{"id":2150,"date":"2024-06-11T12:10:08","date_gmt":"2024-06-11T12:10:08","guid":{"rendered":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/consultario\/2024\/06\/11\/las-anotaciones-del-capitan-pont\/"},"modified":"2024-06-11T12:10:08","modified_gmt":"2024-06-11T12:10:08","slug":"las-anotaciones-del-capitan-pont","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/desde-el-sur\/las-anotaciones-del-capitan-pont\/","title":{"rendered":"Las anotaciones del capitn Pont"},"content":{"rendered":"<p>Entr&eacute; a la habitaci&oacute;n de adobe con piso de tierra y el fuego ardiendo en una cocina de barro improvisada, un poco m&aacute;s alta que el piso, donde una olla y una caldera eran el centro de la atenci&oacute;n de Benito, un hombre de otro siglo que por cosas del destino a&uacute;n est&aacute; entre nosotros. El hombre, muy gentil, coloc&oacute; un cuero de oveja sobre un banco de madera y me invit&oacute; a tomar asiento.<\/p>\n<p>Su rostro surcado por el tiempo no ten&iacute;a edad. Sus ojos ten&iacute;an un brillo y una viveza propios de un ni&ntilde;o, enmarcados por una vasta cabellera gris&aacute;cea. &Eacute;l frot&oacute; las grandes manos y habl&oacute; del frio que castigaba los &uacute;ltimos d&iacute;as, a sabiendas de que me interesaba conocer un poco de la historia de su vida y de los cuentos que escuch&oacute;. &Eacute;l mostr&oacute; sus dientes perfectos con una larga sonrisa y comenz&oacute; a contar:<\/p>\n<p>&mdash;Hace tiempo, cuando yo nac&iacute;, nadie imaginaba que &eacute;ste mundo viejo de Dios dar&iacute;a tantas vueltas y cambiar&iacute;a hasta las cosas que todos pens&aacute;bamos que no se pod&iacute;a cambiar. Desde luego, no logran hacer las cosas c&oacute;mo las hace Dios, pero por fuera el intento es casi perfecto. Por ejemplo, cuando uno mira medio de lado, hay hombres que parecen mujercitas, pero no logran ser perfectos porque no pueden parir, hasta el momento, l&oacute;gicamente&hellip; Quiz&aacute;s, m&aacute;s adelante lo logren. Tal vez el Dios les d&eacute; permiso. Uno nunca sabe. La verdad, es que las cosas cambian despu&eacute;s de cada guerra, todo cambia despu&eacute;s de cierto tiempo.<\/p>\n<p>S&eacute; de lo que hablo, porque ya perd&iacute; la cuenta de mis a&ntilde;os de vida. Para ajustarlos tengo que buscar papel y l&aacute;piz y hacer un c&aacute;lculo. Mucha gente piensa que soy una especie de fantasma que se levant&oacute; en medio de los muertos&hellip; Entiendes &eacute;stas cosas que dice el pueblo, porque no tienen una explicaci&oacute;n para lo que sale de su normalidad. La verdad es que sobreviv&iacute; al tiempo y tuve que ir al entierro de todos. No fue f&aacute;cil&hellip; Pero somos hechos para aguantar los tiempos de paz y los tiempos de guerra. Entonces, cuando nac&iacute;, el mundo era diferente. En aquellos tiempos los campos no ten&iacute;an alambrados, eran uno s&oacute;lo, sin cercas y muchas veces sin due&ntilde;os. Cualquiera montaba un caballo, sub&iacute;a un cerrito y pod&iacute;a descubrir el horizonte sin fin. Y por extra&ntilde;o que parezca, la gente normalmente era m&aacute;s accesible a los sentimientos de generosidad. Despu&eacute;s, empezaron a dividir los campos como un plato de porcelana que al caer se rompe en pedazos peque&ntilde;os. Dios hizo el campo sin potreros&hellip; Eran perfectos.<\/p>\n<p>En mis andanzas, conoc&iacute; a un tal capit&aacute;n Pont, que dice que lleg&oacute; de las bandas del Oriente y me cont&oacute; cosas que no entraban en mi mente, pero me dio un trago, no s&eacute; de qu&eacute; y despu&eacute;s, coment&oacute; que yo iba a vivir para ver que era verdad todo lo que &eacute;l hablaba. Me dio un cuadernito con tapa de cuero, donde ten&iacute;a todo lo dicho anotado. No s&eacute; por qu&eacute; el hombre pod&iacute;a adivinar el futuro, por qu&eacute; sab&iacute;a todo lo que pasar&iacute;a, hasta que yo seguir&iacute;a viviendo para empalagarme de la vida. Habl&oacute; de la luz el&eacute;ctrica, de la televisi&oacute;n, de las guerras, del celular, de las armas climatol&oacute;gicas y muchas cosas inveros&iacute;miles, en aquel entonces&hellip; Era interesante escuchar sus cuentos, pero todo parec&iacute;a fantas&iacute;a. Parec&iacute;a locura.<\/p>\n<p>&nbsp;En la vida de campo, la mayor parte del tiempo, uno trabaja s&oacute;lo. Camina s&oacute;lo. Entonces yo ten&iacute;a tiempo para pensar en las cosas que habl&oacute; aqu&eacute;l hombre extra&ntilde;o de ojos color violeta y cabello claro, facciones que no se ven en la banda Oriental. Yo me sent&iacute;a en el limbo, porque no pod&iacute;a contar a nadie lo que escuch&eacute;. Pod&iacute;an llamarme de loco o de mentiroso. Mejor era callarme. Guard&eacute; bien el cuadernito, justo aqu&iacute;&hellip; Porque yo no necesitaba leerlo, me lo sab&iacute;a de memoria. No pod&iacute;a olvidar aqu&eacute;l hombre extra&ntilde;o que habl&oacute; tanta cosa y se fue. Dej&oacute; el cuadernito y su trago que est&aacute; all&iacute; en la repisa y nunca m&aacute;s lo tom&eacute;. Hasta hoy, no habl&eacute; de eso a nadie. Pens&eacute; que qui&eacute;n viviera llegar&iacute;a a ver las novedades que me cont&oacute; el capit&aacute;n Pont.<\/p>\n<p>De aquella &eacute;poca, solamente yo viv&iacute; lo suficiente para ver tanta cosa. Los otros murieron pronto, muy pronto se desgastaban&hellip;Me enter&eacute; de todo, mis contempor&aacute;neos no vieron nada. Ni los otros, porque cuando una cantidad de gente mor&iacute;a, aparec&iacute;an otras invenciones, aparec&iacute;a otra gente y s&oacute;lo yo estaba ah&iacute;, viendo todo, enter&aacute;ndome de lo que ya sab&iacute;a desde antes. Algunas veces, yo pasaba horas confiriendo con el cuadernito de tapa de cuero, todo cuanto ocurr&iacute;a y todo lo que inventaba la mente humana&hellip;<\/p>\n<p>No s&eacute; por qu&eacute; te cuento, pero, ahora que destruyeron los pueblos del <em>Rio Grande de San Pedro<\/em>, mira, aqu&iacute; est&aacute; escrito en el cuadernito con la tapa de cuero, ya empieza el fin del mundo.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Entr&eacute; a la habitaci&oacute;n de adobe con piso de tierra y el fuego ardiendo en una cocina de barro improvisada, un poco m&aacute;s alta que el piso, donde una olla y una caldera eran el centro de la atenci&oacute;n de Benito, un hombre de otro siglo que por cosas del destino a&uacute;n est&aacute; entre nosotros. 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