{"id":1678,"date":"2023-05-09T04:55:05","date_gmt":"2023-05-09T04:55:05","guid":{"rendered":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/consultario\/2023\/05\/09\/el-contrapeso-del-viento\/"},"modified":"2023-05-09T04:55:05","modified_gmt":"2023-05-09T04:55:05","slug":"el-contrapeso-del-viento","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/narrativa\/el-contrapeso-del-viento\/","title":{"rendered":"El contrapeso del viento"},"content":{"rendered":"<p>Cuando era ni&ntilde;o mis conversaciones m&aacute;s largas las ten&iacute;a con las hormigas que rodeaban mis pasos. Viv&iacute;a sintiendo atracci&oacute;n y confianza hacia los precipicios. Todas las ma&ntilde;anas bajaba el cerro entre la maleza y luego caminaba un tramo de unos cuatro kil&oacute;metros a la orilla de la carretera para llegar a la escuela. Despu&eacute;s del primer kil&oacute;metro, miraba a lo lejos un socav&oacute;n que me acompa&ntilde;aba magnetizando mi atenci&oacute;n durante cientos de pasos. Se abri&oacute; de un d&iacute;a para el otro. Recuerdo que ten&iacute;a diez a&ntilde;os porque estaba en quinto de primaria. Aquel a&ntilde;o, los lunes no pasaban lista de asistencia porque se iniciaba la semana con reuni&oacute;n de padres y maestros (m&aacute;s temprano de lo habitual), a la cual mi madre no asist&iacute;a. Ese d&iacute;a de la semana caminaba muy lento por aquel camino, me acercaba a sentirle, deteni&eacute;ndome en la orilla, contemplando su profundidad. El socav&oacute;n me fascinaba. El miedo al vac&iacute;o me tra&iacute;a al cuerpo el contrapeso de la vida. A veces pensaba que, cualquier d&iacute;a en medio de la cotidianidad, se abrir&iacute;a un hueco en el espacio y ah&iacute; desaparecer&iacute;a para estar en paz. Me tranquilizaba pensar que si ese d&iacute;a no llegar&iacute;a pronto, de cualquier forma yo ya hab&iacute;a dado con este conector a &eacute;l: La kilom&eacute;trica oscuridad cuesta abajo del socav&oacute;n. Perd&iacute;a la noci&oacute;n del tiempo cuando le miraba, como si contuviera respuestas insonoras que yo no sab&iacute;a que buscaba y que me atravesaban el cuerpo en una frecuencia que me era (y a&uacute;n me es) inexplicable.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Mi madre siempre me dijo que las fiebres y gripes constantes las he tenido desde que sal&iacute; del &uacute;tero, que nac&iacute; enfermo, que era el negrito en el arroz de sus hijos &mdash;que s&oacute;lo &eacute;ramos dos&mdash;. Deseaba volver de donde vine, aunque no recordaba d&oacute;nde era eso y en aquel entonces tampoco lo pensaba. Esta es una reflexi&oacute;n &mdash;ahora verbal&mdash; de lo que sol&iacute;a sentir a los diez a&ntilde;os.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Un lunes, mirando a la nada en alguno de los centros de ese vac&iacute;o que se hac&iacute;a familiar, un gorri&oacute;n emergi&oacute; volando a toda velocidad hacia m&iacute;. Cre&iacute; que iba a atravesarme como una bala. Me quede est&aacute;tico permiti&eacute;ndoselo. Lleg&oacute; tan cerca de mi rostro que por un segundo pude verlo a los ojos y notar &mdash;sin estar seguro&mdash; que parec&iacute;a llevar un pelaje rizado y rojizo en una parte del cuerpo, mientras que en el resto era un gorri&oacute;n callejero, de esos que hay tantos. Me rode&oacute; con la misma velocidad y volvi&oacute; a clavarse en aquella oscuridad hasta perderse en ella. Ese fue nuestro primer encuentro.