{"id":2276,"date":"2024-10-01T12:36:45","date_gmt":"2024-10-01T12:36:45","guid":{"rendered":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/consultario\/2024\/10\/01\/nada-2\/"},"modified":"2024-10-01T12:36:45","modified_gmt":"2024-10-01T12:36:45","slug":"nada-2","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/cafe-babel\/nada-2\/","title":{"rendered":"Nada"},"content":{"rendered":"<p>Juan Carlos y yo fuimos hermanos gemelos. Yo nac&iacute; primero y era un poco m&aacute;s grande que &eacute;l, por un pelo, casi nada. A tal punto &eacute;ramos id&eacute;nticos que s&oacute;lo se advert&iacute;a la diferencia si se nos observaba con mucha atenci&oacute;n. Por suerte, mam&aacute; no sol&iacute;a vestirnos igual: a cada uno le compraba ropa diferente y conforme fuimos creciendo nos dej&oacute; elegir lo que quer&iacute;amos usar.<\/p>\n<p>Fue ella, mam&aacute;, quien nos ense&ntilde;&oacute; a usar el tel&eacute;fono cuando ten&iacute;amos siete a&ntilde;os. El primer n&uacute;mero que nos aprendimos de memoria fue el de la oficina de pap&aacute;. Despu&eacute;s de que mam&aacute; nos ense&ntilde;&oacute; a discar los n&uacute;meros correctos, en el tel&eacute;fono color crema que estaba en la cocina, nos dimos a la tarea de llamar a pap&aacute; todos los d&iacute;as, tres o cuatro veces seguidas. Fing&iacute;amos que &eacute;ramos se&ntilde;ores importantes y ricos que le llamaban para informarle cosas tambi&eacute;n muy importantes. A veces era una herencia que se hab&iacute;a ganado o un billete de loter&iacute;a que lo volv&iacute;a acreedor de mil millones de nuevos pesos, porque todo esto sucedi&oacute; en aquella &eacute;poca en la que el comandante Marcos se levant&oacute; en armas en Chiapas y el peso dej&oacute; de ser una moneda amarilla y grande, con la cara de Sor Juana, para convertirse en una moneda chiquita que se perd&iacute;a con facilidad. En otras ocasiones le dec&iacute;amos a pap&aacute; que saliera de inmediato huyendo con su familia debido a una invasi&oacute;n extraterrestre. En fin, &eacute;l nos segu&iacute;a la corriente y nosotros nos divert&iacute;amos tanto que no par&aacute;bamos de re&iacute;r. Sin embargo, el juego con pap&aacute; dur&oacute; poco, unos meses; pronto perdimos el inter&eacute;s por bromear con &eacute;l. Pero no dejamos de hacer bromas telef&oacute;nicas, s&oacute;lo migramos de objetivo.<\/p>\n<p>No s&eacute; si se le ocurri&oacute; a &eacute;l o a m&iacute;. El caso es que comenzamos a llamar a n&uacute;meros de desconocidos. Tom&aacute;bamos el directorio telef&oacute;nico y eleg&iacute;amos un nombre, se&ntilde;al&aacute;bamos con un l&aacute;piz el apellido seleccionado y luego marc&aacute;bamos el n&uacute;mero. Lo hac&iacute;amos as&iacute; para llamar siempre a la casa de una persona distinta. En aquel entonces no hab&iacute;a celulares, y como nosotros viv&iacute;amos en un pueblo tan peque&ntilde;o de Puebla, tem&iacute;amos que nos descubrieran si marc&aacute;bamos al mismo n&uacute;mero varias veces o que luego resultara que era el n&uacute;mero de alg&uacute;n conocido de nuestra familia. Lo hac&iacute;amos todo de un modo tan preciso que hasta podr&iacute;a decirse que &eacute;ramos unos profesionales del oficio.<\/p>\n<p>&mdash;Bueno&hellip; &mdash;respond&iacute;an al otro lado de la l&iacute;nea.<\/p>\n<p>&mdash;Buenas tardes, llamamos de la compa&ntilde;&iacute;a de tel&eacute;fonos. Quisi&eacute;ramos saber si su reloj camina con normalidad&hellip; &mdash;ataj&aacute;bamos nosotros.<\/p>\n<p>&mdash;D&eacute;jeme ver&hellip; &mdash;respond&iacute;an&mdash;. S&iacute;, camina normal.