no llegaba a traici&oacute;n, y eso era algo que se ten&iacute;a que agradecer. Algunos moribundos ten&iacute;an la visita de cierto espectro, el cual con frecuencia sol&iacute;a dar la noticia en sue&ntilde;os, les informaba con exactitud el momento de la muerte: dichosos eran ellos. Que la muerte se hiciera anunciar era, dice Philippe Ari&eacute;s, un fen&oacute;meno absolutamente natural, incluso cuando iba acompa&ntilde;ada de malos presagios.<\/p>\n<p>La <em>mala muerte<\/em>, en contraste, se manifestaba cuando la muerte llegaba a traici&oacute;n, de s&uacute;bito, por accidente y sin dejar el m&iacute;nimo tiempo para tomar alguna actitud de preparaci&oacute;n para recibirle. La muerte s&uacute;bita era temible, como una condenaci&oacute;n.<\/p>\n<p>Ari&eacute;s refiere que la muerte s&uacute;bita era calificada como infamante y vergonzosa, como c&oacute;lera de Dios; de ella no se hablaba. Incluso las exequias de aquellos difuntos toman un tono a&uacute;n m&aacute;s funesto, e incluso siniestro. &ldquo;la muerte fea y villana &mdash;se&ntilde;ala este autor&mdash; es tambi&eacute;n la muerte clandestina que no tuvo testigo ni ceremonia, la del viajero en el camino, la del ahogado en el r&iacute;o, la del desconocido cuyo cad&aacute;ver se descubre a la vera del camino, o incluso del vecino fulminado sin raz&oacute;n. Poco importa que fuera inocente: su muerte s&uacute;bita le marca como una maldici&oacute;n.&rdquo;<\/p>\n<p>Ahora, y sobre todo en los recientes tiempos de pandemia, la mala muerte es la que se nos revela cuando sabemos que ha fallecido quien no pensamos, la muerte, que siempre es s&uacute;bita, llega ahora en el momento menos esperado y con quien menos se espera.<\/p>\n<p>En nuestro tiempo, en nuestra civilizaci&oacute;n occidental que por sistema excluye aquello que resulta imposible de clasificar y manipular, que por sistema segrega lo diferente a lo hegem&oacute;nico, se va operando un cambio fundamental: la buena muerte es aquella que aparece sin anunciarse, sin presentimiento alguno que despierte el m&aacute;s m&iacute;nimo estado de angustia o miedo; la buena muerte (aunque m&aacute;s claramente, el &ldquo;bien&rdquo; morir) se idealiza en absoluta tranquilidad y, de ser posible, durante el sue&ntilde;o, sin anuncio y pr&aacute;cticamente sin conciencia.<\/p>\n<p>La mala muerte moderna, en consecuencia, de la que no se habla, es la que se anuncia, la que trae consigo todo el dolor de la agon&iacute;a, todo el enfrentamiento con la degradaci&oacute;n del cuerpo y el olvido en las fr&iacute;as salas de hospital.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>S&oacute;lo tuve una afici&oacute;n verdadera a los lugares donde se piensa en paz en la muerte, las iglesias, las sepulturas, los lechos de sue&ntilde;o y amor. 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