{"id":1158,"date":"2022-07-05T14:34:27","date_gmt":"2022-07-05T14:34:27","guid":{"rendered":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/consultario\/2022\/07\/05\/fotografias\/"},"modified":"2022-07-05T14:34:27","modified_gmt":"2022-07-05T14:34:27","slug":"fotografias","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/ensayo\/fotografias\/","title":{"rendered":"Fotografas"},"content":{"rendered":"<p><strong>Imagen de portada: Vivian Maier. Tomada de<\/strong> https:\/\/aliceinwanderlust.it\/cinema\/alla-ricerca-di-vivian-maier\/<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Vivian Maier trabaj&oacute; como ni&ntilde;era de ricos un par de a&ntilde;os en Nueva York y despu&eacute;s el resto de su vida en Chicago. Un empleo que, adem&aacute;s de darle casa y comida, le permiti&oacute; recorrer c&aacute;mara en mano las calles desde 1950 hasta poco antes de su muerte, a los 83 a&ntilde;os. Cuatro d&eacute;cadas de registro callejero. Casi no revel&oacute; sus fotos, tal vez porque no tuvo dinero o tiempo o ganas, o incluso porque le bastaba, drogada de calle, con fotografiar el mundo.<\/p>\n<p>Casi nada se sabe de ella. Alguno dijo que ten&iacute;a un lado oscuro. Otros, que era misteriosa y muy reservada y que recortaba art&iacute;culos sobre episodios siniestros en los diarios. Por lo que se ve, a veces revolv&iacute;a basura o capturaba maniqu&iacute;es sin cabeza, recorr&iacute;a las zonas pobres de la ciudad o llevaba a los ni&ntilde;os de excursi&oacute;n a un matadero de ovejas. Sin embargo, sus fotos muestran empat&iacute;a y una alerta instant&aacute;nea a las tragedias humanas. En cualquier caso, era una vigilante incre&iacute;ble, una persona muy observadora. Naci&oacute; en Nueva York en 1926. Abandonada por su padre a los cuatro a&ntilde;os, pas&oacute; parte de su ni&ntilde;ez en Francia, de donde era su madre. Ambas convivieron un tiempo con una pionera de la fotograf&iacute;a, la surrealista Jeanne J. Bertrand, y seguramente la fascinaci&oacute;n de la peque&ntilde;a Vivian por las c&aacute;maras, empez&oacute; ah&iacute;. Al regresar a Estados Unidos, trabaj&oacute; en un taller clandestino antes de convertirse en ni&ntilde;era. En 1952 compr&oacute; en Nueva York una Rolleiflex y dos a&ntilde;os m&aacute;s tarde se mud&oacute; a los suburbios de Chicago, de donde sali&oacute; solo una vez para hacer un viaje por Asia. Sacaba sus fotos con la c&aacute;mara a la altura del pecho (o sea que encuadraba sin mirar por el objetivo), con lo cual los fotografiados tienen un leve aire de superioridad, cumpliendo esa premisa de que lo observado sea siempre m&aacute;s importante que nosotros. Durante su vida realiz&oacute; m&aacute;s de 100,000 negativos. Como al crecer los ni&ntilde;os deb&iacute;a cambiar de casa, alquil&oacute; un espacio para guardar sus fotos. Ya jubilada, no pudo pagar el alquiler del dep&oacute;sito, de modo que sus pertenencias fueron llevadas a remate. En 2007, por menos de $400 d&oacute;lares, alguien compro en una subasta lo contenido en el <em>locker<\/em> y, al revelar las fotos, se encontr&oacute; con asombrosas escenas de calle, d&eacute;cadas de vida urbana, fragmentos de una narraci&oacute;n que resume la gran fotograf&iacute;a americana del siglo XX con una mirada tan propia que se vuelve dif&iacute;cil de clasificar. Cuando muri&oacute; en una casa para ancianos, nadie imagin&oacute; que sus fotos acabar&iacute;an exhibi&eacute;ndose en los museos m&aacute;s importantes del mundo. Probablemente pasara inadvertida (una mujer blanca, de aspecto anodino) y eso fue fant&aacute;stico para su trabajo y como la necesidad es buena consejera, era muy cuidadosa en los encuadres antes de disparar. Curiosa, explora las escenas en busca de alguna peculiaridad y &mdash;ya hemos dicho que pocas veces revelaba&mdash; no hac&iacute;a las fotos para verlas, o tal vez no sab&iacute;a cu&aacute;ndo podr&iacute;a verlas; mucho menos para mostrarlas porque nunca las mostr&oacute; a nadie. O sea que su obra es producto de una demanda interior muy profunda: las hac&iacute;a porque necesitaba salir a la calle, necesitaba observar, encuadrar, registrar.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><strong>Dos<\/strong><\/p>\n<p><em>Particulares<\/em>, como los cigarrillos de otros tiempos, es un libro de formato peque&ntilde;o con breves historias ligadas al acto de fumar que el cordob&eacute;s Federico Lavezzo escribi&oacute; a partir de una caja de fotos de contacto en blanco y negro encontradas en la casa de un t&iacute;o solter&oacute;n que viv&iacute;a en Nueva York. Escarbar en la intimidad del otro, imaginar lo que no sabemos es un buen acicate para la escritura.