{"id":1396,"date":"2022-11-08T15:43:13","date_gmt":"2022-11-08T15:43:13","guid":{"rendered":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/consultario\/2022\/11\/08\/confesiones-antes-de-la-extremauncion\/"},"modified":"2022-11-08T15:43:13","modified_gmt":"2022-11-08T15:43:13","slug":"confesiones-antes-de-la-extremauncion","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/desde-el-sur\/confesiones-antes-de-la-extremauncion\/","title":{"rendered":"Confesiones antes de la extremauncin"},"content":{"rendered":"<p>No so&ntilde;amos un pa&iacute;s. Apenas, miramos las gallinas comiendo en el patio mientras las horas se hac&iacute;an m&aacute;s cortas y olvid&aacute;bamos el r&iacute;o, los juegos, las calles sombreadas por los mangos que se estiraban de una puerta a otra. No sab&iacute;amos qu&eacute; era la patria. Las historias que los profesores nos contaban estaban lejos en la geograf&iacute;a y en el tiempo. El cami&oacute;n llegaba con el arroz, el trigo y otras cosas que llenaban el almac&eacute;n en la esquina de la plaza. De kilo en kilo &iacute;bamos realizando los mandatos para nuestras madres, que cocinaban llenando m&aacute;gicamente las ollas y satisfac&iacute;an nuestras barrigas. Era un tiempo sin tiempo que en nuestra inocencia no defin&iacute;amos y no sab&iacute;amos que un d&iacute;a acabar&iacute;a, como acababa la m&uacute;sica de la caja de m&uacute;sica de la hermana mayor. Pens&aacute;bamos que el r&iacute;o de nuestro pueblo seguir&iacute;a d&aacute;ndonos pescados, la luna y las estrellas seguir&iacute;an iluminando nuestras noches y que la lluvia y el sol siempre nos traer&iacute;an los frutos de alg&uacute;n &aacute;rbol. No sab&iacute;amos de pecados.<\/p>\n<p>Un d&iacute;a dejamos de ser nosotros para ser yo y el otro. Entonces, creo que prob&eacute; el fruto del &aacute;rbol del olvido y viaj&eacute; a otras latitudes, lejos del patio de la casa, de la ventana por donde miraba en los d&iacute;as de lluvia y de la olla de mi madre. Conoc&iacute; el tren que me llevo lejos de mi pueblo. Abandon&eacute; mi calle. Vi las carreteras que pasaban por pueblos con sus chimeneas humeantes sin r&iacute;os, en lugares secos y fr&iacute;os donde las cometas no coqueteaban con el cielo. Despu&eacute;s, el polvo se qued&oacute; atr&aacute;s dando paso al asfalto y a las torres de cemento. Ya no jugu&eacute;. Y descubr&iacute; otras plazas, otros almacenes y otras esquinas con bares, meretrices y pecados.<\/p>\n<p>Conoc&iacute; las desigualdades. Entonces aprend&iacute; a so&ntilde;ar un pa&iacute;s donde todos ser&iacute;amos felices. Mi sue&ntilde;o me llev&oacute; al exilio. Empu&ntilde;&eacute; un fusil y ocult&eacute; un poema en el bolsillo. Al mismo tiempo en que conoc&iacute; el amor, despu&eacute;s otro amor y muchos amores&hellip; Baj&eacute; al fondo en el pozo de Dante donde el tiempo se extend&iacute;a y en medio de las visiones confusas yo buscaba, en la noche, las llaves perdidas en el pasto crecido del verano. Era un pecador y poco me importaba.<\/p>\n<p>En invierno trataba de satisfacer la barriga con vino. Volv&iacute;a a casa y estaba una mujer y dos hijos a mi espera. Los hijos me abrazaban. La mujer me rega&ntilde;aba. Yo pensaba que amaba el cotidiano y la rutina a lado de mi familia. La vida segu&iacute;a. Ya no so&ntilde;aba nada. De vez en cuando colocaba la mano en el bolsillo y encontraba un poema era una especie de salvaci&oacute;n, porque en el fondo no era la vida que yo quer&iacute;a.<\/p>\n<p>El espejo ya no devolv&iacute;a la imagen del ni&ntilde;o ni del joven ni del hombre maduro, cuando descubr&iacute; el amor verdadero. El amor que remueve las entra&ntilde;as. El amor que sue&ntilde;a una piel. El amor que roba la vida y quiere que sea eterna para poder amar. Hice un manojo de mi propia vida, apret&eacute; bien y coloqu&eacute; en el bolsillo con los poemas. Quise huir. Empezar todo otra vez. Ser feliz en lo que me quedaba de los a&ntilde;os. Descubr&iacute; los barrotes que me sujetaban. La rutina mediocre. La mujer triste con sus dientes amarillos implorando con una sonrisa triste para que me quede una noche m&aacute;s al lado de su cuerpo obeso. A&ntilde;or&eacute; volver a la orilla del r&iacute;o para empezar todo otra vez. Mientras hu&iacute;a la luz, retir&eacute; los poemas del bolsillo. Eran versos que hablaban de oraci&oacute;n, piel, templo, cuerpo. Versos para la mujer amada cuya piel jam&aacute;s tocar&eacute;. No tocarla es mi mayor pecado. &ldquo;Estos son todos mis pecados&rdquo;.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>No so&ntilde;amos un pa&iacute;s. 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