Archiv para octubre, 2011

TERMINA EL PASEILLO.

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“Cielo Andaluz” el paso-doble compuesto por Rafael Rascón en el año de 1919 es interpretado en las plazas de toros con la sonoridad de parches, metales, vientos y demás percusiones, esto es la generalidad, pero en algunos casos, como en la plaza “Nuevo Progreso” de Guadalajara, Jalisco se toca la “Marcha de los toreadores” de la ópera Carmen de Bizet. Y en España en algunas plazas suelen tocar otras partituras.

En la gran México y otras, por extensión, ocurre que en el momento en que se da el primer paso para avanzar las cuadrillas simultáneamente con las primeras notas del paso doble, se escucha un grito, verdadero alarido; es un estruendoso ¡Ole! Se dice y está bien dicho que este grito en la México es de una sonoridad y uniformidad que lo hace único en el mundo, sin similar en algún otro espectáculo. Y a propósito de “dar el primer paso”, nadie sabe con certeza de donde sale un grito: ¡vámonos! Que señala el inicio del paseíllo. Lo que también se cumple con rigor es que cada uno de los actuantes, al salir por la puerta de cuadrillas al ruedo, toca, o debe tocar con el puño cerrado o bien con la palma de la mano, algún punto de madera de la puerta o el redondel, para cumplir así con un ritual de la más pura superstición taurina. Ya en el albero, con la punta del píe, generalmente, el derecho dos o tres de los espadas que alternan, trazaran una cruz en la arena, antes de dar el primer paso. El orden, el lugar que toman los matadores, será: a la derecha, – vista la escena desde el palco del juez – el más antiguo o primer espada; a la izquierda desde la misma vista, el segundo, y al centro pero un poco más retrasado, el tercer espada, siendo también el lugar que ocupan quienes toman o confirman esa tarde la alternativa en caso que así ocurra. Los espadas irán con la cabeza descubierta, desmonterados en caso de que sea la primera vez que se presentan en esa plaza, su debut o presentación. De lo contrario, pondrán partir plaza con la montera puesta cuando ya han toreado con anterioridad en tal coso. Les siguen, en riguroso orden: en la primera línea los banderilleros o peones de brega del primer espada, yendo de derecha a izquierda en filas de dos o de tres, del más antiguo al más joven o él de más reciente debut. En la segunda línea, los del segundo espada y en la tercera los del tercer alternante. Tras de ellos vienen los de “a upa”, en monturas forradas con sus petos los picadores, igual: primera fila los del primer espada y así sucesivamente, quedando esto sujeto a la disponibilidad de cuacos. Seguirán atrás, – mucho ojo, se requiere vigilancia para que esto se cumpla – los monosabios; de rojo y blanco, encargados de arreglar el ruedo, por detrás, de azul y blanco, los encargados de puertas. Aquí, también deben respetarse las jerarquías y la antiguedad en el trabajo, siempre en líneas de dos o tres y en fila y de derecha a izquierda y empezando por delante los de mayor jerarquía. Cerrará esta variopinta formación el tiro de mulas, con un “cabo” que lleva las riendas, colocado a la izquierda del tiro, derecha, viendo desde el palco y tras ellos, los areneros con carretillas. Todos  detendrán su marcha frente al palco y harán el correspondiente saludo. En caso de actuación de forcados, estos participan también en el paseíllo respetando rango y antigüedad: primero el cabo de “pega” con sus asistentes, luego el de “ayuda” con su grupo, cerrando el cabo de “cola” y colaboradores.

Todo esto es tradición, mucha tradición que debe cumplirse. Organizadores y participantes de cada festejo tienen la obligación de cuidar que así sea. El público asiste y está expectante, los verdaderos aficionados jamás se perderán una corrida completa, y ¡Completa es…desde el paseíllo!

Por último, el diccionario taurino nos dice de “paseíllo”: desfile de las cuadrillas por el ruedo antes de comenzar la corrida. Se usa más la expresión y es correcto decir; “hacer el paseíllo”. Vale también “paseo”. Es un acto de enorme belleza y colorido en el que las cuadrillas se colocan jerárquicamente tras los alguacilillos.

