Archiv para septiembre, 2010

¡LAS ESPANTADAS!

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Espantada, según el diccionario taurómaco es; Cuando un matador se retira bruscamente de la cara del toro, generalmente, arrojando al suelo el engaño. Y por extensión podemos agregar que; cualquier actuante, vestido de luces puede estar en esta situación de espanto, muchas veces pánico y puede arrojar al suelo, muleta, capote, banderillas o cualquier avío. Entiéndase; la huida repentina de la cara del toro y por tanto, disentimiento súbito del lidiador de cumplir su encomienda, la de lidiarlo, ocasionado por el miedo. En esta acepción se ha empleado con asiduidad el apocope: espantaa.

El maestro Pepe Alameda, le llamó también “La Graciosa Huida” haciendo alusión que a veces para disimular la espantada, el torero prefiere “tomar las de Villa Diego” y salir huyendo, eso si, graciosamente, sin que por eso deje de ser una espantada. Célebres, de toda celebridad han sido las espantaas, así llamadas de Rafael Gómez “El Gallo”, en las españas por los años veintes de siglo pasado y después de los cincuenta en México las de “El Berrendito de San Juan” Luis Procuna, quien literalmente se tiraba de cabeza al callejón, y algunos otros que han hecho del miedo y sus espantadas, una bandera son: Joaquín Rodríguez “Cagancho”, Rafael de Paula y entre los nuestros Rodolfo Rodríguez “El Pana”.

La huida puede deberse a diversas causas; el tamaño, trapío y condiciones del enemigo a lidiar, o bien la actuación definitivamente superior de otro de los alternantes; el recuerdo, la llegada súbita y repentina de alguna experiencia anterior, similar o más dramática que terminó en alguna cornada o incidente grave. De facto, debe de existir en la memoria, como “hecho reciente” el antecedente de algún incidente de serías consecuencias; cornadas, de aquellas de las que el torero no sabe, desconoce la causa, y ante la posibilidad evidente de que el accidente se repita, el sub-consiente del torero le traiciona y le hace pegarse la “espantaa” y esto por razones obvias resulta más evidente cuando la cornada anterior ha sido en el recto o zonas de la parte trasera del cuerpo, que además resultan dolorosísimas, y que casi por “instinto” el torero o subalterno que ha sufrido percances con lesión dolorosa, cae victima, presa del pánico y difícilmente puede evitar la huida. El Maestro “Armillita” sentenciaba: son respuestas incontrolables que dicta el instinto de conservación”. Lesiones son estas, además de corporales, sicológicas de muy difícil superación.

 

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¡Hablan los toristas!

Los Palha, provienen desde el siglo XIX, son famosos por su bello pelaje, hechura y agresividad, su propietario, hombre de campo habla: “Soy mucho más torista que torerista, porque entiendo que cuando se es bueno puede con todos los toros. El torero tiene la obligación de saber torear a todo tipo de toros, a los más facilones y también a los difíciles. Yo disfruto con el toro bravo, muy bravo. A veces ese toro puede dar la impresión de ser una fiera a la que nadie puede le hacer nada. Pero lo bueno es que la gente tenga en su asiento la sensación de peligro, el público no puede dormirse en el tendido: lo que es necesario es que el público hable, diga lo que diga al salir de los toros. Tiene que haber algo que transmita que es realmente difícil hacer aquello que hace el torero”.

Pregunta la reportera Ana Fernández Garciani de Campo Bravo al ganadero Fernando Palha: ¿En la fiesta de los toros es necesaria la tragedia? Responde el ganadero: – “Si, si, claro, Si no hay tragedia, no hay miedo. Y si no hay miedo no hay posibilidades de probar que el hombre, con su inteligencia, con su capacidad, con su supremacía, es capaz de dominar a la fiera que quiere hacer mal”.

Viene nuevamente a la memoria la frase sentenciosa de Corrochano en su Tauromaquia; ¿Qué es torear? Se pregunta, y se responde: – Joselito, creo que lo sabía y a Joselito lo mató un toro.

A propósito de esto Luis Miguel Dominguín, respondió así a Dinastias el 26 de septiembre de 1987, con motivo de su segundo matrimonio¨: “Toda mi vida la he pasado tratando de encontrar a la mujer y al toro. A éste último no lo encontré, a la mujer creo que si”.

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¡EL BICENTENARIO Y LOS TOROS!

