{"id":2248,"date":"2024-09-06T12:39:37","date_gmt":"2024-09-06T12:39:37","guid":{"rendered":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/consultario\/2024\/09\/06\/larga-distancia\/"},"modified":"2024-09-06T12:39:37","modified_gmt":"2024-09-06T12:39:37","slug":"larga-distancia","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/cafe-babel\/larga-distancia\/","title":{"rendered":"Larga distancia"},"content":{"rendered":"<p><em>&ldquo;&iquest;Tengo la voz de alguien que oculta algo?&rdquo;<\/em><\/p>\n<p><em>La voz humana<\/em>, Jean Cocteau<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>A lo largo de cinco entregas semanales presentaremos una serie de cuentos acerca de lo que signific&oacute; el tel&eacute;fono para cinco escritores pertenecientes todos a M&eacute;xico, pero procedentes de &eacute;pocas y regiones diversas. Iremos desde el m&iacute;tico tel&eacute;fono fijo a la pared, con su cono de porcelana y su bocina de cuerno, hasta los celulares m&aacute;s &ldquo;chic&rdquo; de hoy en d&iacute;a que facilitan la mensajer&iacute;a instant&aacute;nea y las videollamadas. Cinco voces distintas como cinco llamadas diferentes. Distintos trazos de tiempo y distintas latitudes: de la Segunda Guerra Mundial a la era del iPhone, pasando a trav&eacute;s del tel&eacute;fono de disco. Y es que las llamadas telef&oacute;nicas fueron para el siglo XX, en la literatura, lo que fueron el correo, las cartas, las esquelas y los billetes para la literatura del siglo XIX. Recordemos las desesperadas cartas que Madame Bovary dirige a sus amantes; las intrigas que Pierre Chordelos de Laclos se permite elaborar mediante ep&iacute;stolas en <em>Las amistades peligrosas<\/em>; <em>La carta robada<\/em> de Edgar Allan Poe y <em>Cartas a mam&aacute;<\/em> de Julio Cort&aacute;zar, quien utiliza ese recurso para contarnos una s&oacute;rdida historia de familia que a&uacute;n en la lejan&iacute;a (Par&iacute;s, Argentina) sigue viva, con sus toques de tormenta. Simone de Beauvoir, por su parte, abandona las cartas y usa el tel&eacute;fono en &ldquo;Mon&oacute;logo&rdquo;, cuento incluido en <em>La mujer rota<\/em>, para simbolizar la soledad y la depresi&oacute;n de Murielle, una mujer divorciada y con innumerables conflictos personales, mientras que Jean Cocteau, en <em>La voz humana<\/em>, construye su famosa pieza teatral alrededor de una mujer que habla por tel&eacute;fono con la &ldquo;nada o con nadie&rdquo;, a trav&eacute;s de una l&iacute;nea cortada.<\/p>\n<p>As&iacute; pues, cada uno de los cinco relatos que el lector podr&aacute; leer mediante entregas semanales, relata una relaci&oacute;n diferente con el tel&eacute;fono: desde la soledad de un ni&ntilde;o en una ciudad extra&ntilde;a y lejana, hasta las llamadas que a modo de broma celebran dos hermanos gemelos, y en el interludio entre un momento y el otro, dos relatos en los que veremos retratada la famosa tienda de la esquina con su servicio de llamadas, y el tel&eacute;fono privado de una familia en la Ciudad de M&eacute;xico que se convierte en instrumento para la desdicha.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>1\/5<\/p>\n<p><strong>Me dijo, &iquest;trabajo o carajo?<\/strong><\/p>\n<p>Arnulfo Sotelo*<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Cierto d&iacute;a, platicando con unos amigos, uno de ellos me pregunt&oacute;: &ldquo;&iquest;Qui&eacute;n te ense&ntilde;&oacute; a usar el tel&eacute;fono o c&oacute;mo aprendiste a usarlo?