{"id":1728,"date":"2023-06-06T20:53:43","date_gmt":"2023-06-06T20:53:43","guid":{"rendered":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/consultario\/2023\/06\/06\/pascal-quignard-la-noche-sexual\/"},"modified":"2023-06-06T20:53:43","modified_gmt":"2023-06-06T20:53:43","slug":"pascal-quignard-la-noche-sexual","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/kaos\/pascal-quignard-la-noche-sexual\/","title":{"rendered":"Pascal Quignard: La noche sexual"},"content":{"rendered":"<p style=\"text-align: right;\"><em>Yo no estaba ah&iacute; cuando fui concebido [&#8230;] <\/em><\/p>\n<p style=\"text-align: right;\"><em>Una imagen falta en el alma<\/em><\/p>\n<p style=\"text-align: right;\">Pascal Quignard<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><em>&ldquo;Yo no estaba ah&iacute; la noche en que fui concebido. Es dif&iacute;cil asistir al d&iacute;a que te precede. Una imagen falta en el alma. Dependemos de una postura que tuvo lugar necesariamente, pero que nunca se revelar&aacute; a nuestros ojos. A esta imagen que falta la llamamos &lsquo;el origen&rsquo;&rdquo;<\/em>. Con estos contundentes versos, el mayor escritor de las actuales letras francesas, Pascal Quignard (nacido en Normand&iacute;a en 1948), inicia su magistral ensayo titulado <em>La noche sexual<\/em> (<em>La Nuit sexualle<\/em>).<\/p>\n<p>Lo supongo metido en los silencios de la noche y, desde ah&iacute;, mediante su escritura, despu&eacute;s de confrontarse con sus demonios, nos sumerge en esa cuesti&oacute;n esencial (e inaccesible) para todo sujeto que es el momento, la noche sexual, en que fuimos concebidos. Una noche en la que no estuvimos, pero de ah&iacute; provenimos: &ldquo;&iexcl;hay una noche de mi vida en la que no estuve!&rdquo; Dado que No estuvimos en nuestro origen, somos extranjeros de nosotros mismos. Una imagen nos falta, y &ldquo;la buscamos detr&aacute;s de todo lo que vemos&rdquo; y &ldquo;la buscamos detr&aacute;s de todo lo que vivimos&rdquo;.<\/p>\n<p><em>La noche sexual<\/em> es un libro de 2007 hermosamente editado en castellano por la editorial funambulista. La edici&oacute;n, adem&aacute;s, est&aacute; enriquecida con ilustraciones de arte que el propio Pascal Quignard ha ido coleccionando durante su erudita vida (estudi&oacute; filosof&iacute;a, filolog&iacute;a, m&uacute;sica, dramaturgia), y que nos llevan a la experiencia tenebrosa de aquello que emerge cuando el d&iacute;a se va y nos deja en ese penetrante silencio tan habitado de nosotros mismos. En <em>La noche sexual<\/em> no s&oacute;lo somos interpelados desde la potente, creativa escritura de Quignard. Tambien la edici&oacute;n se saborea a partir de estas ilustraciones, colecci&oacute;n del autor: pinturas y grabados, preponderantes, llamados <em>nocturnos<\/em>, o <em>lugubrescos<\/em>, que nos remiten, por la v&iacute;a de los mitos universales, a los or&iacute;genes del espanto, a la Noche, a la noche en que fuimos concebidos y le dan al libro un toque muy personal, una confrontaci&oacute;n del autor con esos dos vertientes que nos constituyen y fracturan, nos estructuran, nos desgarran, m&aacute;s all&aacute; de todas las modulaciones de vida: la sexualidad y la muerte.<\/p>\n<p>Hay tres noches en la vida de los sujetos, tal es el planteamiento central de Quignard en <em>La noche sexual<\/em>. La primera, antes del nacimiento, fue la Noche, la noche uterina. La segunda corresponde a la noche terrenal, esa que vivimos al final de cada d&iacute;a y que para algunos resulta aterradora. La tercera ocurre tras la muerte, dice nuestro autor, hablando de esta tercera ineludible e infernal noche: &ldquo;La noche que reinaba dentro del cuerpo se disuelve en una disoluci&oacute;n que no podemos prever&rdquo;. La muerte nos habita y se nos revela en la tercera noche.<\/p>\n<p>La noche que le interesa a nuestro autor es la primera noche, noche sensorial, la de la oscuridad primera que, como una ola, regresa sobre nosotros. Quignard nos propone recorrer, de su mano, los mitos que permiten pensar esa noche que falta en la vida de todos los sujetos y nos mete en su embrujo para revelarnos la fascinaci&oacute;n que desde siempre la humanidad ha tenido con lo sexual.<\/p>\n<p>Como sabemos, ese original revolucionario del alma, el inventor del psicoan&aacute;lisis, Sigmund Freud, le reconoce a la sexualidad, y en particular a la sexualidad infantil, una importancia vital para la vida subjetiva de los sujetos. En esa &eacute;poca conocida como entre siglos, entre el siglo XIX y el XX, en la Viena Imperial, en pleno dominio ideol&oacute;gico del positivismo, el progreso y la norma, cuando la moral vitoriana silenciaba lo sexual, Freud genera una conmoci&oacute;n en los c&iacute;rculos acad&eacute;micos y sociales al hablar de la sexualidad en el origen de la histeria, y m&aacute;s a&uacute;n al presentarnos al ni&ntilde;o como sexuado.