<\/p>\n<p>&mdash;Pues alc&aacute;ncelo que se le escapa, ja-ja-ja &mdash;remat&aacute;bamos la broma entre risas desaforadas. Re&iacute;amos tanto que hasta el est&oacute;mago nos dol&iacute;a por el esfuerzo.<\/p>\n<p>De entre las personas a las que llam&aacute;bamos, hubo quienes se rieron, tambi&eacute;n, de buena gana. Otros nos mandaban a la mierda, y hubo un viejito que luego de mentarnos la madre por ser unos chamacos maleducados, nos amenaz&oacute; con matarnos si llegaba a saber qui&eacute;nes &eacute;ramos. Sin embargo, la mayor&iacute;a de los usuarios a los que llam&aacute;bamos se quedaban en silencio, desconcertados.<\/p>\n<p>Las bromas concluyeron cuando mam&aacute; nos descubri&oacute;. Un d&iacute;a nos vio en la cocina, llamando, entr&oacute; sin hacer ruido y se qued&oacute; detenida detr&aacute;s de una vitrina, lo escuch&oacute; todo. Nos castig&oacute;. &ldquo;Prohibido usar el tel&eacute;fono &mdash;dijo&mdash;. &iquest;Qu&eacute; no saben que ya hay identificadores de llamadas? Y si descubren que son ustedes llamar&aacute;n a la polic&iacute;a y si llaman a la polic&iacute;a&hellip;&rdquo;<\/p>\n<p>La historia de lo que nos suceder&iacute;a si se quejaban ante la polic&iacute;a continu&oacute;. Mam&aacute; era as&iacute;, le gustaba fantasear. Y era tan buena contando historias que nosotros nos quedamos embobados oyendo aquellas tristes calamidades. Dejamos de hacer bromas por tel&eacute;fono, pero hab&iacute;a nacido entre nosotros una complicidad y una necesidad tan grande de divertirnos a costa de los dem&aacute;s que, otra vez, cambiamos nuestro <em>modus operandi<\/em>.<\/p>\n<p>Esa idea, lo recuerdo bien, fue de Juan Carlos. &Eacute;l ten&iacute;a una mente mucho m&aacute;s &aacute;gil que la m&iacute;a. Siempre inventaba los juegos m&aacute;s divertidos y era m&aacute;s valiente para afrontar los rega&ntilde;os de pap&aacute;, como cuando le prendimos fuego a la cama porque quer&iacute;amos llamar a los bomberos. O cuando &eacute;l se trep&oacute; en el &aacute;rbol del vecino para robarse las guayabas, yo estaba abajo con mi playera blanca levantada a la altura del ombligo para cachar las frutas que &eacute;l iba cortando. Entonces sali&oacute; Humberto, el due&ntilde;o del &aacute;rbol. Vino enojado hacia nosotros. &ldquo;Ah&iacute; viene don Humberto. C&oacute;rrele&rdquo;, grit&eacute;. &ldquo;Pinche ruco, que se aguante&rdquo;, contest&oacute; Juan Carlos. Don Humberto comenz&oacute; a amenazarnos a ambos, pero sobre todo a mi hermano, y &eacute;l, en lugar de bajarse con la cabeza gacha y pedir perd&oacute;n, lo agarr&oacute; a guayabazos, fuerte y duro como una metralleta, sin ton ni son, tan fuerte y tan seguido que don Humberto se regres&oacute; a su casa, pero momentos despu&eacute;s sali&oacute; con un rifle. Nada m&aacute;s nos apunt&oacute;, no dijo ni una sola palabra. Yo me qued&eacute; quieto. Juan Carlos baj&oacute;, lo vio a los ojos y se fue como si nada. Y yo detr&aacute;s de &eacute;l, sigui&eacute;ndolo.<\/p>\n<p>Juan Carlos era muy valiente, pero hab&iacute;a algo que s&iacute; le daba mucho miedo: el agua. Cuando fuimos a clases de nataci&oacute;n no pudo aprender a nadar como yo, porque lloraba cuando se hund&iacute;a, manoteaba entre gritos y siempre lo sacaban de la alberca vomitando agua con cloro. Por eso el d&iacute;a que llamaron los de la escuela para comunicarle a mam&aacute; sobre nuestro accidente, a pesar de mis mentiras, ella sab&iacute;a que hab&iacute;a sido Juan Carlos y no yo&hellip;<\/p>\n<p>Todo aquello sucedi&oacute; del siguiente modo:<\/p>\n<p>Despu&eacute;s de que mam&aacute; nos descubri&oacute; haciendo bromas telef&oacute;nicas, Juan Carlos me convenci&oacute; para que cambi&aacute;ramos de papel. En eso consist&iacute;a