{"id":1016,"date":"2022-03-18T14:38:48","date_gmt":"2022-03-18T14:38:48","guid":{"rendered":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/consultario\/2022\/03\/18\/sepultados\/"},"modified":"2022-03-18T14:38:48","modified_gmt":"2022-03-18T14:38:48","slug":"sepultados","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/ensayo\/sepultados\/","title":{"rendered":"Sepultados!"},"content":{"rendered":"<p><em>(Nota introductoria de Miguel &Aacute;ngel H. Rasc&oacute;n)<\/em><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p style=\"padding-left: 40px;\">SEPULCRO DE ESCRITORES<\/p>\n<p style=\"padding-left: 40px;\">(Primera parte)<\/p>\n<p style=\"padding-left: 40px;\"><em>Ciertamente, hoy vivimos en medio de un mar infinito de informaci&oacute;n. Publicaciones por millares se acumulan diariamente en la web, desde textos noticiosos, cient&iacute;ficos, propagand&iacute;sticos e ideol&oacute;gicos, hasta la estulticia e imbecilidad m&aacute;s vulgar y sin sentido. Y claro, literatura de todos colores y sabores. El campo de las letras, si bien es a&uacute;n muy conservador, ha volcado sus esfuerzos e inversiones en los medios digitales haciendo que las ediciones impresas se vuelvan, si no obsoletas, al menos, objetos exclusivos, lujos para creadores con posibilidades y fetiches para lectores coleccionistas. Porque ya casi no hay libro que no se pueda conseguir gratis en PDF, cosa que, parad&oacute;jicamente, condena la existencia del capital intelectual (cualquiera que sea &eacute;ste) al tiempo que lo difunde sin restricciones. El libro impreso, si bien est&aacute; lejos de desaparecer, tiene una movilidad limitada en comparaci&oacute;n con sus hermanos digitales gratuitos y de acceso libre. Plataformas como <\/em>Wattpad<em> o <\/em>Issuu<em> ofrecen publicaciones literarias y art&iacute;sticas muy variopintas (muchas de calidad cuestionable) para el lector que guste de pasar horas con una tablet en vez de un libro, en cualquier hora y lugar sin gastar mucho, salvo el uso de internet. Eso sin contar las redes sociales, donde todos podemos jugar a ser fil&oacute;sofos, poetas y locos. Y de opiniones, sugerencias, cr&iacute;ticas y ofensas est&aacute; la web, donde no se juega s&oacute;lo a ser creador, sino a ser experto. Porque nada como ir a alabar u ofender a un extra&ntilde;o que tuvo el valor de subir el trabajo literario de horas o a&ntilde;os de esfuerzo, dependiendo.<\/em><\/p>\n<p style=\"padding-left: 40px;\"><em>Podr&iacute;a suponerse que en las &eacute;pocas pre-internet, ante la falta de recursos para publicar, difundir y expandir las ideas impresas, fue todo muy distinto, pero lo cierto es que no. Lo &uacute;nico que cambiaron fueron los medios, los materiales y las formas, pues en la eterna competencia por sobresalir en las artes o tener la raz&oacute;n en todo, los seres humanos han puesto las energ&iacute;as m&aacute;s encumbradas. Durante el siglo XIX las cosas no fueron la excepci&oacute;n y, tal como hoy en d&iacute;a, el internet est&aacute; saturado de cuentos, poemas y creaciones que claman por ser le&iacute;das. Millares de peri&oacute;dicos alrededor del mundo cumplieron ese deseo del escritor aficionado de incursionar en las letras locales, no para ganarse esos pocos centavos de un editor, sino el aplauso, el reconocimiento y, por qu&eacute; no, un poco de fama local. Y no s&oacute;lo escritores aficionados, tambi&eacute;n columnistas improvisados, politiqueros trasnochados, cronistas imberbes y chismosos sin remedio se dieron cita alrededor de publicaciones diversas y ef&iacute;meras que duraban algunos a&ntilde;os o algunas semanas, dependiendo de la imprenta y su editor. Ya fuera por situaciones pol&iacute;ticas o ideol&oacute;gicas, por censuras oficiales o religiosas, o por simple desidia de un editor flojo, lo cierto es que la mayor&iacute;a de los peri&oacute;dicos publicados en el siglo XIX alrededor del mundo desapareci&oacute; sin dejar rastro, convertidos en envoltorios de <\/em>fish and fries<em> en el caso brit&aacute;nico, de embutidos en el caso espa&ntilde;ol o de chiles en el caso mexicano.