&rdquo; Esta pregunta me hizo regresar a mi ni&ntilde;ez, porque en la actualidad los ni&ntilde;os ya nacen con un tel&eacute;fono en la mano, su uso es muy natural y lo aprenden por s&iacute; solos, como muchas otras cosas. No es mi caso y les dir&eacute; por qu&eacute;.<\/p>\n<p>Yo nac&iacute; en 1939 en Coatepec Harinas, Estado de M&eacute;xico, un pueblo diminuto, distante unos 30 kil&oacute;metros al sur del Nevado de Toluca. En mi pueblo, al ser tan peque&ntilde;o, casi toda la gente se conoc&iacute;a y, si quer&iacute;as hablar con alguien, pues te acercabas a su casa y tocabas a la puerta&hellip;. Hab&iacute;a un kiosco en el centro de la plaza y alrededor un jard&iacute;n con dos fuentes que serv&iacute;an para abastecer de agua potable a los pobladores. Su iglesia, en un costado, luc&iacute;a dos torres de cantera rosa, se dice que fue construida a mediados del siglo XVIII. Por otro lado, la Presidencia Municipal, en la cual hab&iacute;a un gran patio que serv&iacute;a de c&aacute;rcel para detener a los borrachines que beb&iacute;an pulque en exceso durante los d&iacute;as de mercado. A ellos les impon&iacute;an como requisito para salir, barrer la plaza al d&iacute;a siguiente, a las 6 de la ma&ntilde;ana. Y de ese mismo lado, m&aacute;s o menos a 150 metros, estaba la casa donde yo viv&iacute;a.<\/p>\n<p>Cuando entr&eacute; en contacto con el tel&eacute;fono, eran los primeros a&ntilde;os de la d&eacute;cada de los cuarenta, o sea durante la Segunda Guerra Mundial. Coatepec Harinas, en ese entonces, estaba casi aislado, pues la &uacute;nica comunicaci&oacute;n terrestre de la que dispon&iacute;amos era un camino en muy mal estado para ir al pueblo de Villa Guerrero. Hab&iacute;a, adem&aacute;s, un solo tel&eacute;fono para todo el pueblo.<\/p>\n<p>El aparato estaba instalado en la Presidencia Municipal. Era una caja de madera muy bien barnizada y fijada sobre la pared, de unos 60 cent&iacute;metros de alto por 30 de ancho y unos 20 de fondo, aproximadamente. Al frente, en el centro, un cono de porcelana de unos 5 cent&iacute;metros de largo y un di&aacute;metro tambi&eacute;n de 5 cent&iacute;metros, adonde ten&iacute;a que acercarse la persona al hablar. Este hac&iacute;a las veces de micr&oacute;fono. En la parte izquierda, otro cono similar, pero conectado a un cable, al llevarlo a la oreja serv&iacute;a de auricular en una conversaci&oacute;n. En la parte superior de la caja de madera hab&iacute;a dos campanas que tocaban al estar recibiendo una llamada desde el otro lado de la l&iacute;nea y, por &uacute;ltimo, del lado derecho una manivela que hac&iacute;a que girara un magneto, generando as&iacute; la corriente el&eacute;ctrica que serv&iacute;a para llamar al tel&eacute;fono del otro lado de la l&iacute;nea.<\/p>\n<p>Don Luis Ju&aacute;rez era el empleado municipal que, entre otras funciones, se encargaba de operar el tel&eacute;fono en Coatepec Harinas. En el otro lado de la l&iacute;nea, en Villa Guerrero, quien se encargaba de operarlo era una se&ntilde;ora de nombre Laurita. A ella, aunque nunca la conoc&iacute;, me la imaginaba como una se&ntilde;ora chaparrita y gordita, a quien le hab&iacute;an adaptado un tel&eacute;fono adecuado a su estatura. Sin embargo, era tan pobre la comunicaci&oacute;n que hasta mi casa se o&iacute;an los gritos de don Luis: &ldquo;Laurita, h&aacute;bleme m&aacute;s fuerte que no la escucho&rdquo;, &ldquo;rep&iacute;tame otra vez, porque no entend&iacute;&rdquo;, &ldquo;me dijo, &iquest;trabajo o carajo?