“El Paseillo”

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Así como la fiesta evolucionó del toreo a caballo al toreo a pie, y de ser una práctica de las altas estameñas de la aristocracia, bajó a la clase popular surgiendo el torero profesional, personaje que pronto sería centro de las miradas, ejemplo de rápido enriquecimiento, ídolo de las multitudes…¡tormento de las mujeres! Y, de la plaza pública, la fiesta emigró al coso taurino.

Si bien, ya hemos mencionado una profunda religiosidad en el acto de vestirse de luces, el toreo, en general conlleva un amplio ceremonial, parte de ello es el inicio del festejo. “Hay otros elementos muy semejantes entre una misa y una corrida de toros. Está por ejemplo el paseíllo que es como la procesión”, escribe Eduardo Garza en su entrevista al sacerdote, pintor, y arquitecto Julián Pablo, titulada “De Dios y de los toros”.

Durante el siglo XVIII, la corrida se formalizó convirtiéndose en el espectáculo que tenemos en la actualidad: tres cuadrillas y seis toros, el paseíllo con sus alguacilillos; el pedido de la llave de toriles y el pedir permiso para dar inicio al festejo. Nos dice Jean Robert en “Cuatro tesis sobre tauromaquia”...es pues un ritual, parafernalia que en la mayoría de las plazas se respeta y cumple al pie de la letra. Y que tiene un antecedente y un porqué. Si bien anotamos arriba que la fiesta emigró de las plazas publicas ubicadas en el centro de las poblaciones a los cosos construidos ex profeso; en ese entonces las corridas se daban en círculos cerrados con trancas, envigados, andamios y carretones, armando de manera improvisada las tribunas para que la gente disfrutase con seguridad del espectáculo, cerrándose las boca-calles que desembocaban en las grandes plazas. Imaginemos entonces a un verdadero gentío rondando por aquellos espacios cívicos, deambulando en medio de puestos de fritangas, aguas frescas y otras bebidas refrescantes y alcoholizantes, de ahí que se dispusiera de un grupo de representantes de la autoridad, “alguaciles” vestidos de riguroso negro y a caballo montados realizaran el despeje de la plaza cívica. De esta manera nació el llamado despegue, acto que hoy se realiza de manera totalmente simbólica, – pero no por ello menos formal – y con gran lucidez, pues en nuestras plazas, actualmente ya todo el mundo ocupa sus localidades a la hora anunciada, tal como rezan los carteles, sin interferir con el la arena del ruedo, el albero totalmente limpio, despejado y listo para el festejo.

VIVAN LOS VILLAMELONES.

La palabra villamelón ha venido siendo utilizada para describir aquellos entusiastas espectadores, asiduos asistentes a corridas de toros que llegan a auto-considerarse aficionados y con la intención de serlo, pero les gana su carga genética o ambiental y nunca, nunca por su comportamiento en la plaza dejaran de ser villamelones, aunque algunos lleguen a lograr escribir temas taurinos en diarios o hasta tengan el atrevimiento, la audacia de llegar a hacerlo frente a un micrófono.

Vamos pues, con los comentarios villamelones…

Y ya quedó anotado arriba que alguno que otro villamelon llegan a tener la audacia, recordemos la sabia sentencia: “la audacia es atrevida”, de ponerse tras de un microfono y autonombrarse cronistas, pues bien, muy comentado fue el paso de aquel “cronista” que anunciaba la salida del toro, diciendo: “salta a la arena un toro…” Los toros salen del toril, más correctamente: “se les da suelta”, pero no son jugadores de balón-pie, que “saltan a la cancha” o luchadores, que, “saltan al ring”. Y la fracesita echó raices, pues en algunas TV transmisiones suele oírse la tal aberración, pero lo que no tubo igual fue cuando aquel cronista villamelon a la salida de toriles de un toro cárdeno, anunció: ¡Y, salta a la arena, un toro color gris oxford!

A proposito de los recientes Post’s “Vestirse de luces” y “El Paseillo”, esta anecdota viene al caso, tomado de la “Tauromagia” de Guillermo Sureda, relata lo genialmente dicho por Domingo Ortega, que; “Torear es llevar al toro por donde no quiere ir”. Para ello, hace falta inteligencia, ya que ella nos posibilita el cuándo, el porqué y el dónde se da cada pase, en una palabra, lo que podemos llamar el conocimiento de los toros, de las querencias y de las suertes. José Bergamín al respecto escribio: “El torero no se desfraza de torero: la inteligencia no se puede caracterizar. El traje de luces del torero es emblema de pura inteligencia: porque es cosa de viva inteligencia el torear”. Y he aquí la anécdota; Un día le dijo Frascuelo a Lagartijo: “Rafael, tu eres el mejor torero que yo he conocido. Por ti me quito yo la montera y no me quito la cabeza porque la necesito para torear”.

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