{"id":2256,"date":"2024-09-13T12:24:54","date_gmt":"2024-09-13T12:24:54","guid":{"rendered":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/consultario\/2024\/09\/13\/el-peso-de-una-llamada\/"},"modified":"2024-09-13T12:24:54","modified_gmt":"2024-09-13T12:24:54","slug":"el-peso-de-una-llamada","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/cafe-babel\/el-peso-de-una-llamada\/","title":{"rendered":"El peso de una llamada"},"content":{"rendered":"<p>El tel&eacute;fono lleg&oacute; a casa entre 1977 y 1978. Los aparatos telef&oacute;nicos fueron dos, de color gris, con sus discos para marcar los n&uacute;meros, y el cable de resorte de pl&aacute;stico entre el aparato y la bocina, que permit&iacute;a cierta distancia y movimiento a quien lo utilizaba. El tel&eacute;fono fue muy importante para mi madre porque era due&ntilde;a de una peque&ntilde;a tienda, negocio al cual se hab&iacute;a dedicado desde antes que yo naciera, junto con mi abuela, quien vivi&oacute; toda su vida con nosotras hasta que falleci&oacute;. Ambas se dedicaron siempre a la venta de abarrotes, pero sin dejar de atender a la familia.<\/p>\n<p>La tienda estaba ubicada en una esquina. En aquel tiempo era sumamente importante que un negocio estuviera en una esquina, pues la gente que pasaba pod&iacute;a indentificarla a lo lejos desde una calle o desde la otra y eso aumentaba la clientela. As&iacute; que para mi madre, como buena negociante que era, tener un tel&eacute;fono le vino de maravilla, pues daba un plus a la tienda que ten&iacute;a casi todo lo que los vecinos de los alrededores necesitaban en aquella &eacute;poca: arroz, frijol, manteca, cosas de mercer&iacute;a, de papeler&iacute;a, hasta la cerveza y la charanda, una bebida alcoh&oacute;lica de Michoac&aacute;n. As&iacute;, el tel&eacute;fono lleg&oacute; a ser otro producto de la tienda, pero bien pagado, porque por cada llamada que quisiera hacer alguno de los marchantes mi mam&aacute; cobraba un peso, es decir, una moneda de aquellas redondas que ten&iacute;an en una cara a Don Jos&eacute; Mar&iacute;a Morelos y en la otra el &aacute;guila. Cada peso iba a la tipica alcanc&iacute;a de aquel tiempo: un puerco de barro comprado en una feria. Con ese dinero mi mam&aacute; pod&iacute;a pagar la mensualidad del tel&eacute;fono y algunas cuentas m&aacute;s.<\/p>\n<p>Muchos tel&eacute;fonos ten&iacute;an su extensi&oacute;n, y este no era la excepci&oacute;n. Igual que la tienda era una extensi&oacute;n de la casa. El otro aparato estaba ubicado en un cuarto, el cuarto &ldquo;obscuro&rdquo;, porque era un cuarto donde se ten&iacute;a que prender siempre la luz para cualquier actividad menos para dormir. El aparato de la casa estaba en esa rec&aacute;mara, colocado en un bur&oacute; con su carpetita de gancho abajo. A los lados del bur&oacute; se encontraban dos camas, en una dorm&iacute;a mi abuela y en la otra dorm&iacute;amos mis hermanas y yo.<\/p>\n<p>Con el tiempo, ambos tel&eacute;fonos llegaron a tener candado. Solo pod&iacute;amos hablar si dec&iacute;amos a quien le &iacute;bamos a hablar y para qu&eacute;, ya que cuando llegaban los clientes para realizar una llamada, mi mam&aacute; descolgaba el tel&eacute;fono para marcar el n&uacute;mero y resultaba que alguna de sus hijas lo estaba ocupando. No faltaba el grito t&iacute;pico de mam&aacute;: &ldquo;&iexcl;cuelga!