NUEVO CATECISMO PARA VILLAMELONES II

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«NUEVO CATECISMO PARA VILLAMELONES». Lección Segunda.

En cuanto a la posibilidad de ingresar a los tendidos de la plaza con todo el matalotaje, insumos comestibles y bebestibles que mencionamos en el Post anterior, dirán ustedes los enterados, que la plaza cuenta con personal de alguna empresa de «Seguridad Privada» elementos que son fácilmente identificables por su corpulencia, indumentaria y más que otra cosa, su inconfundible aspecto físico y apariencia; visten pantalón, camisa y zapatos de color negro, tan negros como son su alma y su conciencia. La principal obligación de estos elementos es impedir el ingreso a la plaza de todo lo antes mencionado, pero este personal con altísimo grado de corrupción ubicado en las puertas de acceso; con una «untadita», billete de por medio, permite a usted y a cualquier asistente introducir a la plaza todo lo antes mencionado y lo que además se les ocurra. Ya dentro de la plaza y una vez tocado el tema de las banderillas, pasamos a hablar del toreo con el capote, el que se ejecuta de rodillas que para el auténtico Villamelón ¡Es lo máximo! Son verdaderos trapasos en los que muchas veces el toro pasa por donde el torero menos se lo espera, y al quitarse al toro a como se puede, la suerte, – vale la redundancia – se convierte en autentica «suerte» o resultado al asar,  al pasar el toro por donde Dios dicte, y si ésto se ejecuta en los medios, lo más seguro es que el toro arrolle al torero; que lo salte, brincando, pasando atléticamente por arriba de él, o qué el torero tenga que – literalmente – acostarse, o echar el cuerpo a un lado para permitir el veloz paso del burel, cosa que no tiene nada de taurino. Si, mucho de circo, pero a los villamelones, esto mucho les emociona.

A la salida del toro, el Villamelón puede ser víctima de un colapso emocional cuando el lidiador se arrodille en los medios o bien de manera más temeraria o espeluznante se ponga de rodillas a «porta-gallola» en un reto o desplante, que el toro al salir convierte en un autentico: «Quitáte o te quito», teniendo que inclinarse el coleta para dejar pasar al toro por un lado.

Y ahora, al último tercio, el toreo de muleta, del que nuevamente lo máximo serán los muletazos dados de rodillas. La plaza será una locura colectiva de villamelones al iniciarse la faena con muletazos dados con ambas rodillas en tierra. Anoto aquí otra cita de don Fernando Latapi, el celebérrimo “Don Dificultades”, la cita es del año de 1937, pero aplica perfectamente para nuestros días, hablando de éste toreo con muleta y de rodillas, dice: «La primera clase de ese toreo es aquella en que los novilleros o los matadores segundones que, sin saber cómo, ni porque se arrodillan y agitando la flámula (alusión a la tela que se refiere a la muleta) cierran los ojos y dejan pasar al toro; ejecutando un verdadero trapazo, o bien si éste no pasa se los lleva de corbata”. Son muletazos en que ni se para, ni se manda, ni se corre la mano, aunque si se exponga. Es a la «tragala». En lo personal tengo un dicho relacionado con esto: ¡De rodillas, solo ante Dios, Maria Santisíma…y los toreros segundones! Claro está que también existe un momento sublime, cuando un TORERO, así con mayusculas, pone una rodilla en tierra y se pasa al toro, – con la muleta – dejando pasar los pitones, cerca, muy cerca del corazón. Pero, eso, eso es otro cantar!

¡VIVAN LOS VILLAMELONES!