¡VIVAN LOS VILLAMELONES!

La palabra Villamelón ha venido siendo utilizada para describir a aquellos entusiastas espectadores asiduos asistentes a corridas de toros que llegan a auto-considerarse aficionados y con la intención de serlo, pero les gana su carga genética ambiental y nunca, por su comportamiento en la plaza dejaran de ser villamelones, aunque algunos lleguen a lograr escribir y comentar temas taurinos en diarios o hasta tengan la audacia de llegar a hacerlo frente a un micrófono.

Pero, vamos con los comentarios de nuestros villamelones y en este caso el comentario abarca los momentos en que el villamelonaje es tal en su atrevimiento, se atreven no solamente a escribir y comentar sobre toros, sino, que con mas audacia y atrevimiento, se atreven a ejercer de autoridades. Tal es el caso ocurrido con cierto médico veterinario que llegó a aceptar el nombramiento de Veterinario de Plaza y estando el encierro en los corrales, apoderados y gente del toro hacían los lotes para el sorteo, refiriéndose a los toros por alguna seña en particular y relevante. Así, hablaban del “castaño”, el “berrendo” y habiendo un toro “listón” de pinta, es decir que sobre sus lomos corría una mancha de pelo uniforme de color castaño y entre-pelado en blanco, muy notorio, y tenía como una cinta-listón que corre a todo lo largo de su lomo. El tal, veterinario de plaza, curioso e ignorante, preguntó a alguno de los conocedores ahí presentes: ¡Oye, Y, ¿Cuál es el listón? A lo qué el otro, cachondeándose de su ignorancia, le respondió: – Pues, ¿No ves? Es el que está en medio. ¡El que tiene la cara de más listo!

En el renglón de las anécdotas, continuamos con este relato debido a la pluma de Emile Zapotec, mismo que resulta un curioso sueño metafórico, en relación al tema del paseíllo qué como describimos, se inicia con la entrega de la llave del toril: -“Y, le pedían la llave de los toriles”. Éste – el alcalde – poco respetuoso de las reglas, contestaba con acrimonia: “Que si fuera por él, ¡Ya estarían abiertos desde hace mucho!”

EL PASEILLO. Parte II

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El Alguacil o alguaciles vestidos a la usanza del rey, el segundo de los Felipes, antes de encabezar el multicolor paseo, saldrá sólo o acompañado de dos o más alguaciles – en el caso de la célebre inauguración de la Plaza México fueron cuatro los que partieron plaza – o, en compañía de otro, vestido de charro. Por simple vistosidad, costumbre o tradición en algunas poblaciones el Alguacil es sustituido o hace pareja con una guapa “adelita” con vestido de amplios holanes en deslumbrante coloración.

El emperador Carlos V de Alemania, Primero de España al abdicar a favor de su hijo Felipe, el segundo, le dijo: “Respetad la religión; mantened la fe católica en toda su pureza, sean sagradas para vos las leyes de vuestro país; no atentéis ni a los derechos ni a los privilegios de vuestros subditos; y si algún día deseáis gozar como yo de la paz de una vida privada, Dios quiera que tengáis un hijo que por sus virtudes merezca que le cedáis el cetro con tanta satisfacción como yo lo hago ahora”. Días después, en el año de 1558, al morir, la carga testamentaria que dejó a Felipe II, moral y de una monarquía en cuyos territorios no se ponía el sol, fue tal, que el rey Felipe nunca pudo dejar el luto. Vistió siempre de negro, botas en ante negro, pantalón-valona y jubón también negros, con capa corta o herreruelo sobre los hombros y sombrero negro con pluma alba en la toquilla y una gorguera alrededor del cuello de blancos y hermosos holanes. Así, sobrio, debe vestir el Alguacil con la gran responsabilidad de abrir plaza

La tradición reza que al hacer el despeje, el Alguacil se descubre ante el juez, quien preside el festejo en representación de la autoridad constituida, y al saludarle, le dice: – “Señor juez, los que van a tomar parte en el festejo piden su permiso – antes, venia – para iniciarle”. A lo que el juez, puesto de pie y sombrero en mano responde con un: – ¡Buenas tardes y suerte! Esto recuerda de algún modo el saludo de los gladiadores en el Circo Romano al Cesar, cuyas conocidas palabras no repetimos aquí por irreverentes para la fiesta.

