LOS CALLEJONES, y… ¡Esa necedad de estar en ellos!

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El callejón en una plaza de toros se define como: el lugar de espacio libre entre la valla o barrera que circunda el redondel y el muro en que comienza el tendido. Y subrayamos los conceptos de “espacio” y “libre”, precisamente para enfatizar algo que se ha convertido exactamente en lo contrario: Un espacio donde todos quieren estar, provocando que No haya eso; libertad de movimientos, para quienes de verdad deben estar en el. Pero continuando con lo conceptual, esa valla de madera que limita el redondel, o albero, como se le llama a la parte cubierta de arena, cuenta con espacios de acceso, llamados “troneras” que permiten a los toreros entrar o salir del ruedo, protegidos por sus correspondientes, “burladeros”, siendo estos verdaderas vallas o escudos de madera que se colocan, unos, delante de estos espacios de entrada del ruedo al callejón y otros más pegados al muro que separa el callejón de las tribunas o tendidos. El número de burladeros que protegen las troneras, generalmente es de tres a cuatro, siendo el mayor, o más amplio de ellos el llamado de “matadores”, que se sitúa ligeramente a la derecha — viendo desde el palco del juez — y los otros dos o tres dependiendo del tamaño del ruedo, que nunca será mayor a 50 metros salvo honrosas excepciones como Sevilla, Ronda y la del Puerto de Santa María, ni menor a 45 metros de diámetro. El de nuestra Plaza México tiene 46 metros. Y otra honrosa excepción — negativa — es el de la Plaza Arroyo al sur de la ciudad de México, que ridículamente no llega a 15 metros de radio. Lo cierto es que estos burladeros en número, nunca deberán pasar de cuatro, intentar colocar más, quita seriedad a la fiesta por el exceso de “refugios”. Los otros, los interiores, están destinados para el resguardo, protección y seguridad para quienes por razón de su desempeño profesional deben permanecer en el callejón. En teoría este listado debiera limitarse a los actuantes, matadores, subalternos, y sus asistencias, así como los trabajadores de plaza encargados de las puertas del redondel, de toriles, de acceso de caballos, areneros y monosabios.

Los Reglamentos Taurinos en vigor son muy específicos al incluir y dictar un listado de personas que deben recibir autorización, para tener acceso y permanecer en el callejón durante una corrida, se le llama “acreditación”. Retomando el título de este “Post”, recalcando la necedad, verdadera “terquedad” de indebidamente permanecer en el callejón y que éste debe estar “libre al transito y funciones de actuantes y sus asistencias”, lo cierto que es que los callejones se han convertido malamente en sitos llamados “VIPS” en donde personas que nada tienen que hacer ahí, insistentemente muevan recomendaciones, influencias gubernamentales, políticas, periodísticas y sociales, para estar en el callejón: “Dejarse ver” , es la expresión correcta. El Reglamento autoriza a estar en el callejón únicamente a actuantes, quienes además no requieren de ningún tipo de acreditación por presentarse vestidos de luces, subalternos, entendiéndose; picadores, banderilleros, puntilleros, y algún sobresaliente, los antes mencionados trabajadores plaza; monosabios, areneros, mulilleros, encargados de puertas. Por supuesto médicos de plaza cuya presencia no sólo se justifica, sino que además adquiere relieve e importancia, pues el medico cirujano de toreros al momento de intervenir quirúrgicamente ya sea para curar o simplemente explorar una herida debe tener idea clara de la o las trayectorias que siguió el pitón y para ello es indispensable estar atento y cerca a lo que ocurre en la lidia. Resulta tan minucioso y detallista el Reglamento que en su listado incluye un Capellán, sacerdote quien también debe permanecer ahí por lo que pudiera ocurrir, y no quiero ser detallista al respecto. A las asistencias les ordena movilizarse en el callejón únicamente para desempeñar sus labores durante la lidia del toro que permanece a su matador. Y lo mismo a los Apoderados, les indica permanecer tras el burladero que tienen asignado y les permite desplazarse, sólo durante la actuación de su poderdante, cuando se trata de un novillero.

Eso lo que dicen y dictan los Reglamentos, lo cierto es que la realidad es un verdadero desastre, y hasta en plazas llamadas de Primera, el callejón, quizás desde la llegada ahí de las cámaras de TV y la proliferación actual de los llamados “medios” se han convertido en una vitrina o aparador donde todo mundo quiere estar. La prudencia, la precaución, señalan lo contrario. Como muestra de las tragedias que pueden llegar a ocurrir, presentamos 3 fotos 3 que bien ilustran lo que en determinado momento y de manera inesperada puede acontecer, poniendo en peligro la vida de cualquiera.