<\/em><\/p>\n<p style=\"padding-left: 40px;\"><em>Salvador Quevedo y Zubieta, escritor y m&eacute;dico jalisciense, fue durante diferentes &eacute;pocas &mdash; entre 1881 hasta su muerte en 1935&mdash; editor y colaborador de varios peri&oacute;dicos liberales, aunque de contenidos muy conservadores. Siempre comprometido con la literatura cr&iacute;tica y mordaz, el insigne escritor dio al clavo en este tema de la escritura &ldquo;sepulcral&rdquo; que se muere bajo las pesadas pilas de papel, muchas veces sin ser le&iacute;das jam&aacute;s. Siendo joven escribi&oacute; &ldquo;&iexcl;Sepultados!&rdquo;, cuento ejemplar y muy afortunado en su &eacute;poca que permaneci&oacute;, tambi&eacute;n, sepultado durante m&aacute;s de un siglo despu&eacute;s de su publicaci&oacute;n en 1881. La &uacute;nica vez que vio la luz, lejos de aquel peri&oacute;dico decimon&oacute;nico que lo vio surgir y desaparecer, fue en 2002, gracias al excelente trabajo de rescate de la Dra. Magdalena Gonz&aacute;lez Casillas, en su <\/em>Antologia de letras romanticas en Jalisco, siglo XIX<em>, otro texto que se perdi&oacute; en el mar infinito de investigaciones y publicaciones acad&eacute;micas que justifican el SNI. Otro sepultado&hellip;<\/em><\/p>\n<p style=\"padding-left: 40px;\"><em>En la pr&oacute;xima entrega har&eacute; un breve recorrido sobre la recepci&oacute;n y cr&iacute;tica que este texto tuvo en su momento, ya que su tono pesimista contrast&oacute; con lo escrito en su &eacute;poca, como todo lo que escribi&oacute; el se&ntilde;or Quevedo y Zubieta. Extra&iacute;do de la Hemeroteca Nacional, ese cementerio que nos recuerda que hay muchos sepultados en las letras nacionales esperando ser le&iacute;dos, el presente texto da en el clavo tambi&eacute;n en la actualidad y pone cuestionamientos muy interesantes sobre lo que es ser un artista. Disfr&uacute;tenlo.<\/em><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Se hablaba de inhumaciones.<a href=\"#_edn1\" name=\"_ednref1\">[1]<\/a><\/p>\n<p>&mdash;&iexcl;S&iacute; acabaremos con ella! Exclam&oacute; un cremacionista. Hace algunos d&iacute;as en el cementerio de mi pueblo han enterrado vivo a un pobre catal&eacute;ptico. La inhumaci&oacute;n se hizo por la ma&ntilde;ana. Al caer la tarde, el sepulturero que pasaba cerca de la fosa recientemente cercada, sinti&oacute; ruidos y vio removerse la tierra floja&hellip;<\/p>\n<p>Cuando se hubo extra&iacute;do y abierto el ata&uacute;d, el sepultado se incorpor&oacute; l&iacute;vido, ba&ntilde;ado en sudor. &mdash;&iquest;Puede darse mayor tormento?&#8230;<\/p>\n<p>&mdash;S&iacute;; interrumpi&oacute; alguien vivamente. Mayor tormento es el del desconocido cuyo esqueleto, desenterrado el otro d&iacute;a en el cementerio del padre Lachaise, atestiguaba hasta la evidencia una serie de esfuerzos in&uacute;tiles para romper la caja.<\/p>\n<p>Siguieron algunos momentos de silencioso recogimiento.<\/p>\n<p>Luego, se habl&oacute; de literatura.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">***<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>&mdash;Tambi&eacute;n en el pa&iacute;s de las letras hay enterrados vivos, dijo un se&ntilde;or de luenga cabellera y aspecto grave.