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><strong>Tres<\/strong><\/p>\n<p>En otro libro, que se llama justamente <em>Las fotos<\/em> y que no es tanto un libro de fotos sino de historias escondidas tras algunas fotograf&iacute;as, Ines Ulanovsky cuenta que el 18 de julio de 1994, cuando explot&oacute; la bomba en la AMIA, ella se encontraba en su casa, ubicada justo frente al edificio y que, entre el terror y el temblor, hizo unas tomas desde su ventana. Una d&eacute;cada m&aacute;s tarde, en medio de una mudanza, las encontr&oacute; y entonces vio en una de ellas, apoyado a la ventana de otro edificio, a un fot&oacute;grafo con el rostro semi escondido detr&aacute;s de su c&aacute;mara. Ese hombre que ahora era su marido y al que le hab&iacute;a sacado una foto varios a&ntilde;os antes de conocerlo.<\/p>\n<p>La historia de esa foto o la de dos hombres de vacaciones en distintos lugares del pa&iacute;s que ella encontr&oacute; en un conteiner, dos hombres que ella imagina viv&iacute;an un amor oculto. O la otra historia, m&aacute;s conmovedora: la de un fot&oacute;grafo de una ciudad balnearia que durante dieciocho a&ntilde;os fotografi&oacute; a un hombre que viv&iacute;a en un auto abandonado, un hombre que no hablaba y que nadie sab&iacute;a qui&eacute;n era, una especie de mito de la ciudad. Fot&oacute;grafo y fotografiado entablaron una amistad en la que el primero registr&oacute; todos los lugares donde el otro vivi&oacute;: aquel auto, una tapera, una pensi&oacute;n, la calle y finalmente el geri&aacute;trico municipal y despu&eacute;s hizo un documental, y as&iacute; fue que aparecieron dos hermanos, ten&iacute;an una sola foto de cuando los tres eran chiquitos y este hombre era aquel que estaban buscando desde hac&iacute;a 55 a&ntilde;os porque ven&iacute;an de una familia rota y hab&iacute;an sido separados y dados en adopci&oacute;n.<\/p>\n<p>&iquest;Qu&eacute; poder tienen las fotos, capaces de desatar tantas historias? Muchos escribieron sobre su potencia, conscientes de que algo &ldquo;estuvo ah&iacute;&rdquo;, algo que al mismo tiempo es ausencia, testimonio de lo que se ha ido, de lo que ya no est&aacute;. Las marcas del paso del tiempo, no solo del momento en el que se hizo el registro, sino tambi&eacute;n del recorrido que tuvo: qui&eacute;n la sac&oacute;, qui&eacute;n la guard&oacute;, como lleg&oacute; a nuestras manos, qui&eacute;n nos habl&oacute; de ella o puso bajo nuestros ojos algo que no conoc&iacute;amos o que hab&iacute;amos olvidado.<\/p>\n<p>No hace mucho, un amigo me cont&oacute; que el fot&oacute;grafo de su pueblo, durante la pandemia, por falta de trabajo a ra&iacute;z de la suspensi&oacute;n de eventos sociales, se dedic&oacute; &mdash;como un repartidor de recuerdos&mdash; a ofrecer a domicilio viejas fotograf&iacute;as. As&iacute; pudieron los habitantes encontrarse en actos escolares, bautismos, celebraciones colectivas y casamientos.<\/p>\n<p>Ayer, otro amigo me mand&oacute; dos fotos. Se las acerc&oacute;, para que me las mostrara, un hombre que hered&oacute; una caja de fotos de su abuelo y en un par de ellas encontr&oacute; al dorso anotado mi apellido. En una de ellas, que tambi&eacute;n yo tengo, est&aacute; mi padre joven, reci&eacute;n llegado de Italia, junto a unos parientes, antes que yo naciera. La otra es m&aacute;s antigua. En un patio ante una casa de ladrillos bastante deteriorada, hay tres hombres sentados y unos ni&ntilde;os. El centro de la foto es uno de los hombres. Tiene sobre las piernas, desplegado, un bandone&oacute;n. Al dorso est&aacute; su nombre, Aurelio, y su apellido. Y entonces s&eacute; que es el t&iacute;o de mi padre, el bohemio de la familia que lleg&oacute; a Argentina a comienzos del siglo pasado y, para preocupaci&oacute;n de mi abuela, se meti&oacute; en un circo hasta que ancl&oacute; en alguna parte. Nunca hab&iacute;a visto una imagen suya, encuentro ah&iacute; la mirada de mi padre, pero escuch&eacute; hablar de &eacute;l, tanto que por esos relatos hice que mi Stefano anduviera tambi&eacute;n haciendo m&uacute;sica entre los carromatos.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Imagen de portada: Vivian Maier. Tomada de https:\/\/aliceinwanderlust.it\/cinema\/alla-ricerca-di-vivian-maier\/ &nbsp; Vivian Maier trabaj&oacute; como ni&ntilde;era de ricos un par de a&ntilde;os en Nueva York y despu&eacute;s el resto de su vida en Chicago. 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