{"id":1640,"date":"2023-04-14T21:42:19","date_gmt":"2023-04-14T21:42:19","guid":{"rendered":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/consultario\/2023\/04\/14\/audiencia\/"},"modified":"2023-04-14T21:42:19","modified_gmt":"2023-04-14T21:42:19","slug":"audiencia","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/desde-el-sur\/audiencia\/","title":{"rendered":"Audiencia"},"content":{"rendered":"<p><em>&iexcl;Triste &eacute;poca la nuestra! Es m&aacute;s f&aacute;cil desintegrar un &aacute;tomo que un prejuicio.<\/em><\/p>\n<p>Albert Einstein<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>&Eacute;l siempre necesitaba un papel en blanco para hablar con honestidad. Lo dem&aacute;s eran excesos mit&oacute;manos. Cuando le cedieron la palabra, mir&oacute; circunspecto al auditorio. Despu&eacute;s, lentamente, movi&oacute; el ment&oacute;n y con voz calmada y clara dijo: &ldquo;Todo lo que no pude escribir, lo llor&eacute; cont&aacute;ndoselo a Dios&hellip; &iexcl;No molesten! No tengo nada que decir. &iexcl;M&aacute;tenme! Si creen hacer justicia.&rdquo;<\/p>\n<p>Todos los presentes abrieron un poco m&aacute;s los ojos. En los corazones estrujados hab&iacute;a el miedo a equivocarse. Los presentes sab&iacute;an que nunca aprendieron a ser justos. Tambi&eacute;n sab&iacute;an que nadie devolver&iacute;a la vida si la tomasen por equivocaci&oacute;n. El azar todo lo justifica, pero una equivocaci&oacute;n ser&iacute;a el sumo del acabose y ellos lo sab&iacute;an. Como toda sociedad que tiene historia, tiene un c&uacute;mulo de errores para avergonzarse.<\/p>\n<p>Un hombre estaba sentado, absorto en la lectura de un libro. Ante la incomodidad que se erig&iacute;a en la sala, alguien se&ntilde;al&oacute; al hombre que le&iacute;a y dijo: &ldquo;Lee en voz alta, todos queremos o&iacute;r.&rdquo;<\/p>\n<p>El hombre levant&oacute; la cabeza y vio que todos los ojos estaban dirigidos hacia &eacute;l. No hesit&oacute;, se par&oacute; y con una voz potente llen&oacute; la sala con su lectura: <em>&ldquo;(&hellip;) En las mil casitas alrededor se alojaban los reci&eacute;n llegados. Junto a las camas de los lugare&ntilde;os dorm&iacute;an en catres los enfermos, los encorvados, los paral&iacute;ticos, los locos, los idiotas, los card&iacute;acos, los diab&eacute;ticos, los que portaban el c&aacute;ncer en el cuerpo, los que viv&iacute;an con los ojos afectados de tracoma, las mujeres de vientre est&eacute;ril, las madres de hijos deformes, los hombres amenazados por la c&aacute;rcel o por el servicio militar, los desertores que ven&iacute;an a pedir suerte en su huida, los desahuciados por los m&eacute;dicos, los desechados por la humanidad, los maltratados por la justicia terrenal, los preocupados, los anhelantes, los hambrientos y los saciados, los estafadores y los honestos, todos, todos, todos&#8230;&rdquo;<a href=\"#_edn1\" name=\"_ednref1\"><strong>[i]<\/strong><\/a><\/em><\/p>\n<p>Alguien, con voz solemne, se apoder&oacute; del escenario mientras el hombre volvi&oacute; a sentarse y sigui&oacute; su lectura en silencio. &ldquo;Se&ntilde;ores, su atenci&oacute;n, por favor. Quiero recordarles que el poeta loco siempre fue suicida. Por eso ante el tribunal se abstiene de hablar y dice: &iexcl;M&aacute;tenme! Todos lo escuchamos. &Eacute;l prefiere que lo matemos a matarse. Por eso no confiesa el crimen, posiblemente no lo cometi&oacute;. Pero espera utilizarnos para encontrar la muerte que tanto anhela. Ser&iacute;a la culminaci&oacute;n esperada de su vida. &Eacute;l sabe que cualquier rito siempre es mejor que el suicidio, pues nadie le dir&iacute;a cobarde ni escupir&iacute;a en su sepulcro.