{"id":1034,"date":"2022-04-05T13:40:37","date_gmt":"2022-04-05T13:40:37","guid":{"rendered":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/consultario\/2022\/04\/05\/el-eterno-amor\/"},"modified":"2022-04-05T13:40:37","modified_gmt":"2022-04-05T13:40:37","slug":"el-eterno-amor","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/kaos\/el-eterno-amor\/","title":{"rendered":"El eterno amor"},"content":{"rendered":"<p style=\"text-align: right;\">El amor es un don sin piedad porque nada nos consuela de su p&eacute;rdida. El<\/p>\n<p style=\"text-align: right;\">amor se vincula a lo perdido: por eso toda p&eacute;rdida lo verifica&hellip; es el m&aacute;s<\/p>\n<p style=\"text-align: right;\">intenso de los dolores, nunca tiene fin<\/p>\n<p style=\"text-align: right;\">Pascal Quignard<\/p>\n<p>Para Diana, en su cumplea&ntilde;os<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>El erudito escritor franc&eacute;s Pascal Quignard se&ntilde;ala, en su <em>Vida secreta. &Uacute;ltimo reino VIII<\/em>, que &ldquo;La pasi&oacute;n es el apego involuntario e irresistible por la proximidad de un cuerpo distinto al propio&rdquo;. El amor ha sido visto como una forma de enfermedad; el amor es una enardecida expresi&oacute;n de la pasi&oacute;n. Enfermedad es una de las acepciones del lat&iacute;n <em>passio<\/em>, pasi&oacute;n que es padecer y tambi&eacute;n impaciencia. Una de las varias ocasiones en que el psicoanalista franc&eacute;s Jacques Lacan aborda la cuesti&oacute;n de &ldquo;las pasiones del ser&rdquo;, es en su Seminario <em>Los cuatro conceptos fundamentales del psicoan&aacute;lisis<\/em>. Ah&iacute;, para mostrar las pasiones de amor y odio, recurre al ejemplo que encontr&oacute; en las <em>Confesiones<\/em> de San Agust&iacute;n, quien relata la historia de un ni&ntilde;o que miraba a su hermanito prendido al seno de su madre. Al ver el aparente estado de felicidad y satisfacci&oacute;n del otro ni&ntilde;o, el rostro del primero se torna l&iacute;vido, su mirada se enciende de odio. Ah&iacute;, concluye San Agust&iacute;n: &ldquo;&eacute;sta es la imagen de los celos y la envidia&rdquo;, es decir, la idea de que el hermanito posea el objeto de la verdadera satisfacci&oacute;n, el objeto amado y perdido.<\/p>\n<p>&iquest;Qu&eacute; se desea en quien se desea al amar? Un componente esencial en la constituci&oacute;n del deseo para el sujeto es la imagen que otro le da de lo que ser&iacute;a poseer el objeto verdadero, el cual Lacan llama el objeto <em>a<\/em>. De esta forma, el deseo se constituye a partir de la imagen de otro que parece poseer el objeto verdadero, el objeto de goce pleno, el misterioso <em>objeto a<\/em>, el objeto que falta. Esta es una de las acepciones en que se puede leer la afirmaci&oacute;n de Lacan de que &ldquo;el deseo es deseo del Otro&rdquo;.<\/p>\n<p>Afectos tan insidiosos como la envidia est&aacute;n determinados por dos condiciones: primero, porque anuncian la presencia de ese objeto <em>a<\/em>, es decir, <em>lo que hay que no se tiene<\/em> (el seno, la madre), y en segundo lugar, porque la <em>no-posesi&oacute;n<\/em> de ese objeto es la causa del deseo. As&iacute;, dice Quignard, &ldquo;La persona m&aacute;s cercana en el amor no es cercana. Es la m&aacute;s lejana&rdquo;. Es en esa lejan&iacute;a, en la no-posesi&oacute;n, donde se desata la pasi&oacute;n de proximidad. Es ah&iacute;, en la representaci&oacute;n de lo ideal perdido de origen, justamente donde se desencadena la pasi&oacute;n en la vida amorosa.<\/p>\n<p>Hay una manifestaci&oacute;n cl&iacute;nica donde podemos observar esta expresi&oacute;n en toda su intensidad: se trata de la erotoman&iacute;a. Quien la vive est&aacute; convencido de que, entre la imagen a la que se entrega y el sujeto que la padece, existe una correspondencia absoluta tal que se reconoce su propio ser en esa imagen ideal y ya no puede soltarla. Le habla con complicidad, con familiaridad, como si se tratase de la verdad de s&iacute; misma. Lo que encuentra en la imagen, en el ideal, es su propio ser. Quien transita por esa forma de pasi&oacute;n amorosa llamada erotoman&iacute;a (man&iacute;a de amor) puede pasar del acoso amoroso a la amenaza y delirio persecutorio e incluso a la muerte. Esto es la imagen m&aacute;s viva de la pasi&oacute;n vinculada al amor, el amor y la locura o, mejor a&uacute;n, la locura del amor.<\/p>\n<p>Sabemos que <em>las pasiones del ser<\/em> para Lacan son tres: amor, odio e ignorancia. El amor es definido por el psicoanalista franc&eacute;s como imposibilidad, seg&uacute;n la f&oacute;rmula: &ldquo;dar lo que no se tiene a quien no es&rdquo;. Los amantes pueden prometerse hacerse Uno, sin embargo lo que se pone de manifiesto en cada v&iacute;nculo amoroso es la imposibilidad, se impone la presencia de una no-comunidad de goces. Al respecto de la vivencia de esta imposibilidad de complementariedad entre los sexos, Lacan dice que mientras las mujeres tejen, hace trenzas, el hombre hace c&iacute;rculos, es decir, se muerde la cola y no sabe nada del goce femenino. Lo puede suponer, sospechar, pero no lo alcanza. El hombre no se resigna a no recubrir el goce femenino: para el hombre, el macho, nada adquiere categor&iacute;a de imposible, lo que no puede hacer simplemente lo deja y con ello se preserva de la falla. No arriesga, teme perder lo que &ldquo;tiene&rdquo; y con lo que cree gozar. Del lado de las mujeres, en cambio, se padece por no saber cu&aacute;l es su lugar en el goce.