El embarcadero

.

PARTE 1

Dante Allghiere, nacido en Florencia, en el siglo XIV, en su obra La Divina Comedia, escrita en treinta y tres cantos, dedicó algunos de ellos a describirnos el cielo o mejor dicho, como le llama en sus sonetos “el Paraíso”. Dante, como todos los humanos no era perfecto, algún error había de cometer y omitió en sus cánticos, una parte medular de la descripción del cielo. Siglos después, apenas en el pasado XX, Ernest Hemingway, se acercó más a la realidad, al decir que el cielo, es redondo y se asemeja a la plaza de toros de Sevilla. La realidad es otra; bien distinta a pensar en angelitos entre nubes tocando instrumentos de cuerda y viento. El Cielo y sobre todo para los amantes de la fiesta, es un embarcadero, o embarque de una corrida en Piedras Negras, Soltepec o Tenexac.

Eso, los toros, hermosos toros “Piedranegrinos”; en la libertad del campo bravo tlaxcalteca, son separados o apartados, por los vaqueros que al mando de su caporal dirige la campirana faena, para hacerlos entrar a la manga de embarque o “apartadero” de uno en uno. Eso visto desde los muros de embarcadero eso, es el cielo.

Estamos hablando de un embarque “como los de antes”. Me explico: actualmente, como consecuencia de las regulaciones agrarias, las invasiones y otros fenómenos relacionados con la tenencia de la tierra, los enormes potreros que comprendían grandes extensiones de terreno tienden a desaparecer, sustituidos por enormes corrales, incluso cercados, con portones de metal, algunos e ellos se desplazan; abren y cierran sobre carretillas y pronto podrán ser electrónicos. Por lo que ya va siendo historia aquello de arrear el ganado a caballo para hacerle entrar por la manga de terreno, que en forma de embudo, se va estrechando cada vez más, hasta convertirse en un carril donde el espacio es suficiente para que el toro avance rumbo al camión de transporte, que estacionado espera del otro lado. Las puertas y trancas se van cerrado, jaladas mediante reatas y mecates maniobradas por los peones, vaqueros y caporales que, ocultos tras los árboles ayudan al desempeño de tan singular, interesante y a la vez peligrosa faena.

Resulta que las cercas y bardas son construidas con troncos, maderas de muchos años de permanencia a la inclemencia del tiempo, alambradas, que ante la fuerza e imposición del animal que se siente acorralado, en cualquier momento es capaz de destruir las mentadas cercas, como si fuesen serpentinas de papel. ¿Qué, porque decimos que esto es el cielo? Pues simplemente por lo campirano, arriesgado y hermoso de la faena, bajo un azul, entoldado en nubes de unos tonos de gris similar a los cárdenos y entrepelados, de los toros que ahí se embarcan.

Los toros que conforman un “encierro” están en este potrero, llamado de “saque”, por que ahí se encuentra la corrida que ya está de salida, o lista para ir a plaza, de ahí son apartados o separados de uno en uno. Y mientras los toros van entrando, o “cayendo”, como se dice; el calor del día que va en aumento, el polvo, el viento que también se deja sentir, contribuyen a que el cuerpo, pida, acepte el natural néctar de la planta tradicional de Tlaxcala; el neutle. Este, se sirve y toma en las “chomas”, que como en otras líneas hemos dicho; se escribe choma y se pronuncia shoma, y que no es sino un buen trozo de penca de maguey cortado y al que se le da forma para convertirlo en jícara o recipiente donde se vierte el licor que tomaban los monarcas aztecas. Este pulque, viene, como los toros que se están embarcando “en puntas”, es decir, sin tocarle la mano del hombre.