<\/p>\n<p>Recuerdo que me hubiera gustado saber si ten&iacute;a un nombre y c&oacute;mo era posible su corporalidad, de d&oacute;nde ven&iacute;a, si desaparec&iacute;a s&oacute;lo de mi vista por la distancia y la oscuridad, o si realmente se esfumaba, as&iacute; como aparec&iacute;a.<\/p>\n<p>Mi hermano y yo nos encontr&aacute;bamos en casa s&oacute;lo por las noches debido a nuestros horarios opuestos. &Eacute;l acud&iacute;a a una secundaria unas cuadras m&aacute;s all&aacute;, recorriendo la misma caminata por la carretera que yo hac&iacute;a todas las ma&ntilde;anas. Me preguntaba si &eacute;l tambi&eacute;n se hab&iacute;a encontrado con el socav&oacute;n y, quiz&aacute;, con el ave. Sent&iacute;a celos al imaginar que no se mostraban s&oacute;lo para m&iacute;, que tal vez no s&oacute;lo yo pod&iacute;a verlos y al mismo tiempo tem&iacute;a que nadie m&aacute;s les viera y por lo tanto, haberles imaginado con tanta vivacidad. Una semana despu&eacute;s cre&iacute; verlo de nuevo, tan fugaz que, aun tratando de retener los detalles en mi memoria, no estaba seguro de que fuera la misma ave. Al poco tiempo desarroll&eacute; una obsesi&oacute;n por su existencia, un ser alado y sin sentido, era la prueba que esperaba para cerciorarme de que encarnar la libertad era el sentido de todo. Al poco tiempo de darle vueltas, Gorri&oacute;n empez&oacute; a aparecer m&aacute;s y m&aacute;s, hasta convertirse en mi compa&ntilde;&iacute;a diaria de ida y vuelta. Entonces sonre&iacute;a sabi&eacute;ndole a mi lado mientras su cantar demostraba la m&aacute;s grande alegr&iacute;a que un humano le pod&iacute;a o&iacute;r a un ave. Nunca logr&eacute; encontrarle detenido en alg&uacute;n sitio ni ver su nido. Le miraba venir de donde antes no hab&iacute;a nada. Era como si saliera de m&iacute;. A veces, despu&eacute;s de despedirnos, revisaba mis manos y pecho para saber si ten&iacute;a ah&iacute; una compuerta por donde entraba y sal&iacute;a sin darme cuenta. Nunca la encontr&eacute;.<\/p>\n<p>Una tarde, despu&eacute;s de dormitar &mdash;en ese entonces dormitaba todo el tiempo que fuera posible&mdash;, escuch&eacute; llegar a mi hermano. Hac&iacute;a un alboroto pidi&eacute;ndole a mam&aacute; que le abriera la puerta porque dec&iacute;a tener las manos ocupadas. Escuch&eacute; la pesada puerta rechinar al abrirse, mientras mam&aacute; le preguntaba qu&eacute; ven&iacute;a cargando. Sent&iacute; un sobresalto, como si s&uacute;bitamente se me hubiese advertido de una mala noticia en un instante. Me levant&eacute; saltando hacia afuera de mi habitaci&oacute;n, en un segundo estuve frente a ellos. Gorri&oacute;n estaba mir&aacute;ndome, posado sobre el hombro de mi hermano, como si fuera su perico amaestrado. Creo que mi madre le dec&iacute;a algo, y que mi hermano re&iacute;a acarici&aacute;ndole con el dedo, pero no estoy seguro porque la sorpresa mezclada con enojo, me hac&iacute;a ver toda la escena surreal y entre tonos amarillos. Quise lanzarme sobre &eacute;l a golpes, quise gritar y patalear sobre el piso para tranquilizarme, pero la furia me hab&iacute;a petrificado. Le dediqu&eacute; la m&aacute;s dura mirada y sal&iacute; de la casa azotando la puerta tras de m&iacute; con toda mi fuerza de ni&ntilde;o. Escuch&eacute; la voz de mam&aacute;, pero el amarillo no solamente nublaba mi vista, sino que parec&iacute;a ser la misma sustancia en mi cerebro la que ahora hac&iacute;a que me zumbaran los o&iacute;dos. No logr&eacute; escucharle ni quise hacerlo.