{"id":1115,"date":"2022-06-07T12:58:43","date_gmt":"2022-06-07T12:58:43","guid":{"rendered":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/consultario\/2022\/06\/07\/consideraciones-sobre-la-guerra-y-la-muerte\/"},"modified":"2022-06-07T12:58:43","modified_gmt":"2022-06-07T12:58:43","slug":"consideraciones-sobre-la-guerra-y-la-muerte","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/kaos\/consideraciones-sobre-la-guerra-y-la-muerte\/","title":{"rendered":"Consideraciones sobre la guerra y la muerte"},"content":{"rendered":"<p style=\"text-align: right;\"><em>La escuela psicoanal&iacute;tica ha podido arriesgar el aserto de que, en el fondo, nadie cree en su propia muerte.<\/em><\/p>\n<p style=\"text-align: right;\">Sigmund Freud<\/p>\n<p>Pensar sobre la guerra, lamentablemente, siempre es un tema de actualidad. Sigmund Freud no pudo quedar al margen de los acontecimientos de su tiempo, era un hombre de su &eacute;poca y no podr&iacute;a haber dejado de cuestionarse en torno a la guerra y la muerte. Sus consideraciones sobre la cuesti&oacute;n b&eacute;lica las escribe alrededor de marzo y abril de 1915, en un trabajo que titula <em>De guerra y muerte. Temas de actualidad<\/em>. Es decir, lo escribe unos seis meses despu&eacute;s del estallido de la primera Guerra Mundial. Ante los estragos de la guerra, Freud reflexiona sobre dos factores que determinan la &ldquo;miseria an&iacute;mica&rdquo; de quien no se hace parte de la maquinaria de guerra y se queda en casa: la desilusi&oacute;n que la guerra provoca y el cambio que impone en su actitud hacia la muerte. La desilusi&oacute;n se hace evidente en tanto que se esperaba algo m&aacute;s &ldquo;de las grandes naciones de raza blanca, dominadoras del mundo y en las que ha reca&iacute;do la conducci&oacute;n del g&eacute;nero humano; de esas naciones a las que se sab&iacute;a empe&ntilde;adas en el cuidado de intereses que se extend&iacute;an por el universo entero, creadoras de los progresos t&eacute;cnicos en el sojuzgamiento de la naturaleza as&iacute; como de los valores de la cultura, art&iacute;sticos y cient&iacute;ficos, de esos pueblos se hab&iacute;a esperado que sabr&iacute;an ingeni&aacute;rselas para zanjar por otras v&iacute;as las desinteligencias y los conflictos de intereses&rdquo;. Si leemos lo que Freud reflexionaba a la luz de los acontecimientos b&eacute;licos actuales (la guerra de Rusia contra Ucrania) comprobamos que el sentimiento de desilusi&oacute;n, de desesperanza, no s&oacute;lo contin&uacute;a present&aacute;ndose sino se ha visto agravado y globalizado. La guerra virtualizada se ha banalizado a tal grado que en el mundo son un <em>boom<\/em> los video juegos b&eacute;licos.<\/p>\n<p>En la Primera Guerra Mundial, Freud no ver&iacute;a sino la puesta en evidencia del fracaso de las pretensiones de una posible &ldquo;comunidad de la cultura&rdquo;. Se&ntilde;ala: &ldquo;La guerra, en la que no quisimos creer, ha estallado ahora y trae consigo&hellip; la desilusi&oacute;n.&rdquo; Esta guerra le resulta igual de sangrienta y cruel que las anteriores, pero con la novedad de que ahora viene acompa&ntilde;ada por la desilusi&oacute;n. Desilusi&oacute;n que, tras constatar el modo de actuar del Estado, se funda en el hecho de que &ldquo;tampoco puede asombrar que el aflojamiento de las relaciones &eacute;ticas entre los individuos rectores de la humanidad haya repercutido en la eticidad de los individuos&rdquo;. En este trabajo, dividido en dos partes, Freud atribuye las atrocidades de la guerra, en buena medida, a la disminuci&oacute;n de la eticidad, con lo que se establece una distancia entre la inteligencia y la vida an&iacute;mica o pulsional cuando las condiciones sociales o externas cambian, como ocurre con la guerra, inclusive en los hombres de mayor inteligencia. Sin embargo, aun despu&eacute;s del evidente fracaso de la idea de la &ldquo;comunidad de la cultura&rdquo;, Freud a&uacute;n guardaba esperanzas de que el avance de la ciencia, en su permanente b&uacute;squeda de la verdad, pudiera cambiar el sentido de las cosas y as&iacute; lograr la pretendida armon&iacute;a o concordancia con la realidad y cumplir con los m&aacute;s ut&oacute;picos sue&ntilde;os de la modernidad. Sin duda, hoy Freud constatar&iacute;a tambi&eacute;n el fracaso de la ciencia para contener los enfrentamientos b&eacute;licos; muy por lo contrario, se ha puesto a su servicio.