<\/p>\n<p>Todos le miraron atentamente sin comprenderle. Y &eacute;l se explic&oacute;: Esa fuerza del alma que se llama talento o genio, esa potencia creadora que produjo en Homero <em>La Il&iacute;ada<\/em> y en Shakespeare <em>Hamlet. <\/em>&iquest;Cre&eacute;is que tiene una existencia inseparable del alma misma? &iquest;Pens&aacute;is que el talento se contiene en el esp&iacute;ritu como la luz en la llama, de tal manera que nazca con &eacute;l y con el muera o se perpet&uacute;e?<\/p>\n<p>&mdash;&iexcl;Horrible! Exclam&oacute; una voz. &iexcl;Una ducha de metaf&iacute;sica!<\/p>\n<p>Y se not&oacute; un movimiento, como si algunos quisieran irse.<\/p>\n<p>Pero el de la cabellera continu&oacute; imperturbable:<\/p>\n<p>&mdash;No, se&ntilde;ores: el genio literario no existe al principio m&aacute;s que en el estado de una feliz predisposici&oacute;n del esp&iacute;ritu: se forma a condici&oacute;n de cierta cultura, se desarrolla seg&uacute;n el medio, brota bajo la acci&oacute;n del aire ambiente como una eflorescencia del pensamiento.<\/p>\n<p>As&iacute; formado, el genio es como una segunda personalidad que doble la primera. El hombre antiguo, sinti&eacute;ndole estremecerse y palpitar dentro de s&iacute;, tal como el embri&oacute;n en el vientre, le llamaba l&iacute;ricamente: mi musa. El hombre moderno m&aacute;s exacto, le llama mi &aacute;ngel &mdash;o mi <em>demonio interior<\/em>, seg&uacute;n su punto de vista. Pero, sea lo que fuere y lleve este o el otro nombre el hecho es que &eacute;l existe, este ser del ser, y que &eacute;l est&aacute; all&iacute; invisible, acurrucado en el fondo del armaz&oacute;n de huesos y pellejo.<\/p>\n<p>&mdash;&iquest;A d&oacute;nde va ese hombre, con su galimat&iacute;as? Murmur&oacute; un chistoso. Por m&aacute;s que abro los ojos no veo los enterrados vivos.<\/p>\n<p>El hombre grave pareci&oacute; tomar nota de la interrupci&oacute;n, mirando ligeramente al chistoso, y prosigui&oacute;:<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">***<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Algunas veces, el ser interior vive y crece pr&oacute;speramente, gracias a una multitud de circunstancias favorables. Es el genio afortunado. Brota bien abrigado de franelas, envuelto en pa&ntilde;ales de muselina. Se dir&iacute;a que los hombres en que se alberga son los <em>bourgeois<\/em> de la Literatura. Ved a Mr. Dumas, hijo: es el tipo del genio afortunado. Heredero de un nombre aclamado, no ten&iacute;a m&aacute;s que mostrarse para ser aclamado &eacute;l mismo. El camino parec&iacute;a preparado ante &eacute;l como la v&iacute;a rielada y plana que se ofrece al rodar de las locomotoras. Su genio avanza sin esfuerzo; si alguno hace, es para resistir a los que le empujan demasiado hacia adelante. Va a dar su primer paso, y mil manos se aprestan a tapizar y cubrir de flores el punto en que se asentar&aacute; la suela de su zapato. Algunos pasos m&aacute;s, y entrar&aacute; a la Academia como a su casa.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">***<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Otras veces, el genio sucumbe a sus primeros esfuerzos. El desde&ntilde;ado. Recita, canta o declama: no hay quien le oiga. Su obra primeriza se resiente de la inexperiencia de su precocidad y de su ardor. Por acaso, la miseria se complica tambi&eacute;n en contra de &eacute;l; lo que &eacute;l produce parece llevar visible la traza de sus malas comidas, de sus vestidos grasientos&hellip; Los imb&eacute;ciles r&iacute;en; los inteligentes no pueden saber que ese genio existe.