{"id":2160,"date":"2024-06-21T12:50:01","date_gmt":"2024-06-21T12:50:01","guid":{"rendered":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/consultario\/2024\/06\/21\/en-pocas-palabras-122\/"},"modified":"2024-06-21T12:50:01","modified_gmt":"2024-06-21T12:50:01","slug":"en-pocas-palabras-122","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/narrativa\/en-pocas-palabras-122\/","title":{"rendered":"En pocas palabras"},"content":{"rendered":"<p><strong>On&iacute;rico<\/strong><\/p>\n<p><em>N&eacute;lida Ca&ntilde;as (Argentina)<\/em><\/p>\n<p>He despertado, pero a&uacute;n no he salido de la casona donde sopla el viento. Recibo a un reci&eacute;n llegado que me recuerda a un t&iacute;o de mi padre a quien vi una sola vez, cuando ni&ntilde;a. No lejos de casa hay una boda y el hombre me pide que lo ayude a preparar regalos. Enseguida caemos en cuenta de que quien se casar&aacute; es &eacute;l. Vendr&aacute;n a vivir a la casona de al lado. Abrimos las puertas. En la casa todo es desmesurado: el p&oacute;rtico, la sala, los ventanales. A &eacute;l se lo ve feliz. No me dice su nombre ni si conoce al t&iacute;o de mi padre. Deja mi pregunta flotando detr&aacute;s de su sonrisa, que no supe entonces ni s&eacute; ahora si es de asentimiento o estupor. Vuelvo a casa con algunos papeles de regalo y abro la puerta. Est&aacute; vac&iacute;a, como si para llenar aquella hubi&eacute;ramos tenido que desmantelar esta. Sopla el viento. Es incesante su aullido en el vac&iacute;o de los cuartos.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><strong>Testigo proverbial<\/strong><\/p>\n<p><em>Karla I. Herrera (Honduras)<\/em><\/p>\n<p>Sujha padec&iacute;a una encefalomacia bifrontal con predominio en el lado izquierdo que se reflejaba en el hemisferio derecho con una par&aacute;lisis total. No hablaba ni caminaba, empero era capaz de leer y de entender las miradas de sus cong&eacute;neres, los signos ling&uuml;&iacute;sticos que emit&iacute;an los dem&aacute;s. El d&iacute;a que expir&oacute; su madre solamente ella pudo despedirse de la mujer que la cuid&oacute; por m&aacute;s de cuarenta a&ntilde;os; s&oacute;lo ella supo lo que hab&iacute;a sucedido aquel vendimiario, previo al derrame cerebral que sufri&oacute; su progenitora. Esa tarde aciaga ambas dialogaron telep&aacute;tica o verbalmente, como nunca antes lo hab&iacute;an hecho.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><strong>Transmigraci&oacute;n<\/strong><\/p>\n<p><em>Nana Rodr&iacute;guez Romero (Colombia)<\/em><\/p>\n<p>Un antiguo texto hind&uacute; dice: Todos los que abandonan la tierra van a la luna, que se engrosa en la primera mitad de cada mes con sus alientos. Posteriormente, en el Medioevo, una secta retom&oacute; estas creencias y adem&aacute;s explicaban que la luna empieza a menguar cuando ha llevado las almas luminosas hacia el sol.<\/p>\n<p>En efecto, cuando el primer astronauta pudo pisar el suelo de la luna, al no encontrar ni una sola alma, empez&oacute; a buscar la forma de conquistar al sol para encontrarse con las almas de los seres que un d&iacute;a se marcharon de la tierra.<\/p>\n<p>Hasta hoy, pocos hombres han podido mirar el rostro de la luz.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><strong>Jardines<\/strong><\/p>\n<p><em>Manuela Vicente Fern&aacute;ndez (Espa&ntilde;a)<\/em><\/p>\n<p>Faustino se duerme con la tele puesta todas las tardes a las ocho en punto y sue&ntilde;a con una mujer que trajina en la cocina, que riega las plantas y sirve a las nueve un exquisito guiso en el jard&iacute;n. Atra&iacute;do por el olor, Faustino se despierta, se ducha y se pone guapo para la ocasi&oacute;n. Solo al salir al patio recuerda que no tiene jard&iacute;n, que tiene alergia al compromiso y que el olor del estofado de su vecina le ha abducido en su sue&ntilde;o, otra vez.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><strong>El otro<\/strong><\/p>\n<p><em>Gabriel Ramos (M&eacute;xico)<\/em><\/p>\n<p>Me encuentro en un p&aacute;ramo donde lo &uacute;nico que puedo ver son los matorrales. Siento las intensas y fuertes r&aacute;fagas de viento que penetran en mis ropas y me provocan un fr&iacute;o insoportable. Llega un hombre montado en un caballo negro con un mech&oacute;n blanco en su cabeza. No puedo distinguir qui&eacute;n es, aunque tiene un ligero parecido a m&iacute; en la forma de la cara y el pelo canoso. Cuando se aproxima un poco m&aacute;s, me doy cuenta que ambos tenemos los mismos ojos: uno azul, en tanto que el otro mitad azul y mitad verde.<\/p>\n<p>Se acerca a&uacute;n m&aacute;s y por su gesto puedo entender que est&aacute; pidiendo ayuda, extiendo mi mano, la toma fuertemente, me tira hasta subirme al caballo y de manera casi instant&aacute;nea yo quedo arriba, mientras &eacute;l se baja.<\/p>\n<p>Ahora soy yo qui&eacute;n queda perdido en el tiempo.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>On&iacute;rico N&eacute;lida Ca&ntilde;as (Argentina) He despertado, pero a&uacute;n no he salido de la casona donde sopla el viento. Recibo a un reci&eacute;n llegado que me recuerda a un t&iacute;o de mi padre a quien vi una sola vez, cuando ni&ntilde;a. 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