&rdquo;<\/p>\n<p>Las dudas recorrieron todos los espacios como saltimbanquis. Pareciera que todos escucharon una liturgia memorable en pleno rito que no es rito. Nadie bostezaba. Ni las tripas se regocijaban. El silencio era sepulcral. Ten&iacute;an que condenar a un culpable y el poeta parec&iacute;a exento de culpa. Quien vio el crimen, seguramente, dudaba de lo que vio, por eso no hablaba.<\/p>\n<p>Alguien se&ntilde;al&oacute; al Tartamudo e inmediatamente fue reprochado: &ldquo;Ser&iacute;a demasiado desalmado inculparlo en un crimen a las palabras. Adem&aacute;s, es t&iacute;mido y siempre fue prudente. Lo justo para decir lo que quiere, debe poder comprobar cualquier situaci&oacute;n.&rdquo;<\/p>\n<p>Las paredes amarillentas combinaban con el foco que poco alumbraba el ambiente habitado por muchas voces de vivos y muertos. Los vivos, por momentos, hablaban y gritaban, mientras los muertos murmuran, en voz muy baja, entrecortada, aun embargada por su propia muerte. La reuni&oacute;n parec&iacute;a tirar para largo, pues no hab&iacute;a pruebas fehacientes para se&ntilde;alar al criminal. Hab&iacute;a un crimen, no un criminal.<\/p>\n<p>&ldquo;El Cojo es un hablador, siempre estuvo complicado en cotilleos de toda &iacute;ndole. No lo estoy acusando, pero pienso que debemos tomarlo en cuenta, m&iacute;nimamente.&rdquo; Habl&oacute; un hombre viejo, de pelo blanco, enflaquecido por la enfermedad que le carcom&iacute;a en silencio.<\/p>\n<p>&ldquo;S&iacute;, el Cojo no es flor que se olfatee, pero estaba conmigo en la cantina del Tuerto cuando ocurri&oacute; el crimen.&rdquo; Dijo un hombre con traje claro, lentes gruesos y pesar en el alma.<\/p>\n<p>&ldquo;Pienso que, en todo caso, deber&iacute;a haber un cura presente para ministrar la extremaunci&oacute;n, exorcizar y bendecir al que sea encontrado culpable&rdquo;, se escuch&oacute; decir una voz que ven&iacute;a del fondo de la sala (era de Octavio, un acondropl&aacute;sico vestido de azul cielo). Muchos aceptaron su moci&oacute;n y r&aacute;pidamente nombraron a dos sujetos para que vayan a buscar al cura en su casa.<\/p>\n<p>Estaban alist&aacute;ndose para encontrar un culpable, mismo que las pruebas fueran escasas, el gusto estar&iacute;a en ejecutar la condena. El silencio de la espera se hac&iacute;a vehemente. Mientras los &aacute;nimos se calmaban, el sue&ntilde;o se apoderaba del escritor que imaginaba la escena. Su cuerpo fluctuaba como palabras de im&aacute;genes congeladas entre los personajes &aacute;vidos de <em>justicia<\/em>.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><a href=\"#_ednref1\" name=\"_edn1\">[i]<\/a> Joseph Roth, <em>Historia de un hombre sencillo<\/em>, Alianza Editorial, Madrid, Espa&ntilde;a.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>&iexcl;Triste &eacute;poca la nuestra! Es m&aacute;s f&aacute;cil desintegrar un &aacute;tomo que un prejuicio. Albert Einstein &nbsp; &Eacute;l siempre necesitaba un papel en blanco para hablar con honestidad. 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