{"id":1814,"date":"2023-08-08T03:38:08","date_gmt":"2023-08-08T03:38:08","guid":{"rendered":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/consultario\/2023\/08\/08\/la-potencia-de-la-admiracion\/"},"modified":"2023-08-08T03:38:08","modified_gmt":"2023-08-08T03:38:08","slug":"la-potencia-de-la-admiracion","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/kaos\/la-potencia-de-la-admiracion\/","title":{"rendered":"La potencia de la admiracin"},"content":{"rendered":"<p style=\"text-align: right;\"><em>En lo tocante a una persona que ha muerto, adoptamos una actitud especial: algo as&iacute; como la admiraci&oacute;n por alguien que ha logrado una tarea muy dif&iacute;cil.&nbsp;<\/em><\/p>\n<p style=\"text-align: right;\">Sigmund Freud.<\/p>\n<p style=\"text-align: right;\"><em>Siempre he sido un admirador. Veo el regalo de la admiraci&oacute;n como algo indispensable y no s&eacute; d&oacute;nde estar&iacute;a sin eso.&nbsp;<\/em><\/p>\n<p style=\"text-align: right;\">Thomas Mann.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>La admiraci&oacute;n es la primera de las pasiones que se&ntilde;ala Ren&eacute; Descartes en su <em>Tratado de las pasiones del alma<\/em>. Se trata da la m&aacute;s humana de las capacidades, misma que, junto con el asombro y la estupefacci&oacute;n, es colocada por Plat&oacute;n en el origen de la filosof&iacute;a. Con ella &mdash; con la admiraci&oacute;n&mdash;, precisa el cl&aacute;sico griego, nuestros ojos se hacen part&iacute;cipes del espect&aacute;culo de las estrellas, del sol y de la b&oacute;veda celeste.<\/p>\n<p>La admiraci&oacute;n, con su enorme carga pulsional, opera como fuente y motor de toda investigaci&oacute;n. Ninguna de las tres instancias se&ntilde;aladas por Plat&oacute;n est&aacute;n desligadas: por ejemplo, emparentada con el asombro, la admiraci&oacute;n deja estupefacto a quien la padece, lo deja asombrado ante el espect&aacute;culo del mundo (se me antoja pensar que as&iacute; quedaron los primeros hombres ante la b&oacute;veda celeste). En este sentido, Arist&oacute;teles nos ense&ntilde;a que es justamente la admiraci&oacute;n lo que impulsa a los hombres a filosofar: empezando por admirarse de lo que les sorprend&iacute;a por extra&ntilde;o, es decir, todo. Los hombres avanzaron poco a poco y se preguntaron por los misterios de la luna y del sol, de los astros y por el origen del universo.<\/p>\n<p>A la maravilla de la admiraci&oacute;n, sin embargo, pronto le sucede la duda, de lo contrario, quien se admira, permanecer&iacute;a simplemente estupefacto, idiotizado, en la pura contemplaci&oacute;n. Con ello se diferencia la admiraci&oacute;n de la contemplaci&oacute;n. Con la duda, la admiraci&oacute;n se occidentalizar&aacute;, se pondr&aacute; en el camino que la llevar&aacute; a la modernidad. Con la duda, la admiraci&oacute;n se pone en suspenso. La duda es efecto de la sospecha; es una puesta en evidencia del enga&ntilde;o que se supone conlleva toda admiraci&oacute;n, en tanto que se trata en ella, a decir de Descartes, de una percepci&oacute;n y no de un hecho de raz&oacute;n.&nbsp;<\/p>\n<p>El cogito cartesiano, &ldquo;pienso, luego soy&rdquo;, introduce inevitablemente la duda met&oacute;dica, la duda como m&eacute;todo, como la fuente del examen cr&iacute;tico de todo conocimiento. La duda se propone como condici&oacute;n al pensamiento, desterrando as&iacute; a la admiraci&oacute;n. Si el origen reside en la admiraci&oacute;n, que no tiene l&iacute;mites, que se mueve en el mar de los excesos, y a &eacute;sta le sucede la duda, entonces el filosofar no puede conducir sino a la conciencia de estar perdido, fuera de lugar. El filosofar ser&iacute;a siempre un retorno al origen, a la causa, y la causa es precisamente la admiraci&oacute;n, el exceso.<\/p>\n<p>En todo, la acci&oacute;n de filosofar inicia con una conmoci&oacute;n total del hombre, es la puesta en suspenso de sus certezas. As&iacute;, por el filosofar, el hombre trata de salir del estado de turbaci&oacute;n hacia una meta, se echa a andar en la b&uacute;squeda de una respuesta esencial, a la que, seg&uacute;n Descartes, se accede por la v&iacute;a de la duda. Plat&oacute;n y Arist&oacute;teles partieron de la admiraci&oacute;n en busca de la esencia del ser. Descartes, por su parte, buscaba la certeza imperiosa en medio de la serie sin fin de lo incierto, aquello que no tuviera lugar a duda, despu&eacute;s de pasar por ella, lo que necesariamente excluir&iacute;a la pasi&oacute;n de admiraci&oacute;n.&nbsp;<\/p>\n<p>La admiraci&oacute;n, en tanto que se mueve en el sin l&iacute;mites, como pasi&oacute;n, deviene en algo de lo que hay que sospechar (dudar). Pero no para todos. Los estoicos, por lo contrario, buscaban en medio de los dolores de la existencia la paz del alma, esperaban acoplarse a lo que dejaba en suspenso el juicio y que era asequible s&oacute;lo por la v&iacute;a de la admiraci&oacute;n.