{"id":1067,"date":"2022-05-10T17:03:16","date_gmt":"2022-05-10T17:03:16","guid":{"rendered":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/consultario\/2022\/05\/10\/lecciones-de-los-maestros\/"},"modified":"2022-05-10T17:03:16","modified_gmt":"2022-05-10T17:03:16","slug":"lecciones-de-los-maestros","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/kaos\/lecciones-de-los-maestros\/","title":{"rendered":"Lecciones de los maestros"},"content":{"rendered":"<p>Imagen portada: <em>La maestra rural<\/em>, Diego Rivera (1932)<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p style=\"text-align: right;\"><em>En realidad, como sabemos, la mayor&iacute;a de aquellos a quienes confiamos a nuestros hijos en la ense&ntilde;anza secundaria, a quienes acudimos en busca de gu&iacute;a y ejemplo, son unos sepultureros m&aacute;s o menos afables.<\/em><\/p>\n<p style=\"text-align: right;\">George Steiner<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><em>Lecciones de los maestros<\/em> es el t&iacute;tulo de un extraordinario libro-homenaje sobre los maestros y el acto de ense&ntilde;ar realizado por el genial George Steiner en el a&ntilde;o 2003. El autor, profesor &eacute;l mismo en los cinco continentes durante muchos a&ntilde;os, se pregunta qu&eacute; es lo que confiere a un hombre o a una mujer el poder de ense&ntilde;ar a otro ser humano, &ldquo;&iquest;D&oacute;nde est&aacute; la fuente de su autoridad?&rdquo;. Ante sus cuestionamientos sobre el poder y la autoridad concedidos al maestro, Steiner nos plantea tres escenarios: en principio, se&ntilde;ala que hay maestros que han destruido a sus disc&iacute;pulos psicol&oacute;gicamente y, en algunos casos, f&iacute;sicamente. Son maestros que quebrantan el esp&iacute;ritu, se aprovechan de la dependencia del alumno y se vuelven vampiros del alma. Tambi&eacute;n, y en contraparte, dice, &ldquo;ha habido pupilos, disc&iacute;pulos que han tergiversado, traicionado y destruido a sus maestros&rdquo;. Y hay una tercera categor&iacute;a que llama del intercambio: &ldquo;el eros de la mutua confianza, incluso amor&rdquo;. En ese escenario, el maestro aprende del disc&iacute;pulo cuando ense&ntilde;a. Ah&iacute; la donaci&oacute;n apunta a ser rec&iacute;proca: &ldquo;La intensidad del di&aacute;logo genera amistad en el sentido m&aacute;s elevado de la palabra&rdquo;. Despu&eacute;s de muchos a&ntilde;os por las aulas, como alumno y como maestro, puedo signar la contundente afirmaci&oacute;n que Steiner realiza respecto a la alt&iacute;sima responsabilidad y pasi&oacute;n que se involucra detentar el poder de ense&ntilde;ar: &ldquo;La ense&ntilde;anza aut&eacute;ntica puede ser una empresa terriblemente peligrosa. El Maestro vivo toma en sus manos lo m&aacute;s &iacute;ntimo de sus alumnos, la materia fr&aacute;gil e incendiaria de sus posibilidades. Accede a lo que concebimos como el alma y las ra&iacute;ces del ser, un acceso del cual la seducci&oacute;n er&oacute;tica es la versi&oacute;n menor, si bien metaf&oacute;rica&rdquo;.<\/p>\n<p>La educaci&oacute;n es una forma de lazo social y, por tanto, un v&iacute;nculo amoroso donde se juega la <em>libido sciendi<\/em>, el deseo de conocer, el ansia de comprender. Esa forma de amor se puede reconocer, como lo hace Arist&oacute;teles, esencial en la constituci&oacute;n de las sociedades, en la moral social de occidente y es el fundamento del amor que el &ldquo;hombre de bien&rdquo; tiene por s&iacute; mismo. Dec&iacute;a Arist&oacute;teles que, cuando el alma se ama a s&iacute; misma, el intelecto y la raz&oacute;n pueden mantener la paz y la armon&iacute;a, necesarios en el acto pedag&oacute;gico, haciendo valer as&iacute; la etimolog&iacute;a de la palabra educar, que se deriva de <em>ducere<\/em>, es decir, conducir. Conducir hasta que el sujeto educando pueda ejercer el dominio de s&iacute; mismo.<\/p>\n<p>George Steiner reconoce el valor y privilegio que produce ense&ntilde;ar, despertar en otros seres humanos sue&ntilde;os que se manten&iacute;an incluso desconocidos en el alumno. Es un privilegio ser c&oacute;mplice de una posibilidad trascendente, as&iacute; lo dice: &ldquo;Es una satisfacci&oacute;n incomparable ser el servidor, el correo de lo esencial, sabiendo perfectamente que muy pocos pueden ser creadores o descubridores de primera categor&iacute;a. Hasta en un nivel humilde &mdash;el del maestro de escuela&mdash;, ense&ntilde;ar, ense&ntilde;ar bien, es ser c&oacute;mplice de una posibilidad trascendente.