<\/p>\n<p>En las <em>Nuevas conferencias sobre psicoan&aacute;lisis<\/em> Freud afirma que el af&aacute;n de la ciencia, a diferencia de la religi&oacute;n, &ldquo;es lograr concordancia con la realidad, o sea, con lo que subsiste fuera e independientemente de nosotros y que, tal como la experiencia nos lo ha ense&ntilde;ado, es decisivo para el cumplimiento o la frustraci&oacute;n de nuestros deseos. Llamamos verdad a esta concordancia con el mundo exterior objetivo. Ella sigue siendo la meta del trabajo cient&iacute;fico, aunque dejemos de lado su valor pr&aacute;ctico&rdquo;. Desde luego, como ahora sabemos a partir de las aportaciones de Lacan, el lugar de la verdad al que apunta el psicoan&aacute;lisis es radicalmente opuesto a la verdad pretendida de la ciencia, la cual justamente avanza a precio de eliminar de sus conjeturas la verdad del deseo, forcluyendo de esa manera al sujeto. En nuestros d&iacute;as, la guerra adquiere una dimensi&oacute;n &ldquo;telesc&oacute;pica&rdquo;: se le ve a la distancia para casi todo el mundo. Se vuelve, la guerra, un espect&aacute;culo, una cuesti&oacute;n, m&aacute;s que nunca, de mercado.<\/p>\n<p>Lo siguiente que destaca Freud en su an&aacute;lisis es lo que llama &ldquo;nuestra actitud hacia la muerte&rdquo;, aquella que ve emerger a la sombra de la guerra que vive. Se cuestiona, de entrada, sobre la veracidad de aquella actitud que ve&iacute;a a la muerte como algo &ldquo;natural, incontrastable e inevitable&rdquo; y que por tanto era asumida sin mayor dificultad. La muerte no causaba conflicto mayor. Sin embargo, a Freud se le hace &eacute;sta una actitud sospechosa y poco clara que contrasta con el hecho de que, en el fondo, &ldquo;nadie cree en su propia muerte, o, lo que viene a ser lo mismo, en el inconsciente cada uno de nosotros est&aacute; convencido de su inmortalidad&rdquo;. As&iacute;, constata que antes de la Gran Guerra la actitud ante la muerte va m&aacute;s encaminada a guardar silencio. Inclusive los hombres cultos (exceptuando aquellos que por su profesi&oacute;n no pueden eludirlo) se proh&iacute;ben siquiera imaginar la muerte de otro. La muerte, hablar de ella, se volvi&oacute; de mal gusto. De esta manera se puede entender la necesidad de que la contundencia de la muerte se minimice, destacando lo contingente del acontecimiento y exaltando hasta lo inveros&iacute;mil los posibles valores del muerto.<\/p>\n<p>La muerte es as&iacute; pretendidamente domesticada y la vida se vuelve &ldquo;tan ins&iacute;pida e insustancial como un <em>flirt<\/em> norteamericano,&rdquo; en tanto que no hay nada para arriesgar. Freud es bastante claro al se&ntilde;alar que la inclinaci&oacute;n a no tener en cuenta a la muerte en el c&aacute;lculo de la vida trae consigo otras renuncias y exclusiones, perdi&eacute;ndose en buena medida la esencia de la vida, en tanto que s&oacute;lo la inclusi&oacute;n de la muerte puede hacer viva la vida. Esta actitud convencional ante la muerte viene a cambiar con la guerra. La guerra nos hace, dice Freud, creer que la muerte ya no es contingencia sino presencia constante. Sin embargo, parad&oacute;jicamente, con ello &ldquo;la vida de nuevo se ha vuelto interesante, ha recuperado su contenido pleno&rdquo;.