{"id":1872,"date":"2023-09-19T04:03:15","date_gmt":"2023-09-19T04:03:15","guid":{"rendered":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/consultario\/2023\/09\/19\/las-encrucijadas-del-amor\/"},"modified":"2023-09-19T04:03:15","modified_gmt":"2023-09-19T04:03:15","slug":"las-encrucijadas-del-amor","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/kaos\/las-encrucijadas-del-amor\/","title":{"rendered":"Las encrucijadas del amor"},"content":{"rendered":"<p>Portada: Marc Chagall, <em>Sobre la ciudad<\/em>, 1918.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><em>Nunca estamos menos protegidos contra las cuitas que cuando amamos; nunca <\/em><\/p>\n<p><em>m&aacute;s desdichados y desvalidos que cuando hemos perdido al objeto amado o a su <\/em><\/p>\n<p><em>amor. Pero la t&eacute;cnica de vida fundada en el valor de felicidad del amor no se agota con esto: queda a&uacute;n mucho por decir<\/em><em>.<\/em><em> <\/em><\/p>\n<p>Sigmund Freud<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><em>E<\/em><em>l amor muestra en su origen ser contingente<\/em><em>.<\/em><\/p>\n<p>Jacques Lacan<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Para Karla, y por la contingencia.<\/p>\n<h1>&nbsp;<\/h1>\n<p><em>&iquest;Qu&eacute; es el amor? <\/em><\/p>\n<p><em>Pocas preguntas nos pueden abrir tanto a un mundo de significaciones como las referentes al amor<\/em><em>:<\/em><em> &iquest;Es natural, <\/em><em>se trata de<\/em><em> <\/em><em>un <\/em><em>artificio<\/em><em>, es un enga&ntilde;o o la revelaci&oacute;n de la verdad?<\/em><em> <\/em><em>&iquest;Es acaso una <\/em><em>enfermedad, <\/em><em>una <\/em><em>locura o <\/em><em>un <\/em><em>signo de normalidad?<\/em><em> &iquest;Es una ilusi&oacute;n de completud o el sufrimiento de la imposibilidad de completarse? <\/em><em>Estas cuestiones <\/em><em>y muchas otras en torno al amor <\/em><em>nos sumergen en un mundo de ambig&uuml;edad<\/em><em>.<\/em><\/p>\n<p><em>Si hay algo que acompa&ntilde;a a la experiencia amorosa, desde el inicio, es su car&aacute;cter de contingente. <\/em><em>S&oacute;lo se accede a <\/em><em>la vivencia del amor<\/em><em> de manera contingente<\/em><em>, eso ocurre de manera inexorable, no es una casualidad sino una causalidad. En la elecci&oacute;n hay algo de azar, sin duda, pero no sin causa<\/em><em>.<\/em><em> La palabra contingente significa, seg&uacute;n la RAE, &ldquo;lo que puede suceder o no suceder&rdquo;. Dicho en t&eacute;rminos del psicoan&aacute;lisis, hablando del amor, la elecci&oacute;n de objeto de amor es contingente. No se elige a voluntad, no hay elecci&oacute;n de objeto que no est&eacute; orientada por una dimensi&oacute;n inconsciente. &iexcl;Vaya paradoja! Es una decisi&oacute;n en donde se apuesta la vida y, sin embargo, escapa a nuestra voluntad. En la elecci&oacute;n de objeto de amor, en toda elecci&oacute;n, algo se juega m&aacute;s all&aacute; del yo.<\/em><\/p>\n<p><em>Si algo sabemos del amor es que, sea cual sea su historia, no escapa a la incertidumbre. As&iacute; ocurre, particularmente, en el amor moderno, donde la elecci&oacute;n se propone como libre. Sin duda, en el amor se trata de una experiencia cuyas coordenadas van m&aacute;s all&aacute; de las hormonas o lo cognitivo, y adem&aacute;s no atiende a educaci&oacute;n alguna. En la experiencia amorosa, como con la pulsi&oacute;n, hay algo de indome&ntilde;able. <\/em><\/p>\n<p><em>Por otro lado, Sigmund Freud, nos muestra que el amor, la experiencia amorosa, transita por y desde una dimensi&oacute;n subjetiva llamada narcisismo. El narcisismo se expresa en el anhelo de ser Uno con quien se ama. Y eso, en el mejor de los casos, desemboca en una decepci&oacute;n.