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Breve nota explicativa:
Se pronuncia “schhoma” y es un trozo de penca de maguey, verde, fresco, flexible que se acomoda como “jícara” para tomar el “neutle” o pulque, bien llamado “néctar de dioses” en el campo durante maniobras de embarque, en herraderos y demás labores; su ingesta además de vigorosa y reconfortante, resulta refrescante. Una vez servido, cada ración es de más o menos medio litro, debe tomarse de un solo trago y en forma de reto; un bebedor frente al otro. Y terminado el gran y largo trago, con una mano se sujeta y se sacude violenta y enérgicamente la schhoma, para que suelte la hebra o baba, como se dice comúnmente, en el campo, “pa´ que suelte el alacrán”. Esta delicadísima maniobra de gourtmets de campo se le llama “sacudiendo la schomma”. Y en este breve espacio le utilizamos como expresión para un comentario sobre alguno de los aconteceres taurinos recientes.

Va: Sacudiendo la choma… y ahora toca comentar la fotografía que es la tercera con la que ilustramos este último Post en el que se habla de “Los Callejones” de las plazas de toros y la necedad, verdadera terquedad de quienes quieren, insisten en estar indebidamente en un burladero de callejón, simplemente para “dejarse ver”, siendo que estos nunca pueden ser totalmente seguros, lo muestra la foto en que un toro ha quedado atrapado dentro de un burladero, donde usted puede imaginar como quedan sus ocupantes en caso de no encontrar escapatoria y eso ocurre por tanto impertinente. “colados” que ahí estorban. En la foto en la Plaza México el célebre “Flaco” Valencia, posa junto al toro atrapado.

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¡Ese nene viene con la escoba!

Luis Miguel, desde niño, tenía las piernas muy largas, desproporcionadas al cuerpo. Sus pasos cuando corría resultaban desangelados y ello rompía la estética del conjunto, haciendo fea y desarticulada la carrera. Entonces se nos ocurrió que haría el ejercicio de correr a paso gimnasta, atada una pierna a otra por el tobillo, a una distancia que consideramos propia y armónica. Así cuando instintivamente alargaba el tranco en la carrera, la cuerda se lo impedía y entonces irremediablemente caía al suelo. Se tubo que acostumbrar en el transcurso de muchos días y muchos kilómetros a acortar los pasos, a “menudear” más, a aumentar por tanto el número de movimientos de las piernas y así, obligar a una mayor activación de los reflejos; en fin, a aprender a correr con más belleza de los movimientos. Esto, era un sacrificio. Un día tras otro y una caída tras otra dieron un resultado esplendido – escribe Pepe Dominguín en “Mi Gente” – … Manolete era un torero serio, seco y sobre todo muy honesto. Se entregaba siempre a tope, y si había que tomar la voltereta para conseguir el éxito, allí estaba él dispuesto a ello. Su alargada figura en algo recordaba a las míticas figuras de El Greco, su andar despacioso daba a sus movimientos una majestuosa definición: personalidad… Toreó Luis Miguel en Albacete, en la noche de un día de feria. Manolo se quedo a verle y días más tarde me dijo en Madrid, concisamente, sin más análisis:

¡Ese nene viene con la escoba! En clara, muy clara alusión de que venía a barrer con todos.

A ese chaval a los quince de años, el diestro de Borox Domingo Ortega le otorgó en Colombia la alterativa, misma que luego tuvo, pasados los 16 de volver a tomar en España. Surgió de ahí una tremenda rivalidad entre el chamaco Dominguín y su padrino Ortega quien la tenía tomada con Luís Miguel y éste con el Maestro, al grado de que toreando en mano-a-mano una tarde en Colombia, se le había ido por delante Domingo con una oreja en cada toro, cuando Miguel en su tercero, sin aspavientos, con el gesto sereno, pero tenso, en voz baja, con palabras apenas perceptibles para quien iban dirigidas y algunos pocos más cercanos, le dijo mientras se echaba la muleta a la mano izquierda:

¡Ésta no sabes tú ni moverla! ¡Fíjate y aprende! – Y citando con parsimonia, ligó un pase tras otro en un una impecable y ajustada tanda de naturales, que repitió en sinfonía perfecta hasta que el público en paroxismo, puesto de píe dedicó al joven maestro y nuevo gladiador una descomunal ovación reconocedora y consagratoria. Mientras paseaba el rabo y las orejas a hombros. Ortega nos dijo:

¡Ese puñetero niño sabe lo que hace…y lo que dice!

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