El Alguacil montado, recibe del Inspector de Autoridad, llamado también juez de callejón y que es responsable de mantener el orden en el callejón y así mismo, hacer que los intrusos permanezcan fuera de él, la llave de, toril que va adornada con una moña de listones con los vivos colores de la divisa de la ganadería anunciada en el cartel. A paso lento, da vuelta al redondel para llegar hasta la puerta del toril donde el torilero, descubierto, recibirá la llave junto con las palabras del Alguacil: – “Señor torilero, ésta es la llave del toril. Tenga usted mucho cuidado con las reses y buena suerte”. Continúa el Alguacil su recorrido hasta ubicarse frente a las cuadrillas, y en este momento sonaran al aire las notas del paso doble…

¡VIVAN LOS VILLAMELONES!

La palabra Villamelón ha venido siendo utilizada para describir a aquellos entusiastas espectadores asiduos asistentes a corridas de toros que llegan a auto-considerarse aficionados y con la intención de serlo, pero les gana su carga gen ética la ambiental y nunca, por su comportamiento en la plaza dejaran de ser villamelones, aunque algunos lleguen a lograr escribir y comentar temas taurinos en diarios o hasta tengan la audacia de llegar a hacerlo frente a un micrófono.

Pero, vamos con los comentarios de nuestros amigos villamelones y estaban dos de ellos, una pareja llegando a sus barreras justo al momento de partir plaza; ella vestida con conjunto de muy poca tela al estilo de las “vaqueritas de Dallas” con sombrero en acabado “piel de vaca”: blanco con pintas negras o negro con pintas blancas y él con “blue-jeans” y camisa también de mezclilla y al cuello una especie de pañoleta, bufanda y paliacate, botas de piel de víbora, puntiagudas con punta de metal. Casi, jalándolo, tirando de él, ella lo sienta, al tiempo que le dice: ¡Apúrate! Que ya va a empezar el desfile. – ¡Es lo más bonito! – Suenan en ese momento los clarines y se inicia el paseíllo. ¡Mira, es lo que a mí más me gusta de la corrida, cuando desfilan los toreros junto con todos sus ayudantes!

En el renglón de las anécdotas, continuamos con aquellas que pertenecen al terreno de lo clásico y vamos con el inmortal Belmonte: Mi cuadrilla embarcó en Cádiz con rumbo a México y yo me fui a París para embarcar en el puerto de El Havre en un gran transatlántico alemán el “Imperator”, que hacía en muy pocos días el viaje a NuevaYork y La Habana. Recuerdo que en La Habana un español admirador mío – no me había visto torear, pero me admiraba a través de los relatos de prensa – Se obstinó en llevarme a su casa a comer el cocido más autentico del mundo. Se ofendió cuando le dije que yo había salido de España y estaba por América jugándome la vida, precisamente para no comer cocido. No volvió a saludarme.

“El Paseillo”

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Así como la fiesta evolucionó del toreo a caballo al toreo a pie, y de ser una práctica de las altas estameñas de la aristocracia, bajó a la clase popular surgiendo el torero profesional, personaje que pronto sería centro de las miradas, ejemplo de rápido enriquecimiento, ídolo de las multitudes…¡tormento de las mujeres! Y, de la plaza pública, la fiesta emigró al coso taurino.

Si bien, ya hemos mencionado una profunda religiosidad en el acto de vestirse de luces, el toreo, en general conlleva un amplio ceremonial, parte de ello es el inicio del festejo. “Hay otros elementos muy semejantes entre una misa y una corrida de toros. Está por ejemplo el paseíllo que es como la procesión”, escribe Eduardo Garza en su entrevista al sacerdote, pintor, y arquitecto Julián Pablo, titulada “De Dios y de los toros”.