<\/em><\/p>\n<p><em>Es decir, el encuentro narcisista con el otro, en tanto ilusorio, implica el desencuentro. Negar esto y persistir en el puro encuentro, en el encuentro sin fallas, sin falta, sin dar lugar a la diferencia, o a la decepci&oacute;n, lo torna peligroso.<\/em><\/p>\n<p><em>Como se ve, r<\/em><em>esulta <\/em><em>complicado, si no <\/em><em>imposible<\/em><em>,<\/em><em> <\/em><em>plantear <\/em><em>una definici&oacute;n o respuesta efectiva <\/em><em>sobre qu&eacute; es el amor, e incluso si el amor tiene un ser, <\/em><em>en tanto que, por parad&oacute;jico que parezca, el amor se establece sobre la base del desencuentro, aunque sus protagonistas crean que es un encuentro.<\/em><\/p>\n<p><em>Al respecto, hay una frase <\/em><em>archirrepetida d<\/em><em>el psicoanalista franc&eacute;s Jacques Lacan: El amor es dar lo que no se tiene a quien no es. Es una f<\/em><em>&oacute;rmula<\/em><em> que apunta de manera directa a eso enigm&aacute;tico que deja su huella de imposibilidad<\/em><em> en el encuentro amoroso<\/em><em>.<\/em><em> Ya escrib&iacute;a en otro momento que la condici&oacute;n m&iacute;nima e inexorable del amor es la <\/em><em>imposibilidad<\/em><em> de completud, es su fuente y motor, de ah&iacute; la creaci&oacute;n, la haza&ntilde;a incluso.<\/em><\/p>\n<p><em>El <\/em><em>encuentro amoroso, cuyo car&aacute;cter se expresa en el llamado <\/em><em>flechazo<\/em><em>,<\/em><em> nos conmueve, <\/em><em>se trata de algo de lo real pero que se anuda con una dimensi&oacute;n o registro imaginario. I<\/em><em>maginamos o creemos detectar en la otra persona aquello que a nosotros nos falta, por eso nos precipitamos a tomarlo. Como al otro suele ocurrirle <\/em><em>algo similar, aunque desde su subjetividad, <\/em><em>nos encontramos con que tambi&eacute;n se nos acerca buscando lo que cree que tenemos, ofreci&eacute;ndonos lo que a &eacute;l o a ella le falta.<\/em><em> Como se ve, el encuentro es desde la falta.<\/em><\/p>\n<p><em>Del encuentro entre ambas carencias, <\/em><em>ah&iacute; entre las faltas, <\/em><em>surgen los primeros malentendidos<\/em><em> amorosos, malentendidos, hay que decirlo, que son de car&aacute;cter estructural, es decir, inevitables<\/em><em>. De c&oacute;mo &eacute;stos <\/em><em>surjan y <\/em><em>sean captados por la pareja depender&aacute; que entre ellos se estabilice o no el amor. <\/em><em>En el encuentro hay un primer momento de enamoramiento, como le llama Freud. El maestro vien&eacute;s<\/em><em> colocaba al enamoramiento como un t&iacute;pico fen&oacute;meno de masa, aunque fuera una masa constituida solamente por dos personas. Digo personas porque<\/em><em>,<\/em><em> <\/em><em>si atendemos a la etiolog&iacute;a de <\/em><em>esta palabra<\/em><em>, deriva d<\/em><em>el griego personne (m&aacute;scara)<\/em><em>,<\/em><em> <\/em><em>y se <\/em><em>define<\/em><em> al encuentro ilusorio del enamoramiento donde <\/em><em>nuestras apariencias<\/em><em>, nuestras m&aacute;scaras,<\/em><em> no hacen m&aacute;s que recubrir lo real, lo que no se conoce o no puede definirse,<\/em><em> y<\/em><em> que en cada uno de <\/em><em>los partenaire <\/em><em>insiste en hacerse presente.<\/em><\/p>\n<p><em>El psicoan&aacute;lisis<\/em><em>, desde Freud en adelante, <\/em><em>nos permite <\/em><em>diferencia<\/em><em>r<\/em><em> enamoramiento de amor.