<\/p>\n<p>De esta manera podemos ver dos posiciones en la constituci&oacute;n y manifestaci&oacute;n del v&iacute;nculo amoroso, dos medio decires que presentan y viven el amor que se les presenta como eterno, por irrealizable no dejar de intentarse, hacerse, inscribirse, Lacan lo ense&ntilde;a en ese famoso aforismo sobre que <em>no hay relaci&oacute;n-proporci&oacute;n sexual, <\/em>es por ello, y justo por ello, que<em> <\/em>el amor es lo que no cesa de no inscribirse. En su Seminario 20 <em>A&uacute;n<\/em>, Lacan dir&aacute;: &ldquo;&hellip;defin&iacute; la relaci&oacute;n sexual como aquello que no cesa de no escribirse. Hay all&iacute; imposibilidad. Es, asimismo, que nada puede decirlo: no hay, en el decir, existencia de la relaci&oacute;n sexual&rdquo;.<\/p>\n<p>Si afinamos la expresi&oacute;n podemos decir que se trata, por un lado, de la imposibilidad escribir la relaci&oacute;n entre hombre y mujer, entre los sexos. &ldquo;No hay relaci&oacute;n sexual&rdquo;, es una afirmaci&oacute;n estructural que nada tiene que ver con los periodos de abstinencia del acto sexual, sino m&aacute;s bien con la imposibilidad de la complementariedad entre sujeto y objeto, entre el amante y el amado. Pero la imposibilidad tiene otro luminoso rostro, el amor se trata de lo que no puede cesar de inscribirse; si no cesa es justamente porque su tarea es imposible.<\/p>\n<p>Pero hay otros dos elementos l&oacute;gicos en el v&iacute;nculo amoroso que se articulan con &ldquo;lo imposible&rdquo;, por un lado, su car&aacute;cter de contingente: &ldquo;Pues no hay all&iacute; m&aacute;s que encuentro, encuentro en la pareja, de los s&iacute;ntomas, de los afectos, de todo cuanto en cada quien marca la huella de su exilio, no como sujeto sino como hablante, de su exilio de la relaci&oacute;n sexual.&rdquo; El encuentro se produce de manera contingente (e inconsciente) y se manifiesta como una<em> ilusi&oacute;n de encuentro<\/em> que &mdash;y este es el segundo elemento&mdash; devendr&aacute; desencuentro s&oacute;lo para formular un nuevo encuentro marcado por otra ilusi&oacute;n, &iquest;pero de qu&eacute;, ahora?: &ldquo;&hellip;ilusi&oacute;n de que algo no s&oacute;lo se articula sino que se inscribe, se inscribe en el destino de cada uno, por lo cual, durante un tiempo, tiempo de suspensi&oacute;n, lo que ser&iacute;a la relaci&oacute;n sexual encuentra en el ser que habla su huella y su v&iacute;a de espejismo&rdquo;.<\/p>\n<p>En el encuentro amoroso se presenta un efecto de suspensi&oacute;n de la imposibilidad, el amor suple moment&aacute;neamente la ausencia de relaci&oacute;n sexual, encuentro dichoso donde moment&aacute;neamente se supera lo que no cesa de no escribirse, donde hay posibilidad de realizar la proporci&oacute;n sexual, de inscribirla, de acceder a lo imposible, aunque sea s&oacute;lo al nivel de la ilusi&oacute;n.<\/p>\n<p>En el encuentro amoroso, &ldquo;el objeto es elevado a la dignidad de la Cosa&rdquo;, como se&ntilde;ala Lacan. El amor se revela como la v&iacute;a por la que el deseo puede acceder al goce. La suspensi&oacute;n se efect&uacute;a en tanto que se ha logrado un significante que detiene el deslizamiento de significado, un trazo, una imagen, un nombre, que ocupa el vac&iacute;o que de otra manera se muestra como insoportable. El amor suple la relaci&oacute;n sexual que no hay, como ense&ntilde;a Lacan.<\/p>\n<p>Pero si bien este encuentro, en la dimensi&oacute;n del registro imaginario, suspende moment&aacute;neamente el vac&iacute;o y el dolor del ser, no resulta suficiente. Es por tanto necesario avanzar hacia la dimensi&oacute;n simb&oacute;lica que supone la instalaci&oacute;n del amor en el sujeto. Lacan lo sanciona as&iacute;: &ldquo;El desplazamiento de la negaci&oacute;n, del cesa de no escribirse al no cesa de escribirse, de contingencia a necesidad, &eacute;ste es el punto de suspensi&oacute;n del que se ata todo amor [&hellip;] Todo amor, por no subsistir sino con el cesa de no escribirse, tiende a desplazar la negaci&oacute;n al no cesa de escribirse, no cesa, no cesar&aacute;.&rdquo;<\/p>\n<p>Despu&eacute;s de lo dicho, m&aacute;s all&aacute; de los vaivenes, de los encuentros y desencuentros, podemos formular que el amor es eterno mientras dura, mientras no cesa.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>El amor es un don sin piedad porque nada nos consuela de su p&eacute;rdida. 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