&rdquo;<\/p>\n<p>De hecho, el servicio que el tel&eacute;fono prestaba a la poblaci&oacute;n solo era para pasar recados. No recuerdo a nadie, aparte de don Luis, que usara el tel&eacute;fono y, seg&uacute;n supe, Villa Guerrero, adem&aacute;s de Coatepec, solo ten&iacute;a comunicaci&oacute;n con Tenancingo. Este lugar, a su vez, con Tenango y, finalmente, con Toluca. S&oacute;lo despu&eacute;s de algunos a&ntilde;os se us&oacute; un conmutador y la comunicaci&oacute;n entre distintas regiones fue posible.<\/p>\n<p>En mi pueblo no hab&iacute;a secundaria, por eso mi pap&aacute;, interesado en que yo siguiera estudiando, decidi&oacute; mandarme a Toluca para que pudiera continuar con mis estudios. Fue una decisi&oacute;n muy importante para la familia. Mi mam&aacute;, siempre muy abnegada y callada, no dijo nada. Mi pap&aacute;, un tanto inseguro, me animaba.<\/p>\n<p>Comenzaba la d&eacute;cada de los a&ntilde;os cincuenta. Y yo no era m&aacute;s que un ni&ntilde;o de pueblo entrando a otro mundo. Me asustaba al comparar la ciudad con mi pueblo: calles muy anchas, muchos autom&oacute;viles, gente que vest&iacute;a diferente. Pero todo ese v&eacute;rtigo de experiencias no compensaba lo que estaba viviendo, porque por mucho tiempo me sent&iacute; como un perrito abandonado en medio del bosque en una noche oscura y fr&iacute;a.<\/p>\n<p>El primer a&ntilde;o fue muy dif&iacute;cil. Las l&aacute;grimas se me rodaban de vez en cuando porque extra&ntilde;aba mucho a mi familia y la comida tan rica acompa&ntilde;ada de las deliciosas tortillas reci&eacute;n salidas del comal, la cama de mi pap&aacute; con quien dorm&iacute;a, las canicas, el trompo, el balero, juguetes con los que me entreten&iacute;a con mis amigos, y hasta mis gatos que me segu&iacute;an por toda la casa cuando les iba a dar de comer. Esos recuerdos los sufr&iacute; durante muchas semanas y meses. No obstante, ni aun as&iacute;, no mandaba recados a trav&eacute;s de Don Luis. El tel&eacute;fono no solucionaba la distancia.<\/p>\n<p>Mis compa&ntilde;eros de cuarto me animaban, trataban de que yo me sintiera mejor, pero no entend&iacute;an la clase de sentimientos que yo estaba viviendo porque eran mayores que yo y, sobre todo, porque proced&iacute;an de pueblos cercanos a la ciudad teniendo as&iacute; la oportunidad de regresar a sus casas cada fin de semana.<\/p>\n<p>La &uacute;nica comunicaci&oacute;n que ten&iacute;a era con mi mam&aacute;, pero no nos comunic&aacute;bamos por tel&eacute;fono, sino a trav&eacute;s de recados. Curiosamente estos recados no eran por correo sino por medio de don Juan P&eacute;rez. Este se&ntilde;or viajaba cada viernes a vender su mercanc&iacute;a en la plaza de Toluca y como un favor muy especial me llevaba una caja de cart&oacute;n con la ropa limpia que usar&iacute;a en la semana y un recado de mi madre. Yo devolv&iacute;a igualmente, en una caja similar, la ropa sucia que hab&iacute;a utilizado junto con recados que le escrib&iacute;a a mam&aacute;.