<\/em><\/p>\n<p><em>El enamoramiento es ese momento de impacto, de flechazo, en el que aparece la absoluta seguridad de que se encontr&oacute; lo que se buscaba. <\/em><em>Como se narra desde el mito aristofanesco de la otra mitad, el mito del Andr&oacute;gino.<\/em><\/p>\n<p><em>El narcisismo es efecto de la funci&oacute;n de desconocimiento, por parte del yo, de la enunciaci&oacute;n que<\/em><em>,<\/em><em> encandilado por el espejismo de la imagen del otro, no advierte que la mirada que lo sostiene no hace otra cosa que devolverle su <\/em><em>propia <\/em><em>imagen, pero invertida. Dir&aacute; Lacan: &ldquo;el emisor recibe del receptor su propio mensaje invertido&rdquo;. El narcisismo, adem&aacute;s, cae en la trampa que nos mostr&oacute; Moebius con su sencilla cinta. Cuanto m&aacute;s avanza en lo que cree que le es favorable, m&aacute;s posibilidades tiene de pasar inadvertidamente a la otra cara, la que lo introduce en el campo contradictorio de lo desfavorable para el s&iacute; mismo. De ah&iacute; que<\/em><em>,<\/em><em> como ejemplificaba Freud<\/em><em> <\/em><em>con el enamoramiento adolescente, pueda ocurrir que en ese estado <\/em><em>de enamoramiento <\/em><em>se vac&iacute;e toda la libido del propio yo, en el yo del otro.<\/em><\/p>\n<p>Pero, si tanto el enamoramiento como el amor son gatillados por lo real de las carencias, el primero se sostiene en la realidad imaginaria que nos vincula con el <em>partenaire<\/em>. Sin embargo, es en el litoral de lo imaginario y lo simb&oacute;lico donde ceder&aacute; el enamoramiento y advendr&aacute; el amor, o bien el fracaso del v&iacute;nculo (muchas veces con car&aacute;cter mortal, como vemos con el feminicidio). Hay enamoramientos que no soportan la realidad del v&iacute;nculo, hay construcciones imaginarias que no soportan la falla que lo simb&oacute;lico se&ntilde;ala.<\/p>\n<p>As&iacute; entonces, el enamorado advertir&aacute; en &eacute;l otros rasgos representativos de algunos de los personajes claves de su historia infantil y puberal. Esos rasgos, inconscientemente vuelven a traerle recuerdos de quienes supieron, o no, qu&eacute; hacer con sus primeras carencias. Fueron eficaces o ineptos para lo que com&uacute;nmente se les llama &ldquo;cuidados maternos&rdquo;.<\/p>\n<p>En esa &ldquo;atm&oacute;sfera materna&rdquo;, y seg&uacute;n como el &ldquo;infantil sujeto&rdquo; &nbsp;haya reaccionado ante esos cuidados, es que se constituir&aacute;n fantas&iacute;as no dichas, aunque s&iacute; actuadas, que guiar&aacute;n las repeticiones que determinan las elecciones del objeto de amor en la vida adulta. Desde ah&iacute;, y en la otra dimensi&oacute;n de elecci&oacute;n amorosa se&ntilde;alada por Freud (llamada <em>Anacl&iacute;tica<\/em>), es que ser&aacute;n orientadas las elecciones adultas.<\/p>\n<p>He aqu&iacute; el n&uacute;cleo de la contingencia, el car&aacute;cter inconsciente que se juega en toda elecci&oacute;n, realizada desde dos dimensiones: narcisista y anacl&iacute;tica. Lo llamativo y fuente de neurosis es que en la elecci&oacute;n de objeto amoroso, el deseo empuja al neur&oacute;tico no a buscar resolver aquello de lo que careci&oacute; en sus primeros a&ntilde;os, sino a <em>engarzarse<\/em> con alguien que le presente las mismas dificultades que le quedaron presentes de aquellas <em>imagos<\/em> infantiles para tratar de transformarlo. De ah&iacute; que la hist&eacute;rica quiera <em>&ldquo;hacer&rdquo;<\/em> de su <em>partenaire<\/em> un hombre (seg&uacute;n ella supone que tendr&iacute;a que ser un hombre); mientras que el obsesivo quiere &ldquo;entender&rdquo; qu&eacute; hace mal, para entonces hacerlo bien seg&uacute;n corresponda a la demanda de su amada para lograr que se<strong> <\/strong>le ame. En eso se les va la vida.