<\/p>\n<p>Entonces se determina en el ser interior un fen&oacute;meno extra&ntilde;o.<\/p>\n<p>Hay en &eacute;l la sensaci&oacute;n muy clara de un ata&uacute;d que se cierra, de un hundimiento, de paletadas de una loza que cubre la tierra apisonada.<\/p>\n<p>Algunos hay que salen todav&iacute;a vivos de este enterramiento. Ved, se&ntilde;ores, para no presentar m&aacute;s que casos de una grande y moderna notoriedad, ved a Byron y a Lamartine. Cuando la <em>Revista de Edimburgo, <\/em>desde su altura de or&aacute;culo literario, atac&oacute; el genio de lord Byron en su primer libro, el golpe fue tal que le ech&oacute; por tierra. El poeta respondi&oacute; elocuentemente como por un gran grito de c&oacute;lera; pero luego, durante alg&uacute;n tiempo permaneci&oacute; en silencio.<\/p>\n<p>As&iacute; fue tambi&eacute;n como Lamartine se call&oacute; arrojando al fuego sus manuscritos cuando un editor parisiense le puso a la puerta cort&eacute;smente. La duda de s&iacute; mismo hab&iacute;a invadido al uno y al otro, semejante al fr&iacute;o de la muerte. Ambos viajaron &mdash;para distraerse, dec&iacute;an.<\/p>\n<p>Pero no eran realmente m&aacute;s que para sacudir con la marcha la enterrada osamenta de sus genios.<\/p>\n<p>Un d&iacute;a al fin, esos dos sepultados rompieron el ata&uacute;d, salieron del hoyo. A causa de eso conoce el mundo sus nombres. En cuanto a los que se quedan dentro&hellip; esos no tienen nombre. Apenas si llevan alguno nulo e insignificante, por ejemplo Juan Zurdo.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">***<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Ese es el nombre bajo el cual conoc&iacute; en el <em>barrio latino <\/em>a un joven guatemalteco, continu&oacute; el se&ntilde;or de la cabellera. As&iacute; le llam&aacute;bamos entre camaradas, por alusi&oacute;n a su particularidad de servirse con preferencia de la mano izquierda. Segu&iacute;a los mismos cursos que yo en la escuela de medicina. Sin embargo, solamente su cuerpo asist&iacute;a al anfiteatro: toda su alma estaba entregada a la literatura. Escrib&iacute;a sin descanso, febrilmente y sus manuscritos se amontonaban en los cajones de su mesa&ndash;escritorio.<\/p>\n<p>Pero, al parecer; no ten&iacute;a gran inter&eacute;s en publicarlos. Juan Zurdo ten&iacute;a por las letras una pasi&oacute;n sincera y absoluta que exclu&iacute;a todo sentimiento de ego&iacute;smo. Escrib&iacute;a con el solo fin de ser le&iacute;do, le parec&iacute;a como una s&oacute;rdida profanaci&oacute;n del arte. Escrib&iacute;a por escribir, por el solo gusto de externar su pensamiento bajo una forma bella. Complacerse en la ejecuci&oacute;n del ideal &iacute;ntimo, acariciar con la mirada al bruto intelectual y encontrarle bueno &iquest;no es acaso bastante? &mdash;dec&iacute;a Juan Zurdo. &iquest;Por qu&eacute; ha de ser preciso llamar al gent&iacute;o en torno del pensador y bator en su honor tambora y platillos, como si se tratase de un saca-muelas? &iquest;Qu&eacute; puede a&ntilde;adir el gent&iacute;o a ese encanto puro e &iacute;ntimo del escritor ante su obra..? Cuando Dios hubo dado la &uacute;ltima mano a la creaci&oacute;n, vio que todo era bueno, y descans&oacute;. La biblia no nos dice que el Creador haya esperado para descansar, la aprobaci&oacute;n de Ad&aacute;n y Eva&hellip; Juan Zurdo escribiendo para &eacute;l mismo, cre&iacute;a que su trabajo le asemejaba a Dios.<\/p>\n<p>Hubo, empero, uno, entre el mont&oacute;n de sus manuscritos que el joven guatemalteco se decidi&oacute; a publicar.