“EL SORTEO”

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PARTE 1

Conmemorando el L aniversario de la Plaza México, en 1996 el periódico «La Jornada» publicó un interesante artículo firmado por Jaime Avilés titulado «Donde rondan los duendes de la muerte», y que inicia con el sub-titulo «El Sombrero del juez» que dice, refiriéndose a las doce del día, la hora del sorteo: «hay un olor a adrenalina caliente que se mezcla con el aroma de los puros y las lociones que impregnan los pañuelos de seda en el gaznate de los participantes. Es el olor de los duendes de la muerte, contra los cuales luchan en esos instantes, en hoteles no muy lejos de ahí, las estampas y las medallas milagrosas que presiden otros silencios al calor de las veladoras, en las habitaciones donde reposan ayunando los toreros».

Se sabe con certeza que fueron primero los ganaderos, aquellos de abolengo y propietarios de celebérrimos apellidos y de las ganaderías madres de todas las dehesas en el campo bravo, eran ellos, quienes «sabiendo» lo que llevaban dentro sus toros asignaban por números los que habían de lidiar tal y tal figura y los que dejaban para los otros alternantes. Otra variante que hasta la fecha se respeta con algunas consideraciones se da cuando se lidian diversas ganaderías, debiendo ir por delante, primera de lidia la ganadería más antigua y cerrando también esta.

Fueron Cúchares y el guipuzcoano Luis Mazzantini, los primeros en oponerse a esta práctica, hasta que en el año de 1923 aparece en los reglamentos la modalidad del «SORTEO», para que en igualdad de circunstancias y dejándolo a la suerte fueran sorteadas las reses a lidiar. Para ello, la tradición señala que para sortear, cuatro horas antes de cada festejo, se formen «Lotes» dos toros en cada lote, y serán tres lotes para corrida de 6 toros 6; o bien dos lotes de tres para los mano-a-mano.

Por los pasillos, troneras y burladeros de los corrales de la plaza han desfilado hablado, opinado, discutido y por último negociado; apoderados, banderilleros y peones de confianza de los espadas anunciados en el cartel, para después de una discusión basada en sus profundos conocimientos sobre el embestir, caminar, actitud y comportamiento de los toros en el ruedo, opinión por demás estéril, pues antes que nada debemos recordar que «los toros no tienen palabra de honor» y más que eso; ni fueron a escuela alguna, y menos son dueños de los genes que rigen su comportamiento frente a capotes, caballos y muletas. Forman así los lotes: el listón 67 alto de agujas va con el 32, cómodo de encornadura; y el 117 de enorme morillo va con el castaño 16, de bajas hechuras; y el alegre y avispado, cárdeno claro, caribello, 111 va con el 54 negro zaino que parece reservón.

Los lotes, de tal manera conformados combinarán el bajo tamaño de un toro, con el otro, alto y de buen corte; el pali-abierto con el corniapretado tratando de compensar las desigualdades que aún en el encierro más parejo existen. Hechos los lotes, será el apoderado del más veterano o primer espada de los alternantes quien escriba en una hojas de papel arroz para tabaco los números de los toros de cada lote; pasándolos al representante o apoderado del tercer espada, el más nuevo, o de más reciente alternativa, que no siempre es el más joven, quien doblará lo papelitos hasta convertirlos en verdaderas pelotitas de papel. El apoderado del segundo espada tiene el derecho de «matar filos» expresión que significa verificar que las bolitas sean similares en su conformación, ninguna más grande que la otra, ni más comprimida o apretada, o con algún pliegue o doblez identificable que permita con maña y truco reconocerle. Ahora, es el momento en que cualquiera de los participantes incluido el ganadero o empresa, podrán tocar las bolitas para transmitirles la buena briba. Curioso, e interesante resulta observar un sorteo en el que esté presente uno de los ganaderos de San Martín don José Chafick pues este, teniendo en su mano izquierda una verdadera baraja de estampas multicolores, algunas plastificadas de santos, vírgenes y sangrantes cristos; con esta baraja abierta en abanico cubrirá las tres bolitas que le son presentadas y poniendo su otra mano debajo de ellas les cobijara, invocando la protección de los santos y madonas de las estampas.