<\/p>\n<p>Guardaba la esperanza de s&oacute;lo haberlo visto yo. Que fuera s&oacute;lo de mis ojos. Que saliera de m&iacute;. Era lo &uacute;nico que era m&iacute;o. Lo &uacute;nico que me confirmaba algo valioso en el sin sentido de los d&iacute;as, era la vida, gracias a &eacute;l me sent&iacute;a a salvo en el mundo. Esa noche estuve unas cuatro horas sobre la rama chaparra de un &aacute;rbol. Era un &aacute;rbol, como todo lo dem&aacute;s, d&eacute;bil porque era viejo, eso era l&oacute;gico. La l&oacute;gica me entristec&iacute;a en ese momento. Al pensar en esto, la rama dio de s&iacute; tronando dos veces y dej&aacute;ndome caer al suelo. Escuch&eacute; a mi madre gritar mi nombre, no muy lejos. Se aproxim&oacute; hasta m&iacute;. Estaba fuera de casa, esperando escuchar cualquier ruido para detectarme y el &aacute;rbol me hab&iacute;a delatado. A&uacute;n estaba aturdido por la ca&iacute;da cuando sent&iacute; el tir&oacute;n de cabello que hizo a mis piernas ponerse de pie y apurarse a volver a casa. Recuerdo m&aacute;s gritos, pero no las palabras que conten&iacute;an, aunque calculo que en aquel momento mis o&iacute;dos pod&iacute;an volver a dejar pasar palabras a mi cerebro, permiti&eacute;ndome volver a entenderlas. El enojo ya no me nublaba la vista ni afectaba el o&iacute;do, ahora era una bola pesada que ca&iacute;a de mi est&oacute;mago a mis genitales. Al volver a casa no encontr&eacute; a Gorri&oacute;n, le pregunt&eacute; a mam&aacute; por &eacute;l y parec&iacute;a no saber de qu&eacute; le hablaba.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Pas&oacute; una semana y nadie habl&oacute; de Gorri&oacute;n ni de lo ocurrido. Inici&oacute; el periodo de vacaciones, as&iacute; que dej&eacute; de acudir a nuestro punto de encuentro habitual. No sab&iacute;a si Gorri&oacute;n exist&iacute;a o si ese camino que cre&iacute;a haber andado tantos d&iacute;as en su compa&ntilde;&iacute;a fue una historia que cre&oacute; mi mente, llena de los detalles necesarios que la har&iacute;an parecer real. No quer&iacute;a caminar ese recorrido para evitar saberlo. Prefer&iacute; la duda. Prefer&iacute; la certeza que lograba inventar entre la bruma inm&oacute;vil. Todo el d&iacute;a recorr&iacute;a las paredes desde mi habitaci&oacute;n al resto de la casa &mdash;a veces a pie, a veces recostado y en mi pensamiento&mdash;, con la sensaci&oacute;n de que no hab&iacute;a nada m&aacute;s all&aacute; de ellas. Pens&eacute; que tendr&iacute;an una impresi&oacute;n similar aquellos que cre&iacute;an que el mundo era cuadrado y que terminaba en alg&uacute;n lugar. De esa forma ve&iacute;a esta casa. Me forc&eacute; a la irrealidad de salir y caminar por el verde del pasto, afuera, cre&iacute; que eso me har&iacute;a sentir dentro de algo con profundidad y sentido como se supone que es el mundo. No tuve &eacute;xito en cambiar mi sentir, fue como si me pasara de un cuadro a otro, ahora a uno en donde le pintaron tonos verdes y azules, pero igual de limitante, con una nada al final. Ni siquiera un abismo, s&oacute;lo nada.<\/p>\n<p>&mdash;Lo vi salir del socav&oacute;n que est&aacute; camino a la escuela. &mdash;Mam&aacute; evitaba mirarme y responder.<\/p>\n<p>&mdash;&iquest;El qu&eacute;?