{"id":1958,"date":"2023-12-06T00:31:40","date_gmt":"2023-12-06T00:31:40","guid":{"rendered":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/consultario\/2023\/12\/06\/ecce-homo\/"},"modified":"2023-12-06T00:31:40","modified_gmt":"2023-12-06T00:31:40","slug":"ecce-homo","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/desde-el-sur\/ecce-homo\/","title":{"rendered":"Ecce homo"},"content":{"rendered":"<p>La pluma de Miguel, incre&iacute;blemente, flot&oacute; del cuadro hasta su mano. Entonces, se sinti&oacute; especial por recibir semejante milagro, a las cuatro de la tarde, en pleno mi&eacute;rcoles de ceniza. Pens&oacute; que pod&iacute;a ser una especie de premio, porque en tantos a&ntilde;os de vida, nunca se embriag&oacute;, tampoco experiment&oacute; drogas, ni siquiera cigarrillos. Y como vivi&oacute; el recato, pudoroso (casi todo el tiempo), que le ense&ntilde;o su abuela, crey&oacute; que merec&iacute;a un milagro. La pluma de Miguel era el milagro que faltaba para que ella se sintiera especial.<\/p>\n<p>Con el toque de la pluma sinti&oacute; un calor inmenso en todo su cuerpo, como si se hubiera ruborizado desde el pie hasta la cabeza. Cerr&oacute; la mano y los ojos y agradeci&oacute; a Dios y a Miguel, por semejante prodigio. Despu&eacute;s abri&oacute; los ojos y volvi&oacute; a mirar el cuadro y no hab&iacute;a m&aacute;s pluma en la pintura, abri&oacute; la mano y &iexcl;hela, ah&iacute;!<\/p>\n<p>Sali&oacute; a la calle y vio el mundo con otros ojos, como si la pluma le hiciera ver todo m&aacute;s claro. (No me refiero a la claridad de la luz. Hablo de esa claridad de la mente, que logra conectar todo en el universo, por lo menos, en el universo que te rodea, que le rodeaba en aqu&eacute;l instante).<\/p>\n<p>Mir&oacute; al poste y vio la cara del hombre que secuestr&oacute; la ni&ntilde;a en la escuela; se acerc&oacute; m&aacute;s al poste y al mirar la cara estampada del delincuente vio, en sus ojos, el calabozo donde ocultaba a la ni&ntilde;a secuestrada de la escuela. Entonces, mir&oacute; m&aacute;s persistentemente y la imagen de la cara del facineroso simplemente desapareci&oacute;.<\/p>\n<p>Tomada por sorpresa, ella vio el poste de cemento y, medio desconcertada, dio unos pasos y par&oacute; a la vera de la calle, esperando que pasara el Lamborghini que se aproximaba corriendo, tal vez el chofer estuviera loco para imprimir semejante velocidad en la ciudad. Cuando el Lamborghini pas&oacute;, ella vio el rostro del conductor y reconoci&oacute; al secuestrador de la ni&ntilde;a que est&aacute; en el calabozo, al tiempo que escuch&oacute; un ruido seco y mir&oacute; al asfalto viendo a un perro gato aplastado sangrante.<\/p>\n<p>El rostro del criminal qued&oacute; muy presente en su mente, entonces cruz&oacute; la calle a unos metros del lugar que se encontraba, para no pisar en la sangre del perro gato aplastado en el asfalto.<\/p>\n<p>En su mente estaba la inc&oacute;gnita de qui&eacute;n ser&iacute;a la ni&ntilde;a secuestrada por el conductor del Lamborghini, que aplast&oacute; al perro gato en el asfalto.<\/p>\n<p>Entr&oacute; a un local discreto por una taza de caf&eacute;, donde un televisor encendido daba cuenta de los d&iacute;as de carnaval, del tr&aacute;fico de armas, de la algarab&iacute;a colorida, de la trata de personas, de los espectadores de la fiesta pagana, del comercio de estupefacientes, entre otras noticias. Ella no puso mucha atenci&oacute;n a la pantalla distractora y ruidosa, hasta que vio el rostro del conductor del Lamborghini hablando sobre intereses del Estado. Sinti&oacute; un escalofri&oacute; desde el pie hasta el cuero cabelludo; de forma autom&aacute;tica, se&ntilde;al&oacute; la pantalla sin poder pronunciar palabra alguna, tal era su desconcierto; estaba at&oacute;nita; por unos segundos, no logr&oacute; coordinar las ideas.<\/p>\n<p>Se repuso, pag&oacute; y sali&oacute; del caf&eacute; hacia la calle, sin rumbo, porque estaba desconcertada. En la acera, a unos cinco metros de ella, vio que el Lamborghini estaba parqueado y el chofer, asesino de perro gato en el asfalto, secuestrador de ni&ntilde;a, estaba al volante. Ella se detuvo y trat&oacute; de enterarse qu&eacute; hac&iacute;a &eacute;l all&iacute;. No tard&oacute; m&aacute;s de dos minutos para escuchar los disparos y gritos que sal&iacute;an de la joyer&iacute;a del frente. Sus pantorrillas temblaron, como un particular terremoto, que no le permit&iacute;an moverse. Los asaltantes se fueron en un veh&iacute;culo que pas&oacute; a recogerlos. En seguida el conductor del Lamborghini parti&oacute;, desapareciendo en la ancha avenida. Ella gir&oacute; sobre su propio eje y regres&oacute; apresurada a buscar el cuadro de Miguel. Mientras pensaba que, tal vez, el perro gato aplastado en el asfalto no ten&iacute;a nada que ver con la foto de la ni&ntilde;a secuestrada de la escuela, tampoco se relacionaba con el comercio de estupefacientes ni con el tr&aacute;fico de armas o la trata de personas. Tal vez, la ni&ntilde;a nunca existi&oacute; y todo era una mala pasada de su mente que, en el fondo, no se sent&iacute;a digna de recibir un milagro de Miguel.<\/p>\n<p>Se par&oacute; delante del cuadro y cuando se dispuso a comunicarse en oraci&oacute;n con Dios y con Miguel, para devolver la pluma, sinti&oacute; una pesada mano en su hombro; r&aacute;pidamente, se dio la vuelta y vio delante de s&iacute; al secuestrador que mantiene a la ni&ntilde;a en el calabozo, el mismo que dirig&iacute;a el asalto a la joyer&iacute;a, el que aplast&oacute; al perro gato en el asfalto y maneja el Lamborghini.<\/p>\n<p>Tomada por el pavor, ella reuni&oacute; fuerzas desde el fondo de sus entra&ntilde;as, y dej&oacute; escapar un sonido ronco exclamando:<\/p>\n<p>&mdash;&iexcl;Ecce homo!<\/p>\n<p>Mientras que el hombre que apareci&oacute; en las noticias hablando sobre asuntos del Estado sonri&oacute; y con toda calma y fineza de un verdadero <em>gentleman<\/em>, le dijo:<\/p>\n<p>&mdash;La pluma de Miguel o la vida&hellip;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>La pluma de Miguel, incre&iacute;blemente, flot&oacute; del cuadro hasta su mano. 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