<\/p>\n<p>Al principio le escrib&iacute;a cada semana. Aunque fuera mentira, siempre le contaba algo de la escuela, de mi maestro y mis juegos y, sobre todo, le dec&iacute;a que estaba muy contento, para que no se preocupara. Despu&eacute;s, poco a poco, nuestra comunicaci&oacute;n fue m&aacute;s espor&aacute;dica porque fui olvidando la amargura y me fui adaptando a mi nuevo estilo de vida.<\/p>\n<p>Uno de mis amigos volvi&oacute; a preguntarme:<\/p>\n<p>&mdash;&iquest;Y el tel&eacute;fono?<\/p>\n<p>&mdash;En ese tiempo no se utilizaba como ahora &mdash;respond&iacute;&mdash;, para estar en comunicaci&oacute;n directa, sino para comunicar alguna emergencia, algo importante&hellip; Cosas m&aacute;s importantes que un chamaco que se siente solo.<\/p>\n<p>Pasaron algunos a&ntilde;os m&aacute;s, sal&iacute; de la secundaria, y segu&iacute;a siendo raro que en las casas se tuviera tel&eacute;fono. La gente con posibilidades sol&iacute;a solicitar su tel&eacute;fono a la compa&ntilde;&iacute;a que suministraba el servicio, pero tardaba un tiempo considerable para que se lo instalaran porque no hab&iacute;a suficientes l&iacute;neas. M&aacute;s bien uno se auxiliaba de alguna tienda cercana donde s&iacute; ten&iacute;an tel&eacute;fono y proporcionaba el n&uacute;mero a familiares y amigos dici&eacute;ndoles: &ldquo;Este es el n&uacute;mero, ah&iacute; me llaman&rdquo;.<\/p>\n<p>Quiz&aacute; no contest&eacute; con exactitud la pregunta de mi amigo, pero nos sirvi&oacute; para establecer la gran diferencia que actualmente se vive, pues ahora el tel&eacute;fono celular es de uso personal y con grandes ventajas, ya que se tiene, adem&aacute;s del tel&eacute;fono, c&aacute;mara, agenda, calculadora y otras funciones. Espero que con los avances de la tecnolog&iacute;a, la inteligencia artificial no llegue a superar a su creadora, la inteligencia humana. Tambi&eacute;n me hizo preguntarme cu&aacute;ntos mensajes habr&aacute; dado don Luis en su vida, cu&aacute;ntas noticias alegres o tristes, nacimientos o muertes, no s&eacute;, nunca supe de algo as&iacute;, pero quiz&aacute; tambi&eacute;n le comunic&oacute; a alguien que se hab&iacute;a ganado una fortuna o no le dijo nada por la pura envidia, o se lo dijo y compartieron con &eacute;l parte de las ganancias.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>* Arnulfo Ramiro Sotelo L&oacute;pez, (Coatepec Harinas, Estado de M&eacute;xico, 1939). Ingeniero Mec&aacute;nico por la UNAM que se desempe&ntilde;&oacute; como tal durante varios a&ntilde;os en la extinta compa&ntilde;&iacute;a de Luz y Fuerza. Corredor de maratones a nivel nacional e internacional y amante del dise&ntilde;o, el deporte, el arte y las manualidades. Es autor del libro de memorias <em>Recuerdos de mi ni&ntilde;ez<\/em> (2020).<\/p>\n<p><img decoding=\"async\" src=\"file:\/\/\/C:\/Users\/HP\/Desktop\/Raul\/Descargas\/3.%20Caf%C3%A9%20Babel\/Ramiro%20Sotelo.jpg\" alt=\"\" \/><img decoding=\"async\" src=\"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/consultario\/wp-content\/uploads\/Ramiro_Sotelo_f204acdc0f.jpg\" alt=\"\" width=\"125\" height=\"142\" \/><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>&ldquo;&iquest;Tengo la voz de alguien que oculta algo?&rdquo; La voz humana, Jean Cocteau &nbsp; A lo largo de cinco entregas semanales presentaremos una serie de cuentos acerca de lo que signific&oacute; el tel&eacute;fono para cinco escritores pertenecientes todos a M&eacute;xico, pero procedentes de &eacute;pocas y regiones diversas. 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