Archiv para 18 octubre, 2011

EL PASEILLO. Parte II

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El Alguacil o alguaciles vestidos a la usanza del rey, el segundo de los Felipes, antes de encabezar el multicolor paseo, saldrá sólo o acompañado de dos o más alguaciles – en el caso de la célebre inauguración de la Plaza México fueron cuatro los que partieron plaza – o, en compañía de otro, vestido de charro. Por simple vistosidad, costumbre o tradición en algunas poblaciones el Alguacil es sustituido o hace pareja con una guapa “adelita” con vestido de amplios holanes en deslumbrante coloración.

El emperador Carlos V de Alemania, Primero de España al abdicar a favor de su hijo Felipe, el segundo, le dijo: “Respetad la religión; mantened la fe católica en toda su pureza, sean sagradas para vos las leyes de vuestro país; no atentéis ni a los derechos ni a los privilegios de vuestros subditos; y si algún día deseáis gozar como yo de la paz de una vida privada, Dios quiera que tengáis un hijo que por sus virtudes merezca que le cedáis el cetro con tanta satisfacción como yo lo hago ahora”. Días después, en el año de 1558, al morir, la carga testamentaria que dejó a Felipe II, moral y de una monarquía en cuyos territorios no se ponía el sol, fue tal, que el rey Felipe nunca pudo dejar el luto. Vistió siempre de negro, botas en ante negro, pantalón-valona y jubón también negros, con capa corta o herreruelo sobre los hombros y sombrero negro con pluma alba en la toquilla y una gorguera alrededor del cuello de blancos y hermosos holanes. Así, sobrio, debe vestir el Alguacil con la gran responsabilidad de abrir plaza

La tradición reza que al hacer el despeje, el Alguacil se descubre ante el juez, quien preside el festejo en representación de la autoridad constituida, y al saludarle, le dice: – “Señor juez, los que van a tomar parte en el festejo piden su permiso – antes, venia – para iniciarle”. A lo que el juez, puesto de pie y sombrero en mano responde con un: – ¡Buenas tardes y suerte! Esto recuerda de algún modo el saludo de los gladiadores en el Circo Romano al Cesar, cuyas conocidas palabras no repetimos aquí por irreverentes para la fiesta.

El Alguacil montado, recibe del Inspector de Autoridad, llamado también juez de callejón y que es responsable de mantener el orden en el callejón y así mismo, hacer que los intrusos permanezcan fuera de él, la llave de, toril que va adornada con una moña de listones con los vivos colores de la divisa de la ganadería anunciada en el cartel. A paso lento, da vuelta al redondel para llegar hasta la puerta del toril donde el torilero, descubierto, recibirá la llave junto con las palabras del Alguacil: – “Señor torilero, ésta es la llave del toril. Tenga usted mucho cuidado con las reses y buena suerte”. Continúa el Alguacil su recorrido hasta ubicarse frente a las cuadrillas, y en este momento sonaran al aire las notas del paso doble…

¡VIVAN LOS VILLAMELONES!

La palabra Villamelón ha venido siendo utilizada para describir a aquellos entusiastas espectadores asiduos asistentes a corridas de toros que llegan a auto-considerarse aficionados y con la intención de serlo, pero les gana su carga gen ética la ambiental y nunca, por su comportamiento en la plaza dejaran de ser villamelones, aunque algunos lleguen a lograr escribir y comentar temas taurinos en diarios o hasta tengan la audacia de llegar a hacerlo frente a un micrófono.

Pero, vamos con los comentarios de nuestros amigos villamelones y estaban dos de ellos, una pareja llegando a sus barreras justo al momento de partir plaza; ella vestida con conjunto de muy poca tela al estilo de las “vaqueritas de Dallas” con sombrero en acabado “piel de vaca”: blanco con pintas negras o negro con pintas blancas y él con “blue-jeans” y camisa también de mezclilla y al cuello una especie de pañoleta, bufanda y paliacate, botas de piel de víbora, puntiagudas con punta de metal. Casi, jalándolo, tirando de él, ella lo sienta, al tiempo que le dice: ¡Apúrate! Que ya va a empezar el desfile. – ¡Es lo más bonito! – Suenan en ese momento los clarines y se inicia el paseíllo. ¡Mira, es lo que a mí más me gusta de la corrida, cuando desfilan los toreros junto con todos sus ayudantes!

En el renglón de las anécdotas, continuamos con aquellas que pertenecen al terreno de lo clásico y vamos con el inmortal Belmonte: Mi cuadrilla embarcó en Cádiz con rumbo a México y yo me fui a París para embarcar en el puerto de El Havre en un gran transatlántico alemán el “Imperator”, que hacía en muy pocos días el viaje a NuevaYork y La Habana. Recuerdo que en La Habana un español admirador mío – no me había visto torear, pero me admiraba a través de los relatos de prensa – Se obstinó en llevarme a su casa a comer el cocido más autentico del mundo. Se ofendió cuando le dije que yo había salido de España y estaba por América jugándome la vida, precisamente para no comer cocido. No volvió a saludarme.