<\/p>\n<p>Como viv&iacute;amos en el mismo hotel, se hab&iacute;a establecido entre &eacute;l y yo la doble familiaridad de vecinos y de condisc&iacute;pulos. Un d&iacute;a en que entr&eacute; a su cuarto durante su ausencia, vi por casualidad el manuscrito en cuesti&oacute;n que hab&iacute;a quedado abierto sobre su escritorio. Con s&oacute;lo hojearlo r&aacute;pidamente, experiment&eacute; el deslumbramiento que se siente ante una obra-maestra de literatura. Frecuentemente, una vaga percepci&oacute;n vale m&aacute;s que un examen. Sucede con ciertos grandes libros, lo mismo que pasa con los grandes espect&aacute;culos de la naturaleza: hay que abrazarlos en su conjunto de un vasto golpe de vista. Un libro, como un horizonte se deforma y se afea cuando se le sujeta a un examen minucioso, con ayuda de instrumentos de &oacute;ptica.<\/p>\n<p>El mismo d&iacute;a, confes&eacute; a Zurdo mi lectura indiscreta. Mi amigo enrojeci&oacute; con un rubor de doncellita que se siente sorprendida al desnudarse.<\/p>\n<p>&mdash;Es necesario que publiques ese trabajo, le dije. Tendr&aacute;s un &eacute;xito enorme.<\/p>\n<p>Y s&oacute;lo a fuerza de redobladas excitativas, se decidi&oacute; a procurar la impresi&oacute;n del manuscrito.<\/p>\n<p>Zurdo era pobre. Imprimir a sus expensas le era imposible. Necesitaba un editor y h&eacute;le ah&iacute; en busca de ese can-cerbero de la gloria.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">***<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>&iquest;Os referir&eacute; las etapas de ese camino del calvario del escritor desconocido que marcha a trav&eacute;s de Par&iacute;s, de editor en editor&hellip;?<\/p>\n<p>Basteos saber que los m&aacute;s complacientes prometieron al joven dar su manuscrito al lector&hellip;(*) que no lo ley&oacute;. Otros lo rechazaron de plano. Alguno hubo que hiciera observar que el manuscrito comenzaba brillantemente&hellip;<\/p>\n<p>&mdash;Pero ese joven es desagradable, a&ntilde;adi&oacute;&hellip; para saludarme me tiende siempre la mano. Y la mano izquierda. Despu&eacute;s de lo cual, orden&oacute; que le devolviesen el manuscrito.<\/p>\n<p>Otro editor hizo notar que, a m&aacute;s de su defecto de manos, el guatemalteco ten&iacute;a algo en los ojos&hellip; que hac&iacute;a bizcos. Y orden&oacute; igualmente: &ldquo;Devolvedle el manuscrito&rdquo;.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">***<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Un solo editor entre todos, Mr. Teigne, (nombre que en franc&eacute;s significa polilla) pareci&oacute; tomar en serio al joven escritor.<\/p>\n<p>Antes de todo, lo interrog&oacute;:<\/p>\n<p>&mdash;&iquest;Qu&eacute; especie de libro es ese?<\/p>\n<p>&mdash;Mi libro hace el bien y hace la luz: nada m&aacute;s; respondi&oacute; zurdo.<\/p>\n<p>&mdash;Eso, dijo Teigne enfadado, es a lo m&aacute;s una frase hecha. Veamos&hellip; D&iacute;game. V. a qu&eacute; escuela de las que reinan o han reinado en Francia pertenece su obra&hellip; &iquest;Es <em>rom&aacute;ntica<\/em>?<\/p>\n<p>&mdash;No, se&ntilde;or; los rom&aacute;nticos gustan demasiado de volar. Trabajadores alados, se dir&iacute;a que no escriben m&aacute;s que para algunos raros aereonautas. Mi libro est&aacute; escrito para gente de a pie.<\/p>\n<p>&mdash;&iquest;Entonces, es <em>naturalista<\/em>?<\/p>\n<p>&mdash;No se&ntilde;or; el naturalismo degenera en micrograf&iacute;a. Es la literatura molecular. Si para referir c&oacute;mo Pedro mat&oacute; a Pablo me entretuviera en describir el nudo de la corbata de Pedro y el cord&oacute;n de los botines de Pablo, los lectores cerrar&iacute;an mi libro antes de llegar al hecho. La abundancia de detalles embaraza la p&aacute;gina.