{"id":2076,"date":"2024-04-02T02:28:11","date_gmt":"2024-04-02T02:28:11","guid":{"rendered":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/consultario\/2024\/04\/02\/acercamiento-a-la-muerte-en-el-verano\/"},"modified":"2024-04-02T02:28:11","modified_gmt":"2024-04-02T02:28:11","slug":"acercamiento-a-la-muerte-en-el-verano","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/desde-el-sur\/acercamiento-a-la-muerte-en-el-verano\/","title":{"rendered":"Acercamiento a la muerte en el verano"},"content":{"rendered":"<p><span style=\"font-weight: 400;\">Era verano cuando mi padre fue transferido. Fuimos a vivir en otra ciudad, en la calle Benjamin Constant, d&oacute;nde r&aacute;pidamente todos los ni&ntilde;os del vecindario se hicieron amigos de mis hermanos y de m&iacute;. Sus madres nos invitaban a tomar el caf&eacute; de la tarde en sus casas para poder averiguar, discretamente, la vida de mis padres. S&oacute;lo la madre de Miguel nunca nos llam&oacute; a su casa, que era vecina de los padres de Fabio. El padre era m&eacute;dico. Despu&eacute;s, supimos que la madre de Miguel era la empleada de la casa donde viv&iacute;an, que atend&iacute;a a dos se&ntilde;oras ancianas. Era extra&ntilde;o, porque las dos se&ntilde;oras no sal&iacute;an ni se asomaban por la ventana. Eran como un gusano en el coraz&oacute;n de la manzana: estaban all&iacute;, pero nadie las ve&iacute;a.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Los d&iacute;as de verano transcurr&iacute;an apacibles, como suelen ser los d&iacute;as calurosos cuando uno es ni&ntilde;o, sin novedades desde el desayuno hasta el anochecer con sabor a jugo de frutas o <\/span><em><span style=\"font-weight: 400;\">Toddy<\/span><\/em><span style=\"font-weight: 400;\"> helado. Entonces el padre regresaba a la casa despu&eacute;s de su ardua jornada, cen&aacute;bamos sonrientes escuchando al padre sin saber que la vida es un hilo tenue que se desvanece a cada instante.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Un s&aacute;bado por la ma&ntilde;ana lleg&aacute;bamos del supermercado, ansiosos por comer los yogures frutados (eran los primeros que aparec&iacute;an en copos de pl&aacute;stico; antes s&oacute;lo vend&iacute;an yogurt sin sabor, medio agrio, en botellitas de vidrio). Un vecino que viv&iacute;a a dos casas de la nuestra, el se&ntilde;or Saade, empez&oacute; a hablar con mi padre. Cont&oacute; que, en la casa de enfrente, donde viv&iacute;a Miguel, viv&iacute;an su madre y hermana. La madre anciana, prostrada en cama y la hermana anciana, tambi&eacute;n, que fue ciega y deficiente mental toda la vida.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Cuando entramos a nuestra casa, mi madre coment&oacute; que una madre es capaz de todo y que la se&ntilde;ora no descansar&iacute;a antes que su hija. Nosotros no sab&iacute;amos de la muerte, tampoco d&aacute;bamos importancia a la reflexi&oacute;n que hac&iacute;a mi madre sobre las dos se&ntilde;oras que nadie ve&iacute;a, pero que viv&iacute;an en nuestra calle. En aquel momento quer&iacute;amos comer yogurt frutado antes del almuerzo.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Un domingo, los padres de Fabio llegaron de Estados Unidos e hicieron que sus hijos llamaran a todos los ni&ntilde;os del vecindario a su casa. Nos regalaron cantidad de golosinas del pa&iacute;s del norte, coloridas, de modelos diferentes, con envolturas novedosas y sabores incre&iacute;bles. Era un fest&iacute;n en un d&iacute;a cualquiera de verano, una alegr&iacute;a que no ten&iacute;a palabras que la comunique, &eacute;ramos sonrisas con y sin dientes, dependiendo de la edad de cada uno de nosotros.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Do&ntilde;a Amalia, la vecina de al lado, bord&oacute; una pata con sombrero en mi vestido nuevo azul y blanco. Sus hijas, Estela Dalva y Estela Maris, llegaron de un proyecto en la Amazonia y organizaron una sesi&oacute;n de <\/span><em><span style=\"font-weight: 400;\">Slides<\/span><\/em><span style=\"font-weight: 400;\"> en su casa. Todos los vecinos vimos c&oacute;mo viven los indios en la selva. Las explicaciones y las im&aacute;genes se quedaron como cuadros importantes en la memoria.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">El verano iba llegando a su fin. Una tarde, mi madre dijo que no pod&iacute;amos salir a la calle a jugar cuando los otros ni&ntilde;os gritaron por nuestros nombres a la puerta. Me molest&eacute; y coloqu&eacute; una silla en la ventana de su dormitorio. Me qued&eacute; mirando hacia afuera y vi que sal&iacute;a una caja de color caf&eacute; de la casa de Miguel. Llam&eacute; a mi madre para que me explicara lo que pasaba. Entonces ella me dijo que la caja era un ata&uacute;d, que conten&iacute;a el cuerpo de la hija ciega de la se&ntilde;ora del frente. Dos d&iacute;as despu&eacute;s, sali&oacute; otro ata&uacute;d de la casa de Miguel. Pregunt&eacute; a mi madre qu&eacute; pasaba. Ella dijo que la se&ntilde;ora del frente hab&iacute;a descansado.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Despu&eacute;s llovi&oacute; mucho&hellip; Y otra vez era s&aacute;bado. Entonces fuimos con mis padres a comprar el uniforme para ir al k&iacute;nder. Pronto empezar&iacute;an las clases.<\/span><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Era verano cuando mi padre fue transferido. 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