Archiv para noviembre, 2011

LIANDOSE EL CAPOTE

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“En el patio de cuadrillas se está formando el grupo de toreros para hacer el paseo”. Ya han rezado en la capilla y cada uno, reconcentrado en sí mismo, rumiando su miedo y su responsabilidad”. El inspector de Autoridad o juez de callejón con tres, luego, dos, y un dedo en alto ha venido señalando los minutos que restan para que suenen los clarines anunciando que inicia el paseíllo y por tanto la corrida. Es el momento de “liarse” el capote de paseo, verdadero ritual, todo un ceremonial, breve, pero no por ello poco suntuoso; de mucho recogimiento y ensimismamiento. Se trata de que el llamado capotillo, verdadera hermosura en su fabricación de bordado a mano sobre brillante tela de seda, sea colocado en su sitio; predominan en su diseño dos estilos; el uno a base de figuras geométricas o bien jarrones y ramos de flores y/o palmas; y aquellos que llevan en su parte central una imagen religiosa, prefiriendo muchos a la Virgen – por supuesto – la Dolorosa, y en nuestro caso, México, una Guadalupana o un Divino Rostro, un Cristo en su advocación del EcceHomo. Esta imagen se ubica de tal forma de que en ese momento, dijimos, de mucha intimidad y recogimiento del espada y quien las ayudas cuidaran de que debe quedar, minuciosamente ubicada al centro de la espalda del torero.

La variante que existe y que algunos toreros suelen usar, consiste en que la figura principal del diseño triangular del capote, en vez de quedar sobre la espalda, en el momento del diseño se carga y coloca hacia un lado, de tal forma que monta, queda ubicada sobre el brazo y parte del hombro del lado izquierdo, es decir, la imagen; un rostro de Cristo o el bello rostro de una Virgen descansan directamente sobre el brazo derecho del torero, cubriendo, simbólicamente y de una manera muy religiosa el costado del corazón de los toreros que así gustan de liarse el capote de paseo.

Ya quedó dicho, que para realizar esta maniobra que ocurre en los precisos instantes en que mente y  espíritu del torero están sometidos a la mayor tensión. Es cosa de breves minutos para que de inicio el festejo y otros cuantos para que por la puerta de toriles se dé suelta a los enemigos a enfrentar. El nerviosismo está al máximo. Los subalternos, cuadrillas de a pie suelen acomodarse ellos mismos el capotillo o para hacerlo se asisten entre ellos; pero al matador, figura principal de la cuadrilla se acostumbra, es tradición que sea el Apoderado, quien lleva su representación y poderes él que le asista o ayude, en caso de que éste, el apoderado, se encuentre ocupado en otros menesteres será el peón de confianza quien le ayude; su encargo principal consistirá en que la esclavina o pliegue externo, como reborde del capote descanse sobre los hombros del torero y, como quedó dicho que la figura o imagen quede colocada bien al centro de la espalda y luego, cuidará, apoyándose con ambas manos de planchar todo el capote sobre espalda y torso, evitando que se formen arrugas o pliegues. Después de ello, cruzará los dos bordes de forma triangular por delante del cuerpo, ayudando al matador para ir recogiendo con ambas manos estos extremos y formar con ellos un nudo o anudado, mismo que sostendrá firmemente con la mano izquierda, descargando en este esfuerzo por sostenerlo, toda la tensión del momento. El brazo y mano derecha quedaran libres, para poder santiguarse, al momento que suenan parches y metales, tocando el “toque de cuadrillas” que señala que llegó el momento tan esperado y muchas veces temido: el inicio de la corrida.

¡VIVAN LOS VILLAMELONES!


La palabra Villamelón ha venido siendo utilizada para describir a aquellos entusiastas espectadores, asiduos asistentes a las corridas de toros que llegan a auto-considerarse aficionados y tienen la intención de serlo, pero les gana su carga genética ambiental y nunca, por su comportamiento en la plaza dejaran de ser villamelones; aunque algunos por su audacia lleguen a escribir y comentar temas taurinos en diarios y webs, que nadie abre o, quizá hasta tengan el atrevimiento de hablar de toros frente algún micrófono.

Esta vez el comentario es corto, muy corto, pero de un gran contenido, que muestra el villamelonismo en su máxima expresión por parte de aquellos que se acercan a una plaza, ocurrió, apenas en la máxima catedral del villamelonaje, el Relicario, en la presentación del rejoneador Diego Ventura quien llega a su gira precedido de un buen aparato de publicidad, por lo que se puede afirmar que los neo-aficionados acudieron al conjuro de éste, pero cuál no sería el desconocimiento de una pareja que acudió por primera vez, que le preguntaron a un aficionado que como me lo contó lo cuento: Le resultó tan lucidor un quite a Israel Tellez, vestido de azul cielo y oro, que la pareja preguntó; – ¿Verdad señor que el de azul es el rejoneador? Y el otro de ellos aseveró; Cómo crees, ¡El rejoneador es él de a caballo! A lo qué su compa respondió: ¡No seas wey, los de a caballo son los picadores!

Continuamos con las anécdotas en torno a esa pasada época romántica del toreo, corría el año de 1857 y un muchachito, muy atildado, quizá el primer “torero señorito” de que nos habla la historia, se llamó Antonio Gil y Barbero y fue conocido ya siendo matador como “Don Gil”, solicitó y consiguió una audiencia con el entonces rey Alfonso XII. Suscitándose el siguiente dialogo:

– Señor: vuestro augusto bisabuelo don Carlos IV fue el más grande protector que tuvo el arte taurino; díganlo si no los favores que dispensó a Pedro Romero, a “Costillares” y a “Pepe-illo”…

– Bien- respondió el monarca – Pero recuerde usted que Carlos IV fue Rey absoluto y yo soy Rey constitucional.

– Pues que la Constitución me permita matar toros recibiendo.

– No. Aquí no se trata de la Constitución del reino, que no tiene nada que ver con eso.

– Pues ¿Por qué? – preguntó el joven torero.

– Que quien tiene que permitírselo es la constitución de usted; sus facultades físicas…