{"id":2008,"date":"2024-01-23T02:54:54","date_gmt":"2024-01-23T02:54:54","guid":{"rendered":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/consultario\/2024\/01\/23\/el-tatuaje-una-defensa-ante-el-olvido\/"},"modified":"2024-01-23T02:54:54","modified_gmt":"2024-01-23T02:54:54","slug":"el-tatuaje-una-defensa-ante-el-olvido","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/kaos\/el-tatuaje-una-defensa-ante-el-olvido\/","title":{"rendered":"El tatuaje: una defensa ante el olvido"},"content":{"rendered":"<p style=\"text-align: right;\"><em>El hombre ilustrado era un museo ambulante. No era &eacute;sta la obra de esos ordinarios tatuadores de feria que trabajaban con tres colores y un aliento que huele a alcohol. Era el trabajo de un genio; una obra vibrante, clara y hermosa.<\/em><\/p>\n<p style=\"text-align: right;\">Ray Bradbury, <em>El hombre ilustrado<\/em><\/p>\n<p style=\"text-align: right;\">&nbsp;<\/p>\n<p>La humanidad, desde su origen, ha desarrollado diversas estrategias de resistencia al olvido. La humanidad surge justamente por el af&aacute;n de trascendencia. La idea de la trascendencia dej&oacute; marcas (flores, manos) en las primeras tumbas encontradas, se&ntilde;alando con ello el inicio del proceso de hominizaci&oacute;n. Las pinturas del paleol&iacute;tico, en el &ldquo;pozo&rdquo; de las <em>cuevas de Lascaux,<\/em> por ejemplo<em>,<\/em> son huella de las m&aacute;s antiguas muestras de este af&aacute;n humano de permanencia en la memoria.<\/p>\n<p>El psicoan&aacute;lisis ha dejado de manifiesto que el cuerpo est&aacute; hecho para ser marcado por el Otro. Sin esas marcas del Otro no hay sujeto. El cuerpo humano muy pronto se convirti&oacute; en un lienzo donde se plasm&oacute; la resistencia al olvido. Se han encontrado momias tatuadas en los glaciares de los Alpes con una antig&uuml;edad calculada entre 3700 y 5200 a&ntilde;os. Se se&ntilde;ala a la cultura m&aacute;s antigua, la Sumeria, como aquella donde se origina la pr&aacute;ctica del tatuaje. Aun cuando las diversas y m&aacute;s antiguas civilizaciones han recurrido al tatuaje como defensa contra el olvido, son distintas las modulaciones en cada una. El tatuaje tiene una lectura singular: se juegan de una manera especial, en nuestra <em>sociedad l&iacute;quida,<\/em> como bautiz&oacute; Zymunt Bauman a la forma actual de estar en sociedad. Resulta sumamente significativo interrogarse sobre el porqu&eacute; se sigue recurriendo al tatuaje, existiendo tantas otras maneras de preservar los legados humanos. Quiz&aacute; porque involucra al cuerpo, lo que se considera, err&oacute;neamente por cierto, lo m&aacute;s propio. O quiz&aacute;s, hacerse tatuar sea justamente otra forma de apropiarse de aquello de lo que no nos podemos apropiar en definitiva: el cuerpo.<\/p>\n<p>Los tatuajes, como otras pr&aacute;cticas que involucran al cuerpo (<em>piercing<\/em>, intervenciones o extensiones del cuerpo, incrustaciones, etc.), no s&oacute;lo buscan ser una defensa contra lo fugaz de la existencia y de lo vivido, no son s&oacute;lo intentos de preservaci&oacute;n de lo perdido; son tambi&eacute;n medios para constituirse una identidad y garantizarse as&iacute; una pertenencia o una jerarqu&iacute;a. En fin, los tatuajes permiten hacerse de una singularidad que permita representarse ante otros sujetos y hacerse (reconocerse) un lugar en el sorprendente v&eacute;rtigo en que se juegan las relaciones humanas en nuestro tiempo. El tatuaje es una forma de ser ante Otro.