Gran revuelo ha ocasionado en el ambiente que rodea a los festejos, del Bicentenario del inicio de la independencia de lo que es hoy nuestro país, sobre todo en lo concerniente a la personalidad del llamado Padre de la Patria Don Miguel Hidalgo, sabido ha sido por la historia y más que nada por la tradición oral, el relato que ha pasado de una generación a otra; lo muy inquieto que era el padre Hidalgo, aficionado a mil cosas, los gallos los juegos de cartas y sobre todo gran aficionado a la más bella de todas las fiestas. Investigadores interesados le ubican como propietario de los ranchos: “El Jaripeo”, “Santa Rosa” y “San Nicolás”, en tierras del centro del país, se sabe con certeza de alguna corrida salida de sus potreros que se lidió en Acambaro, Michoacan. Los festejos de la efemérides del Grito de Dolores han dado lugar a la edición cinematográfica de la vida quien se llamó; Miguel Gregorio Antonio Ignacio Hidalgo y Costilla y Gallaga Villaseñor, película con el atractivo nombre de “La Historia jamás contada” en la que se desmitifica al cura y en una escena de dicho film aparece en las barreras del tendido en una plaza de toros, asistiendo, muy bien acompañado a un festejo. La foto que acompaña este Post, ilustra tal escena.

LOS CALLEJONES, y… ¡Esa necedad de estar en ellos!

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El callejón en una plaza de toros se define como: el lugar de espacio libre entre la valla o barrera que circunda el redondel y el muro en que comienza el tendido. Y subrayamos los conceptos de “espacio” y “libre”, precisamente para enfatizar algo que se ha convertido exactamente en lo contrario: Un espacio donde todos quieren estar, provocando que No haya eso; libertad de movimientos, para quienes de verdad deben estar en el. Pero continuando con lo conceptual, esa valla de madera que limita el redondel, o albero, como se le llama a la parte cubierta de arena, cuenta con espacios de acceso, llamados “troneras” que permiten a los toreros entrar o salir del ruedo, protegidos por sus correspondientes, “burladeros”, siendo estos verdaderas vallas o escudos de madera que se colocan, unos, delante de estos espacios de entrada del ruedo al callejón y otros más pegados al muro que separa el callejón de las tribunas o tendidos. El número de burladeros que protegen las troneras, generalmente es de tres a cuatro, siendo el mayor, o más amplio de ellos el llamado de “matadores”, que se sitúa ligeramente a la derecha — viendo desde el palco del juez — y los otros dos o tres dependiendo del tamaño del ruedo, que nunca será mayor a 50 metros salvo honrosas excepciones como Sevilla, Ronda y la del Puerto de Santa María, ni menor a 45 metros de diámetro. El de nuestra Plaza México tiene 46 metros. Y otra honrosa excepción — negativa — es el de la Plaza Arroyo al sur de la ciudad de México, que ridículamente no llega a 15 metros de radio. Lo cierto es que estos burladeros en número, nunca deberán pasar de cuatro, intentar colocar más, quita seriedad a la fiesta por el exceso de “refugios”. Los otros, los interiores, están destinados para el resguardo, protección y seguridad para quienes por razón de su desempeño profesional deben permanecer en el callejón. En teoría este listado debiera limitarse a los actuantes, matadores, subalternos, y sus asistencias, así como los trabajadores de plaza encargados de las puertas del redondel, de toriles, de acceso de caballos, areneros y monosabios.

Los Reglamentos Taurinos en vigor son muy específicos al incluir y dictar un listado de personas que deben recibir autorización, para tener acceso y permanecer en el callejón durante una corrida, se le llama “acreditación”. Retomando el título de este “Post”, recalcando la necedad, verdadera “terquedad” de indebidamente permanecer en el callejón y que éste debe estar “libre al transito y funciones de actuantes y sus asistencias”, lo cierto que es que los callejones se han convertido malamente en sitos llamados “VIPS” en donde personas que nada tienen que hacer ahí, insistentemente muevan recomendaciones, influencias gubernamentales, políticas, periodísticas y sociales, para estar en el callejón: “Dejarse ver” , es la expresión correcta. El Reglamento autoriza a estar en el callejón únicamente a actuantes, quienes además no requieren de ningún tipo de acreditación por presentarse vestidos de luces, subalternos, entendiéndose; picadores, banderilleros, puntilleros, y algún sobresaliente, los antes mencionados trabajadores plaza; monosabios, areneros, mulilleros, encargados de puertas. Por supuesto médicos de plaza cuya presencia no sólo se justifica, sino que además adquiere relieve e importancia, pues el medico cirujano de toreros al momento de intervenir quirúrgicamente ya sea para curar o simplemente explorar una herida debe tener idea clara de la o las trayectorias que siguió el pitón y para ello es indispensable estar atento y cerca a lo que ocurre en la lidia. Resulta tan minucioso y detallista el Reglamento que en su listado incluye un Capellán, sacerdote quien también debe permanecer ahí por lo que pudiera ocurrir, y no quiero ser detallista al respecto. A las asistencias les ordena movilizarse en el callejón únicamente para desempeñar sus labores durante la lidia del toro que permanece a su matador. Y lo mismo a los Apoderados, les indica permanecer tras el burladero que tienen asignado y les permite desplazarse, sólo durante la actuación de su poderdante, cuando se trata de un novillero.