<\/p>\n<p>&mdash;Ese hueco que se abri&oacute; en el piso, Mam&aacute;, &iquest;lo has visto, verdad?<\/p>\n<p>&mdash;Ash, no te entiendo&hellip; ve a bajar la ropa, &mdash;agreg&oacute; con apuro.<\/p>\n<p>Esa noche so&ntilde;&eacute; que la oscuridad del socav&oacute;n me arropaba y yo me sent&iacute;a c&oacute;modo y tranquilo. Al despertar cre&iacute; tener claridad de que exist&iacute;a, pero no de haberle visto en la carretera junto a la escuela, sino en una que recorr&iacute; en los brazos de mi madre, cuando era muy peque&ntilde;o.<\/p>\n<p>Me convenc&iacute; de que era un recuerdo magnificado, que nada de esto hab&iacute;a ocurrido, que quiz&aacute; Gorri&oacute;n era un ave normal, que volaba de manera normal y que no ten&iacute;a el cabello dorado y rizado. Comenc&eacute; a sentirme inseguro de todos mis pasos y de todo lo que entend&iacute;a a trav&eacute;s de mis ojos. Algunos d&iacute;as mis propias manos me parec&iacute;an tan extra&ntilde;as. La confusi&oacute;n se magnificaba tras cada reflexi&oacute;n, al grado de impedirme dialogar m&aacute;s con esos pensamientos, y mantenerme aprisionado en el rinc&oacute;n de mi habitaci&oacute;n.<\/p>\n<p>Un d&iacute;a tuve el impulso de confrontar a mi hermano y a mi madre durante la cena, y preguntarles: &ldquo;&iquest;por qu&eacute; me hac&iacute;an creer que era mentira algo que vi, algo que los tres vimos?&rdquo;. Inici&eacute; incluso golpeando la mesa con la palma de la mano y mir&aacute;ndolos fijamente, parec&iacute;an confundidos. Decid&iacute; bajar la vista a mi sopa y continuar comiendo como si nada, tuve miedo de que confirmaran que todo lo hab&iacute;a imaginado porque entonces les creer&iacute;a, y si lo hab&iacute;a imaginado, pens&eacute;, entender&iacute;a por qu&eacute; ten&iacute;a una vida corta que yo sent&iacute;a eterna y sin inicio, ser&iacute;a tal vez porque la sensaci&oacute;n de eternidad era parte de la confusi&oacute;n con que viv&iacute;a.<\/p>\n<p>Una ma&ntilde;ana, cuando estaba en la azotea para bajar la ropa que Madre hab&iacute;a lavado, le escuch&eacute;. Un canto con alegr&iacute;a que emanaba de un pico sonriente. Segu&iacute; el sonido hasta hallarle en una jaula debajo de hojas peri&oacute;dico que buscaban ocultarlo. Gorri&oacute;n me encontr&oacute;. Ten&iacute;a agua y semillas a su disposici&oacute;n, pero su pelaje ten&iacute;a un tono gris&aacute;ceo y sucio, parec&iacute;a triste. Cre&iacute; que el canto no hab&iacute;a sido alegre, lo hab&iacute;a disfrazado as&iacute; para que yo lo encontrara, como en un c&oacute;digo que s&oacute;lo nosotros conoc&iacute;amos. Gorri&oacute;n era tangible y real, estaba ante mis ojos, no hab&iacute;a duda.<\/p>\n<p>Abr&iacute; la puertecilla, nos sonre&iacute;mos con la mirada y lo vi irse haci&eacute;ndose cada vez m&aacute;s peque&ntilde;o a mi vista, hasta desaparecer. Esa noche le so&ntilde;&eacute; radiante, de colores vivos, su cuerpo se deformaba en luz multicolor dej&aacute;ndome al final su mirada, entrando en mi pecho, llen&aacute;ndome de paz. Nunca m&aacute;s volv&iacute; a verle, ni a &eacute;l, ni a los abismos.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Cuando era ni&ntilde;o mis conversaciones m&aacute;s largas las ten&iacute;a con las hormigas que rodeaban mis pasos. Viv&iacute;a sintiendo atracci&oacute;n y confianza hacia los precipicios. 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