<\/p>\n<p>Uno de los aspectos de la sexualidad destacado por Freud se refiere a la <em>Urszene<\/em> o escena primaria, tambi&eacute;n conocida como proto-escena, que consiste en que los ni&ntilde;os visualizan (o fantasean ver) el coito de los padres. La escena que se ve o fantasea tiene que ver con lo sexual, con la noche en que fuimos concebidos.<\/p>\n<p>Esta escena sexual pudo haber sido vista por el ni&ntilde;o y despu&eacute;s reprimida o bien s&oacute;lo fantaseada. La curiosidad de los ni&ntilde;os con respecto a la sexualidad, en particular la de los primeros objetos de amor que son los padres, les llevan a, como dice Freud, &ldquo;espiar con las orejas&rdquo; el coito de los padres. Esta irrefrenable curiosidad la podemos ver&nbsp; en la pregunta que un ni&ntilde;o de cinco a&ntilde;os le hace a su mam&aacute;, conocido en psicoan&aacute;lisis como el peque&ntilde;o Hans: &ldquo;&iquest;T&uacute; tambi&eacute;n tienes un &lsquo;hace-pip&iacute;&rsquo;?&rdquo; Los ni&ntilde;os no s&oacute;lo se hacen y hacen preguntas sobre lo sexual, adem&aacute;s construyen teor&iacute;as al respecto.<\/p>\n<p>En 1908, Freud escribe en un art&iacute;culo llamado <em>Sobre las teor&iacute;as sexuales infantiles<\/em>: &ldquo;La tercera de las teor&iacute;as sexuales t&iacute;picas se ofrece a los ni&ntilde;os cuando, por algunos de los azares hogare&ntilde;os, son testigos del comercio sexual entre sus padres, acerca del cual, en ese caso, pueden recibir s&oacute;lo percepciones harto incompletas. Pero cualquiera que sea la pieza de ese comercio que entonces observen, la posici&oacute;n rec&iacute;proca de las dos personas, los ruidos que hacen o ciertas circunstancias secundarias, siempre llegan a lo que podr&iacute;amos llamar la misma concepci&oacute;n s&aacute;dica del coito&rdquo;.<\/p>\n<p>Pero Quignard no s&oacute;lo nos confronta con esa noche perdida, esa falla en la vida de todo sujeto, esa imagen original que no est&aacute;, m&aacute;s all&aacute; de ello, nos lleva a la otra noche, la que nos espera tras el d&iacute;a la vida.<\/p>\n<p>En el texto que se considera <em>princeps <\/em>del psicoan&aacute;lisis, <em>La interpretaci&oacute;n de los sue&ntilde;os<\/em>, escrito en 1899, Freud no habla expl&iacute;citamente de la escena primaria, sin embargo, s&iacute; le da lugar a aquella visi&oacute;n infantil del coito de los padres, que aparece en los sue&ntilde;os, imagen que altera, trauma por lo incomprensible y angustiante que resulta. Pero m&aacute;s all&aacute; de ello,&nbsp; mejor a&uacute;n, ese texto <em>princeps<\/em> Freud lo inaugura con un ep&iacute;grafe de Virgilio y su <em>Eneida<\/em> que dice: &ldquo;<em>Flactere si nequeo superos, Aqueronta movebo<\/em>&rdquo;, es decir, &ldquo;si no alcanzo a doblegar a los dioses de arriba, sublevar&eacute; al Aqueronte&rdquo;. As&iacute; lo recupera Quignard en el cap&iacute;tulo XII de <em>La noche sexual<\/em>, llamado justamente &ldquo;Los infiernos&rdquo;, ah&iacute; donde Virgilio gu&iacute;a a Dante. Porque del otro lado de la noche inicial que nos resulta desconocida, del otro lado nos espera otra noche no pronunciable: el infierno. Nos recuerda Quignard que en 1897 Freud lleg&oacute; a Orvieto y descubri&oacute; el fresco <em>El juicio final<\/em>, de Luca Signorelli, y ah&iacute; comprendi&oacute;, de s&uacute;bito que el goce del hombre roza con el infierno. Del otro lado de la incognocible noche que nos dio vida est&aacute; la noche infernal. El <em>Hades<\/em>, para nosotros quiz&aacute;s el <em>Mictl&aacute;n<\/em> o la <em>Nada<\/em>, el mundo de los muertos que nos espera. Efectivamente, dice Quignard, &ldquo;El r&iacute;o del que habla Freud, el r&iacute;o al que se refiere Virgilio, es el r&iacute;o de agua muerta que precede el reino de los muertos&rdquo;, el r&iacute;o que es la vida empieza en el <em>Leteo<\/em> (olvido) y termina pasando por <em>Aqueronta<\/em> (olvido). Nos espera la negra noche de la muerte, tambi&eacute;n inasible al sujeto. Citando a T.S. Eliot, dice Quignard que &ldquo;en la medida en que envejecemos, el mundo se vuelve m&aacute;s extra&ntilde;o e intenso, el final se acerca al descubrimiento del mundo. Llegamos repletos de palabras, maniatados, amanerados, agotados, desconcertados, al All&iacute; intenso de donde en su d&iacute;a partimos azorados, aterrorizados, explorando, mudos&rdquo;. Parece que la vida es el tr&aacute;nsito entre <em>la er&oacute;tica<\/em> y <em>el espanto.<\/em><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Yo no estaba ah&iacute; cuando fui concebido [&#8230;] Una imagen falta en el alma Pascal Quignard &nbsp; &ldquo;Yo no estaba ah&iacute; la noche en que fui concebido. Es dif&iacute;cil asistir al d&iacute;a que te precede. Una imagen falta en el alma. 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