{"id":1012,"date":"2022-03-15T14:05:31","date_gmt":"2022-03-15T14:05:31","guid":{"rendered":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/consultario\/2022\/03\/15\/el-temor-a-las-mujeres\/"},"modified":"2022-03-15T14:05:31","modified_gmt":"2022-03-15T14:05:31","slug":"el-temor-a-las-mujeres","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/kaos\/el-temor-a-las-mujeres\/","title":{"rendered":"El temor a las mujeres"},"content":{"rendered":"<h6>Portada: &ldquo;J&uacute;piter y Juno en el Monte Ida&rdquo;, James Barry, 1790<\/h6>\n<p><strong>&nbsp;<\/strong><\/p>\n<p><strong>&nbsp;<\/strong><\/p>\n<p style=\"text-align: right;\"><em>Vuestras mujeres callen en las congregaciones, porque no les es permitido hablar&hellip;<\/em><\/p>\n<p style=\"text-align: right;\">Corintios 14: 34<\/p>\n<p>El horror, el odio y el temor a las mujeres es ancestral. La historia de la humanidad bien puede trazarse a partir del lugar (o no-lugar) que las mujeres han tenido en las diversas &eacute;pocas. En la historia de la sexualidad una constante se revela: nunca se ha sabido qu&eacute; hacer con el horror que la desconocida condici&oacute;n femenina genera.<\/p>\n<p>Desde que Hes&iacute;odo, en su <em>Teogon&iacute;a,<\/em> narra el m&iacute;tico y ejemplar castigo que Zeus impone a los hombres a partir de que Prometeo les entreg&oacute; el brillo del fuego (les manda a una hermosa mujer para calamidad de los hombres), muchos son los referentes del temor y odio que las mujeres han generado a los hombres (y a las mismas mujeres) de todos los tiempos.<\/p>\n<p>En el libro <em>Una breve historia de la misoginia<\/em>, de Anna Caball&eacute;, se lee que un fil&oacute;sofo franc&eacute;s llamado Andr&eacute; Glucksmann dec&iacute;a que el odio m&aacute;s largo de la historia, m&aacute;s planetario incluso que el odio a los jud&iacute;os, es el odio a las mujeres. Ese odio tiene un nombre: misoginia.<\/p>\n<p>Contrario a lo que se piensa, la misoginia no es un asunto de falta de educaci&oacute;n o escasa cultura. Por ejemplo, Alfonso X, llamado <em>el sabio<\/em>, escrib&iacute;a sobre las mujeres: &ldquo;confundimiento del hombre, bestia que nunca se harta, peligro que no guarda medida&rdquo;. Tampoco el temor a las mujeres y su rechazo es cuesti&oacute;n de g&eacute;nero, lo mismo se da en hombres que en mujeres. La escritora espa&ntilde;ola recientemente fallecida Almudena Grandes escribe: &ldquo;entre las escritoras de mi edad hay muchas que son unas petardas, que van llorando por ah&iacute;, convertidas en unas pobres chicas tiernas a las que los cr&iacute;ticos quieren tocar el culo y se sienten acosadas sexualmente, y reclaman apoyo por ser chicas&rdquo;.<\/p>\n<p>Si algo nos ense&ntilde;an nuestros d&iacute;as es que, como se&ntilde;ala Colette Soler, algo entre los sexos no anda. La cuesti&oacute;n no es nueva, la convivencia entre hombres y mujeres ha sido desde siempre complicada, el orden patriarcal les ha dado a las mujeres un lugar centrado en la maternidad y de esa manera, su discurso, su deseo, no es escuchado, muy por el contrario, ha sido silenciado, segregado, violentado. La humanidad, organizada desde lo masculino, desde siempre ha mostrado su desprecio por la palabra de las mujeres. Los hombres no escuchan a las mujeres, este es el fundamento de la misoginia o el odio a las mujeres. Aqu&iacute; un primer punto para acercarnos al temor a las mujeres: las relaciones de dominio se dan a partir del rechazo a la palabra femenina.<\/p>\n<p>As&iacute; entonces, el problema de la misoginia es la negaci&oacute;n o invisibilizaci&oacute;n de la palabra y el deseo femenino. Si se oculta no se puede hacer nada.