su nueva gran idea: en burlarnos de los dem&aacute;s haci&eacute;ndonos pasar el uno por el otro. Si dec&iacute;an Juli&aacute;n, respond&iacute;a &eacute;l. Si llamaban a Juan Carlos, contestaba yo. Confund&iacute;amos a la maestra de la escuela y a nuestros compa&ntilde;eros del colegio. Aprend&iacute; a hablar como &eacute;l. &Eacute;l s&iacute; dec&iacute;a groser&iacute;as y muchas veces por eso lo castigaban en la escuela y en la casa. Un d&iacute;a completo yo era &eacute;l, y &eacute;l era yo. Hubo semanas enteras en la que se nos olvidaba el juego, y otras semanas, tambi&eacute;n enteras, en las que &eacute;l era yo, y yo era &eacute;l.<\/p>\n<p>A m&iacute; me gustaba mucho ser &eacute;l. Actuaba m&aacute;s libre y dec&iacute;a y hac&iacute;a cosas que yo jam&aacute;s hubiera hecho, y lo mejor de todo era que yo sent&iacute;a que no era yo qui&eacute;n las hac&iacute;a sino &eacute;l. Un d&iacute;a le rob&eacute; dinero a pap&aacute;, pero no fui yo, o bueno, s&iacute; era yo pero lo hice cuando actuaba como &eacute;l. Con ese dinero compramos unos patines negros con las ruedas en hilera y cintas fluorescentes. Cuando mam&aacute; vio los patines quiso saber de d&oacute;nde hab&iacute;a salido el dinero. &ldquo;&iquest;Fuiste t&uacute;, Juan Carlos?&rdquo;, pregunt&oacute; mam&aacute;. &Eacute;l asinti&oacute; con la cabeza, el castigo fue largo, pero nunca me acus&oacute; y yo tampoco dije la verdad.<\/p>\n<p>El d&iacute;a que muri&oacute; lo hice de nuevo: ment&iacute;.<\/p>\n<p>Llamaron a mam&aacute;. Era el director de nuestra escuela. Los maestros y el director de la primaria a la que asist&iacute;amos nos hab&iacute;an llevado a una f&aacute;brica de galletas que estaba, m&aacute;s o menos, a media hora de distancia del pueblo en el cual viv&iacute;amos. Al regresar nos detuvimos en el campo, cerca de una presa, a tomar el lunch. Los ni&ntilde;os se pusieron a jugar futbol mientras las ni&ntilde;as jugaban a las correteadas.<\/p>\n<p>Los de sexto, los m&aacute;s grandes, ya la tra&iacute;an contra Juan Carlos porque siempre les hac&iacute;a bromas pesadas: al que no le pegaba con las baquetas mientras practicaban en la banda de guerra, le escond&iacute;a su mochila, y al que no le escond&iacute;a la mochila, le robaba su torta. Por eso, ese d&iacute;a, sin que casi nadie se diera cuenta, lo agarraron entre varios. Yo lo vi a lo lejos, iba volando entre los brazos de los muchachos, la camisa blanca desfajada y el pantal&oacute;n caqui manchado de barro. Vol&oacute; bien alto y cay&oacute; en el agua de la presa. Entre los gritos de ni&ntilde;os que jugaban, las voces de los profesores y el ruido de los camiones m&aacute;s all&aacute;, cerca de la carretera, recuerdo haber gritado: &ldquo;&iexcl;No! &iexcl;No sabe nadar, no sabe nadar!&rdquo;, grit&eacute; varias veces y luego corr&iacute; a la orilla. Vi sus brazos aleteando en el agua fangosa, y c&oacute;mo el maestro de educaci&oacute;n f&iacute;sica, el profesor Edmundo, se aventaba desde la otra orilla para rescatarlo. Volte&eacute; detr&aacute;s de m&iacute;. Vi a la maestra Lucila con las manos en el rostro, a las ni&ntilde;as llorando y gritando, al director con la boca abierta. Luego, vi c&oacute;mo el maestro Edmundo lo llevaba en brazos, desmayado, y las ansias con las que intentaba revivirlo. Una y otra vez acerc&oacute; sus labios a los de &eacute;l y golpe&oacute; su pecho con las palmas de sus manos. Juan Carlos ten&iacute;a hojas enredadas en los cabellos, la cara salpicada de lodo y algas negras, babosas, pegadas en sus mejillas y en el cuello como si fueran sanguijuelas muertas. Y la boca azul, medio abierta, a punto de decirme algo.