{"id":2274,"date":"2024-10-01T12:34:32","date_gmt":"2024-10-01T12:34:32","guid":{"rendered":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/consultario\/2024\/10\/01\/la-muerte-de-los-amantes\/"},"modified":"2024-10-01T12:34:32","modified_gmt":"2024-10-01T12:34:32","slug":"la-muerte-de-los-amantes","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/desde-el-sur\/la-muerte-de-los-amantes\/","title":{"rendered":"La muerte de los amantes"},"content":{"rendered":"<p><em>Nada es m&aacute;s f&aacute;cil que censurar a los muertos.<\/em><\/p>\n<p>Julio C&eacute;sar<\/p>\n<p><em>Si nada nos salva de la muerte, al menos que el amor nos salve de la vida.<\/em><\/p>\n<p>Pablo Neruda<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Nadie pudo saber con certeza la causa de la muerte de do&ntilde;a Luisa y de don Jos&eacute;. Con ellos se muri&oacute; su amor y los planes que tal vez ten&iacute;an juntos. Los familiares no quisieron que se hiciera autopsia y pasaron plata a hurtadillas para que la polic&iacute;a liberara los cuerpos ah&iacute; mismo, a la orilla del camino. Era tanta la verg&uuml;enza que no quer&iacute;an profundizar en detalles haciendo autopsia. En una camioneta llevaron a do&ntilde;a Luisa envuelta en una frazada, para ba&ntilde;arla en su casa y alistar su velorio. En el cami&oacute;n, ah&iacute; donde los encontraron, llevaron a don Jos&eacute; para velarlo en su casa.<\/p>\n<p>El tiempo borra la muerte con su mano de ausencia, asimismo desaparecen las manchas del pasado. Los imp&iacute;os, los pobres, los desesperados est&aacute;n todos a la derecha de Dios. Seguramente tambi&eacute;n lo est&aacute;n do&ntilde;a Luisa y don Jos&eacute;, almas benditas.<\/p>\n<p>Lo sorprendente eran las caras de los viudos. En los velorios y respectivos entierros se los ve&iacute;a bajo la influencia embriagante del alcohol, porque era la &uacute;nica manera de soportar el doble dolor. No sab&iacute;an que eran enga&ntilde;ados. No esperaban una muerte tan <em>sui generis<\/em> para sus consortes.<\/p>\n<p>En los rincones la gente susurraba que no pensaron en sus hijos ni en sus parejas y que s&oacute;lo pod&iacute;a ser castigo del cielo. Destinos truncados por ser pecadores. El marido era hombre bueno, no sab&iacute;a enojarse con do&ntilde;a Luisa&hellip;<\/p>\n<p>No ha pasado mucho tiempo de lo ocurrido, aun no es un a&ntilde;o, sin embargo, hasta hoy persiste cierta confusi&oacute;n en torno de la muerte de los amantes. Se quedaron muchas dudas por explicar, porque ellos salieron de Sabaya en el cami&oacute;n de don Jos&eacute; a las cinco en punto de la tarde. Cont&oacute; que los vio don Eduardo, testigo id&oacute;neo, cuyo cami&oacute;n estaba detr&aacute;s de ellos en la aduana de Sabaya y despu&eacute;s los rebas&oacute; cuando pararon en Huachacalla.<\/p>\n<p>El tramo no es largo hasta Huachacalla y seg&uacute;n las declaraciones de los testigos, los vieron cenando aj&iacute; de fideos en la pensi&oacute;n de do&ntilde;a Ceci, mientras hablaban y re&iacute;an con mucha complicidad. Existen algunas contradicciones en las declaraciones de los testigos, algunas lagunas y falta de claridad sobre si alguien se acerc&oacute; a hablarles en la pensi&oacute;n de do&ntilde;a Ceci o si compraron algo de las vendedoras ambulantes, antes de volver a subir al cami&oacute;n.<\/p>\n<p>Los respectivos viudos, inconsolables y a la vez muertos de la rabia &mdash;aun que dicen por ah&iacute; que es pecado tenerle rabia a un muerto&mdash;, no quer&iacute;an pensar en lo ocurrido, apoyados por vecinos y parientes se manten&iacute;an intransigentemente callados. &ldquo;No se sabe&rdquo;, repet&iacute;an una y otra vez cuando preguntaban la causa de los descesos.<\/p>\n<p>El cami&oacute;n de don Jos&eacute; par&oacute; antes del cruce Ancaravi. Todos lo pasaban y no ve&iacute;an nada raro, excepto que el d&iacute;a clareaba y hab&iacute;a que descargar la mercader&iacute;a en Oruro. Como nunca llegaba don Jos&eacute;, con su cami&oacute;n, el due&ntilde;o de la carga decidi&oacute; darle alcance en la tarde, a la hora del fuerte ventarr&oacute;n. Llegando donde estaba parqueado mir&oacute; dentro de la cabina y no hab&iacute;a nada, pero m&aacute;s al fondo, en el camarote, parec&iacute;a ver dos cuerpos. Llam&oacute; a la polic&iacute;a, a la esposa de don Jos&eacute; y la noticia hab&iacute;a corrido m&aacute;s r&aacute;pido que el viento altipl&aacute;nico, arm&aacute;ndose el espect&aacute;culo&hellip;<\/p>\n<p>La verdad es que el momento en que la muerte los encontr&oacute; fue sin testigos. Empero, la forma en que fueron encontrados a la tarde del d&iacute;a siguiente gener&oacute; muchos comentarios sobre aquellas muertes en la agon&iacute;a de la noche, cuando en hora dudosa y en condiciones discutibles, en el momento en que la luna se deshizo sobre la planicie altipl&aacute;nica, apenas con sus demonios como testigos mudos, murieron&hellip;<\/p>\n<p>No se sabe si fue locura o si fue amor, pero lo inesperado los sorprendi&oacute;. Nadie sabe lo que pas&oacute;, pero los encontraron en el camarote del cami&oacute;n: los rostros felices, los cuerpos helados. S&iacute;. Ellos estaban all&iacute;, inm&oacute;viles, desnudos, muertos, bien abrazados y encimados, en plena c&oacute;pula.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Nada es m&aacute;s f&aacute;cil que censurar a los muertos. Julio C&eacute;sar Si nada nos salva de la muerte, al menos que el amor nos salve de la vida. 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