<\/p>\n<p>En la pareja, la convivencia, el compartir m&aacute;s momentos de la vida, va haciendo aparecer lo real de la cotidianidad. Ah&iacute;, justo ah&iacute;, el enamoramiento se transformar&aacute; en amor s&oacute;lo si la pareja logra ir elaborando el desencuentro, incluso, y por qu&eacute; no, creando desde el desencuentro. Esto significa que el amor se hace posible cuando se le puede dar lugar a la decepci&oacute;n propia de la constataci&oacute;n de la diferencia. De lo contrario, si no resulta posible elaborar la diferencia, sobrevendr&aacute;n la desilusi&oacute;n, el alejamiento y la ruptura. Lamentablemente en ocasiones con car&aacute;cter mortal.<\/p>\n<p>Cuando digo elaboraci&oacute;n no me refiero al terreno intelectual, a las elaboraciones cognitivas o pedag&oacute;gicas. Me refiero, s&iacute;, a que el desencuentro y las fallas se tornen posibles de ser tramitadas, porque se advierte que hay otras cosas que van pasando a primer plano y dando el sost&eacute;n necesario para poder soportar los desencuentros. Ya no son s&oacute;lo los cuerpos y sus im&aacute;genes los que sostienen el v&iacute;nculo, ahora tambi&eacute;n lo sostienen las historias, con sus heridas, sus desgarraduras.<\/p>\n<p>La contingencia en la elecci&oacute;n de objeto de amor, el sufrimiento y la decepci&oacute;n existieron desde siempre, pero hubo &eacute;pocas en que quedaban m&aacute;s velados. Las costumbres sociales no inclu&iacute;an la separaci&oacute;n, silenciaban el sufrimiento y normalizaban la decepci&oacute;n.<\/p>\n<p>Tambi&eacute;n desde el psicoan&aacute;lisis constatamos que en el amor no hay racionalidad, en el sentido de la raz&oacute;n del pensamiento, del proceso secundario, la voluntad interviene poco y lo hace mal. No hay programaci&oacute;n del amor, por ello vemos que esas parejas que se proponen &ldquo;construir el amor&rdquo;, &ldquo;hacer equipo&rdquo;, &ldquo;echarle ganas&rdquo;, suelen fracasar de manera estrepitosa. Pero no s&oacute;lo eso, la pasan muy mal todo el tiempo que est&aacute;n tratando de <em>construir<\/em> el amor, se viven esclavos de un mandato de amor irrealizable. El sue&ntilde;o, la idealizaci&oacute;n del amor, se les transforma en un trabajo por &ldquo;necesidad&rdquo;, y eso implica una batalla permanente contra la incertidumbre que le es propio al v&iacute;nculo amoroso. En ese trabajo, el deseo es silenciado. En ese sentido, no hay racionabilidad posible. El amor ocurre o no, es contingente, es lo que sucede o no sucede. No lo construimos, nos se construye, no sin el deseo inconsciente; pero ello, de lo que se construye, cada uno es responsable.<\/p>\n<p>No elegimos a quien amar, pero s&iacute; somos responsables de lo que se haga con esa elecci&oacute;n: dos opciones se presentan: destrucci&oacute;n del otro o creaci&oacute;n con el otro, decepci&oacute;n de la idealizaci&oacute;n mediante.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Portada: Marc Chagall, Sobre la ciudad, 1918. &nbsp; Nunca estamos menos protegidos contra las cuitas que cuando amamos; nunca m&aacute;s desdichados y desvalidos que cuando hemos perdido al objeto amado o a su amor. 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