La palabra Villamelón ha venido siendo utilizada para describir a aquellos entusiastas espectadores, asiduos asistentes a las corridas de toros que llegan a auto-considerarse aficionados y tienen la intención de serlo, pero les gana su carga genética ambiental y nunca, por su comportamiento en la plaza dejaran de ser villamelones, aunque algunos por su audacia lleguen a escribir y comentar temas taurinos en diarios webs, que nadie abre o hasta tengan el atrevimiento de hablar de toros frente algún micrófono. Toca hoy hablar, así lisa y llanamente del terno de luces o vestido de torear al que los villamelones llaman «El Uniforme» de los toreros o «Uniforme de Torear» y algunos de ellos se expresan así: – «A mí el que más me gusta es el azul fuerte ese que brilla mucho con sus adornos y botones de oro». Siendo que se refieren a un «azul marino con bordados, remates y cabos en oro» ó cuando dicen: – «Me gusta el café y dorado». Haciendo referencia a un terno «Tabaco y oro». Esto me recuerda aquellas platicas con Jorge Riveroll, quien después de novillero fuera diligente administrador de «Rancho Seco» y que en sus recuerdos de andanzas, toreando en esos pueblos de Dios, platicaba, que al llegar a esas poblaciones la gente los señalaba, diciendo: – ¡Ya llegaron los torianderos con sus trajes de vidriantes!

Entró Belmonte, acompañado de celebre comitiva a uno de los restaurantes de Algeciras volviendo de un tentadero en la finca «Las Albutreras». Iban todos vestidos de campo – como se debe ir a esas faenas – pero les había llovido tentando y parecían unos adefesios con el barro y los trajes empapados y arrugados. El camerero que debía atenderlos los juzgó por su aspecto y atendía diligente y presto a otras mesas con clientes mejor vestidos. Los acompañantes de Belmonte se desesperaron y entre ellos; José Pérez Ascencio, orgulloso y altivo, llamó al dueño del establecimiento, se quejó diciendo: – ¡Oiga usted!…¿Que forma es ésta de servir a unos señores que vienen a comer?…¿Es que no sabe usted quienes somos?  El dueño quiso presentar disculpas, pero no acertó a hacerlo con satisfacción por lo que Pérez Asencio encendido de ira, reaccionó, diciendo y actuando: – ¡Ahora va usted a ver como viene el camarero y se va a tener que quedar aquí un buen rato! Y tomó el mantel por uno de sus picos, tiró de él con gran fuerza y volcó en el suelo toda la vajilla que se hizo pedazos. Y luego dijo al dueño: – Tome usted. Cóbrese lo que valga y quédese con el cambio. ¡Ah, y aprenda a distinguir a las personas que entran en su casa!

El dueño del restaurante se dehizo en explicaciones y queriendo enmendar la cosa, ordenó que fuera otro camarero quien atendiera esa mesa. Y vino a hacerlo un muchacho alto, delgado y de muy buena presencia que se esmeraba en el servicio y la atención tanto como el otro la había esquivado. Transcurría la comida, olvidado ya el incidente, Belmonte notaba que aquel muchacho lo miraba con demasiada fineza. Tanto lo miro el esbelto chaval camarero que Belmonte le llamó y le dijo: -¿Qué miras hombre?…¡Ya ha pasado todo!…¡No temas nada!…

El camarero con gesto que era a la vez humilde y orgulloso le contestó: – No señor …Yo no lo miro a usted por eso …lo miro porque yo se que usted es Juan Belmonte, y yo soy afisionao y quiero que me de usté la alternativa el año que viene.

Todos miraron con extrañeza y estupor a aquel muchacho, y faltó poco para que se rieran de él. Belmonte no. Juan Belmonte bien sabia lo que significa aspirar a ser torero. Él había vivido muchos años de pobreza y de angustia. Le respondió al muchacho: – Bueno, hombre ¡Si te empeñas, te la dare!…¿Cómo te llamas?

– Me llamo Cayetano Ordoñez. Me dicen «El Niño de la Palma».

Un año después, en la plaza la maestranza, de Sevilla, un once de junio, año de 1935, Juan Belmonte le daba la alternativa a Cayetano Ordoñez, de quien había dicho Corrochano al verlo torear: «Es de Ronda y se llama Cayetano».

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