Durante el siglo XVIII, la corrida se formalizó convirtiéndose en el espectáculo que tenemos en la actualidad: tres cuadrillas y seis toros, el paseíllo con sus alguacilillos; el pedido de la llave de toriles y el pedir permiso para dar inicio al festejo. Nos dice Jean Robert en “Cuatro tesis sobre tauromaquia”...es pues un ritual, parafernalia que en la mayoría de las plazas se respeta y cumple al pie de la letra. Y que tiene un antecedente y un porqué. Si bien anotamos arriba que la fiesta emigró de las plazas publicas ubicadas en el centro de las poblaciones a los cosos construidos ex profeso; en ese entonces las corridas se daban en círculos cerrados con trancas, envigados, andamios y carretones, armando de manera improvisada las tribunas para que la gente disfrutase con seguridad del espectáculo, cerrándose las boca-calles que desembocaban en las grandes plazas. Imaginemos entonces a un verdadero gentío rondando por aquellos espacios cívicos, deambulando en medio de puestos de fritangas, aguas frescas y otras bebidas refrescantes y alcoholizantes, de ahí que se dispusiera de un grupo de representantes de la autoridad, “alguaciles” vestidos de riguroso negro y a caballo montados realizaran el despeje de la plaza cívica. De esta manera nació el llamado despegue, acto que hoy se realiza de manera totalmente simbólica, – pero no por ello menos formal – y con gran lucidez, pues en nuestras plazas, actualmente ya todo el mundo ocupa sus localidades a la hora anunciada, tal como rezan los carteles, sin interferir con el la arena del ruedo, el albero totalmente limpio, despejado y listo para el festejo.

VIVAN LOS VILLAMELONES.

La palabra villamelón ha venido siendo utilizada para describir aquellos entusiastas espectadores, asiduos asistentes a corridas de toros que llegan a auto-considerarse aficionados y con la intención de serlo, pero les gana su carga genética o ambiental y nunca, nunca por su comportamiento en la plaza dejaran de ser villamelones, aunque algunos lleguen a lograr escribir temas taurinos en diarios o hasta tengan el atrevimiento, la audacia de llegar a hacerlo frente a un micrófono.

Vamos pues, con los comentarios villamelones…

Y ya quedó anotado arriba que alguno que otro villamelon llegan a tener la audacia, recordemos la sabia sentencia: “la audacia es atrevida”, de ponerse tras de un microfono y autonombrarse cronistas, pues bien, muy comentado fue el paso de aquel “cronista” que anunciaba la salida del toro, diciendo: “salta a la arena un toro…” Los toros salen del toril, más correctamente: “se les da suelta”, pero no son jugadores de balón-pie, que “saltan a la cancha” o luchadores, que, “saltan al ring”. Y la fracesita echó raices, pues en algunas TV transmisiones suele oírse la tal aberración, pero lo que no tubo igual fue cuando aquel cronista villamelon a la salida de toriles de un toro cárdeno, anunció: ¡Y, salta a la arena, un toro color gris oxford!

A proposito de los recientes Post’s “Vestirse de luces” y “El Paseillo”, esta anecdota viene al caso, tomado de la “Tauromagia” de Guillermo Sureda, relata lo genialmente dicho por Domingo Ortega, que; “Torear es llevar al toro por donde no quiere ir”. Para ello, hace falta inteligencia, ya que ella nos posibilita el cuándo, el porqué y el dónde se da cada pase, en una palabra, lo que podemos llamar el conocimiento de los toros, de las querencias y de las suertes. José Bergamín al respecto escribio: “El torero no se desfraza de torero: la inteligencia no se puede caracterizar. El traje de luces del torero es emblema de pura inteligencia: porque es cosa de viva inteligencia el torear”. Y he aquí la anécdota; Un día le dijo Frascuelo a Lagartijo: “Rafael, tu eres el mejor torero que yo he conocido. Por ti me quito yo la montera y no me quito la cabeza porque la necesito para torear”.