&rdquo; Despu&eacute;s entraba a la casa por la trastienda y nos tocaban los coscorronazos y los malos augurios sobre nuestro futuro. Ella siempre nos reclamaba que pas&aacute;ramos tanto tiempo hablando por tel&eacute;fono, mientras hab&iacute;a quehacer en la casa y en la tienda. As&iacute; que de flojas no nos bajaba y, adem&aacute;s, hab&iacute;a que escuchar la letan&iacute;a de que ella que se sacrificaba tanto por nosotras mat&aacute;ndose en el trabajo para darnos de comer, y nuestro padre, por lo mismo, ten&iacute;a que estar trabajando lejos para que nosotras estuvi&eacute;ramos bien, y mientras tanto, nosotras desperdiciando el tiempo hablando por tel&eacute;fono puras tarugadas con las amigas. Nos recordaba que &ldquo;el tel&eacute;fono era para usarse solo en emergencias&rdquo;. Todo eso nos lo dec&iacute;a en el cuarto obscuro, pero con la luz prendida.<\/p>\n<p>Luego mi madre se convirti&oacute; en una esp&iacute;a: desde la tienda levantaba la bocina del tel&eacute;fono y se enteraba de nuestras conversaciones. Nos dimos cuenta que escuchaba lo que habl&aacute;bamos con las amigas, porque en las rega&ntilde;adas que nos daba por flojas, sal&iacute;a a relucir la tem&aacute;tica de lo que hab&iacute;a o&iacute;do. Por eso nosotras us&aacute;bamos el tel&eacute;fono cuando la ve&iacute;amos entretenida despachando. Mi abuela, por el contrario, era la prudencia encarnada y muy pocas veces usaba el tel&eacute;fono. Si hablaba con alguien era con Dios y para eso no necesitaba del tel&eacute;fono, bastaban sus rezos.<\/p>\n<p>En ese entonces, algunas tardes, sol&iacute;a quedarme sentada en el borde de la cama pidiendo a Dios que alguno de los muchachos que me gustaba y que conoc&iacute;a mi n&uacute;mero telef&oacute;nico, me hablara. Los domingos eran muy aburridos. Recuerdo que le hablaba a algunas amigas para ver si pod&iacute;amos salir a alg&uacute;n lado. Muchas veces sucedi&oacute; que ninguna estaba dispuesta por sus compromisos familiares, y entonces me quedaba acostada sumida en mis pensamientos, so&ntilde;ando despierta, haciendo mis propias historias de amor catastr&oacute;ficas, desgraciadas o felices, paralizada, sin saber qu&eacute; hacer esos domingos que solo tuvieron sentido un tiempo por la obligaci&oacute;n de ir a misa con mi abuela muy de ma&ntilde;ana.<\/p>\n<p>En otras ocasiones, era yo quien no quer&iacute;a salir o no me daba permiso mi mam&aacute;, mucho menos si se trataba de salir con mi amiga la Cuca quien, a decir de mi madre, &ldquo;solo me induc&iacute;a a andar de callejera y volada con los escuincles&rdquo;. Cuca ni siquiera contaba con tel&eacute;fono, pero no lo necesit&aacute;bamos porque ella y yo casi nos le&iacute;amos la mente para inventar de pretexto que &iacute;bamos a misa por la ma&ntilde;ana e irnos a la matin&eacute; del cine donde ve&iacute;amos pel&iacute;culas de 12 a 2 de la tarde. Las pel&iacute;culas eran para divertirse o sufrir de miedo. El miedo era para nosotras una forma m&aacute;s de obtener placer. Ve&iacute;amos las pel&iacute;culas del Santo y las Momias de Guanajuato, el Santo y la lucha contra los vampiros, Blue Demon, Viruta y Capulina, y la del Chanfle, que fue un estreno nacional en 1979, muy simplonas todas. Pero la matin&eacute; tambi&eacute;n se pod&iacute;a convertir en una pasarela deliciosa de chicos de nuestra edad que acud&iacute;an al cine tambi&eacute;n para vernos. Por eso la ida a la matin&eacute; muchas veces se convert&iacute;a en una cita y, en lugar de entrar a ver las pel&iacute;culas, nos sal&iacute;amos a dar la vuelta al jard&iacute;n de la plaza, donde todo quedaba en un coqueteo con los chicos y la emoci&oacute;n de luego chismear entre nosotras lo que hab&iacute;amos platicado con el chico aquel al que no volv&iacute;amos a ver ni a saludar.