<\/p>\n<p>Hace ya tiempo que las instituciones (las iglesias, el Estado, la familia) que nos daban la sensaci&oacute;n de pertenencia y generaban cierta seguridad identitaria han venido cayendo en fuerte descr&eacute;dito. Declinaci&oacute;n del Otro, le llaman en psicoan&aacute;lisis. Hay que se&ntilde;alar que como sociedad vivimos una crisis que no se ha vivido en ning&uacute;n otro momento de la historia, distinta, in&eacute;dita, con respecto a las crisis de cada &eacute;poca. Con nuestra modernidad l&iacute;quida, tenemos que sortear una profunda crisis (nuestra crisis) de credibilidad, m&aacute;s a&uacute;n, vivimos una atomizaci&oacute;n de la credibilidad a partir de la segunda mitad del siglo XX. Se ha hablado, incluso, ya del <em>fin de la ideolog&iacute;a<\/em> (con Daniel Bell desde los a&ntilde;os sesenta); incluso se acu&ntilde;&oacute; el t&eacute;rmino <em>fin de la historia<\/em> (con Francis Fukuyama). La desconfianza e incertidumbre se generalizan y hacen evanescentes los grandes mitos. Las instituciones encargadas de garantizar un m&iacute;nimo de seguridad en el porvenir se encuentran en ruinas. &iexcl;No quedan m&aacute;s principios!, sentenciaba George Steiner en su libro <em>Gram&aacute;ticas de la pasi&oacute;n<\/em>. Ante un escenario tal, ante lo angustiante, propongo que, entre otras respuestas, el cuerpo se vuelve lienzo de lo real, superficie donde se dejan las huellas de la historia del sujeto que han quedado silenciadas en lo social. El cuerpo es superficie que, con el tatuaje, le da lugar al lazo social. El tatuaje como una <em>se&ntilde;al<\/em> expuesta al Otro, el tatuaje es <em>se&ntilde;al<\/em> plasmada en lo real del cuerpo.<\/p>\n<p>Para Bauman, &ldquo;la nuestra es una versi&oacute;n privatizada de la modernidad, en la que el peso de la construcci&oacute;n de pautas y la responsabilidad del fracaso recae en los hombros del individuo&rdquo;. Sabemos que la modernidad es la cuna del hombre tr&aacute;gico, aquel que se ve abandonado por los dioses y no tiene m&aacute;s camino que hacerse cargo de s&iacute; mismo, de sus miserias y sus grandezas. No hay m&aacute;s voltear al cielo esperando la salvaci&oacute;n. Se viven tiempos vac&iacute;os de dioses, donde cada uno tendr&aacute; que recocerse a s&iacute; mismo como portador de la <em>conciencia desgraciada<\/em>, como ense&ntilde;a Hegel. Contrario a lo que se piensa, en tiempos de la hiper-informaci&oacute;n, la inscripci&oacute;n de la diferencia ha perdido el espacio intersubjetivo (el mundo no tolera, y cada vez m&aacute;s, la diferencia) del ser, por lo que el cuerpo es el &uacute;ltimo reducto (quiz&aacute; siempre fue el &uacute;nico) para <em>sentir<\/em>.<\/p>\n<p>Que el cuerpo devenga como el &uacute;ltimo reducto para la inscripci&oacute;n de la diferencia no lo salva de que se encuentre, en nuestros d&iacute;as, en una encrucijada: ha sido y es exaltado como la &uacute;ltima de nuestras tierras de reconocimiento (se viven sin duda tiempos de culto al cuerpo, a la imagen del cuerpo), pero al mismo tiempo, el cuerpo se nos muestra como lo m&aacute;s ajeno, virtual incluso, a partir de una cibercultura que lo exilia para darle todo el peso e importancia a la imagen. En este segundo aspecto, la cirug&iacute;a est&eacute;tica se ha convertido en la panacea que corregir&aacute; el cuerpo imperfecto del que somos portadores. Andr&eacute; Le Bret&oacute;n escribe: &ldquo;se hace del cuerpo un socio que se mima o un adversario que se combate para darle la forma deseada&rdquo;. Esto me recuerda aquella famosa <em>Querella de las mujeres<\/em>, ese hermoso y poderoso debate filos&oacute;fico y pol&iacute;tico protagonizada, entre otras, por Christine de Pizan, a lo largo de los siglos XIV al XVIII, donde la cuesti&oacute;n a debatir era si las mujeres debieran o no maquillarse. Se dec&iacute;a que hacerlo ser&iacute;a corregir la obra de dios, pero tambi&eacute;n no maquillarse implicaba renunciar a una libertad y al ejercicio de la libertad sobre el propio cuerpo. En esas estamos, el tatuaje es una forma de maquillar el cuerpo, el ejercicio de una libertad.