<\/p>\n<p>Pero, &iquest;qu&eacute; es lo que no se escucha en las mujeres? &iquest;Qu&eacute; es lo que produce tanto horror y rechazo a las mujeres? Quiz&aacute; sea justamente que en el centro mismo de la constituci&oacute;n ps&iacute;quica de la mujer se encuentra <em>Nada<\/em>. Lo indecible, lo que las acerca a Dios y al Diablo, a lo real. Quiz&aacute; por ello la tendencia a adornar el cuerpo femenino, a cubrirlo de afeites para velar esa nada que lo habita y constituye. Un cuerpo sin centro, un discurso sin sentido, eso es una mujer. La mujer representa la alteridad a todo discurso dominante. La mujer es un s&iacute;ntoma para un hombre, los que excede, lo que les incomoda, como dice Lacan. Y eso es justamente lo que se vive con recelo, no se sabe qu&eacute; con ellas: &iexcl;gozan demasiado! Es justamente esta condici&oacute;n de gozante sin l&iacute;mites, sin tiempo ni localizaci&oacute;n corporal de su goce, es lo que no soportan, hay que decirlo nuevamente, ni hombres y mujeres, no lo soporta el sistema patriarcal.<\/p>\n<p>Esta condici&oacute;n gozante en la mujer, insisto, no es nueva, ocurre desde tiempos inmemoriales, tal y como lo revela Ovidio Nason en <em>Las metamorfosis<\/em>. Ah&iacute; nos cuenta que J&uacute;piter y Juno discut&iacute;an con respecto a qui&eacute;nes reciben m&aacute;s placer en el acto carnal, es decir, qui&eacute;n goza m&aacute;s, si las hembras o los varones (en el fondo, es lo mismo que se discute en la pareja contempor&aacute;nea: &iquest;qui&eacute;n da m&aacute;s?, &iquest;qui&eacute;n ama m&aacute;s?, &iquest;qui&eacute;n goza m&aacute;s?). J&uacute;piter opinaba que eran las mujeres quienes m&aacute;s gozaban. Como no se pon&iacute;an de acuerdo, deciden acudir al sabio Tiresias, que hab&iacute;a gustado del amor bajo los dos sexos. El mito cuenta que Tiresias encuentra en el camino a dos serpientes enroscadas copulando, con su bast&oacute;n las separa y en castigo se convierte en mujer por siete a&ntilde;os. Pasado ese tiempo, nuevamente en el camino se encuentra a otras dos serpientes, con su bast&oacute;n las separa y se convierte nuevamente en hombre. Escribe Ovidio: &ldquo;este sabio juez, nombrado para dirimir la contienda, se inclin&oacute; por la opini&oacute;n de J&uacute;piter&rdquo;. Juno se ve descubierta y en castigo priv&oacute; a Tiresias de la vista. Como no es dado ir en contra de un dios, J&uacute;piter en compensaci&oacute;n lo hizo adivino. Vemos aqu&iacute; a Juno, a la mujer, del lado del exceso. Ese lugar ha sido oprobioso para quienes fueron designados como garantes del orden y detentador de los poderes.<\/p>\n<p>Para Freud, la mujer se constituye a partir de un momento fundante que ocurre justo ante la percepci&oacute;n ps&iacute;quica de <em>la diferencia anat&oacute;mica de los sexos<\/em>, lo que instaura en ellas <em>el penisneid<\/em> o envidia del pene. Una p&eacute;sima lectura de esta afirmaci&oacute;n ha hecho que se pierda el sentido profundo de la misma.<\/p>\n<p>Desde luego que, para Freud, lo que le falta a la mujer no est&aacute; en el orden de lo anat&oacute;mico, es decir, a la mujer en lo real biol&oacute;gico no le falta absolutamente nada. Sin embargo, la diferencia en la constituci&oacute;n ps&iacute;quica de los sexos se ubica entre &ldquo;f&aacute;lico\/castrado&rdquo;. La mitad de la humanidad toma posici&oacute;n a partir de tener, a la otra le queda tomar posici&oacute;n del lado del ser. As&iacute;, la dial&eacute;ctica del psicoan&aacute;lisis se organiza en &ldquo;tener\/no tener&rdquo;, mejor a&uacute;n se trata de <em>tener<\/em> o <em>ser<\/em> el falo. Y aqu&iacute; hay que dejar muy claro, subrayar una y otra vez que el pene no es el falo, el pene es tan s&oacute;lo el &oacute;rgano que lo representa. El falo, en todo caso, es la erecci&oacute;n, la &ldquo;turgencia vital&rdquo; como le llama Lacan. Hecha esta peque&ntilde;a aclaraci&oacute;n, podemos