Eso lo que dicen y dictan los Reglamentos, lo cierto es que la realidad es un verdadero desastre, y hasta en plazas llamadas de Primera, el callejón, quizás desde la llegada ahí de las cámaras de TV y la proliferación actual de los llamados “medios” se han convertido en una vitrina o aparador donde todo mundo quiere estar. La prudencia, la precaución, señalan lo contrario. Como muestra de las tragedias que pueden llegar a ocurrir, presentamos 3 fotos 3 que bien ilustran lo que en determinado momento y de manera inesperada puede acontecer, poniendo en peligro la vida de cualquiera.

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Breve nota explicativa:
Se pronuncia “schhoma” y es un trozo de penca de maguey, verde, fresco, flexible que se acomoda como “jícara” para tomar el “neutle” o pulque, bien llamado “néctar de dioses” en el campo durante maniobras de embarque, en herraderos y demás labores; su ingesta además de vigorosa y reconfortante, resulta refrescante. Una vez servido, cada ración es de más o menos medio litro, debe tomarse de un solo trago y en forma de reto; un bebedor frente al otro. Y terminado el gran y largo trago, con una mano se sujeta y se sacude violenta y enérgicamente la schhoma, para que suelte la hebra o baba, como se dice comúnmente, en el campo, “pa´ que suelte el alacrán”. Esta delicadísima maniobra de gourtmets de campo se le llama “sacudiendo la schomma”. Y en este breve espacio le utilizamos como expresión para un comentario sobre alguno de los aconteceres taurinos recientes.

Va: Sacudiendo la choma… y ahora toca comentar la fotografía que es la tercera con la que ilustramos este último Post en el que se habla de “Los Callejones” de las plazas de toros y la necedad, verdadera terquedad de quienes quieren, insisten en estar indebidamente en un burladero de callejón, simplemente para “dejarse ver”, siendo que estos nunca pueden ser totalmente seguros, lo muestra la foto en que un toro ha quedado atrapado dentro de un burladero, donde usted puede imaginar como quedan sus ocupantes en caso de no encontrar escapatoria y eso ocurre por tanto impertinente. “colados” que ahí estorban. En la foto en la Plaza México el célebre “Flaco” Valencia, posa junto al toro atrapado.

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¡Ese nene viene con la escoba!

Luis Miguel, desde niño, tenía las piernas muy largas, desproporcionadas al cuerpo. Sus pasos cuando corría resultaban desangelados y ello rompía la estética del conjunto, haciendo fea y desarticulada la carrera. Entonces se nos ocurrió que haría el ejercicio de correr a paso gimnasta, atada una pierna a otra por el tobillo, a una distancia que consideramos propia y armónica. Así cuando instintivamente alargaba el tranco en la carrera, la cuerda se lo impedía y entonces irremediablemente caía al suelo. Se tubo que acostumbrar en el transcurso de muchos días y muchos kilómetros a acortar los pasos, a “menudear” más, a aumentar por tanto el número de movimientos de las piernas y así, obligar a una mayor activación de los reflejos; en fin, a aprender a correr con más belleza de los movimientos. Esto, era un sacrificio. Un día tras otro y una caída tras otra dieron un resultado esplendido – escribe Pepe Dominguín en “Mi Gente” – … Manolete era un torero serio, seco y sobre todo muy honesto. Se entregaba siempre a tope, y si había que tomar la voltereta para conseguir el éxito, allí estaba él dispuesto a ello. Su alargada figura en algo recordaba a las míticas figuras de El Greco, su andar despacioso daba a sus movimientos una majestuosa definición: personalidad… Toreó Luis Miguel en Albacete, en la noche de un día de feria. Manolo se quedo a verle y días más tarde me dijo en Madrid, concisamente, sin más análisis:

¡Ese nene viene con la escoba! En clara, muy clara alusión de que venía a barrer con todos.

A ese chaval a los quince de años, el diestro de Borox Domingo Ortega le otorgó en Colombia la alterativa, misma que luego tuvo, pasados los 16 de volver a tomar en España. Surgió de ahí una tremenda rivalidad entre el chamaco Dominguín y su padrino Ortega quien la tenía tomada con Luís Miguel y éste con el Maestro, al grado de que toreando en mano-a-mano una tarde en Colombia, se le había ido por delante Domingo con una oreja en cada toro, cuando Miguel en su tercero, sin aspavientos, con el gesto sereno, pero tenso, en voz baja, con palabras apenas perceptibles para quien iban dirigidas y algunos pocos más cercanos, le dijo mientras se echaba la muleta a la mano izquierda:

¡Ésta no sabes tú ni moverla! ¡Fíjate y aprende! – Y citando con parsimonia, ligó un pase tras otro en un una impecable y ajustada tanda de naturales, que repitió en sinfonía perfecta hasta que el público en paroxismo, puesto de píe dedicó al joven maestro y nuevo gladiador una descomunal ovación reconocedora y consagratoria. Mientras paseaba el rabo y las orejas a hombros. Ortega nos dijo:

¡Ese puñetero niño sabe lo que hace…y lo que dice!