<\/p>\n<p>Aunque Sigmund Freud nunca realiz&oacute; un trabajo exclusivo sobre el cuerpo, sabemos que el psicoan&aacute;lisis descubre la existencia y operaci&oacute;n de un cuerpo que no se abarca con el saber m&eacute;dico. Se trata de un cuerpo er&oacute;geno; un cuerpo que es fuente de excitaciones y obedece a una topolog&iacute;a in&eacute;dita que se constituye no ya desde lo biol&oacute;gico sino desde el inconsciente. La existencia de este cuerpo, del yo-cuerpo inclusive, nos obliga a pensar de un modo diferente la forma en que <em>se vive<\/em> un cuerpo y la forma en que cada sujeto <em>se hace<\/em> de un cuerpo. Pero si el cuerpo tiene una dimensi&oacute;n er&oacute;tica, el tatuaje que se hace cuerpo, sin duda, es narrativa visual de esa dimensi&oacute;n er&oacute;tica. Con el tatuaje, el sujeto vive la er&oacute;tica de su historia.<\/p>\n<p>En estos derroteros, podemos asumir que una de las formas a las que se recurre para &ldquo;hacerse de un cuerpo&rdquo; es el tatuaje y, adem&aacute;s, se trata de una marca del Otro. El cuerpo, al ser marcado, es reorganizado, preparado para nuevas funciones, provocando efectos de eficacia simb&oacute;lica. &ldquo;Ya soy otro&rdquo; ser&iacute;a el mensaje impl&iacute;cito al hacerse tatuar. De alguna manera, con el tatuaje, la piel es tratada como un lienzo donde proyectar fantas&iacute;as, afectos, angustias, miedos. Una forma otra de no estar solo. Tatuarse implica hacer historia visual de las cicatrices del alma.<\/p>\n<p>Entre las muchas aristas del tatuaje, una esencial es su v&iacute;nculo con el dolor. En la cl&iacute;nica con frecuencia escuchamos que al procurarse un dolor f&iacute;sico se hace mucho m&aacute;s tolerable el desborde inconmensurable de un dolor incierto, un dolor del alma e incluso el dolor de existir. El dolor de una p&eacute;rdida s&uacute;bita encuentra consuelo subjetivo en el dolor del cuerpo. El dolor, sin duda, juega un factor preponderante en la construcci&oacute;n de la subjetividad. El dolor es el l&iacute;mite que reconoce Kant ante el imperativo categ&oacute;rico, lo mismo que resulta ser la v&iacute;a &eacute;tica de Sade. El dolor que preserve del olvido.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>El hombre ilustrado era un museo ambulante. No era &eacute;sta la obra de esos ordinarios tatuadores de feria que trabajaban con tres colores y un aliento que huele a alcohol. Era el trabajo de un genio; una obra vibrante, clara y hermosa. Ray Bradbury, El hombre ilustrado &nbsp; La humanidad, desde su origen, ha desarrollado [&hellip;]<\/p>\n","protected":false},"author":100,"featured_media":2009,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[21],"tags":[],"class_list":["post-2008","post","type-post","status-publish","format-standard","has-post-thumbnail","hentry","category-kaos"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/2008","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/wp-json\/wp\/v2\/users\/100"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=2008"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/2008\/revisions"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/wp-json\/wp\/v2\/media\/2009"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=2008"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=2008"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=2008"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}