 ***

 Parte dos

Continuando con el tema iniciado en este blog taurino, que por ser taurino da mucha cabida al gustazo de fumarse un puro continuamos y hablando de  cuentas, decíamos  que se calcula que la demanda de puros en los Estados Unidos rebasa los veinte millones al año y la producción de los auténticos Cohibas no llega a los cuatrocientos mil puros por año. De ahí que la distinción de fumarse uno de estos habanos haya sido blanco de imitaciones mil.  Así como en el toro, valoramos a 50 %, la bravura contra la presencia o trapío, así en el puro: frescura y evidencia de manufactura van a partes iguales. Y como el tema da para más, le seguimos: Al seleccionar el puro a fumar, nunca, nunca, escoja los que vienen con sabor a vainilla, chocolate, plátano o licuado de fresa, esto es demasiado snob y además son causantes de insoportable cefalea no solo para el fumador, sino también para quienes le rodean. El colmo de esta cursilería son aquellos puros que vienen con boquilla de plástico integrada.

El encender un puro es parte importante del ritual, debe hacerse sin llevar el puro a los labios, resistiendo la tentación de humedecerlo chupándole, aunque en algunos casos cierta resequedad del puro lo justifica; debe ponerse el puro a una inclinación de 45 º, tomándolo entre el pulgar y el índice cerca de la flama, pero sin que ésta le toque, a medio centímetro aproximadamente, usando un encendedor de gas butano, nunca de gasolina y de preferencia cerillas de madera esperando que la combustión de la llama consuma el fósforo, y así girar despaciosamente el puro permitiendo que se queme primero y se encienda su parte llamada “píe”; un buen puro encenderá de inmediato y es fácil comprobarlo, la combustión permitirá que el humo cruce la cubierta de la boquilla aún si ésta no ha sido perforada. La perforación es parte de la rutina y puede ser con un palillo mondadientes, un accesorio de navaja suiza o bien con el corta-puros, pero apenas insignificante y hay quien prefiere un corte en “V”, cualquiera que sea esta, se trata de permitir un buen tiro; un corte en exceso ocasionará que el puro se desintegre de su boquilla y una perforación demasiado profunda producirá un tiro excesivo con sabor picante y hasta leves quemaduras en la boca del fumador. En ocasiones se requiere nueva aspiración, cerca de la llama sin que ésta toque el tabaco. Una vez encendido, aspire para mantener el encendido, sin precipitarse. Esto; como el amor y el buen torear es cosa de despaciosidad, de mucha calma. El acto de encender un puro, pasar de la llama a la primera calada, constituye una de las ceremonias más intimas del fumar; y para poder disfrutarla plenamente, se precisa habilidad, concentración y delicadeza. Un buen puro, de buena manufactura, arderá en “automático” bastando leves aspiraciones para mantenerle encendido. Quizá, esto es lo más importante, aspirar suavemente, las prisas sólo ocasionan una sensación de ardor intenso con sus desagradables consecuencias. Recuerde, que el puro se aspira, se saborea su humo, rico en diversas tonalidades e intensidades; el tiempo y la experiencia le enseñaran a reconocer y etiquetar su propio gusto, finalmente escogerá una buena compañía.  Al cigarro habano que así se le conoce a un buen puro – sin que sea requisito que venga de la isla – no se le da el “golpe”, a menos que vaya acompañado del paladeo de un buen coñac o un tequila de agave, vale la redundancia, pues hoy no todos lo son. En caso de que el puro llegue a apagarse, y esto, sólo ocurre entre la amenidad de una buena charla y en el caso de las grandes faenas en la plaza, se consumirá más rápido; se vale volverlo a encender. Para ello, retire las cenizas y la parte de hojas quemadas, de lo contrario, percibirá un desagradable sabor a “quemado”, puede hacerlo, apoyándose en el cenicero o auxiliado por el corta-puros, un leve raspado dejará su puro en condiciones de ser encendido nuevamente; en la misma forma, podrá observar ahora que sin tirar o aspirar por la boca, enciende más rápido. Grandes fumadores en el mudo del toro han sido; Papa Hemingway, Orson Wells y de los matantes, Silveti nuestro Juan sin miedo, Rodolfo Gaona, Procuna y en estos días Rodolfo Rodríguez. El tema de ¿Dónde conseguir buenos puros, sin pagar en excesivo? Será el remate de estas líneas en la próxima entrega.

 ***

Etiquetas:, , , , , , , , , , , , , , , ,

"Trackback" Enlace desde tu web.

Deja un comentario