&nbsp;<\/p>\n<p>Cada pasi&oacute;n, como cada uno de los estados de turbaci&oacute;n del alma, tiene su verdad, m&aacute;s all&aacute; de la raz&oacute;n, marcada por el exceso. Las pasiones tienen su n&uacute;cleo de verdad que, con la modernidad, ha devenido un ente inc&oacute;modo; un n&uacute;cleo de verdad que apunta a m&aacute;s all&aacute; del l&iacute;mite, al exceso. Cada &eacute;poca inventa los discursos que buscan domesticarle o bien ocultarlo. Con la modernidad se trata de una apropiaci&oacute;n de la verdad nuclear de las pasiones.&nbsp;<\/p>\n<p>Pero quiz&aacute;s es la admiraci&oacute;n, el arrobamiento y pasmo ante el espect&aacute;culo del mundo, lo que nos deja perplejos, lo que nos hace retener el aliento, lo que incluso nos tienta a sustraernos de lo humano y nos incita a caer presos de los hechizos de una metaf&iacute;sica. Parece que la certeza imperiosa tiene sus &uacute;nicos dominios all&iacute; donde nos orientamos en el mundo por el saber cient&iacute;fico, comandados y guiados por la raz&oacute;n. Pero la admiraci&oacute;n no se permite descanso, se vale incluso de las certezas que el saber cient&iacute;fico produce para recrearse. De esta manera, pese a los postulados y ficciones de la ciencia, los tres influyentes motivos a los que aqu&iacute; hacemos referencia &mdash;la admiraci&oacute;n y su necesaria producci&oacute;n de pasmo; la duda y la certeza en su permanente vaiv&eacute;n; el sentirse perdido y el encontrarse a uno mismo&mdash; no agotan lo que nos mueve a la reflexi&oacute;n en nuestros aciagos d&iacute;as. La admiraci&oacute;n, por fortuna, a&uacute;n no se agota.<\/p>\n<p>Ante el asombro que nos permite &ldquo;pensar&rdquo; (lo correcto ser&iacute;a decir <em>admirarse ante la admiraci&oacute;n<\/em>) la admiraci&oacute;n, propongo detenernos en ese que es el &uacute;ltimo libro publicado en vida de Descartes, en 1649 (muri&oacute; en 1654), que fue precisamente <em>Tratado de las pasiones del alma<\/em>. En principio, una cuesti&oacute;n puede resultar extra&ntilde;a: &eacute;l, Descartes, que funda el saber en la raz&oacute;n, o sea, en el racionalismo como piso epist&eacute;mico, &iquest;c&oacute;mo puede conciliar m&eacute;todo y pasi&oacute;n? Al parecer no le quedaba otra salida.<\/p>\n<p>Analiz&aacute;ndolo detenidamente, pero incluso s&oacute;lo leyendo el &iacute;ndice, podemos observar que este libro est&aacute; sostenido por la l&oacute;gica de las cuatro normas de su m&eacute;todo: en tres partes y 212 art&iacute;culos se efect&uacute;a una exhaustiva sistematizaci&oacute;n de las pasiones. Resulta interesante, en primer t&eacute;rmino, considerar la definici&oacute;n de pasi&oacute;n en el pensador franc&eacute;s, y las seis pasiones fundamentales de las cuales, seg&uacute;n su opini&oacute;n, derivan todas las dem&aacute;s: &ldquo;las pasiones del alma pueden definirse en general como percepciones, sentimientos o emociones que se refieren particularmente a ella, que son causadas, mantenidas por alg&uacute;n movimiento de los esp&iacute;ritus [&hellip;] en todas las pasiones tiene lugar una agitaci&oacute;n particular de los esp&iacute;ritus que provienen del coraz&oacute;n&rdquo;.<\/p>\n<p>Es necesario recordar que, en este momento de su desarrollo te&oacute;rico, el alma es concebida como la &ldquo;sede&rdquo; de los actos emotivos, de los afectos y sentimientos, cuyo sitio, a su vez, es el coraz&oacute;n; mientras que el esp&iacute;ritu es definido como la &ldquo;sede&rdquo; de ciertos actos racionales que permiten formular juicios objetivos. En el apartado XL se pregunta: &ldquo;&iquest;Cu&aacute;l es el principal efecto de las pasiones?&rdquo;, y plantea que &eacute;stas &ldquo;incitan y predisponen su alma (de los hombres) a querer las cosas para las que preparan su cuerpo, de suerte que el sentimiento del miedo incita a querer huir, el del arrojo a querer combatir, y lo mismo los dem&aacute;s&rdquo;. Deja en claro adem&aacute;s que &ldquo;nuestras pasiones tampoco pueden excitarse directamente ni suprimirse por la acci&oacute;n de nuestra voluntad&rdquo;. Escapan a la voluntad. Se insiste una y otra vez que las pasiones son en todo algo que se emparenta con el exceso. Descartes considera que s&oacute;lo hay seis pasiones primitivas, y las dem&aacute;s se originan a partir de ellas. La primera, quiz&aacute; la m&aacute;s poderosa, es la admiraci&oacute;n, y adem&aacute;s, el amor, el odio, el deseo, la alegr&iacute;a y la tristeza.<\/p>\n<p>Recobrar la admiraci&oacute;n, sin saber c&oacute;mo proponer hacerlo, quiz&aacute; nos permita, como dice Thomas Mann, ver el regalo de la admiraci&oacute;n como algo indispensable, sin la cual estamos perdidos.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>En lo tocante a una persona que ha muerto, adoptamos una actitud especial: algo as&iacute; como la admiraci&oacute;n por alguien que ha logrado una tarea muy dif&iacute;cil.&nbsp; Sigmund Freud. Siempre he sido un admirador. 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