<\/p>\n<p>Hoy por hoy, se aplaude con fervor ese trabajo chino de detalles microsc&oacute;picos; es un capricho de la moda pero la posteridad se reir&aacute;. Ella no aceptar&aacute; ciertos grandes libros naturalistas sino a beneficio de inventario y a condici&oacute;n de numerosas mutilaciones.<\/p>\n<p>&mdash;&iexcl;Bah! &iexcl;Bah..! interrumpi&oacute; Teigne con aire burl&oacute;n. En ese caso, &iquest;estar&aacute; V. m&aacute;s bien por el esp&iacute;ritu que por la materia? Su libro &iquest;ser&aacute; tal vez <em>psicol&oacute;gico<\/em>?<\/p>\n<p>&mdash;No se&ntilde;or; yo no he pensado todav&iacute;a en aventurarme por vericuetos y encrucijadas del alma humana. Y adem&aacute;s, para <em>ponerme en el movimiento, <\/em>como se dice por aqu&iacute;, me ser&iacute;a preciso afiliarme a la singular psicolog&iacute;a que se practica en Francia: se toma una alma francesa, una alma parisiense corrompida en medios de prostituci&oacute;n, donde la noci&oacute;n moral falta al alma como la noci&oacute;n del colorido al ciego de nacimiento&hellip; Y en seguida se la presenta en un libro diciendo: He ah&iacute; c&oacute;mo es el alma humana.<\/p>\n<p>&mdash;Es V. algo dif&iacute;cil, joven&hellip; &iquest;Estar&aacute; V. pues, acaso, por el<em> lirismo <\/em>o por el <em>decadentismo<\/em>? &iquest;Su libro es <em>parnesiano<\/em> o <em>decadente<\/em>&hellip;?<\/p>\n<p>&mdash;No se&ntilde;or. No tengo el honor de permanecer a la clase de los rimadores. Cuando era peque&ntilde;ito sol&iacute;a yo divertirme en buscar todos los consonantes de mi sobrenombre <em>Zurdo. <\/em>Despu&eacute;s, he cre&iacute;do que deb&iacute;a pensar y escribir en calidad de hombre de mi siglo; me he dicho a m&iacute; mismo que un retardo de cinco minutos para rimar mi frase y otro tanto para lanzar mi idea a las estrellas, me har&iacute;a perder algunas veces el tranv&iacute;a y otras el tren. A causa de esto, mi libro no es <em>parnesiano<\/em> <em>sideral, <\/em>ni siquiera <em>parnesiano pedestre<\/em>.<\/p>\n<p>Decadente, tampoco. La oscuridad y el arcaismo, erigidos en sistema literario, produjeron en Italia los <em>conceptistas<\/em> y es Espa&ntilde;a los <em>gongoristas, <\/em>dos clases de escritores tratados de locos apreciables por sus compatriotas de hoy. Siendo as&iacute;, no tengo deseos de que los franceses del porvenir releguen mi libro a la biblioteca del Hospital de Dementes de Chareton. Mi libro no es decadente.<\/p>\n<p>&mdash;&iquest;Qu&eacute; es, por fin? Pregunt&oacute; Taigne con impaciencia.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><a href=\"#_ednref1\" name=\"_edn1\">[1]<\/a> La transcripci&oacute;n se adecua a un formato moderno de edici&oacute;n y tipograf&iacute;a, pero respeta muchas formas estil&iacute;sticas del texto original. Se suprimieron solamente los monos&iacute;labos acentuados, que formaban parte de la gram&aacute;tica espa&ntilde;ola del siglo XIX.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>(Nota introductoria de Miguel &Aacute;ngel H. Rasc&oacute;n) &nbsp; &nbsp; SEPULCRO DE ESCRITORES (Primera parte) Ciertamente, hoy vivimos en medio de un mar infinito de informaci&oacute;n. Publicaciones por millares se acumulan diariamente en la web, desde textos noticiosos, cient&iacute;ficos, propagand&iacute;sticos e ideol&oacute;gicos, hasta la estulticia e imbecilidad m&aacute;s vulgar y sin sentido. 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