Continua la descripción de Avilés «…don Jesús Dávila el juez se despoja de su sombrero tipo» Stetson», pero de marca» Berg», forrado por la casa» Ruiz» del centro de la ciudad de México, y lo coloca sobre el «Stetson» autentico de diez años y forrados por «Tardan» del juez Shiaffino Por aquellos días, juez de callejón o mejor dicho Inspector de Autoridad, y que según el Reglamento, juntos los dos jueces, deben presidir el sorteo — para impedir que se que se metan los duendes (o que una paloma baje y se robe una bolita) En una estampa que simboliza las bodas del Cielo con la Tierra, ambos jueces mueven los copulantes sombreros al compás para que en esa improvisada tómbola de fieltro la fortuna se bata en duelo con las leyes del cálculo de probabilidades».

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6 AVISOS 6 ó ¡Cuando los Toreros ¡no Funcionan!

Mucho, mucho se comentó lo ocurrido la tarde del domingo, segunda de temporada chica cuando Christian Hernández, victima del pánico súbito, después del primer muletazo de tanteo a su segundo, quinto de la tarde salió en clásica «espantaa» como si al mismo Mefistófeles hubiera visto o lo que es peor como se si enfrentara a un agente de la AFI armado hasta los dientes, corriendo salió y de cabeza se aventó al callejón. Muy al estilo de Luís Procura, quien así de cabeza se clavaba en el callejón.

Los tres tiempos de la actuación del ya retirado Chistían, es cierto que por vez primera se dan en la gran México al mismo tiempo, para el mismo hoy, ex coleta: la «espantaa», el auto-desprenderse la coleta, y los 6 avisos 6. Esto es cierto y establece no un record, que no es palabra taurina, más bien, un acontecer marcado como algo nunca antes visto. Pero estos hechos por separado, si tienen precedentes. Lo de los saltos de cabeza al callejón son de la autoría del «Berrendito de San Juan». Lo de desprenderse la coleta, ocurrió ante la presencia de quien esto escribe en la Plaza de Toros La Concordia de Orizaba Ver., toreaba el colombiano Edgar García llamado «El Dandy» y ante la desesperación, en este caso más que miedo o pánico, pues alternó con Eloy Cavazos en aquellos sus años de gloria en que con fulminantes espadazos cortaba a sus enemigos orejas y rabos. «El Dandy» con más impotencia que otra cosa al sentirse incapaz de emular tamañas hazañas, también al iniciar la faena de muleta de su segundo, se acercó a tablas, y pidió a su mozo de espadas una tijeras con las que, él mismo se cortó el añadido ante la mirada atónita de sus numerosos acompañantes, cuadrilleros, ayudas, y ayudas de las ayudas, quienes evidentemente de acompañarle vivían y en sus encajados rostros se veía la interrogante ante la actitud del desesperado coleta: Y ahora, ¿Qué vamos a hacer? Traducción = Y, ahora, ¿Quién nos va a mantener? Pues una vez desprendido de la borla de matador El Dandy se acercó para únicamente dar los muletazos de aliño y tirarse a matar, supuestamente por última vez en su vida, mientras desde las alturas, junto al palco del Juez la banda comenzó a tocar «Las Golondrinas» a indicación de Usia (Yo). El colombiano, pasado el amargo trago y consultando después con la almohada y el humo del tabaco, decidió volver a vestirse de luces. En cuanto a los dos toros devueltos al corral siendo de un mismo actuante, tocó a este desgastado Juez en Huamantla, corrida de Huamantlada, plaza llena, hasta el toldo, con toros de los que si son toros de Tenexac, corrida anunciada como «despedida», ¡Una de tantas! de Rodolfo Rodríguez «El Pana» quien escuchó los tres avisos de su primero que se fue vivo, devuelto a corrales y en su segundo, sonaron los dos avisos y en un exceso de consideración por parte del juez, se dejaron pasar 7 minutos 7, entre el segundo avisó y el tercero que no llegó, es decir; 5 minutos de excesiva tolerancia ya que debe sonar el tercer a los dos minutos del segundo. Pero se trataba del brujo, vecino de ahí cerca de Apizaco, su supuesta «despedida»; el toro además de amorcillarse «jue alevantado» – diría el mismo Pana – por el puntillero. Por lo que el tercer aviso nunca llegó, pues al fin el cárdeno decidió entregar su vida, que caro vendió. A la salida de la plaza, Usted bien sabe que de «La Taurina» de Huamantla; público, actuantes, músicos, vendedores, todos salen por la misma vía, y por aquello de las concidencias al salir de la plaza, me encontré frente; cara a cara con el matador Rodolfo Rodríguez, quien con esa genialidad del El Pana, ante la evidencia de que se le perdonó el sexto de los avisos, se quedó mirando fijamente a este servidor y moviendo la cabeza de lado a lado me dijo: «Médico, los toreros somos como los toros. A veces funcionan y a veces ¡No funcionamos!»

 

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