<\/p>\n<p>Despu&eacute;s, vi la cabeza del maestro Edmundo movi&eacute;ndose de un lado a otro como si estuviera perdido o como si buscara algo muy peque&ntilde;o sobre el suelo. El cuerpo de Juan Carlos qued&oacute; tendido sobre la tierra. Se ve&iacute;a peque&ntilde;o y flaco. Recuerdo que le taparon la cara con el saco del director.<\/p>\n<p>No llor&eacute;. No dije nada. Me qued&eacute; atontado y en silencio.<\/p>\n<p>Llamaron a mam&aacute;.<\/p>\n<p>Ella, a gritos, por fin le pudo explicar a pap&aacute; lo que pasaba. Fueron deprisa. Llegaron sin aliento. Mam&aacute;, cuando baj&oacute; del auto, dio uno de esos gritos que cimbran la tierra. &ldquo;&iquest;Qui&eacute;n fue?&rdquo;, pregunt&oacute; pap&aacute;. &ldquo;Juli&aacute;n &mdash;respondi&oacute; el director&mdash;, Juliancito&rdquo;.<\/p>\n<p>Eso hab&iacute;a dicho yo. Ment&iacute;. Dije que era Juli&aacute;n quien hab&iacute;a muerto, no s&eacute; por qu&eacute; lo hice. Tal vez para que mam&aacute; sufriera menos porque yo sent&iacute;a que a Juan Carlos lo quer&iacute;a m&aacute;s. Pero mam&aacute;, a su vez, sab&iacute;a que Juli&aacute;n nadaba bien, sab&iacute;a que no se hubiera ahogado tan r&aacute;pido en aguas sin olas, sab&iacute;a que, al menos, hubiera flotado. &ldquo;Fue Juan Carlos&rdquo;, sentenci&oacute; mam&aacute; sin explicarle nada a nadie.<\/p>\n<p>Despu&eacute;s del velorio, la casa se volvi&oacute; muy silenciosa. Pap&aacute; contrat&oacute; a Juanita, una se&ntilde;ora que ten&iacute;a unos cincuenta a&ntilde;os de edad y que se hac&iacute;a cargo de todo, porque mam&aacute; se quedada en vela toda la noche, dorm&iacute;a hasta tarde. A veces, cuando yo regresaba con Juanita de la escuela, mam&aacute; segu&iacute;a en la rec&aacute;mara, a oscuras. Sal&iacute;a a comer con nosotros en camis&oacute;n, pero apenas si probaba bocado. Baj&oacute; de peso. Dej&oacute; de salir y de cortarse el pelo. Al cabo de unos meses su cabello ya le llegaba m&aacute;s abajo de la cintura, lo ten&iacute;a tan largo como Daniela Romo. Pap&aacute; comenz&oacute; a fumar unos cigarros apestosos, <em>Raleigh<\/em>, s&iacute;, <em>Raleigh<\/em> era la marca. Tanto fumaba que se le mancharon los dedos de amarillo, y dejaba por todos lados el inconfundible olor del tabaco quemado.<\/p>\n<p>Un d&iacute;a, muy temprano, mam&aacute; sali&oacute; de su habitaci&oacute;n medio vestida. Llevaba un camis&oacute;n blanco y, encima de sus hombros, un chal negro. Entr&oacute; en mi rec&aacute;mara y me jal&oacute; del brazo. &ldquo;V&iacute;stete&rdquo;, orden&oacute;. Me subi&oacute; a la camioneta. Fuimos a la piscina municipal. Entramos sin mediar palabra con nadie y as&iacute;, tal como iba vestido, me tom&oacute; en brazos y me avent&oacute; a la piscina con tanta fuerza que casi toqu&eacute; el fondo de la alberca al hundirme en el agua. Escuch&eacute; sus gritos:<\/p>\n<p>&mdash;&iexcl;Nada! &iexcl;Nada! &iexcl;Nada!<\/p>\n<p>Nad&eacute; hasta la orilla. Sal&iacute; temblando. De regreso a casa, mam&aacute; suspir&oacute; varias veces en el auto y me mir&oacute; de reojo. Jam&aacute;s pude saber si estaba m&aacute;s triste que antes de comprobar que era Juan Carlos quien hab&iacute;a muerto o m&aacute;s feliz porque era yo quien hab&iacute;a sobrevivido, pero s&iacute; parec&iacute;a m&aacute;s aliviada.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Juan Carlos y yo fuimos hermanos gemelos. Yo nac&iacute; primero y era un poco m&aacute;s grande que &eacute;l, por un pelo, casi nada. A tal punto &eacute;ramos id&eacute;nticos que s&oacute;lo se advert&iacute;a la diferencia si se nos observaba con mucha atenci&oacute;n. 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