<\/p>\n<p>En tiempos de guerra, se&ntilde;ala Freud, en la sociedad se presenta una divisi&oacute;n en dos grupos: los que est&aacute;n en la batalla y los que se quedaron en casa. El primer grupo le resulta inaccesible para el an&aacute;lisis. El segundo destaca en que se presenta una especie de par&aacute;lisis y desconcierto en la espera de que les sea informada la muerte de alg&uacute;n ser querido en combate. La relaci&oacute;n con la muerte es de espera y ambig&uuml;edad: se teme y se aguardan noticias, el flujo de informaci&oacute;n es lento considerando adem&aacute;s las dificultades para la comunicaci&oacute;n de aquella &eacute;poca.<\/p>\n<p>El maestro vien&eacute;s se&ntilde;ala que, de alguna manera invisible para nuestra conciencia, conservamos la relaci&oacute;n ambivalente que el hombre primordial mantiene con la muerte. En ese sentido, por un lado, la muerte se toma en serio como la supresi&oacute;n de la vida, se venera y respeta. Pero por otro, se le da ment&iacute;s, es decir, se la niega reduci&eacute;ndola a la nada, silenci&aacute;ndola y haci&eacute;ndole desaparecer. El retorno de esa presencia rechazada de la muerte se manifiesta, se&ntilde;ala Freud, como una culpa primordial que constituye una expresi&oacute;n del pecado original, una culpa de sangre sobre la cual se funda la cultura. La culpa primordial, que viv&iacute;a el hombre primero y a&uacute;n en la actualidad, es expresi&oacute;n de la ambivalencia frente a la muerte. Ambivalencia que las religiones han sabido aprovechar para mantener una lucrativa ilusi&oacute;n de perd&oacute;n y reencuentro con el Ideal. Es tambi&eacute;n en esta ambivalencia que produce un espasmo afectivo. La muerte a la distancia se vive con sentimiento de culpa y oleadas de angustia. Ante esto se recurre a la especulaci&oacute;n filos&oacute;fica, especulaci&oacute;n que, sin embargo, &ldquo;descuida los motivos eficaces primarios&rdquo; (inconscientes) ante la muerte.<\/p>\n<p>Los motivos primarios a los que se refiere se representan en las actitudes, en ocasiones por dem&aacute;s extra&ntilde;as, que se adoptan ante la muerte, fundamentalmente frente al cad&aacute;ver, donde se produce un choque frontal con la inimaginable idea de la muerte propia; choque que result&oacute;, a decir de Freud, rico en consecuencias para los primeros hombres. As&iacute;, supone que el hombre primordial, ante la muerte de un ser querido, su mujer, su hijo, se resisti&oacute; a aceptar el hecho ante la evidencia de que en esos seres queridos mor&iacute;a un fragmento de su propio yo. Sin embargo, por otra parte, dado el sentimiento de ambivalencia que preside la vida afectiva, el muerto tambi&eacute;n era portador de ajenidad, con lo que en sentido estricto deven&iacute;a un enemigo, por lo que de alguna manera la muerte se consideraba merecida, dando paso a una extra&ntilde;a alegr&iacute;a de que sea otro el que muere.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>La escuela psicoanal&iacute;tica ha podido arriesgar el aserto de que, en el fondo, nadie cree en su propia muerte. Sigmund Freud Pensar sobre la guerra, lamentablemente, siempre es un tema de actualidad. Sigmund Freud no pudo quedar al margen de los acontecimientos de su tiempo, era un hombre de su &eacute;poca y no podr&iacute;a haber [&hellip;]<\/p>\n","protected":false},"author":100,"featured_media":1116,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[21],"tags":[],"class_list":["post-1115","post","type-post","status-publish","format-standard","has-post-thumbnail","hentry","category-kaos"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/1115","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/wp-json\/wp\/v2\/users\/100"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=1115"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/1115\/revisions"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/wp-json\/wp\/v2\/media\/1116"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=1115"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=1115"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=1115"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}