<\/p>\n<p>Mis padres segu&iacute;an casados por las dos leyes, sin embargo mi padre no viv&iacute;a con nosotras. Desde antes de vivir en esa casa a donde lleg&oacute; el primer tel&eacute;fono, &eacute;l ya se hab&iacute;a ido a trabajar a seis horas de la ciudad en la que viv&iacute;amos. Por eso se hab&iacute;a logrado comprar la casa en la esquina y tener la tienda, todo fue gracias a los ahorros de su trabajo.<\/p>\n<p>A mis padres los un&iacute;a el trabajo. No s&eacute; cu&aacute;les ser&iacute;an sus sue&ntilde;os a largo plazo, pero un ancla muy poderosa que los manten&iacute;a vinculados era esa clase de locura que une a un ser humano con otro en aquellas condiciones. En ellos era ese tipo locura que va desde el amor a la culpa y la verg&uuml;enza, la doble vida y un resentimiento silenciado que, a pesar de todo, los manten&iacute;a unidos.<\/p>\n<p>&Eacute;l se hab&iacute;a ido a trabajar a un rancho a un kil&oacute;metro de la playa. Nos hablaba por tel&eacute;fono de vez en cuando, pero ven&iacute;a cada mes por tres d&iacute;as. Esos d&iacute;as, cuando &eacute;l estaba, hasta el cuarto oscuro parec&iacute;a que se llenaba de luz. Cuando se iba yo no lloraba, hab&iacute;a aprendido a no llorar delante de &eacute;l desde m&aacute;s peque&ntilde;a, porque una vez se fue sin despedirse de m&iacute; para no verme llorar. Luego, ya m&aacute;s grandes, en las despedidas, tras desearle buen camino, nos qued&aacute;bamos flotando en un gran silencio, flotando en la nada. Pero al cerrar la puerta despu&eacute;s de que &eacute;l se marchara entr&aacute;bamos a nuestro mundo de mujeres y segu&iacute;amos con nuestras vidas.<\/p>\n<p>Cuando hubo tel&eacute;fono celular, mi padre siempre tra&iacute;a uno de esos que solo hacian y recib&iacute;an llamadas. No guardaba los n&uacute;meros: se sab&iacute;a de memoria los principales tel&eacute;fonos y, desde entonces, ya le hablaba a mi mam&aacute; a diario. Para ese tiempo yo ya no viv&iacute;a con ellos, pero mi madre, durante toda su vida, incluso despu&eacute;s de que cerr&oacute; la tienda en el 2008, conserv&oacute; los dos tel&eacute;fonos en el mismo lugar y siempre el del cuarto obscuro se mantuvo all&iacute; hasta que ella muri&oacute;. Primero falleci&oacute; mi padre, a los 72 a&ntilde;os, mi madre ya no recibi&oacute; esa llamada diaria que seguramente le pes&oacute; mucho y la dej&oacute; en una gran soledad en ese cuarto oscuro, porque nueve meses despu&eacute;s del fallecimiento de mi padre, ella muri&oacute; de un infarto cerebral fulminante.<\/p>\n<p>Al poco tiempo de la muerte de mi madre, una de mis hermanas, quien se qued&oacute; con la casa, decidi&oacute; que no era necesario tener tel&eacute;fono fijo, pues ella contaba con su celular. Y como buena negociante que es, igual que mi madre, vendi&oacute; muchas cosas viejas, los tel&eacute;fonos tambi&eacute;n. Yo no sal&iacute; buena negociante, pero tampoco le compr&eacute; a mi madre sus malos augurios sobre mi futuro, aunque ella nunca entendi&oacute; esa profesi&oacute;n rara que hab&iacute;a elegido estudiar: &ldquo;Psiquiatr&iacute;a&rdquo;. La amistad con la Cuca se disolvi&oacute; poco a poco, dejamos de coincidir, cada quien sigui&oacute; su vida, nos casamos, tuvimos hijos, pero nunca la he olvidado, ella fue mi gran amiga en aquellas fabulosas aventuras para las cuales nunca necesitamos de un tel&eacute;fono.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>El tel&eacute;fono lleg&oacute; a casa entre 1977 y 1978. Los aparatos telef&oacute;nicos fueron dos, de color gris, con sus discos para marcar los n&uacute;meros, y el cable de resorte de pl&aacute;stico entre el aparato y la bocina, que permit&iacute;a cierta distancia y movimiento a quien lo utilizaba. 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