{"id":2282,"date":"2024-10-08T12:33:08","date_gmt":"2024-10-08T12:33:08","guid":{"rendered":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/consultario\/2024\/10\/08\/la-noche-de-san-lino\/"},"modified":"2024-10-08T12:33:08","modified_gmt":"2024-10-08T12:33:08","slug":"la-noche-de-san-lino","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/desde-el-sur\/la-noche-de-san-lino\/","title":{"rendered":"La noche de San Lino"},"content":{"rendered":"<p>El d&iacute;a anterior, bajo el sol, las campanas de las Iglesias repicaron en el polvoriento altiplano alte&ntilde;o, recordando que era domingo de San Florencio. Los que ven&iacute;an marchando cinco d&iacute;as, transpirados, ten&iacute;an heridas en los pies, los rostros quemados y la mente turbada de tanto mascar la hoja de coca fusionada con bicarbonato y saliva. Los que decidieron esperarlos estaban ba&ntilde;ados, con olor a desodorante, colonia y jaboncillo.<\/p>\n<p>Ni bien se acercaron, la violencia hizo acto de presencia cuando todav&iacute;a resonaban las campanas del medio d&iacute;a. Las piedras empezaron a volar, buscando cabezas para romper y as&iacute;, ofrendar sangre a la Madre Tierra en pleno equinoccio de primavera, acabando con la paz tan precaria en el pa&iacute;s andino. Las palabras se fueron enredando a los gritos de las turbas enardecidas, una espiral de violencia entre marchistas y opositores culmin&oacute; con una terrible matanza en la sede de gobierno.<\/p>\n<p>Como era de esperarse, se culparon mutuamente por el ba&ntilde;o de sangre. Todos sab&iacute;an que no era culpa del destino: hab&iacute;a muchos rencores anticipando la violencia. Aun as&iacute;, nada de lo ocurrido tiene justificativa.<\/p>\n<p>Los que esperaban, colocaron piedras para bloquear el paso de los marchistas, pero los vecinos las retiraron para dar v&iacute;a libre a la marcha. El cielo azul, sin nubes, era testigo de los esfuerzos de hombres y mujeres que retiraron las piedras que los otros, los reci&eacute;n ba&ntilde;ados, despejaron con volquetas sobre el asfalto.<\/p>\n<p>Los vecinos no sab&iacute;an que, al retirar las piedras, daban paso para la sangre que llegar&iacute;a a la plaza principal. Nadie sab&iacute;a. &iquest;Qui&eacute;n imaginar&iacute;a semejante barbarie? Nadie supuso que ser&iacute;an capaces de romper tantos cr&aacute;neos en tan pocas horas. Adem&aacute;s, entre tantas versiones encontradas, no se qued&oacute; claro cu&aacute;l fue el desencadenante de la crisis que desemboc&oacute; en la matanza.<\/p>\n<p>Desde la ventana del palacio miraban la turba que sacaba los ojos a los contrincantes. Pero no esperaban que los marchistas, hediendo a mugre y sangre, invadieran el palacio, los arrojaran por las ventanas, los torturaran en las calles y los remataran despu&eacute;s de haberlos matado.<\/p>\n<p>El enfrentamiento brutal, que empez&oacute; en el domingo de San Florencio, sigui&oacute; al d&iacute;a siguiente culminando con la matanza de la noche de San Lino, que fue mucho m&aacute;s grave y la que mayor impacto tuvo por la brutalidad homicida desplegada entre hermanos de raza, destino y partido pol&iacute;tico. Los que tanto se amaban, se dividieron, desencadenando un terrible proceso de auto exterminio, elimin&aacute;ndose f&iacute;sicamente como &uacute;nica forma de garantizar la propia supervivencia en el poder.<\/p>\n<p>La masacre en la noche de San Lino marca un s&iacute;ncope de violencia en las guerrillas urbanas de car&aacute;cter partidario en el pa&iacute;s, porque ya nada ser&aacute; igual. Las diferencias pol&iacute;ticas se arreglar&aacute;n a pedrada limpia, por encima de cualquier constituci&oacute;n pol&iacute;tica del Estado&hellip;<\/p>\n<p>Como en cualquier guerra, de cualquier pa&iacute;s civilizado, no faltaron los grupos de mercenarios. Durante esas fat&iacute;dicas horas fueron asesinados hombres, mujeres y ni&ntilde;os sin distinci&oacute;n. La &uacute;nica diferencia con los pa&iacute;ses ricos es que no ten&iacute;an pelo rubio y ojos azules, como en Ucrania y Rusia.<\/p>\n<p>Los ind&iacute;genas pobres ofrendaron sus vidas para que los ind&iacute;genas ricos gobiernen y exploten a los ind&iacute;genas pobres sobrevivientes.<\/p>\n<p>Desde la ciudad de El Alto escurri&oacute; la sangre hasta la hoyada, o sea hasta la sede de gobierno, manchando la autopista y todo lugar que existe hasta llegar al Palacio Quemado.<\/p>\n<p>A la ma&ntilde;ana del d&iacute;a siguiente ya nadie sab&iacute;a cu&aacute;l era el santo del d&iacute;a. El sol radiante bajo el cielo de esmalte fundido contrastaba con el suelo pegajoso, plagado de moscas, y el aire f&eacute;tido cargado de incertidumbre.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>El d&iacute;a anterior, bajo el sol, las campanas de las Iglesias repicaron en el polvoriento altiplano alte&ntilde;o, recordando que era domingo de San Florencio. Los que ven&iacute;an marchando cinco d&iacute;as, transpirados, ten&iacute;an heridas en los pies, los rostros quemados y la mente turbada de tanto mascar la hoja de coca fusionada con bicarbonato y saliva. 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