decir que es en el <em>ser<\/em> el falo de la mujer donde el psicoan&aacute;lisis pone el &eacute;nfasis de la feminidad. Si ella no lo tiene entonces s&oacute;lo le queda la v&iacute;a de <em>ser<\/em> el falo para acceder a este significante que organiza la existencia y la sexualidad. Para la mujer, y esta es su potencia, hay dos salidas: aferrarse a <em>tener<\/em> o bien <em>ser <\/em>el falo. <em>Ser <\/em>el falo implicar&iacute;a encarnar aquello que al otro le falta. La mascarada de <em>ser<\/em> el falo implica que la mujer hace de su cuerpo el falo y se ofrece al otro como objeto de deseo y desquicio.<\/p>\n<p>Por otra parte, el hombre, al estar del lado del <em>tener<\/em>, queda siempre amenazado con perder. Quiz&aacute; por ello deba defenderse de aquella que lo amenaza con su demanda, con su demanda excesiva y enigm&aacute;tica. La respuesta del var&oacute;n es la huida, la impotencia, o la aniquilaci&oacute;n (simb&oacute;lica o real) de quien lo angustia con su demanda. Aunque a &uacute;ltimas fechas podemos ver una nueva salida: el hombre reacciona ante esta demanda haci&eacute;ndose &ldquo;feminista&rdquo;, coloc&aacute;ndose de &ldquo;su lado&rdquo;, el de todas, como si fueran iguales. As&iacute;, en lugar de escucharlas se identifican a una masa pol&iacute;ticamente correcta, se coloca en el lugar del <em>ser<\/em>, aunque eso implique dos cosas: negar la falta en ellas y ocultar lo que se tiene en ellos.<\/p>\n<p>Lo radical y peligroso de esta acci&oacute;n es que el var&oacute;n, identific&aacute;ndose a ella, negando la diferencia, contribuye a no escuchar la singularidad de la mujer, no escuchar aquello lo que las hace diferentes, una por una. Desde luego, todo lo que se exprese como com&uacute;n, una causa com&uacute;n como se dice, es masculino, implica un orden discursivo. Y todo orden discursivo es patriarcal. Hacer causa com&uacute;n implica eliminar las diferencias y esa es la ra&iacute;z del odio a las mujeres, no se tolera que sean diferentes al discurso dominante. En otras palabras, m&aacute;s radical a&uacute;n, el <em>deber ser<\/em> no aplica en las mujeres, no importa que adelante del <em>deber ser<\/em> se coloquen significantes como &ldquo;libres&rdquo;, &ldquo;ellas mismas&rdquo;, &ldquo;empoderadas&rdquo;, etc. La mujer es un discurso sin sentido, eso es lo insoportable, para hombres y para mujeres.<\/p>\n<p>Dicho lo anterior, se&ntilde;alemos con contundencia que muy pocas cosas han cambiado en la historia de la humanidad con respecto a las mujeres. Sin embargo, lo que s&iacute; ha variado, hasta casi pasar desapercibido, son las formas de la <em>desmetida<\/em> que el var&oacute;n hace de la diferencia sexual. Hoy procede identific&aacute;ndose con ellas para ocultar su desprecio a lo femenino. Se identifica con ellas para no escucharlas una a una.<\/p>\n<p>Lejos estar&iacute;a de decir que el psicoan&aacute;lisis tiene la respuesta para la misoginia o el temor a las mujeres, sin embargo, s&iacute; es posible decir que se constituye como un discurso y un espacio cl&iacute;nico, quiz&aacute;s el &uacute;nico en las sociedades occidentales, donde se escucha lo excluido, donde se escucha a las mujeres en su singularidad, es decir, en lo propio de su deseo inconsciente. La apuesta del psicoan&aacute;lisis es, justamente, no ceder ante el horror a la castraci&oacute;n que se encuentra en el origen del desprecio a las mujeres.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Portada: &ldquo;J&uacute;piter y Juno en el Monte Ida&rdquo;, James Barry, 1790 &nbsp; &nbsp; Vuestras mujeres callen en las congregaciones, porque no les es permitido hablar&hellip; Corintios 14: 34 El horror, el odio y el temor a las mujeres es ancestral. 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