&rdquo;<\/p>\n<p>Una de las cuestiones que se plantea Steiner de inicio es, como ya se dijo, sobre &iquest;d&oacute;nde est&aacute; la fuente de autoridad del maestro? Sigmund Freud nos da indicios para elaborar una posible respuesta, en un escrito de 1914 con car&aacute;cter autobiogr&aacute;fico que titula <em>Sobre la psicolog&iacute;a del colegial. <\/em>Ah&iacute;, hablando de la pubertad-adolescencia y del desasimiento del ni&ntilde;o con respecto a la dependencia con los padres, escribe el maestro vien&eacute;s:<\/p>\n<p>&ldquo;Es en esta fase del desarrollo del joven cuando se produce su encuentro con los maestros. Ahora comprendemos nuestra relaci&oacute;n con los profesores de la escuela secundaria. Estos hombres, que ni siquiera eran todos padres, se convirtieron para nosotros en sustitutos del padre. Por eso se nos aparecieron, aun siendo muy j&oacute;venes, tan maduros, tan inalcanzablemente adultos. Trasfer&iacute;amos sobre ellos el respeto y las expectativas del omnisciente padre de nuestros a&ntilde;os infantiles, y luego empezamos a tratarlos como a nuestro padre en casa&rdquo;.<\/p>\n<p>Aunque en tiempos de virtualidad, debido a la pandemia Covid 19, la funci&oacute;n del maestro necesariamente se ha visto puesta en cuesti&oacute;n, sin duda, a&uacute;n en la virtualidad, se refrenda que todo proceso educativo implica la presencia del Otro. &ldquo;Ning&uacute;n medio, por expedito que sea, ning&uacute;n materialismo, por triunfante que sea, pueden erradicar el amanecer que experimentamos cuando hemos comprendido a un Maestro&rdquo;, escribe Steiner. Toda relaci&oacute;n con el Otro est&aacute; mediatizada por una demanda de amor: el proceso de aprendizaje, donde se presenta una relaci&oacute;n asim&eacute;trica de los involucrados: el maestro ense&ntilde;ante, por un lado, y el alumno disc&iacute;pulo, por el otro. Ambos pueden sostenerse en ese lugar s&oacute;lo por el reconocimiento del otro: no hay maestros sin que por lo menos un alumno lo reconozca como tal, y desde ah&iacute; le adjudique un saber y una autoridad: ah&iacute; se encuentra la esencia del acto educativo (el psicoan&aacute;lisis le llama transferencia, m&aacute;s precisamente, &ldquo;amor transferencia&rdquo;) donde la palabra se vuelve el medio para transmitir lo que el alumno demanda obtener del maestro, al que le supone un saber, un saber que desde luego el maestro no tiene por ser &eacute;l mismo efecto del lenguaje. De ah&iacute; la expresi&oacute;n de Sigmund Freud en el sentido de que la educaci&oacute;n (lo mismo que gobernar y psicoanalizar) es una &ldquo;profesi&oacute;n&rdquo; imposible.<\/p>\n<p>Conocemos el influjo que la palabra ejerce en el lazo social, sabemos sobre el poder y la influencia que se ejerce desde el discurso entre los seres humanos. El que transmite detenta el poder de la palabra, es su responsabilidad que el proceso de ense&ntilde;anza-aprendizaje opere en una dimensi&oacute;n &eacute;tica, salvo graves perjuicios. &nbsp;Nuevamente Steiner: &ldquo;Ense&ntilde;ar con seriedad es poner las manos en lo que tiene de m&aacute;s vital el ser humano. Es buscar acceso a la carne viva, a lo m&aacute;s &iacute;ntimo de la integridad de un ni&ntilde;o o de un adulto. Un Maestro invade, irrumpe, puede arrasar con el fin de limpiar y reconstruir. Una ense&ntilde;anza deficiente, una rutina pedag&oacute;gica, un estilo de instrucci&oacute;n que, conscientemente o no, sea c&iacute;nico en sus metas meramente utilitarias, son destructivas. Arrancan de ra&iacute;z la esperanza. La mala ense&ntilde;anza es, casi literalmente, asesina y, metaf&oacute;ricamente, un pecado&rdquo;.<\/p>\n<p>Los griegos de la antig&uuml;edad dec&iacute;an que el trabajo, labor, se realiza a partir de contar con tres elementos, y necesariamente los tres: una potencia o er&oacute;tica suficiente para realizar el trabajo, una &eacute;tica que permita que el trabajo produzca un bien en el semejante y, tercero, una est&eacute;tica que lo dote de lo bello. S&oacute;lo as&iacute; una acci&oacute;n era considerada como trabajo, <em>labor<\/em>. Cuando se realiza una acci&oacute;n sin alguna de estas tres condiciones ya no se trataba de una labor sino <em>pornos<\/em>, pornograf&iacute;a. La pedagog&iacute;a, la pr&aacute;ctica docente y la ense&ntilde;anza, demanda realizarse como una labor.<\/p>\n<p>Pero tambi&eacute;n, lamentablemente, se padece la &ldquo;educaci&oacute;n&rdquo; donde se quebranta el esp&iacute;ritu del alumno, se aniquila la pulsi&oacute;n de saber, se trata esencialmente de una ense&ntilde;anza muerta y vengativa de las propias frustraciones del docente, se produce una antienze&ntilde;anza, como la llama Steiner. Son legi&oacute;n El autor nos hace ver que (y lamentablemente le tenemos que reconocer la raz&oacute;n) los buenos profesores o profesoras, aquellos que encienden las almas, son m&aacute;s escasos que los artistas virtuosos o los sabios.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Imagen portada: La maestra rural, Diego Rivera (1932) &nbsp; En realidad, como sabemos, la mayor&iacute;a de aquellos a quienes confiamos a nuestros hijos en la ense&ntilde;anza secundaria, a quienes acudimos en busca de gu&iacute;a y ejemplo, son unos sepultureros m&aacute;s o menos afables. 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